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jueves, 19 de abril de 2012

Navegaciones




Elogio de la jaula

Pedro Miguel

La afirmación parece obvia y baladí, pero tal vez no lo sea tanto: para hacer lo que te dé la gana necesitas de un espacio y un tiempo precisos y definidos. Quiere el lugar común que el acto creativo se asocie en automático a libertad, pero pocas veces se tiene en cuenta que su ejercicio obliga a someterse a toda suerte de disciplinas, reglas y limitaciones, y esto vale tanto para el diseñador de aviones como para la coreógrafa; para la pintora, lo mismo que para el cineasta; para el actor, para la violinista, para el poeta y para el programador –habida cuenta que algunos sitios y programas son poesía pura.

La primera vez que este asunto se me vino a la mente estaba trenzado en una discusión, precisamente, con un programador: yo le exigía una página de Internet que hiciera monería y media, él afirmaba que mis peticiones eran imposibles y argumentaba que el HTML era un conjunto de instrucciones muy deficiente y limitado. La inspiración vino en mi ayuda y le espeté:

–Imagínate que tienes que decir cualquier cosa en 80 sílabas; ¿Te sentirías limitado?

–Pues supongo que sí. ¿Pero eso, a qué viene? –se puso en guardia.

Le expliqué entonces las bases preceptivas de la décima espinela: 10 versos de ocho sílabas cada uno y, para rematarla, con un rígido esquema de rimas ABBAACCDDC. Esa estrofa, que toma su apellido del de Vicente Espinel, que la cultivó en el XVI, ha sido exhaustivamente explotada, en lo sucesivo, tanto por poetas cultos como por trovadores populares por toda la inmensidad de las tierras iberoamericanas; se ha fundido con expresiones de la cultura popular del Golfo de México y del Caribe, de la pampa y de los Andes; se ha usado para satirizar al prójimo, para expresar amor a Dios, para celebrar los placeres de la carne, para cantar gestas históricas y hasta para hacer referencia a la propia décima, como ésta, perteneciente a la tradición popular peruana, y recopilada por Nicomedes Santa Cruz, músico y decimero enorme:

De fácil composición
una décima parece
y por eso se apetece
para cualquiera función:
pero en la distribución
del pensamiento adoptado,
su mérito está fincado
en que, sin ningún estorbo,
concluya el último sorbo
con el último bocado.

Claro que parece “de fácil composición”, pero hay que sudar un buen rato para habituar al pensamiento a que fluya en la rigidez de su modelo y en sus exigencias formales. Y se requiere de horas y horas de práctica para que lo que se desea decir termine exactamente en las sílabas 79 y 80, y que éstas rimen con las 55 y 56, con una precisión análoga a la que une las manos del trapecista con el palo del trapecio porque, si no se aferra a él en el instante preciso, el artista se rompe la madre.

La creación exige sometimiento a la dictadura del tiempo –y a la del tempo– porque el palo del trapecio sólo estará al alcance de la mano durante una precisa fracción de segundo, porque hay un problema acuciante que espera una solución técnica, porque la función ha de empezar en el horario programado, porque el editor no estará toda la vida esperando tus relatos, porque en la pintura al fresco la humedad del yeso no debe evaporarse antes de ser impregnada con pigmentos, porque cada nota de una sinfonía debe caer sin adelanto ni retraso en el instante que le corresponde.

La creación ha de doblar la cerviz también ante los límites del espacio, porque la superficie del lienzo no admite añadidos posteriores, el diseño de una computadora parte de especificaciones máximas de volumen, la novela no puede desarrollarse en una sola página –ni extenderse a lo largo de 100 mil–, la escultura no ha de exceder las dimensiones del bloque de mármol en que va a tallarse, la obra de teatro no puede salir del escenario definido como tal, llevándose tras de ella a los espectadores y a los equipos de iluminación, e irse de día de campo.

Lo que en un flautista, una bailarina o un poeta parece ejercicio de absoluta libertad es, en realidad, la expresión de innumerables sesiones de entrenamiento y ensayo, de doblegar los impulsos naturales del cuerpo y las ideas a la entropía, de ejercitar facultades que no necesariamente están a la vista en el momento en que se exhibe el resultado. El trabajo del cómico y del payaso, que parece tan espontáneo, requiere de una cuidadosa preparación ante el espejo y de una cuidadosa destilación de gestos, movimientos o palabras.

Más aun: para que eso que se tiene en la cabeza tome cuerpo en la realidad es necesario delimitar escrupulosamente los medios, los materiales y las herramientas para realizarlo: la gama de colores, el universo semántico, el tipo de movimientos, los instrumentos musicales que entrarán en juego, el número y la forma de marionetas que aparecerán en el teatrino, el tema y el marco teórico de un ensayo, los individuos o los motores que moverán los escenarios, la colección de instrumentos a emplear en la intervención quirúrgica.

La verdadera libertad creativa consiste en la facultad de escoger la jaula más adecuada, en conocerla centímetro a centímetro y en fundirse con ella hasta que parezca que ha dejado de existir.

Para muchas personas, la admiración profana de esa engañosa libertad del arte va acompañada de una mirada despectiva que presupone la facilidad. Pónganlas ante un cuadro de Paul Klee y afirmarán: “Mi hija de seis años puede pintar eso”. Y no. Detrás de lo que expone un verdadero y buen creador hay un aprendizaje de sí mismo –sus capacidades y sis ineptitudes– y la asimilación de múltiples elementos externos y una ardua disciplina que no tiene nada que ver con la bohemia.

Hay cierta tendencia a abominar de la constricción y de la represión que demanda el acto creativo, acaso por la sistemática exaltación actual de lo espontáneo. A saber en qué momento de la cultura de masas tuvo lugar esa cruza vulgar de Buda y de Rousseau; lo cierto es que hoy el producto pulula y se asoma desde gargantas que se sienten dueñas de la profundidad del pensamiento (aunque no por eso sean gargantas profundas) y recomiendan: “fluye”. En todo caso, mi compañero de trabajo programador tuvo en cuenta mi observación y a la postre le salió un sitio web maravilloso. Pero de eso hace ya años.

Parece obvio y baladí, decía al principio, y además, es un asunto conocido y trillado. Ya Aristóteles lo expuso hace dos milenios y medio, con meridiana claridad, y en forma implacable, en su Poética –las denominadas unidades aristotélicas: de acción, de unidad y de tiempo– y el principio general sigue siendo válido. De algún modo, lo es no sólo para la creación de lo que sea, sino para la vida en general. A fin de cuentas, nadie en su sano juicio pensará en prohibirte que orines, pero no por ello vas a orinar sobre el altar mayor.

Y si es para la vida en general, benditos sean sus límites de espacio y tiempo (nuestra jaula existencial), porque sin ellos uno andaría postergando para la próxima eternidad el amor, el odio, la creación, la compasión, la risa y la ternura.

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martes, 17 de abril de 2012

Gobierno de cárteles


Pedro Miguel

El 12 de agosto de 2009 Felipe Calderón Hinojosa fue informado de la red de corrupción que operaba en la Comisión Federal de Electricidad (CFE), de la que el ex director de Operaciones de la paraestatal, Néstor Moreno, hoy imputado de enriquecimiento ilícito, es hasta ahora la única parte visible. De acuerdo con la nota de Patricia Muñoz Ríos publicada ayer en la página 5 de La Jornada, la Comisión de Energía de la Cámara de Diputados recabó información que prueba la existencia en la CFE de un verdadero “cártel de la electricidad”, formado por varios funcionarios, que se encarga de “ejecutar, simular y encubrir toda una cadena delictiva... desde la preparación de las bases de licitación (donde) se busca dirigirlas hacia un grupo empresarial determinado, en el que participa en la elaboración de dichas bases... hasta quien califica o descalifica las propuestas”.

