lunes, 27 de enero de 2014

Lo que defendemos

Bernardo Bátiz V.
M
uchos mexicanos, algunos muy distinguidos, como los premios nacionales de ciencias y artes, intelectuales conocidos y otros no tanto, partidos políticos, agrupaciones de abogados, juristas destacados, universitarios, líderes religiosos, maestros, trabajadores organizados, estudiantes, campesinos y muchos más, de diferentes maneras, a veces de acuerdo y otras cada quien por su lado, tratamos de convencer a quienes controlan a los poderes federales, Ejecutivo y Legislativo, de que no segregaran a la electricidad y a los hidrocarburos de la lista de áreas estratégicas de la economía.
Entre quienes más razones aportaron para detener el atropello a la soberanía, que es lo que se hizo con el nombre escurridizo y tramposo de reforma energética, fueron los mismos petroleros, entre los que destaca la agrupación Ingenieros Petroleros Constitución de 1917, en conferencias, debates, entrevistas, siempre con datos duros y razones fundadas.
Entre estos estudios serios y fundados en favor de que siga siendo la nación mexicana la que tenga el control de los energéticos, está un bien informado trabajo del ingeniero Eduardo Soto Yáñez, jubilado de Pemex como muchos de sus compañeros, donde explica cómo después de los primeros años difíciles, inmediatos a la expropiación, la empresa salió adelante y no sólo ello, sino que capacitó a sus propios trabajadores y profesionistas, que llegaron a competir con los mejores del mundo, y asesoraban a empresas extranjeras en países como Brasil, Perú o España. Él mismo estuvo en esa circunstancia y fue testigo de que la capacidad, eficacia y entrega de geólogos, expertos en mecánica de suelos, químicos y otros profesionales de la ingeniería petrolera, egresados del Instituto Politécnico Nacional y de la UNAM, asesorados por el Instituto Mexicano del Petróleo, fueron capaces de consolidar una industria que por años fue palanca de nuestro desarrollo.
El estudio evidencia la hazaña de la rehabilitación de las refinerías que abandonaron las compañías extranjeras y demuestra que técnicos y obreros mexicanos son competentes y están a la altura de cualquiera, al contrario de lo que piensan los acomplejados políticos en el poder, que creen torpemente, que solamente puede salir México adelante sí vienen capitales, técnicos y empresas del exterior a hacer lo que a nosotros nos corresponde.
Destaca en este estudio la enumeración de las grandes obras de infraestructura iniciadas en la época en que se manejaba Pemex con eficacia y patriotismo, abandonadas después sin razón plausible por los neoliberales educados fuera del país como Salinas, Aspe, Zedillo, Lajous, Calderón, Fox, Kessel, Peña, y Videgaray.
En opinión del ingeniero Soto y de sus compañeros, veteranos petroleros, el verdadero tesoro enterrado y no en el fondo del mar, sino disperso por toda la República, está en esa infraestructura abandonada que costó mucho a nuestro país y que sin duda alguna vale hoy una fortuna que no debe ser entregada a los inversionistas de uñas afiladas, que sólo esperan la legislación secundaria para iniciar el saqueo de nuestros recursos.
Entre esas obras está el gasoducto de 48 pulgadas de diámetro, que va de Cactus, en Chiapas, a San Fernando, Tamaulipas, donde quedó inconcluso, ejemplo de la ingeniería mexicana, planeado para llegar hasta la ciudad de Reynosa y que podría ser la vía principal de distribución de gas en el país, hoy subutilizado, sin estaciones de compresión intermedias, pero al fin, una magna obra hecha por mexicanos, que México podría concluir y aprovechar.
Otra riqueza desperdiciada la constituyen los cuatro puertos petroleros que costaron verdaderas fortunas y no son usados a toda su capacidad; Altamira, Tamaulipas; Dos Bocas, Tabasco; Salina Cruz, Oaxaca, y Lázaro Cárdenas, Michoacán, en los que se invirtió mucho en conocimientos técnicos, en recursos humanos y en obra negra, pero que se abandonaron a medio construir por razones oscuras y sin duda contrarias a los intereses nacionales.
Una obra más, también inconclusa, es la vía ancha del ferrocarril de Huimanguillo, Tabasco, a Ostión, Veracruz, para transportar petroquímicos desde los complejos del sureste y finalmente, otra más, el dique seco para la reparación de la flota petrolera de Pemex en Ciudad Madero.
Todas estas obras se desarrollaron con recursos e ingeniería mexicanos y fueron criminalmente abandonadas por los tecnócratas; constituyen la infraestructura que requiere y debe ser rehabilitada, pero de ninguna manera malbaratada a las empresas extranjeras.
Los ciudadanos agrupados en Ingenieros Petroleros Constitución de 1917 identifican lo que estamos defendiendo; sin duda los recursos energéticos del país que no deben ser entregados, pero también lo que ya existe de infraestructura, que vale mucho y que fue intencionalmente abandonado a partir de 1982, cuando llegaron al poder los neoliberales, educados en el extranjero, sin visión patriótica y con ojos sólo para calcular ganancias y negocios.

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