martes, 22 de junio de 2010

La necesidad me llevó a liderar al FPDT: Trini


Tomó la estafeta con su esposo Ignacio preso y su hija América prófuga

Confía en un fallo favorable de la Suprema Corte que reconstruya su vida

Blanche Petrich

Periódico La Jornada
Martes 22 de junio de 2010, p. 5

an Salvador Atenco, estado de México, 21 de junio. En la medida en que se acerca el momento en que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) emita el fallo que determinará si los 12 “presos políticos” de Atenco quedan libres o terminan de cumplir sus penas de cárcel, María Antonieta Trinidad Ramírez de Del Valle, más conocida ahora como Trini, siente como si el reloj se detuviera, como si su vida entrara al compás de la espera. Lo que está en juego tiene que ver con su lucha por la defensa de la tierra, pero sobre todo, con su familia, su hogar.
Su esposo, Ignacio del Valle, dirigente del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), purga una condena de 112 años de prisión, en tanto su hija, América del Valle, está prófuga desde hace cuatro años, acusada de “secuestro equiparado”.
Trini recuerda: “Antes me levantaba y apuntaba mentalmente: hoy hay que ir a la marcha, a la reunión, al foro, a tal cita. Además, escombrar la casa, conseguir las mantas, atender la cocina, echar las tortillas, salir a la parcela. Porque las mujeres del FPDT nos metimos a un proyecto agrícola. El año pasado cosechamos unas mazorcas así de grandes”.
Ahora están esperando que maduren las vainas del frijol. Pero a decir verdad, les ha faltado riego, porque la lucha social ha robado a estas labradoras muchas horas de la labor campesina. “Ahora todo está hecho”, expresa con un dejo de ansiedad. “Sólo nos queda asistir a la concentración del miércoles 23 frente a la Corte, porque ese día sesionan y deciden los cinco ministros de la primera sala, aunque ya nos dijeron que el fallo no se va a anunciar hasta el día 30”.
Si con la resolución de la Suprema Corte de Justicia “logramos la libertad de los 12 presos de Atenco, también vamos a dar un paso para lograr más adelante la libertad de América del Valle, mi hija, que no está en una cárcel, pero tampoco es libre. Si la Corte no los declara libres, tampoco mi hija será libre. Y eso es lo que más me angustia”.
La tarde de domingo la casa de Trini parece más sola que nunca. Desde la calle llega el ruido de los caballos y el timbre de los bicitaxis, como todo tráfico pueblerino. Desde el solar los chillidos de los marranos reclaman su alimento en la porqueriza. En privado, la esposa de Ignacio del Valle, la lideresa de los macheteros de Atenco, descarga su emoción.
“América, es América la que me inquieta. Ya me lo han explicado claramente los abogados, va a ser la última en regresar. Yo sé que no está entre las rejas. Pero no es libre para vivir su vida. Yo pasé por esta experiencia de vivir prófuga siete meses, desde mayo hasta noviembre de 2006, encerrada en pequeños lugares. Imagínate nosotros, acostumbrados a caminar nuestros campos, bajo nuestras nubes. La veo desesperada, aunque en sus cartas expresa mucha entereza.”
Se infunde valor: “Si los ministros entienden la verdad y fallan en favor de los presos, será una victoria de todo el pueblo. Si tan sólo comprendieran que la culpa de la violencia no fue nuestra, sino del mal gobierno. Como esposa de Ignacio me dará una gran felicidad saber que va a regresar a esta casa, a su lucha. Pero sobre todo será una gran felicidad saber que ahora lo podemos hacer juntos”.
Antes del golpe contra el movimiento campesino de Atenco, Trini era la compañera de Nacho, una más entre las muchas mujeres que desde la segunda fila, machete en ristre, nutrían las marchas contra el decreto que pretendía expropiarles las tierras, pagándoles siete pesos el metro cuadrado, para construir un aeropuerto internacional.
Después del ataque de las fuerzas policiacas estatal y federal, con los líderes del movimiento presos o prófugos, esta mujer, enfermera rural y ama de casa, tomó el altavoz y empezó a arengar a los activistas que, apenas sanadas las heridas, se volvieron a congregar frente a la Casa Ejidal Emiliano Zapata.

