jueves, 29 de agosto de 2013

México SA

AL: informalidad a tope
En ella sobrevive el 50%
México, medalla de oro
Carlos Fernández-Vega
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Feria del empleo celebrada en Palacio de los Deportes, en el Distrito Federal. Imagen de archivo   Foto Roberto García Ortiz
L
a tétrica realidad social y laboral de América Latina cuenta con nueva numeralia, que no es otra que la aportada ayer por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la cual se resume en lo siguiente: casi la mitad de los trabajadores latinoamericanos sobrevive en la informalidad, y de ellos, alrededor de 25 por ciento son mexicanos. Esa es la mala noticia; la peor, que aún si el producto interno bruto regional creciera a una tasa anual de 4 por ciento, se necesitarían más de 50 años para reducir la informalidad a la mitad. Y la espeluznante, que el PIB de México crece 2 por ciento anual, si bien va, de tal suerte que aquí se requeriría un siglo para alcanzar idéntico objetivo, siempre y cuando no crezca el de por sí voluminoso ejército autóctono de informales, lo que es mucho pedir.
¿Qué hacer ante tan horripilante herencia social de tres largas décadas de neoliberalismo en América Latina, con México a la vanguardia? Lo primero, cambiar de modelo, porque al ritmo que va no existirá calculadora capaz de sumar empleos precarios, informales, pobres y demás carencias sociales.
América Latina cuenta con más de 250 millones de trabajadores; de ese total, 127 millones sobreviven en la informalidad, quienes mayoritariamente forman parte de la población más vulnerable (eufemismo por paupérrimo). En el caso mexicano, la población económicamente activa suma alrededor de 50 millones de personas, de las que 30 millones sobreviven en la informalidad y, obvio es, también son vulnerables. Para superar el entuerto, debería transcurrir medio siglo para reducir de 127 a 63.5 millones el número de informales en Latinoamérica, y cien de ellos en el caso mexicano. Y como bien advierte la OIT, el problema es si la región tiene la capacidad y, sobre todo, el tiempo, pues la mayoría de las personas no se incorporan a la informalidad por elección, sino por la necesidad de sobrevivir, de hacer algo que les permita llevar un ingreso aunque sea mínimo a sus casas.
Esas son las estimaciones de la OIT, pero en Los Pinos suman y restan de otra forma. Un mes atrás, el presidente Enrique Peña Nieto dio a conocer su Programa para la formalización del empleo 2013, con metas muy ambiciosas, entre ellas la deformalizar 200 mil empleos anuales. A ese ritmo, de alcanzar ese objetivo, con el ritmo de crecimiento actual y sin considerar el crecimiento del citado ejército, México consumiría 75 años para reducir en 66 por ciento el número de trabajadores informales en el país.
De acuerdo con los supuestos de la Organización Internacional del Trabajo, a México le tomaría un siglo recortar en 50 por ciento el ejército de informales, pero en la residencia oficial calculan que sólo serían 75 años y se reduciría en 66 por ciento. Pero qué más da quién hace la cuenta correcta, porque en cualquiera de los casos también hay que preguntarse si el país tiene la capacidad y el tiempo necesarios como para desactivar esta bomba social, en el entendido de que una gruesa parte del citado ejército permanecería en activo. Desde luego que no.
En aquella bonita ceremonia en la que se anunció la intención de formalizar el empleo en México, el inquilino de Los Pinos dijo que la informalidad es enemiga de los trabajadores y que ella también es una salida falsa para la sociedad. Bien por el apunte, pero Peña Nieto olvidó mencionar que si algo ha fabricado el neoliberalismo a la mexicana en 30 años de estancia es, precisamente, informales y salidas falsas, que hoy, a la vuelta del tiempo, representan una voluminosa factura que no tiene con qué pagarse.
De alcanzar la meta fijada por el propio Peña Nieto, al concluir su mandato se habría formalizado alrededor de un millón 100 mil puestos informales (considerando de julio de 2013 al cierre de 2018), con lo que ya sólo quedarían por formalizarcerca de 29 millones de plazas, siempre y cuando, insisto, no creciera el multicitado ejército y que el ritmo de crecimiento económico se mantuviera en 2 por ciento. ¿Se solucionaría, o cuando menos, se aligeraría el problema? Ni de lejos, en especial porque el país no se puede dar el lujo de esperar, ni la paciencia social da para tanto. Esa es la cruda realidad, por mucho que en Los Pinos supongan que sólo con másreformas se resolverá el creciente problema de la informalidad.
En vía de mientras, la OIT detalla que la formalización de la informalidad plantea un desafío político, pues al obstaculizar el progreso de nuestras sociedades genera situaciones de frustración y desaliento que tienen el potencial de comprometer la confianza en las instituciones y la gobernabilidad democrática. La información del organismo revela que entre el 20 por ciento de la población regional con mayores ingresos, las situaciones de informalidad afectan a 30 por ciento de las personas. En cambio, entre el 20 por ciento de la población con menores ingresos, 73.4 por ciento está en situación de informalidad.
En la informalidad abunda el emprendimiento, la iniciativa, el ingenio, el sacrificio y el esfuerzo, pero al mismo tiempo es sinónimo de empleos con bajos ingresos, sin protección social ni derechos, sin estabilidad y con escasas perspectivas de futuro. Además, el empleo informal es una relación laboral que no está sujeta a la legislación nacional, no cumple con el pago de impuestos, no tiene cobertura de seguridad social y en general carece de prestaciones relacionadas con el empleo.
En América Latina la informalidad afecta a 83 por ciento de los trabajadores por cuenta propia; 78 por ciento de los trabajadores domésticos; 59 de los trabajadores en microempresas; 71.3 de los trabajadores de la construcción; 56.1 de los trabajadores en comercio, restaurantes y hoteles; 50.9 de los trabajadores en explotación de minas y canteras y 39.6 por ciento en la industria manufacturera. De ese tamaño es el efecto del neoliberalismo en el sector laboral.
Las rebanadas del pastel
Por lo visto la posposición del América-Pumas y el Cruz Azul-Querétaro causó mayor indignación y rechazo social que el desplome del crecimiento económico, la gruesa cancelación de empleos, el vigoroso crecimiento de la informalidad, la sostenida pérdida del poder adquisitivo y/o el incremento de la pobreza en el país. Cada quien con sus gustos y prioridades, cierto es, pero México está en una etapa en la que le urgen más ciudadanos y menos aficionados.
Twitter: @cafevega

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