miércoles, 13 de julio de 2011

Verdades de la opinocracia



Luis Linares Zapata


El veredicto de la opinocracia fue tan instantáneo como endebles los fundamentos de sus comunes sentencias. El mayor perdedor de las pasadas elecciones en el estado de México fue, para ellos y sin sombra de duda que los atosigara, Andrés Manuel López Obrador. La base de su imbatible argumentación no tiene desperdicio: fue él quien se opuso a la alianza entre PRD y PAN y, con ello, puso en bandeja de plata el triunfo a Peña Nieto. Algunos fueron todavía más lejos rebuscando entre sus tenues profundidades conceptuales y encontraron que fue él, también, quien eligió a Alejandro Encinas un personaje que resultó, según su recuento de daños, impertinente. El objetivo, explícito o supuesto era sembrar de inmediato sus verdades que, por íntima coincidencia, son las mismas desde hace más de cinco años: abonar en la cuenta negativa de quien, suponen, es una amenaza para los masivos intereses de sus meros patrones.

En el cenáculo semanal que cobija a ciertos de ellos (Tercer grado) no dejaron, casi como de costumbre, resquicio alguno para las disonancias. Todavía rechazaron el esfuerzo de la señora Maerker por adentrarse en la descomposición de la vida pública, en especial la partidaria. La izquierda, si esta tesitura en realidad existe en ese territorio de líderes vividores que tanto menciona el señor Marín, tiene que ser, desde su dictamen definitorio, un chicloso inventado por el mesías (AMLO) para proseguir alentando sus propios mitos del fraude y la responsabilidad convenenciera de la mafia del poder que lo indujo y ordenó.

La elección de Estado que puso en operación el oficialismo mexiquense y sus aliados federales, en la sagaz opinión de tales veteranos de la radio y la pantalla, no puede explicar lo sucedido. Simplemente, la distancia entre el ganador y los demás perdedores es tan abismal que no es posible dar cabida a tan rutinaria explicación. Será, vaticinaron con agrio acento preventivo, idéntica excusa a la que será empleada en 2012. Sí, hubo compra de votos por millares, tal vez un millón de ellos. Sí, se dieron regalos indebidos a costa del erario. Sí, se excedieron con amplitud obscena los gastos de campaña. Sí, se apabulló en la propaganda hasta que, tardíamente, se ordenó retirar algo de la gubernamental. Sí, se trasmutó la estructura burocrática del gobierno en un equipo de mapaches a plena luz del día, accionar captado en algunos videos probatorios, pero desechados por ser incompleta evidencia. Sí, se intimidó a mansalva con recursos de autoridad y policía. Sí, se cooptaron tanto al árbitro (IEEM) como al juez (tribunal) y se legisló al vapor y conveniencia. Pero todo esto y más, que forma un denso núcleo que deshace cualquier intento democratizante, no es, concluyen con irónica suficiencia, razón de peso para justificar la derrota. Hace falta reconocer la realidad, arguyen otros intelectuales consagrados en el mundillo de los elegidos como referentes. Lo que importa, sobre todas las cosas, es la valentía para reconocer la derrota. Ésa es la esencia de la lucha por el poder en la democracia. Es el punto neurálgico que la izquierda, en especial AMLO, no practica ni siquiera por derivada consecuencia.

El gran pecado de los líderes iluminados es su renuencia para reconocer errores, se ha dicho y proclamado por todos los confines. Ese es el razonamiento escogido por los ilustrados, por los meros doctores de la politiquería oficiosa para minimizar la influencia determinante de la elección de Estado. Practicar la autocrítica para los izquierdosos no se empareja con su fingida grandeza, les causa escozor y, por eso, están condenados a ser perennes perdedores, concluyen. Eso de que les robaron el triunfo en la pasada contienda presidencial es historia jamás probada. Ni un solo dato sostiene tan insana presunción, siguen afirmando sin pudor alguno. Poco importa que la misma Elba Esther Gordillo haga públicas las “negociaciones” con el señor Calderón o que el señor Fox confiese que cargó los dados en 2006. Ya chole, aducen con fingida fatiga, con lo de la mafia del poder y sus esbirros de la política y los medios de comunicación a su servicio. Es la misma cantaleta de siempre. Con ese tipo de argumentación no atraen a nadie. Menos aún con candidaturas recicladas que huelen a naftalina de clóset.

Una elección en el Edomex en esas condiciones se había previsto y, aun así, se entró a la competencia. Rebasar 30 por ciento de la votación efectiva era un objetivo realista fijado por la izquierda. Ganar también se buscó con ahínco apegándose a las reglas democráticas y con los recursos de ley. Por ello, AMLO recorrió dos veces y media, municipio por municipio, todo el estado. Se movilizó, organizadamente, a cientos de miles de ciudadanos. A pesar de ello, algunos rencorosos observadores todavía lo acusaron de no haber acompañado a Encinas. Otro de los logros de la pasada competencia electoral fue el rescate del perfil de una izquierda unida, definida en sus diagnósticos y ofertas. Esto fue un logro de especial consideración sobre todo frente a la mescolanza que la dirigencia estatal del PRD (apoyada desde el centro) insistentemente buscó al pretender aliarse a un PAN por completo desvencijado. Los chuchos deben meditar, aunque sea con el poco rigor disponible a sus entendederas, el daño que sus guerrillas contra AMLO, de más de tres años, le han infligido al PRD de cara a sus simpatizantes. El mismo Marcelo todavía añoró no haber ido en esa dañina alianza a la que los datos disponibles echan abajo. Cómo justificar arrimarle el hombro a quienes cargan más de 40 mil muertes (y los que desgraciadamente faltan). La izquierda está lista para enfrentar al modelo que propugna por la continuidad ahora bajo la férula del PRI. Y lo hará con la confianza puesta en el despertar de una conciencia colectiva que se otea por toda la atribulada nación de los mexicanos

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