jueves, 29 de junio de 2017

México SA

Aliados fastidiados

Cambio, ¿riesgoso?

Crimen sin mancha
Carlos Fernández-Vega


P
arece que los aliados naturales del régimen (cúpulas empresariales) se cansaron ante la evidente falta de resultados. Más de una década atrás defendieron la tesis –falsa a todas luces– de que política y económicamente cambiar el rumbo resulta riesgoso, pues apostarle a algo distinto implica retroceso.
Tal pronunciamiento de la cúpula empresarial se dio al finalizar la campaña electoral 2006 por la Presidencia de la República, y haiga sido como haiga sido impusieron en Los Pinos a Felipe Calderón y su banda, más adelante a EPN. Pero una década después todo indica que la temeraria cantinela ya no le resulta productiva, porque el rumbo, que no se modificó un milímetro, ha llevado al país al borde del precipicio.
Crecimiento ausente, desarrollo nulo, pobreza galopante, violencia por doquier, crimen organizado en la cima, gobierno en la sima y la clase política de fiesta, gaste y gaste los recursos de los mexicanos en cualquier cosa menos donde el país lo requiere, en las áreas estratégicas, y entregando –comisión de por medio– los bienes de la nación a los magnates de siempre. ¿Apostarle a algo distinto implica retroceso? Allí están los resultados.

Y viene más, porque para 2018, cierre sexenal, el secretario de Hacienda receta más de lo mismo: recorte presupuestal y austeridad en los bueyes de mi compadre, porque en la burocracia dorada todo funciona como en los cuentos de hadas.

Los problemas del país se acumulan por montones, el deterioro social avanza a paso veloz, en el sótano se mantiene la credibilidad gubernamental, de los partidos políticos, las instituciones electorales, justicia, seguridad y conexos, pero a la clase política nada le importa salvo la grilla sucesoria del próximo año, el reparto del próximo botín sexenal.

Entonces, ¿qué se hace en estos casos?, porque a estas alturas lo verdaderamente riesgoso es no cambiar el rumbo, y apostarle a lo mismo que ha provocado el retroceso del país.

En vía de mientras, el Centro de Estudios Económicos el Sector Privado (Ceesp), por medio de su director, Luis Foncerrada, advierte que desgraciadamente (como si se tratara de una maldición y no del resultado de tantos años de lo mismo) México no llega a la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte con una gran fortaleza interna, ya que en los últimos cuatro años se ha registrado un gran deterioro en varios aspectos económicos (La Jornada, Susana González).

Según su versión, ha sido el azar y no el modelo económico el que ha debilitado al país y a sus instituciones, el que provocó una devaluación de 50 por ciento en cuatro años (antes de la llegada de Trump, no como consecuencia de ello), el que incrementó 60 por ciento la deuda pública, el que elevó la inflación a niveles no registrados en casi una década, el que ha depauperado a más de 50 por ciento de los mexicanos, el que ha abaratado el ingreso a niveles de hambre y el que, en fin, ha impedido que el país crezca más allá del ya tradicional cuan raquítico 2 por ciento.

Pero tal vez lo que más le duele al Ceesp es “la baja inversión pública que se destina a la infraestructura y que equivale a tan sólo 2.7 por ciento del producto interno bruto (PIB), la más baja desde hace más de siete décadas, lo que también se traduce en menor inversión privada.

Los dos tipos de inversión, pública y privada, incluida la de origen extranjero, equivalen a 21 o 22 por ciento del PIB anualmente, dijo, pero no hay manera de que la economía nacional crezca 2.5 o 3 por ciento anual si la inversión en infraestructura no equivale a 25 por ciento del producto o bien hasta 27 o 28 por ciento si se aspira a que México crezca 4 por ciento anual.

Y detalló lo siguiente: nos preguntábamos cuándo habríamos visto un gasto tan bajo en infraestructura del sector público. ¿Durante la crisis de 2008-2009? No. ¿En la de 1995? No. ¿En la de 82? No. Hay que ir a 1940, es decir hace 75 años que no había un gasto público en infraestructura tan bajo. Ello ha retrasado el desarrollo de infraestructura pública del país y ha impedido que se tenga más productividad y competitividad. Se trata de un enorme déficit en infraestructura (en este renglón México ocupa el escalón número 75 a nivel internacional).

Así es: todos los años se promociona la reunión entre el inquilino en turno de Los Pinos y los dueños de México, agrupados en el Consejo Mexicano de Negocios (del que son miembros de número los más ricos entre los ricos del país, principales aportantes financieros de las campañas electorales) y en pomposa ceremonia anuncian cantidades exorbitantes de inversión, que nadie certifica si en realidad concretan, mientras el de la residencia oficial agradece las muestras de confianza en mi gobierno.

Pero más allá de los discursos cajoneros, la denuncia del Ceesp da cuenta de una realidad muy alejada de los agradecimientos, la confianza y el gran de compromiso de los barones con el país. Y tal señalamiento se ve reforzado con el análisis que en días pasados publicó el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico (IDIC).

Y sus cifras son contundentes: entre 1980 y 1989 la inversión pública disminuyó a la mitad en términos reales. De acuerdo con el Inegi, entre 1993 y 2015 la variación de la inversión pública creció a tasa promedio negativa de -0.1 por ciento.

¿Qué implicación tiene? Hoy se invierte no sólo menos que en 1993, sino la mitad de lo que se realizaba en 1980. Sin inversión no hay crecimiento, advierte el citado instituto, y es claro que durante los pasados 35 años la parte pública dejó de cumplir su parte. Ello dejó la responsabilidad en la parte privada.

Entre 1980 y 1989 la inversión privada no creció en términos reales, fruto de la década perdida. Si bien existió una recuperación durante la década de los 90 (aumento de 10 por ciento en promedio anual), la primera década del nuevo milenio mostró que ello no era sustentable, porque fueron flujos extraordinarios generados por la privatización, la apertura económica y la adopción de un modelo de exportaciones basado en la maquila.

¿Qué se requiere? Una nueva estrategia de política económica, pues la aplicada en los pasados 35 años de plano no da de sí.

Las rebanadas del pastel

La muestra más acabada de que la protección de periodistas es expedita y efectiva es la inmediata limpieza de la pinta de ayer en la plancha del Zócalo (SOS prensa). El mensaje gubernamental es nítido: los seguirán matando, pero sin manchas.

Twitter: @cafevega

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