Algunas de las más dudosas adjudicaciones otorgadas bajo este esquema han privilegiado a Iberdrola y a Repsol. Esta última ha sido beneficiaria sistemática del calderonato a costa del patrimonio nacional, del bienestar y la seguridad de la gente y de la soberanía misma del país. Para proteger a esa transnacional se ha ordenado la inversión ruinosa de dineros de Pemex, se han inflado las facturas de la CFE para absorber los altos precios de la electricidad comprada a Repsol, se ha paralizado la operación de hidroeléctricas... Hace unos días, el propio Calderón, instigado por Mariano Rajoy, ensayó en Argentina una pataleta contra “las expropiaciones”, con el telón de fondo de la inminente nacionalización parcial de Repsol por la presidenta argentina, Cristina Fernández.

Otro aspecto significativo de la información comentada es que el gobernante mantuvo a Néstor Moreno como responsable de administrar los bienes de la extinta Luz y Fuerza del Centro (LFC), de los cuales “nunca se hizo un inventario ni se dio cuenta del destino de vehículos, material, equipo, dinero y hasta pertenencias de trabajadores”. En tanto la administración actual no exhiba en forma transparente y puntual qué hizo con las propiedades de LFC, hay motivos justificados para suponer que los miembros del equipo gobernante, coordinados en ese “cártel de la electricidad”, se robaron y se distribuyeron entre ellos los activos de toda una paraestatal. ¿Investigados, imputados, sancionados por ese saqueo monumental? Ni uno, hasta la fecha.

Por lo demás, hay indicios suficientes para pensar que esa delincuencia organizada que opera en la CFE se repite en otros sectores. Debe existir, por ejemplo, un “cártel del petróleo”, como pudo deducirse, en su momento, del trapicheo de contratos en los que se encontraba involucrado el extinto Juan Camilo Mouriño, secretario de Gobernación y favorito de Calderón.

Hay sobradas razones, asimismo, para ver, en el obsequioso desempeño oficial para con Televisa y en la saña con la que este gobierno pretende impedir el resurgimiento de Mexicana, la operación de un “cártel de las telecomunicaciones” incrustado en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Están a la luz los pactos ilegales por los que Calderón entregó varios puestos claves de su gobierno a la cúpula charra que controla el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, así como los montos astronómicos sacados del erario y entregados a Elba Esther Gordillo: puede hablarse, por ello, de la existencia de un “cártel de la educación”. Y así, por el estilo, en otros rubros.

Todo ello, sin referirse a “la otra” delincuencia, la que en el curso de este sexenio catastrófico ha sido meticulosamente fortalecida por la “guerra contra la delincuencia” que proclamó el michoacano desde los primeros momentos de su presidencia usurpada.

Tendría que bastar con estos datos para entender que el supuesto compromiso de Calderón “contra” la delincuencia es mera ficción. Lo delictivo es origen, condición y esencia de su ejercicio del poder.

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jueves, 12 de abril de 2012

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Y todo por los perros de Nueva Macedonia

Pedro Miguel


La idea la tuvo el que me contó esta historia: el alcalde de Nueva Macedonia, una localidad sin más gracia que tener el mayor índice de perros por habitante (1.7) en todo el continente americano. Los cánidos no habían pasado de ser una simple molestia hasta que se declaró la primera epidemia de fiebre tifoidea, causada por la fecalización al aire libre de estos animales, la sequía y los fuertes vientos que soplaron por esa época sobre el valle. Se calcula que mil 300 de los 28 mil neomacedonios consignados en el registro civil enfermaron en el lapso de una semana y que 79 de ellos se fueron a la tumba, no porque se tratara de un padecimiento grave ni mortal, sino porque los centros de salud del lugar no estaban preparados para enfrentar el brote masivo.

El gobierno central no respondió ni bien ni mal a los pedidos de auxilio de las autoridades locales y de la población. El alcalde, un veterinario de apellido Cabanillas, hubo de desviar la casi totalidad del presupuesto municipal de ese año a la compra de antibióticos y otros medicamentos y, dada la emergencia, convocó al pueblo a una gran asamblea, que tuvo lugar en el mercado, para exponer su plan de emergencia.

–Tendremos que sacrificar a los perros –anunció de manera escueta a los presentes, muchos de ellos vestidos de riguroso negro por la reciente pérdida de un familiar–. Son ellos o nosotros.

Pero los neomacedonios se caracterizan por su amor a las mascotas, así las dejen abandonadas a su suerte en las calles, y Cabanillas tuvo una clamorosa rechifla por respuesta. Los asistentes que estaban sentados se pusieron de pie, los que estaban de pie dieron media vuelta y en un tris la nave del mercado se vació. La población de Nueva Macedonia repudió de esa forma inequívoca la propuesta de canicidio expuesta por su máxima autoridad.

Deprimido y confundido, Cabanillas se marchó a su casa, saludó con un gruñido a su mujer y a sus hijos, echó a andar la computadora, se metió a Internet y se puso a buscar las expresiones “proliferación canina” y “fecalismo al aire libre”. Halló, entre otras cosas, el Método Mac Clean, “que consiste en la combinación de técnicas de reiki, masajes, hidroterapia, paseos al aire libre y juegos” para lograr que los perros abandonados socialicen. Se perdió entre diagramas, tablas y cifras espantosas, como la producción diaria de heces caninas de la capital mexicana: 625 toneladas, parte de las cuales se sublima (el verbo viene de la física, no de la poesía) a la de por sí ponzoñosa atmósfera del Anáhuac. Descubrió que las deposiciones de los perros en los parques de Quito es motivo de sesudos estudios universitarios y de programas concebidos por dependencias públicas y organismos internacionales.

Abrumado por la complejidad del problema que enfrentaba su pequeña ciudad, el munícipe apagó la máquina, se sirvió un vaso de ron derecho, tomó del estante un manojo de revistas viejas a las que se les caían las páginas de tanto ser leídas y releídas, y se puso a ojearlas con desgano, tumbado bajo las aspas del ventilador, de tal manera que la ráfaga de aire hizo voltear las hojas de una de las publicaciones y la dejó abierta al azar entre las manos del alcalde, ahorrándole incluso el trabajo de escoger la lectura. Ante los ojos de Cabanillas apareció un encabezado que rezaba: “Compañía de Estados Unidos lanza al mercado gatos que no causan alergia”. El interés del funcionario se encendió de inmediato porque pensó: ya inventaron las naranjas sin semilla; ya fabrican gatos que no dan alergia; ya están vendiendo rosas azules y en un rato más les van a poner genes de araña a los cerdos para que nazcan con ocho patas y se pueda duplicar de golpe la producción de jamones. ¿Por qué no han fabricado perros transgénicos que no hagan caca?

Frenético por el foco que se acababa de encender en su cabeza, el alcalde salió, abordó su vehículo, lo echó a andar y se puso en camino hacia Norebamba, la cabecera departamental.

No volvió a su casa sino cinco días después. En ese lapso logró entrevistarse con el jefe del Departamento de Genética de la Universidad de Norebamba. Lo engatusó a tal punto con su idea alocada que el hombre hizo llamadas a colegas suyos de la capital de la república, y éstos, a investigadores destacados del extranjero. La idea prendió como pólvora en las divisiones de planificación de un par de empresas de transgénicos, en donde vieron no la posibilidad de poner fin a la fecalidad canina en un pueblo latinoamericano perdido, sino de amasar fortunas con la venta de especies domésticas hiperdigestivas, capaces de aprovechar 90 o 95 por ciento de la masa alimenticia ingerida, así como mascotas que podrían ahorrar a sus propietarios el gasto y el asco derivados del manejo de las heces.

