jueves, 30 de junio de 2016

España y México: dudosos paralelismos

Octavio Rodríguez Araujo
L
o que me queda más claro de las pasadas elecciones generales en España es que si el PSOE y Unidos-Podemos hubieran ido juntos, el derechista Partido Popular habría perdido. El dirigente del PSOE dijo en su discurso poselectoral que dicha coalición no pudo hacerse por la intransigencia del dirigente de Podemos, Pablo Iglesias. Algo hay de cierto en esa inculpación.
Decir que el PSOE es de centroizquierda no sorprende a nadie, ni a sus dirigentes ni militantes; decir que Podemos es de izquierda tampoco, pero debe quedar claro que ninguno de los dos es precisamente anticapitalista (por lo que estrictamente hablando los dos serían de centroizquierda). A pesar de las diferencias entre ambos partidos españoles, son los más cercanos ideológicamente, como en México el PRD y Morena, también de centroizquierda los dos; el primero más formalmente que en su realidad actual.
La situación de los partidos de centroizquierda en España y México tiene algunos paralelismos si los descontextualizamos históricamente y en su perspectiva. Podemos es muy joven, como Morena también, pero allá al primero le falta mucho para quitar al PSOE del segundo lugar, y acá es al PRD, en crisis desde hace rato, al que le falta liderazgo para superar a Morena y a López Obrador. Entre éste e Iglesias, por cierto, hay grandes diferencias: al español todavía le falta cocción, para decirlo con suavidad.
Desde hace tiempo he insistido en estas páginas sobre las ventajas que tendrían el PRD y Morena si se aliaran para 2018: ambos se necesitan, pues por separado es muy probable que ninguno alcanzaría el triunfo para llegar a Los Pinos. He resaltado también que en las pasadas elecciones locales el PRD regaló al PAN sus votos, y no al revés, siendo que el blanquiazul estaba muy de capa caída. Los triunfos del PAN, por cierto, no fueron por su liderazgo ni por su programa, sino porque tanto el gobierno de Peña como su partido tienen muy pocas preferencias, comparadas con las que el tricolor tenía entre 2007 y 2012, cuando aprovechó muy bien y oportunamente el desprestigio de Calderón, mientras el PRD se dejaba llevar por la inercia y las pugnas internas.
Hay, desde luego, perredistas que siguen pensando y casi proponiendo que harían alianzas con el PAN para derrotar al PRI. Podría ocurrir, pero ¿qué clase de gobierno formarían dos partidos que en principio y por principio son no sólo desiguales, sino contrarios? ¿Y quién garantizaría que el candidato resultante fuera del PRD y no del PAN, que en estos momentos tiene más fuerza que el sol azteca? Para mí el objetivo sería quitar del gobierno de la República (en un régimen presidencialista) a los defensores del neoliberalismo, igual si éstos son del PRI que del PAN. Es decir, no es un problema de número de votos ni de partidos, como si fueran entidades abstractas, sino de proyectos de país. Esto es lo que está en juego, no los colores del partido gobernante, en solitario o en coalición. No puede pasarse por alto que el PAN surgió como un partido liberal, y que cuando el gobierno pasó a manos neoliberales no vaciló en hacer alianzas con él para echar abajo antiguas conquistas del régimen enmarcado en el llamado nacionalismo revolucionario, pese a sus defectos. Los une el liberalismo/neoliberalismo que para el PRI fue nuevo a partir del gobierno que se lo impuso como ideología (Salinas de Gortari).
En elecciones el PRI y el PAN se oponen, pero no nos confundamos: lo hacen por los cargos y los beneficios que obtienen de éstos. Las alianzas habidas entre el PRD y el PAN han tenido ese mismo propósito y uno más: la necesidad del primero de ganar sufragios para no perder el registro y para seguir usufructuando las prerrogativas que otorga el Estado en función del número de votos obtenidos. Si, por otro lado, pensamos que el proyecto de país es el mismo para el PAN y el PRD, pues mal para este último: sería su confesión abierta de que dejó de ser un partido de izquierda, incluso de centroizquierda o socialdemócrata.
Varios perredistas acusan a López Obrador de ser intransigente con ellos. Puede ser que no estén equivocados, ¿pero de verdad han intentado acuerdos políticos? Si Morena es un partido en ascenso y el PRD en descenso, ¿quién debe acercarse a quién y qué tipo de acuerdos podrían signar juntos? Agustín Basave tuvo oportunidad de hacerlo, pero no lo hizo, quizá porque no quiso enfrentar a la corriente hegemónica de su partido: Nueva Izquierda (los Chuchos), pero sí en cambio buscó y logró alianzas con el PAN.
La historia de desencuentros entre los Chuchos y López Obrador es vieja, con trabajos se toleran. Esta situación debe haber sido una de las principales razones por las que el tabasqueño promovió, para apoyar su candidatura presidencial (2012), la formación del Movimiento Regeneración Nacional, ahora Morena a secas. Después de las elecciones de 2012 Morena se constituyó como asociación civil formal (20 de noviembre), y mientras tanto el dirigente nacional del PRD (Jesús Zambrano de Nueva Izquierda) tenía acuerdos con el presidente electo Peña Nieto (razón por la cual el 2 de diciembre de ese año firmaron el Pacto por México junto con el PAN). Con ambos sucesos la ruptura era inevitable y más tarde Morena se convirtió en partido político. La aparente o real intransigencia de AMLO en relación con la facción hegemónica del PRD tiene su razón de ser, esto es claro. Quizá en este caso aplica la sentencia que dice que los amigos de mis enemigos son también mis enemigos.
En síntesis, el PRD escogió hacer alianza con un gobierno priísta –por añadidura neoliberal– y con otro partido de tendencia semejante, el PAN. ¿Por qué habríamos de considerarlo de centroizquierda? Empero, todavía tiene tiempo para cambiar y retomar su origen.

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