miércoles, 1 de junio de 2016

Morena en perspectiva, una hipótesis

Octavio Rodríguez Araujo
T
anto en Europa como en América Latina se están imponiendo dos peculiaridades en relación con los procesos electorales: los partidos tradicionales están siendo desplazados por falta de credibilidad y los que han triunfado en los comicios recientes son nuevos o son alianzas o coaliciones de varios partidos. Esta es la tónica general que desarrollo ampliamente en mi próximo libro Democracia, participación y partidos, que espero esté a la venta a finales de junio.
En México se nos presenta un fenómeno semejante, al menos en lo que se refiere a las alianzas o coaliciones de partidos, salvo uno: Morena, que hasta ahora ha preferido ir solo a las elecciones. En nuestro país hasta el Partido Revolucionario Institucional (¡quién lo hubiera imaginado hace 30 años!) ha establecido alianzas con partidos menores: con el Verde (PVEM) y con Nueva Alianza (Panal), principalmente. No menos sorprendente ha sido el caso del PAN-PRD, a veces los dos y otras con otros partidos como el Partido del Trabajo (PT) y el Movimiento Ciudadano (MC); en ciertos casos también con Encuentro Social (PES).
Los partidos políticos con registro más reciente son Morena y Encuentro Social, ambos certificados el 9 de julio de 2014, aunque el segundo ya existía desde 2006 en Baja California.
El reto de Morena en los próximos comicios del 5 de junio es mayúsculo, pese a que las preferencias a su favor no son tan bajas como las del PES, según las encuestas que conocemos. En Oaxaca la sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) acaba de convocar a sus agremiados a votar por Morena y a castigar a los partidos que signaron el Pacto por México con Peña Nieto al principio de su gobierno. Se pueden decir muchas cosas a favor o en contra de la CNTE como movimiento social organizado, pero ninguna tan negativa como contra Nuño, el secretario de Educación que ha dicho que sólo negociará con ella si acepta previamente la reforma educativa (todo mundo se pregunta, con razón, qué se negociaría entonces si el punto principal de desacuerdo es precisamente dicha reforma y sus principales contenidos).
Morena, debe reconocerse aunque podamos tener algunos desacuerdos, es el único partido que en estos momentos se presenta como antineoliberal. En otros países, como en Ecuador, Bolivia y Uruguay (en el presente) los gobiernos antineoliberales desplazaron por amplio margen a los proneoliberales y a los más tradicionales que ya olían a rancio. Los comicios locales del próximo domingo quizá nos den algunas sorpresas y Morena se imponga en algunos estados. Si esto no llegara a ocurrir de todos modos se podrá ver si está acumulando fuerzas hacia 2018 o no. No descarto, desde luego, que nuestros procesos electorales, por más reformas que han sufrido las leyes electorales (la federal y las estatales), adolecen de falta de limpieza y transparencia y que la compra de votos, entre otras ilegalidades, es un recurso de quienes tienen el poder para impedir que el antineoliberalismo gane terreno.
En 1996, cuando Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia del Partido de la Revolución Democrática, tuvimos una larga conversación telefónica. En ella le comenté que el futuro de los partidos estaba en su cercanía con los movimientos sociales y que si bien éstos suelen ser efímeros son donde está la población inconforme y contestataria, es decir, la base de la sociedad que se expresa al margen de las instituciones. No creo haberme equivocado y AMLO –pienso– coincidió conmigo, pues su carrera política se había iniciado, aun en el PRI, en movimientos sociales, tales como el llamado Éxodo por la Democracia y posteriormente con campesinos y trabajadores petroleros de su estado. Morena, debe recordarse, comenzó como un movimiento: Movimiento Regeneración Nacional, es decir, un movimiento-partido y no como un partido típico de espalda a las necesidades y a las expresiones de protesta de la población. El error del PRD ha sido precisamente su alejamiento de los movimientos o, peor aún, quererlos dirigir. No es casualidad que los movimientos sociales, aquí y en otros países, incluso de Europa, sean antipartido, pues uno de los problemas de los partidos es que están pensados para ganar elecciones y acceder al poder, en tanto que los movimientos por sí mismos no persiguen esos objetivos. Son dos lógicas distintas, aunque bien se sabe que los movimientos que no se organizan tienden a disolverse al alcanzar ciertos logros o por cansancio de quienes participan en ellos. Los partidos suelen tener mayor permanencia, pese a que siempre corren el riesgo de caer en manos de burocracias dirigentes más preocupadas en ubicarse en la esfera del Estado (cargos y prerrogativas) que en la cercanía con los movimientos sociales. Estar cerca de éstos, me adelanto a decir, no quiere decir dirigirlos.
Aclaro que no milito en ningún partido, pero me parece que en las circunstancias actuales uno antineoliberal es lo que el país requiere para un mejor futuro de los mexicanos. Morena, pese a las críticas que podría hacerle, es ese partido, hasta ahora el único antineoliberal. ¿Crecerá con las próximas elecciones hasta 2018? No lo sé, pero sería deseable. ¿Necesitará alianzas con otros? Tampoco lo sé, pues los grupos hegemónicos en el PRD, pese a que ven su declinación constante, han preferido hacer alianzas con el PAN que con Morena. Gran error.

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