Un año más tarde, Nueva Macedonia seguía hundida en mierda de perro. Cabanillas terminó su periodo y no logró relegirse. La epidemia de fiebre tifoidea había puesto fin a su carrera política y el hombre vendió sus propiedades y se mudó, junto con su familia, a Norebamba, en donde puso un consultorio veterinario. Hasta su local llegó una publicación que reseñaba los avances logrados por las dos empresas que originalmente se interesaron en su proyecto, ambas con posición de dominancia en el mercado de transgénicos: habían logrado crear unos cuantos especímenes de cánidos hiperdigestivos e hipofecales que comían una vez por semana y producían caquitas del tamaño de una píldora, pero que resultaban muy propensos a padecer ictericia y a sufrir choques sépticos.

Ambos consorcios tuvieron que invertir decenas de millones para superar esos problemas y a la postre consiguieron crear, con semanas de diferencia, algunas decenas de ejemplares de dos nuevas razas –los productos fueron denominados, respectivamente, Rottweiler LFP y Shitless– que fueron otorgados, en préstamo, a amos temporales que firmaron cartas-compromiso y asistieron a algunas sesiones de evaluación. Pero algo marchó mal porque, hasta la fecha, ni el Rottweiler LFP (abreviatura, al parecer, de “Low Fecal Production”) ni el Shitless han sido comercializados en forma masiva.

Conocí a Cabanillas en la sala de espera de un aeropuerto semivacío. Parece ser que nos caímos simpáticos, hicimos plática casual y ya fue que me contó esta historia. Cuando estaba por terminarla, en los altavoces de la sala sonó un anuncio (“Pasajeros con destino a...”), el hombre lo escuchó, se puso de pie y me tendió la mano para despedirse.

–Espérese un ratito –le dije, irguiéndome a mi vez, con angustia de perderme el fin del relato–. ¿Y qué fue lo que falló con esos perros afecales?

Cabanillas alzó las cejas con tristeza, bajó la voz y, mientras se encaminaba a la fila para abordar, me confió:

–Lo de la ictericia y los choques sépticos lo resolvieron, pero nunca pudieron con otra consecuencia inesperada de la manipulación genética.

–¿Cuál? –supliqué.

–Los perros modificados... lloraban.

–¿Cómo así?

–Pues eso: les daba por llorar. Como lloramos usted y yo: con sollozos, lágrimas, respiración entrecortada, contracciones faciales. Usted sabe... Y ningún comprador iba a a querer una mascota que le rompiera el corazón de esa manera. En fin. Ha sido un gusto conocerlo.

Y Cabanillas se metió al túnel que llevaba a su avión, y eso fue todo.

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martes, 10 de abril de 2012

Peña Nieto y Cernuda


Pedro Miguel

El primer tropiezo grave en el afán de Enrique Peña Nieto por instalarse como presidente de la república fue, con todo y su simbolismo, la falta de memoria: de acuerdo con documentos videográficos, el candidato priísta no recuerda el nombre de la enfermedad que provocó la muerte a su primera esposa, no puede acordarse de los títulos de tres libros, no logra precisar si es candidato o precandidato y no consigue memorizar siete palabras protocolarias sin ayuda del teleprompter. Esta poderosa aptitud para el olvido fue captada por Cecilia Sotres, con la agudeza que le sobra al teatro y le falta al análisis político, en su construcción del personaje central en Directo al despeñanieto (Fiesten), que aún está en cartelera en el teatro bar El Vicio.

Esta limitación personal del candidato, la misma que le ha valido el escarnio generalizado de la opinión pública, es, proyectada hacia el resto del país, la principal apuesta de su partido (y de los intereses corporativos que representa) para poner fin a la fase panista en el ejercicio duopólico del poder presidencial. La vuelta del logotipo tricolor a Los Pinos requiere de una sociedad capaz de olvidar por qué ese mismo emblema perdió la elección en 2000, que no pueda acordarse de tres textos de historia leídos en la primaria, que no sepa si es economía emergente o país tercermundista y que no logre hilvanar siete pensamientos sin ayuda de la pantalla chica, Deus ex machina del propio Peña Nieto.

Que “penas y dichas no sean más que nombres”, reza, en coincidencia con el poema de Luis Cernuda, la estrategia priísta para esta temporada: olviden, mexicanos, el 18 de marzo y demás fechas venturosas; olvídense del 2 de octubre, del 10 de junio, del 9 de febrero y otros días de la ignominia; borren de su memoria los sexenios completos de De la Madrid, de Salinas y de Zedillo. Borren de su memoria las violaciones de Estado perpetradas en mayo de 2006 por las fuerzas policiales de Fox y de Peña Nieto; extirpen el recuerdo de las inundaciones anuales en el oriente del Valle de México y de las también anuales promesas de resolverlas “de manera definitiva”; dejen de tener presente la gráfica rampante de feminicidios en la entidad, los números de la marginación social, las cifras del dispendio, las fotos de obra pública abandonada antes del término, la humillación del canje de sufragios por despensas, el nombre de una niña que se llamó Paulette, la simulación, la impunidad y la connivencia funcional y utilitaria con estamentos delictivos.

Perdida la dictadura perfecta quedaba, cuando menos, la candidatura perfecta, basada en un cascarón bonito en el que cabe toda suerte de promesas y “compromisos”, así sean disparatados y mutuamente excluyentes; fundada en la tecnología de la persistencia machacona enunciada por Goebbels y cimentada, también, en el tremendo poder de la ausencia: como ocurre con los difuntos, se tiende a perdonar, olvidar o cuando menos atenuar las miserias de los que no están. Si a eso se agrega la bacanal de corrupción y sangre del último quinquenio, que por contraste –y a una década de distancia– hace aparecer como inmaculadas y apacibles a las administraciones priístas anteriores, el triunfo de la desmemoria parecía asegurado mediante una victoria electoral del olvidadizo.

Pero, aunque las casas encuestadoras oficiales mantienen la versión de una tendencia ganadora pétrea, inmune a resbalones y caídas estrepitosas en el ridículo y la inconsecuencia (y por lo tanto, poco creíble), la máscara sigue sufriendo abolladuras en forma irremediable. La más reciente es la entrevista en Telemundo del domingo pasado, en la que Peña Nieto pierde manifiestamente el control y monta en cólera cuando José Díaz-Balart le pregunta –en forma capciosa, pero habitual en los noticieros gringos– si el tema de los hijos fuera de matrimonio es relevante para los votantes de México (youtu.be/ZZ07RAAlPCU). El video pone de manifiesto que una de las reacciones posibles del ex gobernador mexiquense ante situaciones difíciles, además del olvido de datos sustantivos, es la embestida colérica, y ésta remite, de manera inevitable, a arrebatos de ira como los que experimentaban, con consecuencias por lo general funestas, algunos destacados tlatoanis del priísmo.

Es probable que, expuesta a las inclemencias de la campaña, la imagen de la candidatura perfecta siga experimentado tropiezos de ese calibre, o peores. Por lo pronto, el triunfo de Peña Nieto sólo es posible en un país –diría Cernuda– “donde habite el olvido”.

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jueves, 29 de marzo de 2012

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De nueve sílabas

Pedro Miguel
Nueve son los Señores del Tiempo; nueve, los Infiernos bajo la Tierra, los Bolontikú, y nueve es el número irreductible en el fondo del Kin, del Batún, del Katún y del Uinal, dirían los viejos sacerdotes mayas, que están de moda. Nueve dedos posee el Mono de Nazca. Nueve es el temple del arcano con el signo de Virgo. Nueve es el sitial del extranjero y la puerta de la evasión, aunque el año nono cierra y termina ciclos. Nueve es el cuerpo sutil que tiene la cualidad de la calma, y es llamado el perfecto” porque nunca se destruye. Se le considera, además, el número de las esferas. En el Tarot está asociado al ermitaño que busca el conocimiento pero es también el IX de Espadas, carta oscura y angustiosa que sugiere el dolor tangencial: en ella las armas son el fondo de una mujer sentada en el lecho y con la cara entre las manos tras despertar de una pesadilla.

