jueves, 30 de noviembre de 2017

La provocación

Soledad Loaeza
E
l presidente del PRI, Enrique Ochoa, ha adoptado una estrategia de campaña cargada de riesgos. Ha armado un discurso agresivo y altisonante de denuncia del candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, a quien compara con el presidente Maduro de Venezuela. El objetivo central del priísta es provocar el miedo del electorado para inducirlo a votar por el PRI, aunque no sea más que por estas malas razones. En el proceso, Ochoa está propiciando dos resultados, ambos indeseables: primero, la polarización del electorado, que la estrategia frentista que iniciaron el PAN, el PRD y MC puede profundizar, sobre todo si, en una situación desesperada, el Frente opta por aliarse con el PRI –como empiezan a sugerir algunos antimorenistas–, y si, como lo ha reportado la prensa, Morena logra atraer al PT, al PES y al Panal. La segunda consecuencia indeseable de la retórica rabiosa de Ochoa es la desaparición del centro político.
El PRI ha sido objeto de grandes alabanzas de parte de su precandidato, José Antonio Meade. Hasta dan ganas de preguntarle por qué se tardó tanto en reconocerlas. Si él y su líder saben algo de la institución que hoy los cobija, sabrán que una de las claves del éxito del PRI fue presentarse como un partido de centro. La participación del PAN y del PP, tenía ese propósito: entre la derecha panista y la izquierda del PP se situaba el PRI, como una opción moderada que ofrecía lo mejor de la izquierda y de la derecha.
El discurso de Ochoa catapulta a su partido a un extremo del espectro político y provoca la radicalización del adversario. Habrá que recordar que una campaña electoral, en que la competencia tiende a concentrarse en dos fuerzas políticas antagónicas es como un tango, uno sigue el paso del otro. Así que, de mantener Ochoa la ruta de la provocación, impulsará la radicalización de Morena. ¿Es eso lo que buscan los jóvenes priístas en el poder? ¿Están preparados para enfrentar los conflictos de una sociedad polarizada?
La experiencia de países como España en 1936 y Chile en 1973 puede citarse como un referente de los riesgos que acarrea la táctica Ochoa. El que sea lejana en el tiempo no le resta relevancia. En ambos casos el discurso de la confrontación alimentó los antagonismos políticos, al punto de que las posturas fueran irreconciliables y la ruptura inevitable. Una guerra civil aterradora y una dictadura militar no menos terrible fueron el precio de la confrontación. Al inicio de la transición española, 40 años después, la prensa no quiso contribuir a la repetición de esa experiencia. Se reunieron los directores de los principales periódicos y acordaron evitar los tonos histéricos, la retórica violenta que exacerbaba los ánimos, la exageración que irritaba nervios y ansiedades. Optaron por informar a sus lectores con un tono medio, con prudencia y con mesura. Asimismo, los editorialistas se comprometieron a contener su pasión partidaria, utilizar un vocabulario relativamente neutral, a evitar el insulto, la diatriba y el escándalo.
El discurso del líder priísta está generando las condiciones para que 2018 sea un año mucho más difícil y complicado de lo que sería de todas maneras, porque hacía décadas que el país no estaba tan dividido como ahora. Ochoa busca la polarización, y al hacerlo denota hasta dónde llega su miedo de perder el poder, que es mucho más grande que el miedo al triunfo de López Obrador.
Si de una campaña presidencial positiva se trata, los priístas tendrían que buscar argumentos inteligentes y bien informados para apoyar a su candidato, en lugar de hacer de la imagen negativa del principal adversario el eje de su propaganda electoral.
Entiendo que es grande la tentación de sumarse a un movimiento universal de denuncia del populismo, y que cuando lo hace Ochoa se siente parte del club Merkl, pero no podemos cerrar los ojos a que la noción de populismo se refiere a diferentes temas, políticas y posturas de gobierno en distintos países. Cuando se habla de la amenaza populista en Austria a nadie se le ocurre comparar a Sebastian Kurz, líder de esa fuerza política, con Nicolás Maduro. Sus propuestas son diferentes, los problemas de cada país también difieren. Ochoa llama populismo, a una desordenada combinación del mal recuerdo que dejó el sexenio de José López Portillo con los peores aspectos de la descomposición venezolana. Y sostiene, sin ninguna precaución, que todo eso en México puede suceder. Lo ha dicho tanto que hasta lo cree. Lo ha dicho tanto que en una de esas hasta lo desea.

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