lunes, 28 de mayo de 2018

La soberanía en el debate

Bernardo Bátiz V.
E
n el segundo debate entre candidatos a la Presidencia debió tocarse con más amplitud el tema de la soberanía nacional, el objetivo de la confrontación era exponer puntos de vista sobre política exterior. Lamentablemente ni el formato ni el ánimo de algunos de los participantes permitieron una exposición amplia y sustentada del asunto. Sin embargo, López Obrador, candidato de Morena, blanco de ataques y señalamientos, sí tuvo la oportunidad y la aprovechó, para hacer dos propuestas patrióticas sobre el tema.
Soberanía es, hacia el interior, supremacía de poder y, hacia el exterior, independencia plena; el pueblo es el titular de ella, según el artículo 39 constitucional; tiene por ello la más alta autoridad dentro del territorio nacional y la ejerce a través de los tres poderes, Legislativo, Ejecutivo y Judicial, y al exterior, frente a las demás naciones, el pueblo, que es la nación misma, el cual no puede permitir que un poder distinto al de él tome decisiones suplantándolo o supervise y juzgue las que se toman internamente por nosotros.
El tema es toral, el de mayor importancia sobre cualquier otro en cuanto a política exterior. En este punto México sabe mucho, históricamente ha sido una nación amenazada desde fuera y acosada desde dentro, pero también siempre capaz de encontrar mecanismos jurídicos, y a veces de uso legítimo de la fuerza, para defenderse y preservar lo que es de su exclusiva incumbencia. Lo que abusivos de dentro y de fuera ponen en riesgo, son el territorio mismo, el subsuelo, el espacio aéreo, nuestros recursos, pero también la dignidad y el honor nacionales.
El tema da para mucho y no es nada fácil, casi imposible, tratarlo en los breves lapsos que se les otorgan a los candidatos, un minuto, minuto y medio, no son nunca suficientes para exponer ideas completas y conceptos bien desarrollados, sin embargo, el candidato Andrés Manuel López Obrador, con experiencia probada, hizo dos menciones no rebatidas por sus competidores, muestras de que en estos asuntos tiene, como en otros, una opinión de estadista. Una de estas aportaciones al debate, fue la propuesta de incluir a los países de América Central, nuestros vecinos del sur, latinoamericanos como nosotros, para ser tomados en cuenta en un arreglo o tratado que tenga por objeto regular nuestras relaciones con los países grandes de América del Norte. Es un asunto de justicia con países débiles y empobrecidos como nosotros por la globalización y con esta mención se retoma el concepto de nuestra pertenencia a la comunidad de naciones hispanoamericanas y nuestro carácter de hermanos comprometidos de los centroamericanos y no sólo vecinos.
La otra intervención de un alto valor ético fue sostener que la mejor política exterior es una buena política interior. Arreglando nuestros problemas dentro, fortaleciendo el mercado interior, asumiendo con dignidad nuestro papel de nación soberana a partir de la justicia y dando oportunidades a todos, podremos tener cara, voz y autoridad moral como muchas veces hemos tenido, para desenvolvernos en las difíciles cuestiones de las relaciones internacionales. Más que nunca, con un presidente de Estados Unidos tan impredecible, bronco y bravucón, nuestro fortalecimiento al interior no puede quedar como tema secundario; para exigir respeto al exterior y ejercer nuestra soberanía a plenitud, hacia al interior requerimos justicia, eficacia, honradez y un compromiso verdadero con el bien común.
Menciono dos herramientas de derecho internacional que los actuales gobiernos neoliberales han archivado como vejestorios, pero que debemos rescatar. Uno es la cláusula Calvo, exigida a los extranjeros que adquieren bienes en México, invierten o se asocian aquí y consiste en la renuncia a recurrir a la protección de su país de origen, so pena de perder sus bienes o inversiones en nuestro territorio; no están indefensos, pero deben de respetar exclusivamente leyes y autoridades mexicanas y de ninguna manera recurrir al gobierno de su país.
La doctrina Estrada es otra herramienta digna de rescate; la reconoce nuestra Constitución, exige que nuestro país se abstenga de calificar las decisiones políticas, sean estas las que sean, que otros pueblos tomen sobre sus gobiernos y regímenes políticos. Sólo nos reservamos mantener o retirar representantes diplomáticos, sin emitir juicios sobre validez o invalidez de los actos políticos y jurídicos de otros estados. Tanto la cláusula ideada por el argentino Carlos Calvo, como la doctrina del mexicano Genaro Estrada, son mecanismos de legítima defensa, adoptados por países latinoamericanos amenazados por estados poderosos, siempre prestos a intervenir, calificar y valorar o reprobar lo que nosotros internamente decidimos. Por cierto, el gobierno mexicano olvidó la doctrina Estrada y fue dócil a la política que se nos impone desde Estados Unidos, al descalificar las elecciones en Venezuela.

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