Si bien el nueve no es primo, los matemáticos lo consideran un número defectivo o deficiente, porque es mayor que la suma de sus divisores propios:

1 +3 = 4 y 4 < 9

Cuando se traslada al ámbito de la métrica, y se trabaja con esta medida para crear conjuntos silábicos, tenemos al eneasílabo, el metro más sombrío del español, y uno de los más endiablados. Lo cultivaron Espronceda, Darío y, en tiempos menos antediluvianos, Neruda, en Estravagario y recopilaciones posteriores.

Marcelino Menéndez y Pelayo consideraba que es un verso “duro, ingrato, desapacible al oído y, por lo mismo, muy poco usado” y lo clasificaba en tres cajones de su propia invención: iriartinos, por los que compuso el fabulista de nombre Tomás, esproncedaicos, por los de José de Espronceda, y laverdaicos, en honor a un tal Gumersindo Laverde, poeta, ensayista y burócrata, y cuatísimo de don Marcelino. Una de las fábulas de Iriarte, El manguito, el abanico y el quitasol, dice:

Sobre una mesa cierto día
dando estaba conversación
a un Abanico y a un Manguito
un Paraguas o Quitasol;
y en la lengua que en otro tiempo
con la Olla el Caldero habló,
a sus dos compañeros dijo:
“¡Oh, qué buenas alhajas sois!”

El santanderino consideró que “estos versos, sin otro acento que el de la octava, son durísimos, poco o nada cadenciosos, y no resisten la prueba de la lectura. Por eso han sido justamente abandonados en toda composición escrita para ser leída. Pero ayudados de la música llegan a ser tolerables, y por tal razón, es frecuente su uso en los cantables de las zarzuelas”.

Antonio Alatorre, en uno de sus ensayos sobre arte poética, hurgó en los orígenes de este metro en nuestro idioma y lo halló, incrustado entre versos de otras medidas, a partir del siglo XV. Alatorre no halló más que “un ‘cantar’ incrustado en una ‘canción’”, en Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina:

Borbollicos hacen las aguas
cuando ven a mi bien pasar;
cantan, brincan, bullen y corren
entre conchas de coral;
y los pájaros dejan sus nidos,
y en las ramas del arrayán
vuelan, cruzan, saltan y pican
toronjil, muerta y azahar.

Concluyó el estudioso que el metro de nueve, como ocurre con el de cinco, “nunca se halla en la poesía castellana antigua con el carácter de verso autónomo que tuvo en la provenzal y en la catalana”. Tendré que ver qué dice Pedro Henríquez Ureña en su artículo “La versificación irregular en la poesía castellana”, donde el sabio dominicano aportó “abundantes datos sobre la historia del eneasílabo y sobre su uso por los poetas cultos”. La cita es de Francisco Márquez Villanueva. Hasta ahora no he conseguido el texto original.


De http://bit.ly/gT0xfr - Heather B. Swann



Gabriel Zaid apuntó que el eneasílabo “no parece natural en español” y que hasta la Canción de otoño en primavera de Darío “tiene música arisca”. Juzguen:

Juventud, divino tesoro
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer.

Según Zaid, este metro “es uno de los más antiguos en español”, y para probar su dicho nos remite a la jarcha 9 de Yehuda Halevi (siglo XI)

Vaise meu corazón de mib.
Ya Rabb, ¿si se me tornarad?
Tan mal meu doler li-l-habib.
Enfermo yed, ¿cuánd sanarad?

y a la cantiga atribuida a Alfonso X, El Sabio (aunque otros autores la tienen por espuria y posterior ), que menciona el imprescindible Tomás Navarro en su Métrica española:

Senhora, por amor [de] Dios
aued alguno duelo de my,
que los mios ojos, como rrios
corren, del dia que uos uy;
Ermanos e primos e tyos,
todo-los yo por uos perdy.
Se uos non penssades de mi.
Fy.

Parece un tanto abusivo poner los dos ejemplos anteriores como prueba de carbono 14 del eneasílabo en la lengua española, habida cuenta de que la jarcha no fue escrita en ese idioma sino en árabe andalusí o mozárabe, y que la cantiga, como anota el propio Navarro Tomás, y como es el caso en todas las escritas o recopiladas por Alfonso, “es de corte gallego”.

Ultimadamente, la fecha de su aparición es lo de menos. Lo de más es que, así le falte cadencia, parezca más prosa que verso y sea de música arisca, el eneasílabo tiene lo suyo. Veamos a Neruda:

En un principio me hice humo
para que la cenicienta
pasara sin reconocerme.
Me hice el tonto, me hice el delgado,
me hice el sencillo, el transparente:
sólo quería ser ciclista
y correr donde no estuviera.

Luego la ira me invadió
y dije, Muerte, hija de puta,
hasta cuándo nos interrumpes?
No te basta con tantos huesos?
Voy a decirte lo que pienso:
no discriminas, eres sorda
e inaceptablemente estúpida.
(“Laringe”, en Estravagario)

Pobrecito el eneasílabo, tan denostado y tan deforme como una araña con una pata de más, como unas manos con un dedo de menos, y tan huérfano de referentes celestiales desde que los astrónomos degradaron a Plutón y redujeron el número de planetas a ocho. Vayan estas estrofas en su desagravio:

Nueve infiernos bajo la tierra,
y señores del tiempo, nueve;
nueve dedos posee el mono
que desde el Cielo habrá de verse;
nueve, sitial del extranjero,
dolor lejano en la tangente.

Pálido metro que recita
sus tres por tres que no se acaba,
crisol de tiempos y de blancos
donde se incrustan las palabras,
faro de tiempos y de voces,
las nueve piernas de la nada.

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martes, 27 de marzo de 2012

La fe está cansada

Pedro Miguel
Al referirse a los problemas de México, en su homilía multitudinaria del domingo, Benedicto XVI hizo referencia a un cansancio de la fe”. Está en lo cierto, sin duda, y los números lo prueban: según los datos que arrojan los censos del Inegi, la iglesia que él preside ha perdido a 10 por ciento de sus fieles en 30 años, y poco más de la mitad de esa pérdida ocurrió en la década 2000-2010, lo que indica que las defecciones tienden a acelerarse. Tal vez por ello la presencia del pontífice en Guanajuato –el principal bastión de la fe católica en el país, se supone– no logró congregar ni a la mitad de las personas originalmente previstas: se esperaba millón y medio de almas, pero a la postre sólo 600 mil asistieron a la cita papal.

Roma pasó de tener 92 por ciento a 82 por ciento de seguidores mexicanos entre 1980 y 2010 y su tajada en el mercado espiritual sigue teniendo características de monopolio, pero se trata de un monopolio minado por el descrédito y la insubordinación silenciosa: no todos los que responden “católica” cuando se les pregunta su filiación religiosa son practicantes, y es razonable pensar que sólo una pequeña minoría acata las directrices vaticanas.

Los casos más extremos son los de quienes roban, matan o mienten antes y después de comulgar, seguidos por los que aman al dinero por sobre todas las cosas y codician los bienes ajenos. Todos ellos colisionan tanto con los preceptos de la Iglesia como con el civismo republicano e incluso con la ley.

Pero hay también un gran sector de la población que transgrede la estrecha moral católica sin hacerle daño a nadie, como aquellos que no santifican las fiestas, hablan de Dios como una creación humana e incurren en toda suerte de actos, pensamientos y deseos que para el catecismo son “impuros”.

Algo más: un porcentaje creciente de la población procura vivir de acuerdo con la moral cristiana sin requerir para ello la intermediación del Papa, del arzobispo o del cura local. Para ese sector, sin embargo, los exhortos de Ratzinger a la “libertad religiosa” se traducen en linchamientos, expulsiones y marginación, circunstancias casi siempre instigadas por el sacerdote católico más cercano. En Roma las cruzadas siguen de moda, aunque ahora ya no se envíe a combatir a Tierra Santa a niños inermes ni a matones con armadura. En 2000 la oficina de Ratzinger publicó la declaración Dominus Iesus, “Sobre el carácter único y la universalidad de Jesucristo y de la Iglesia para la salvación”, un monumento de intolerancia que descalificaba toda práctica religiosa no católica como vía de salvación.

