lunes, 3 de enero de 2011

México 2011


Víctor Flores Olea

Inevitable, en este primer amanecer del nuevo año figurar las tendencias dominantes, ganarle un poco de tiempo al tiempo y anticipar sus trazos principales. En 2011, ¿qué novedades, cambios o inercias prevalecerán? ¿Qué de nuevo o viejo nos espera? Todo indica que el año entero estará dominado, está ya dominado desde hace meses por la lucha electoral, y que este tema opacará a todos los otros enviando a segunda o tercera fila al resto de los problemas nacionales, lo cual es una lástima porque los hay de mayúscula importancia para el futuro del país.

En lo económico no se presentarán rupturas abismales, pero continuará la crisis que se inició en 2008 y sus inercias depresivas sin modificación espectacular, salvo en los discursos de nuestras autoridades para los cuales no hubo nada grave y estamos en proceso de brincar el bache y adentrarnos en un mundo mejor. ¡Típico discurso del jilguero aislado de la realidad! ¡Gasto irresponsable de tiempo y recursos que nos acercarán a una crisis mayor, y que ahondará el abismo entre pobres y ricos!

En el terreno de la “guerra contra el narcotráfico”, la historia anterior, ya no tan breve, nos permite esperar prolongaciones con evidencias cada vez mayores de que por tal camino resulta imposible vencer en esa guerra (necesidad de recursos prácticamente ilimitados, ausencia en México de inteligencia eficaz para el combate, contribución estadunidense: un caso bastante sui generis en que un solo bando proporciona las armas a ambos lados de la trinchera (a los narcos y al Ejército Mexicano, con pingües ganancias); corrupción galopante de ambos lados y también, obviamente, de funcionarios estadunidenses a muchos niveles, además un sistema financiero hecho a la medida del lavado de dinero en todos los rincones del mundo).

Por lo que hace al resto de las urgencias mexicanas todo indica que veremos todavía una patética desatención oficial, concentrados los esfuerzos y los dineros en la cuestión electoral. Cuestión electoral que se caracteriza, primero, por la percepción nacional de que los 10-12 años del panismo resultaron un fracaso rotundo y que el elemento más sólido del consenso nacional es la necesidad de deshacernos del gobierno panista y el deseo de que se asfixie entre sus entretelas conservadoras que no le permitan resurgir jamás. Vicente Fox echó muy pronto por la borda un real patrimonio político y salió de su sexenio entre los cojinazos y silbidos del respetable.

Felipe Calderón, producto de un fraude electoral que se ha ilustrado muchas veces, no logró jamás la legitimidad a que debió aspirar. Sus obsesiones e ideas fijas, y su cortedad para gobernar un país complejo, originan que abandoné el escenario entre la indiferencia del público y una hostilidad mayor precisamente porque sus triste retórica no alcanzó a traducirse en actos mínimos de beneficio social. (Salvo, como lo hemos dicho en otra ocasión, que su “plan secreto” implique un acuerdo para que Estados Unidos, su injerencia militar directa o indirecta, lo sostenga, a él o a su partido, en la cúspide de la pirámide política mexicana.)

Ante la incapacidad del PAN para gobernar, ahora proverbial, se ha construido una nueva mitología en que el PRI, sobre todo su principal candidato adelantado, Enrique Peña Nieto, sería el seguro candidato presidencial del PRI y muy probablemente el próximo Presidente del país. Así parecen estar las cosas, aunque para que ocurra todavía deberán ajustarse varios bemoles, desde luego en el interior del propio PRI.

Uno primero, que me parece fundamental, es el del destino de Manlio Fabio Beltrones, quien en un tiempo se mencionó insistentemente como el competidor más importante de Peña Nieto y que ahora “parece” ha dejado de jugar. La sorpresa mayúscula es la de que, a la hora de la verdad, este adversario formidable se le plante enfrente al mexiquense reclamando con análogos títulos su derecho a jugar la candidatura presidencial del PRI. ¿Será esto posible? ¿Y qué efectos tendría? Desde luego, dependiendo de factores imposibles de adelantar, el debilitamiento de Peña Nieto, ya que Manlio Fabio tendría su base en sectores priístas del norte del país, el más castigado en los años recientes, y sobre los cuales Peña Nieto ni por asomo tiene la influencia de Manlio Fabio. De suerte, para concluir, es que no está cerrada y segura la candidatura del PRI para 2012.

En cuanto al PRD, tengo la convicción de que Marcelo Ebrard verá con claridad que ni de lejos tiene un soporte popular nacional equivalente al de Andrés Manuel López Obrador, y que por esa razón no valdría la pena su propio lanzamiento, en contradicción con el de Andrés Manuel, porque tal gesto los llevaría a ambos a un fracaso muy probable. Andrés Manuel después de su eliminación por la mala en 2006, hizo seguramente lo mejor que podía hacer: organizar al país y movilizarlo para que se sacuda un sistema que ha sido tremendamente opresivo para la nación desde hace décadas.

La oportunidad de Ebrard, más joven, podrá venir después.

Tal es la apuesta de López Obrador y así ha conformado su destino: el del liderazgo popular y el de cabeza muy posible de una movilización sin paralelo en México en muchos años. Con una salvedad que yo le aconsejaría: en su momento disminuir el tono de confrontación, es decir, aproximarse más a Lula que a Hugo Chávez, por supuesto sin abandonar su línea de principios y convicciones.

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