Doña Trini, durante la entrevista con La Jornada Foto María Meléndrez

–¿Te consideras una lideresa natural?
–No, yo pienso como Nacho. Él siempre decía que aquí no hay líderes, el único líder es el trabajo. A mí un día me tocó un despertar muy brusco. Cuando los compañeros no estuvieron entre nosotros me tuve que parar a hablar en un mitin. Y la gente me escuchó. El reto era mantener de pie el movimiento, que no se desmoronara. Uno nunca se prepara para esas cosas. Yo muchas veces me sentí muy insegura, incluso ante los mismos compañeros, que quizá pensaban “bueno, y ésta qué va a poder hacer”. Pero también uno se encuentra con mucha generosidad entre el pueblo, son ellos los que me enseñaron, me guiaron, me fueron forjando.
“Desconocía muchas cosas, pero la necesidad me hizo aprenderlas. La clave fue la presencia constante. Yo convencí con mis acciones, no con palabras: limpiar el local, hacer mantas, convocar reuniones, tomar acuerdos, llamar a las acciones, siempre estar ahí y no perder el piso. Lo que he logrado lo hice siempre al lado de los demás, con el apoyo de muchas manos.
“Recorrí un camino totalmente desconocido que me abrió mucho los ojos. He conocido a mucha gente que de otro modo nunca me hubiera encontrado. Por ejemplo, a Carlos Monsiváis, ¿te imaginas? Un día me tocó verlo, estar con él en la misma mesa con el presidente de Bolivia, Evo Morales. O a Carlos Montemayor. En una ocasión me tocó platicar con él, contarle de nuestra resistencia. Me escuchó con mucha atención. Después le puse nuestro paliacate al cuello. Luego me enteré de todo lo que había escrito, de sus libros, de cómo él siempre fue pueblo. Ese día lloré.
“Recibir el apoyo moral de gente como Eduardo Galeano, como Noam Chomsky, eso nos deja una marca muy profunda, a mí y mis compañeros. Y aprendemos mucho como organización.
“Además, he aprendido a trabajar el campo. Las mujeres del frente nos metimos a un proyecto agrícola. Es un esfuerzo inmenso, que exige trabajo desde las primeras horas de la madrugada. Me encanta el campo, me encanta mi casa, pero ahora también me encanta la lucha afuera y no la voy a dejar. No voy a renunciar a todo esto, no voy a ser un parásito.”
–¿Imaginas la vida con tu esposo de vuelta a casa, libre?
–Lo quiero ver libre ya. Cuando vuelva vamos a platicar mucho, a planear juntos muchas cosas y quizá hasta a pelear un poco porque, la verdad, aquí ya cambiaron los papeles. Tendremos que encontrar la forma de encontrar la igualdad desde la casa. Trataré de entenderlo, pero si no nos entendemos no me voy a detener. Estos cuatro años aprendí que una mujer como yo, pobre e ignorante, puede vencer.
–¿Eres optimista?
–Soy realista. Hay dos antecedentes que me pesan mucho: la primera resolución sobre el caso de Atenco, en el que la Corte dijo: ‘sí se violaron los derechos humanos, pero no hay culpables’. Y la otra, más reciente, la de la guardería ABC de Hermosillo, Sonora. La Suprema Corte decidió proteger a los altos funcionarios que tuvieron responsabilidad.
“Si hay una posibilidad de que los declaren libres (a los atenquenses), a esa esperanza me aferro. Es la esperanza que sentí cuando fallaron sobre las indígenas otomíes (en abril pasado, cuando se resolvió que no se había respetado el debido proceso en las sentencias de las queretanas Alberta Alcántara y Teresa González). Eso debería ocurrir ahora, pero tengo terror, lo confieso.”
–Sobre América, ¿qué esperas?
–Me acuerdo muy bien lo que te dijo hace año y medio, cuando la entrevistaste, que si en México hubiera verdadera justicia, no dudaría en entregarse. ¿Eso ha cambiado? Creo que no. Si la Corte falla con sentido de justicia y declara la libertad de los 12 de Atenco, tendría que diseñarse una estrategia legal para que ella pudiera entregarse, defenderse y salir libre. Por el momento, ni tocar el tema

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