El referido no es el único documento agotador para la (buena) fe: un año más tarde, el actual Papa fue coautor –junto con Tarcisio Bertone– de la encíclica secreta De delictis gravioribus, que desalentaba la denuncia ante autoridades seculares de delitos sexuales cometidos por integrantes del clero. Pero la archiconocida tolerancia de Benedicto XVI para con los violadores que pululan en su institución es proporcional a la fobia que le causan las mujeres que deciden sobre sus cuerpos, las personas que asumen sus preferencias sexuales y afectivas a contracorriente de los prejuicios, las agresiones de la sociedad y las autoritarias conmiseraciones del Vaticano.

Con esos antecedentes, no hay fe que resista ese llamado de Ratzinger –pronunciado en el país de Marcial Maciel– a “proteger a los niños”.

En efecto, la fe de millones de mexicanos está cansada, o algo más: agotada, aniquilada, extinguida. Pero no necesariamente se trata de la fe en Dios, la Virgen y los santos. Es de Benedicto XVI, de sus cardenales y de sus arzobispos de quienes está hasta la madre.

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martes, 20 de marzo de 2012

“Que no me maten...”


Pedro Miguel

Hace no mucho, los niños de México expresaban sus expectativas a futuro en términos parecidos a los que emplean los niños en cualquier país del mundo: Quiero ser ingeniero”, “quiero ser maestra”, “quiero ser bióloga”, “quiero ser cantante”, “quiero ser piloto aviador”, “quiero ser director de cine”. Hoy, en la franja norte del país, de acuerdo con una consulta realizada por el Instituto Federal Electoral (IFE) (La Jornada, 19/3/12, p. 5), los niños tienen, en su mayoría, aspiraciones distintas: quieren seguir vivos, quieren mantener la cabeza pegada al cuello y el cuello a los hombros, quieren que no maten a sus familiares y quieren que cesen las balaceras en las calles.

Como el resto de la población, los menores ofrecen respuestas contrastadas cuando se les pregunta por la manera de resolver los problemas: “Hablando con los Zetas” o “pidiéndoles ayuda”, contestan algunos, mientras otros piensan que es preferible apelar a la policía, al Ejército o a la Marina o, más llanamente, matar a quienes generan la violencia. En ciertas respuestas hay temor a las corporaciones públicas: “los policías son los que hacen los problemas” y “te quitan el dinero”.

–Yo de grande quiero ser narco –decía un niño juarense de cuatro años en un testimonio ya censurado en Youtube.

–¿Para qué quieres ser narco?

–Para matar.

–¿Y para qué quieres matar?

–Para ser rico.

Ahora, después de un cuarto de siglo de saqueo nacional, destrucción sistemática del tejido social, saqueo y pillaje realizados tanto desde los poderes formales como desde los fácticos, y de connivencia cínica o hipócrita de los niveles gubernamentales con la delincuencia, matar o que no los maten son los horizontes deseables para una generación de menores, especialmente en la franja fronteriza del norte. A eso ha sido conducido el país por la oligarquía depredadora y sus sucesivos gerentes en turno, Washington y los socios menores y desechables, eso que los anteriores llaman “delincuencia organizada”, como si ellos mismos no lo fueran.

Felipe Calderón entra en la recta final de su desastre procurando heredar a quien le suceda la guerra y la destrucción e inaugurando penales de “supermáxima seguridad”, hipérbole que expresa, seguramente de manera involuntaria, que el resto de las cárceles del país, sean federales, estatales o municipales, no son confiables. ¿O qué: no debiera bastar con hacer seguras las cárceles, sin necesidad de superlativos? Mientras tanto, en las calles, que los niños desearían como zonas de juego y convivencia, y no como áreas de potencial exterminio, florece la supermáxima inseguridad.

En buena parte de los niños de México la visión del país es la de un campo de batalla, y no es de extrañar que no pocos de ellos se conviertan en delincuentes antes incluso del momento en que legalmente dejan de ser niños. Son producto de su tiempo y de su circunstancia. Otros han visto el asesinato de sus familiares sin tener la edad necesaria para firmar un acta de defunción en calidad de testigos. Y otros son desalojados de este mundo por error –confusión o mala puntería– o por una maldad que ya se salió de cauce, antes de dar la talla para un ataúd de adulto.

Hasta los hijos de los altos funcionarios viven la inseguridad asfixiante de la guerra. La infancia y la adolescencia les son robadas por blindajes y enjambres de guaruras que les hacen imposible la normalidad cotidiana y tal vez los lleven a concluir que el país en el que viven los odia y desea matarlos.

Es urgente deshacerse de la lógica de la supervivencia del más apto, instaurada sin tapujos durante las dos últimas presidencias priístas, y continuada en el transcurso de la docena trágica del panismo gobernante; del enriquecimiento grupal como verdadera razón de ser del ejercicio del poder público, y de esa concepción del Estado, impuesta por Calderón, como una máquina de perseguir, encarcelar, desaparecer, torturar y matar. Para hacer frente a la delincuencia y a la violencia el país debe incrementar su población escolar y reducir su población carcelaria, e inaugurar más clínicas y universidades que “centros de comando” que no sirven para maldita la cosa, como no sea para perder soberanía –porque están infestados de asesores estadunidenses– y para enriquecer a un puñado de proveedores y a unos cuantos funcionarios.

La consulta del IFE refiere, además, aspiraciones de jóvenes de entre 13 y 15 años: “Que los políticos ya no se asocien con el narco; que haya más igualdad, más seguridad social, que no haya más violaciones ni desempleo; que no haya pobreza y que se cambie el presidente; que los policías no se dejen sobornar y que no haya discriminación”.

Es una propuesta integral y nítida. Es tiempo de hacerles caso.

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jueves, 15 de marzo de 2012

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Crueldad, simpatía y excesos

¿Derechos animales?

Jazz para las vacas

Pedro Miguel

El anuncio decía algo así como regalo preciosa parejita de niños, macho y hembra, de cinco y siete años. No puedo tenerlos en casa porque mis gatos resultaron alérgicos”. La pretensión de quien lo haya hecho fue crear conciencia sobre la responsabilidad que se adquiere cuando uno se agencia una mascota, prevenir la crueldad contra los animales y evitar la proliferación de felinos o cánidos abandonados por sus propietarios. Con esos nobles propósitos, se perpetró una de las parodias más obtusas que he visto en la vida: deshacerse de unos bichos por razón de fuerza mayor equivale, en su lógica, a regalar a los hijos.

Durante milenios los humanos hemos visto al resto de los animales con indiferencia y utilitarismo perfectamente naturales, es decir, con una percepción muy parecida a la que un lagarto pueda tener de una garza: le ve cara de desayuno, y punto. La reducción de pájaros y cuadrúpedos originalmente salvajes a animales de granja y su sacrificio programado no son prácticas más o menos crueles que la vieja cacería de subsistencia: no se les mata para refocilarse en su dolor, sino para obtener proteínas, manteca y cuero para zapatos. En eso no somos peores ni mejores que los tiburones, las arañas o las plantas carnívoras. También establecemos pactos de mutuo beneficio con otras especies, como lo hacen las hormigas con los pulgones, y aceptamos el trato que nos propusieron los lobos débiles y desamparados que en algún remoto momento del pasado acudieron a las tribus humanas clamando por desperdicios y abrigo; igual otorgamos un contrato laboral a los bacilos que fabrican yogurth. Hasta en la capacidad de depredación nos parecemos a ciertas plagas que, sin necesidad de inventar transgénicos o de obsesionarse con el gusto por las pieles preciosas, son capaces de devastar sus entornos naturales y de llevar a otras especies a la extinción.

Lo que realmente nos distingue en un sentido negativo de otros amasijos de células con dientes son el sadismo idiota que se pone de manifiesto en la cinegética, las peleas de gallos y de perros y la tauromaquia –entre otros rituales de sacrificio en los que corren ríos de adrenalina y de testosterona–, así como la superstición, que igual nos lleva a meterles fuego a esos pobres insectos llamados “cara de niño” –en la creencia de que son venenosos, e incluso malvados– que a amputar el cuerno a los rinocerontes, con la vana ilusión de que al pulverizarlo e ingerirlo, devolverá el vigor sexual perdido a un macho viejo de nuestra especie.

Podemos, en efecto, ser casi infinitamente crueles y estúpidos con otros seres vivos. Pero, por el lado edificante, tenemos la singularidad de agarrarle cariñito a un venado huérfano, de enamorarnos de un conejo –aunque se coma el sofá de la sala– y de adoptar, en calidad de mascotas y plantas domésticas, a un sinfín de especímenes autótrofos, saprofitos o monofiléticos. Ya instalados en la relación afectiva con el bicho –y no se entienda por esto una alusión a zoofilia o bestialismo–, somos capaces de desvelarnos por su salud, cocinarle potajes de bebé, regarlo con agua esterilizada para preservar sus raíces del ataque de las bacterias, permitirle que duerma en nuestra cama, tejerle abriguitos para los tiempos de frío y erigir monumentos funerarios para que, cuando llegue el momento en que nos abandone, pueda pasar la eternidad a gusto. Ellos, por su parte, serán pródigos en la floración de violetas para agasajar nuestra mirada, en litros de amorosas babas, en gracejadas seguramente involuntarias, pero que nos permitirán tardes enteras de solaz. Es probable que un escorpión domesticado (pandinus imperator, los hay, los hay) no sea capaz de manifestar afecto alguno por su propietario, pero qué importa: no faltará quien encuentre una manifestación de ternura en su forma de amenazar con los impresionantes pedipalpos. Allá cada cual.

El exceso no está en la adopción, sino en la sobreprotección y en un altruismo poco consecuente con sus propios postulados. Es civilizatorio y correcto regular y mantener a raya, incluso por medio de leyes, ese apetito humano por el sufrimiento ajeno, y fincar deberes básicos de cada integrante de nuestra especie para con el resto de seres con los que compartimos el planeta, la granja, la casa o la habitación. Pero de allí a suponer que los animales puedan poseer derechos legales hay una dosis de fantasía tan grande como la que anima al Pato Lucas o al Minotauro, o bien como esa neosuperstición, acaso sacada de las películas del Dr. Doolittle, de las prácticas telepáticas interespecies.

Como ya está archidemostrada la existencia de una conexión metafísica de banda ancha entre dos personas, sin más requisitos de contratación del servicio que creer en él, el siguiente paso consiste en establecer la comunicación con el animal para saber qué le duele o para solicitarle, en cualquier idioma, que por favor se quede quieto porque le van a coser una herida. Cuenta Diego Mendiburu (http://bit.ly/c14RDE) que una señora o señorita desarrolló una metodología para tal propósito y que ofrece cursos, con algo de yoga, para que cualquier persona pueda ponerse al habla con su cuadrúpedo. Y como la existencia del ectoplasma está tan sólidamente demostrada como la propia telepatía, la comunicación puede incluso eludir el inconveniente de que la mascota esté muerta. Y es que “no somos solamente nuestro cuerpo físico; cuando los animalitos se van y los humanos se quedan, su conciencia; si quiero contactar con ese ser, ya no está en la forma física de gato con pelos negros, por poner un ejemplo, a veces son una esfera de luz, tienen la forma del gato en color blanco, tienen una forma muy elástica”.

La inconsecuncia se refiere a que el “altruismo” de los protectores de animales suele ser sumamente discriminatorio y, si se fijan bien, su material de denuncia suele centrarse, en exclusiva, en la defensa de una que otra especie de ganado y aves de corral: vacas y cerdos (porque los sacrifican bien gacho), pollos (porque los tienen sentados toda su vida y les dan hormonas), mascotas abandonadas y agredidas, focas apaleadas (ese es todo un favorito), de vez en cuando, animales de circo, o uno que otro delfín. Hasta la fecha no he presenciado una protesta contra las maneras crudelísimas puestas en práctica para combatir plagas de roedores (como esas trampas de pegamento en las que el bicho suele desollarse en sus intentos por escapar), matar culebras (aunque no sean venenosas) o cazar lagartos, y ya no se diga de las tiritas de papel engomado para atrapar moscas. El único criterio perceptible en la selección de las especies a las que se ha de proteger de la infinita crueldad humana es que los beneficiarios tengan una mirada conmovedora.

Al margen de estos disparates –no: perdón, pero no es lo mismo un niño que un gato– parece ser que somos los únicos organismos del planeta capaces de gratificar a sus víctimas antes de volverlas ensalada y chuletas, y me parece que eso habla bien de nosotros. Con o sin fundamento científico, parece haber cierto utilitarismo en la acción de adornar el aire con música de Bach para que las plantas crezcan más rápido. También, a veces, interpretamos jazz para vacas que no están destinadas a nuestro plato y sin esperar retribución alguna, como lo ha venido haciendo la banda de Nueva Orleáns New Hot 5. Busquen jazz for cows en youtube, que el grupo no tiene su madre. Tal vez la experiencia les ayude a estimar a las vacas –tienen la ternura puesta en la mirada y son deliciosas– y acaso les permita revalorar un poco a la vapuleada especie humana.

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martes, 13 de marzo de 2012

Huesos en Comalapa



Pedro Miguel


Hasta hace unos años, cuando uno escarbaba y encontraba por accidente huesos humanos, la reacción natural oscilaba entre ponerse en contacto con el arqueólogo de cabecera, buscar al brujo o al sacerdote, para limpiar” el sitio de cosas malas o bendecirlo, o bien invitar al festín al sobrino que estudiaba medicina y siempre andaba en dificultades para hacerse de materiales didácticos. Pero tenía razón Josefina Vázquez Mota cuando dijo ayer, en su infortunada toma de protesta como candidata presidencial panista, que su partido le ha cambiado el rostro al país. Hoy México parece un tzompantli adornado con cabezas frescas y ante un hallazgo macabro a uno ya no se le ocurre acudir al Instituto Nacional de Antropología e Historia; ahora lo lógico es reportar las osamentas ante la policía o el Ejército.

Fue el caso del hallazgo de este fin de semana en una cueva de la ranchería Nuevo Ojo de Agua, municipio de Frontera Comalapa, notificado de inmediato a la Procuraduría General de Justicia de Chiapas. Tal vez porque sigue vivo el recuerdo de las masacres de migrantes en San Fernando, Tamaulipas, lo primero que cruzó por la mente de algunos redactores de noticias, en el afán de dar contexto, fue que el municipio chiapaneco donde fueron hallados los restos óseos de 167 personas es zona de tránsito de indocumentados centroamericanos.

Para alivio general, los forenses determinaron, desde un primer momento, aunque “sin descartar ninguna línea de investigación”, que los huesos tenían más de 50 años de antigüedad y no había en ellos señales de violencia. En las horas siguientes pudo dictaminarse que esas defunciones ocurrieron hace mil años, en el periodo clásico tardío de las culturas mesoamericanas, que lo hallado era en realidad el vestigio de un cementerio prehispánico, que esas muertes nos resultan casi del todo ajenas (vaya el “casi” en homenaje a Terencio) y que, al menos en esta ocasión, los datos de una muerte colectiva no entran en el macabro marcador en el que periódicamente se solaza el gobierno federal desde hace más de cinco años.

A este régimen le encantan los rituales fúnebres, ya sea para honrar a los caídos en sus propias filas o para ultrajar los cadáveres de los enemigos muertos (acuérdense de las fotos del cuerpo de Arturo Beltrán Leyva cubierto de billetes, distribuidas por el propio gobierno) y hasta para exhibir, en una ceremonia sórdida y enfermiza, los huesos de los héroes patrios. Por lo demás, en este lustro horrible el calderonato no sólo se ha empeñado en echarle gasolina al fuego de la violencia delictiva, sino que ha machacado a la sociedad con la prédica de que el homicidio es inevitable, necesario y hasta deseable. El propio Calderón afirma, en cada oportunidad que puede, que no hay otro camino que tenerle paciencia a la muerte y que su guerra “va para largo”, incluso con proyección transexenal.

En la lógica oficial, los sacrificios humanos se han vuelto, pues, una suerte de extensión de las obligaciones fiscales. Cambien el sol (que necesitaba alimentarse de guerreros y doncellas frescas para trepar por el firmamento cada mañana, o para renacer cada 52 años) por la expresión estado de derecho y verán las implicaciones de ese discurso sobre la necesidad de fallecimientos con violencia. La gran diferencia entre una y otra circunstancias es que los sacrificios de antaño, aunque atroces, ni beneficiaban ni perjudicaban en nada al homenajeado, porque a la bola incandescente le importa un bledo que maten en su nombre, en tanto que el estado de derecho es descuartizado cada vez que se nos habla, desde el poder público, de “muertes necesarias” o, cuando menos, “inevitables”.

Desde luego, esto no tiene nada que ver con una solicitud para que las autoridades renuncien a combatir la delincuencia –como interpreta Calderón, con agotadora mala fe, cada crítica a su guerra–, sino con la necesidad de cambiar radicalmente los métodos para combatirla. Por humanidad, por sentido común, por responsabilidad y hasta por misericordia consigo misma, la sociedad tendría que rechazar en forma contundente e inequívocamente mayoritaria su rechazo a la continuación de la carnicería en curso, y devolver los hallazgos de huesos humanos al dominio de la arqueología. Como fue el caso, a fin de cuentas, y para alivio de todos, en la cueva de Frontera Comalapa.

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jueves, 8 de marzo de 2012

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Wikileaks, el espejo odioso

Pedro Miguel


Por años, Reuters insistió ante el gobierno de Estados Unidos para que le diera a conocer las grabaciones del ataque perpetrado el 12 de julio de 2007 en Bagdad por la tripulación de un helicóptero Apache contra el reportero de esa agencia Namir Noor-Eldeen y 10 personas más. El 5 de abril de 2010 Wikileaks obtuvo el material, lo hizo público por medio de Youtube con el título Collateral Murder (“Homicidio colateral”) y de entonces a la fecha el video ha acumulado más de 12 millones de visitas. El material exhibe las prácticas criminales de las fuerzas armadas de Washington y deja al Pentágono como mentiroso, pues, hasta antes de la filtración, éste sostuvo que la masacre había sido resultado de un enfrentamiento entre insurgentes iraquíes y las fuerzas invasoras. En el video puede verse cómo los tripulantes de la aeronave identifican a un hombre que porta una cámara de televisión, disparan contra él y sus acompañantes, y cómo lanzan nuevas ráfagas de su cañón M230 de 30 milímetros contra otras personas que, a bordo de una camioneta, se acercaron a los heridos con el propósito de socorrerlos.

El 25 de julio, Wikileaks, por medio de los periódicos The Guardian, The New York Times y Der Spiegel, hizo públicos 92 mil documentos sobre la guerra de Afganistán (The war logs) entre 2004 y 2009. En ellos hay información irrebatible sobre asesinatos de civiles por la fuerza multinacional que ocupa ese país, ineptitudes monumentales que conducen a la muerte de soldados propios y una vasta corrupción en el manejo del conflicto.

Por esas mismas fechas, en La Habana, Fidel Castro concedió sendas entrevistas a Carmen Lira, directora general de La Jornada, y a un panel de periodistas venezolanos reunidos por Telesur. En ambos encuentros, el viejo guerrero tuvo expresiones de admiración y encomio para Wikileaks. Lira transcribe la “fascinación” de Castro con la organización fundada por Julian Assange:

–¿Te das cuenta, compañera, de lo que esto significa? Internet ha puesto en manos de nosotros la posibilidad de comunicarnos con el mundo. Con nada de esto contábamos antes (…) Estamos ante el arma más poderosa que haya existido, que es la comunicación.”

En la entrevista organizada por Telesur, el comandante retirado opinó que gracias al poder de la comunicación y la transmisión “no harán falta las revoluciones” (armadas, se entiende) y consideró que a Wikileaks “habría que hacerle una estatua”.

En octubre siguiente Wikileaks hizo públicos 400 mil documentos del Pentágono relativos a la guerra de Irak (Iraq war logs). Con ellos es posible confirmar que las torturas de Abu Ghraib no fueron excepción sino botón de muestra, que Estados Unidos ocultó en sus informes públicos la muerte de unas 15 mil personas y que los asesinatos de civiles a manos de los invasores y de sus aliados locales fueron más frecuentes de lo que se admitía.

Un mes más tarde, el grupo de ciberactivistas reveló 250 mil cables enviados al Departamento de Estado por representaciones diplomáticas de Washington en el mundo. En un principio, la información fue entregada a cinco diarios (The Guardian, The New York Times, Le Monde, Der Spiegel y El País). La Jornada fue la sexta publicación del grupo y en febrero de 2011 empezó a publicar lo más relevante de la información contenida en los cables enviados en años anteriores a Washington por la embajada y los consulados estadunidenses en territorio mexicano.

–Ustedes le han propinado al poder estadunidense el mayor golpe que ha recibido desde el 11 de septiembre de 2001 –se le comentó a Assange por esas fechas.

–Sí –respondió con orgullo–. Pero en nuestro caso no hubo ni un solo muerto.

Para entonces, sin embargo, Wikileaks y su fundador ya se habían ganado el odio implacable de la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Pentágono y algunos personajes característicos de la actual derecha estadunidense, como la inefable Sarah Palin, quien no tuvo empacho en exhortar al asesinato de Assange.

Exhibido en toda su criminalidad y corrupción, el poder público de Washington no encontró otro argumento contra los ciberactivistas que el supuesto riesgo en el que habían colocado a militares, empleados e informantes. Fue como si un violador filmado en flagrancia se quejara por la invasión de su intimidad


En forma paralela a la acusación insostenible contra el australiano por supuestas agresiones sexuales perpetradas en Suecia, y que lo mantienen virtualmente encadenado en Gran Bretaña desde diciembre de 2010, el poder político-económico del imperio movió sus piezas y estableció un verdadero cártel entre las más influyentes instituciones financieras del mundo con el propósito de imponer un bloqueo económico al portal incómodo. En la medida en que ese cártel controla el sistema global de pagos electrónicos, condiciona también a quienes emplean tales servicios, independientemente de su nacionalidad, y vulnera el derecho a la información y la libertad económica de quienes desean contribuir al sostenimiento de Wikileaks con donativos. Es una cruzada ilegal y una censura indirecta que distorsiona severamente los principios de los que se jactan las democracias liberales.

La debilidad de Wikileaks reside en su carácter de organización no lucrativa, independiente de cualquier gobierno o fundación: salvo por los pagos de conferencias, la totalidad de sus finanzas depende de donaciones del público –la donación promedio es de 25 dólares, y las más numerosas provienen de Estados Unidos, la Unión Europea, Suiza y Australia– y la mayoría de éstas se realizaba por medio de tarjeta de crédito. Pay Pal, Visa, Master Card, Bank of America y Western Union, que en conjunto controlan la mayor parte de las transacciones electrónicas en el mundo, y que se unieron al bloqueo contra la organización de ciberactivistas.

Esa misma independencia explica, paradójicamente, la fuerza de la organización, por cuanto da fe de su independencia y cimienta su credibilidad, la cual descansa en un hecho adicional: ninguno de los documentos hasta ahora filtrados por Wikileaks ha resultado falso. En medio de las amenazas, el bloqueo financiero y el acoso judicial contra su fundador, en estos 14 meses el grupo ha seguido dando a conocer una gran cantidad de documentos sobre los aspectos más sórdidos e impresentables del poder político y económico.

Es significativo que a Washington le haya sido más fácil deshacerse del régimen de Muammar Kadafi, armado con aviones y misiles, que de un grupo de personas dispuestas a dar a conocer las entrañas podridas del poder mundial y que no disponen de otro medio de defensa que unas computadoras portátiles y la corrección ética de su causa, la cual genera una simpatía difusa –o no tanto– en un número incalculable de personas de muchos países.

La diferencia entre los enemigos tradicionales de la superpotencia –Saddam Hussein, Osama o el propio Kadafi– y Wikileaks no reside en el tamaño del odio que la Casa Blanca profesa a unos y al otro, sino en la catadura moral. Los miles de páginas y de horas de televisión destinadas a desacreditar a Assange y a su organización suenan a mentira, y no es fácil vender la especie de que los ciberactivistas ponen en riesgo la seguridad nacional de Estados Unidos ni siquiera entre los sectores más atrasados y patrioteros de las sociedades del primer mundo. Por el contrario, mientras más se afanan Washington y sus aliados en demonizar a Wikileaks, más nítido resulta que los gobiernos y las grandes corporaciones de Occidente –y de otras partes– tienen mucho que esconder. Para los poderes políticos y económicos del mundo la organización es un espejo odioso en el que se refleja lo peor de sí mismos. Para las sociedades, en cambio, es una ventana inapreciable que permite asomarse a la inmundicia de quienes actúan en su nombre. El que esa ventana siga abierta depende, en buena medida, de todas las personas interesadas en que se conozca la verdad.

http://bit.ly/jX744P

Enlaces:

Los cables sobre México en WikiLeaks

Sitio especial de La Jornada sobre WikiLeaks

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martes, 28 de febrero de 2012

Cómo destruir un país en 10 pasos


Pedro Miguel

El proceso puede realizarse mediante la participación de operadores sucesivos y a lo largo de varios sexenios.

1. Para empezar, tómese el poder público por medio de elección, conjura, fraude o una combinación de los tres métodos en proporciones indistintas.

2. Proclámese, con el argumento de la “modernización”, la obsolescencia generalizada del estado de bienestar; pregónese la eficiencia, competitividad y rentabilidad de la empresa privada por sobre cualquier otra forma conocida o por conocer de producción, administración y distribución.

3. Sobre la premisa anterior, transfiérase cuanta propiedad pública sea posible a manos de particulares; la transferencia habrá de realizarse de tal modo que asegure la incondicionalidad de los favorecidos al régimen político. Redúzcase de manera artificial el precio del trabajo (los topes salariales son un buen procedimiento) a fin de dar veracidad a la promesa de rentabilidad de la iniciativa privada.

4. Elimínese toda protección a la industria, la agricultura y los servicios de origen nacional y ábrase el mercado doméstico a la participación de corporaciones extranjeras; renúnciese a cualquier negociación que pudiese garantizar condiciones de competencia equitativa para entidades y firmas locales.

5. Conviértase a desempleados, desplazados y miserables que resulten de las operaciones anteriores en un gran ejército electoral de reserva, movilizable por medio de los programas e instrumentos de beneficencia que remplazarán a los obsoletos derechos en materia de educación, salud, alimentación, vivienda, empleo, cultura y otros rubros.

6. Una parte de este material humano será empleada como carne de cañón electoral para asegurar la perpetuación del régimen. Canalícese parte del sobrante hacia territorio de Estados Unidos, desde donde esa masa enviará grandes remesas de dinero; empléense esos recursos para maquillar los indicadores económicos. Otra parte irá a la economía informal o a la economía criminal y podrá aprovecharse para crear estructuras igualmente informales de control social o instrumentos de desestabilización selectiva de regiones en función de las necesidades políticas del grupo gobernante. A la postre, esas estructuras servirán también de coartada para la adopción de medidas autoritarias, para la obtención de fondos no declarables destinados a la promoción de las patentes propias en competencias electorales e incluso para omitir obligaciones legales básicas del Estado en el combate a la delincuencia.

7. Establézcase un régimen fiscal de privilegios para los mayores conglomerados empresariales, increméntense impuestos a la población en general –especialmente, la asalariada– y endurézcase la persecución fiscal contra ella. Oriéntese la obtención de recursos a la sobrexplotación de las dos o tres compañías que aún sean de propiedad pública y permítase la concesión generalizada de contratos ventajosos mediante el pago de cuotas no contabilizadas a los funcionarios encargados de otorgarlos.

8. Permítase y promuévase la explotación de los cargos públicos, ya sea con la obtención de percepciones muy superiores a la media, mediante el logro de gratificaciones no previstas en la ley o por ambas vías. Aliéntese la participación de parientes y familiares de altos funcionarios en el manejo de concesiones, contratos y otros instrumentos de vinculación monetaria no formal entre el sector privado y el poder político.

9. Entréguense potestades y facultades en materia de economía, comercio, seguridad, migración y otros rubros a potencias extranjeras o a organismos internacionales dotados de realismo y visión de futuro. Envíese a un secretario de Gobernación a atestiguar, con sonrisa bobalicona, cuando una funcionaria extranjera anuncie operativos de exterminio de delincuentes, con tropas foráneas, en territorio nacional.

10. Proclámese, para despistar al enemigo, que el país avanza a pasos firmes y sólidos por el camino del esplendor económico, de la plena cobertura en servicios de salud, de la democracia funcional, del estado de derecho restablecido y la seguridad pública recuperada. Decórese, por último, con protestas de fe democrática e interés por los pobres.

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jueves, 16 de febrero de 2012

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Homero y la intención de prohibir los narcocorridos

Pedro Miguel

Si Homero hubiera vivido en la Reynosa contemporánea, los aqueos no habrían ido a Ilión por Helena, sino a cobrar derecho de piso. De todos modos la negociación habría acabado mal y en las cenizas humeantes de la urbe alguien habría garrapateado: para que se enseñen a respetar”. En caso de que el rapsoda se hubiera negado a darle gusto a su entorno sociocultural, su siguiente rola le habría salido trunca: Ulises llega al Estigia y, por falta de autor, chan chan, allí se queda.

Tal vez en México, en los infiernos regionales que genera la guerra por el narcotráfico, no haya en gestación un valor artístico de rango homérico, pero no se puede dar nada por seguro. Lo que se escucha ahora parece, en su mayor parte, deplorable, y acaso lo sea: no ha pasado por el tamiz del tiempo, que envía 49 de cada 50 creaciones a la basura –seamos optimistas– y atornilla la restante al muro de la posteridad. Nada tiene que ver, en el proceso de descarte, si la obra es producida bajo cuerda o si es producto de un acto de libertad. Recuérdese, para seguir con el ejemplo, que en la etimología de Homero se encuentra “rehén”, y que una elucubraciones biográfica afirma que era uno de esos descendientes de prisioneros de guerra a los que se confinaba al papel de memorizar, seguramente al gusto de sus patrones, las tradiciones épicas.

Así que no hay nada nuevo en la condición de quienes se dedican a componer y ejecutar narcocorridos: historias y proclamas musicalizadas que plasman hazañas verdaderas o imaginarias, aunque ilícitas, amenazas reales y bravuconadas evidentes, por lo general en el cauce del viejo romance castellano. Buenas, malas o pésimas, las que sobrevivan de esas composiciones un día cobrarán un significado inseparable del resto de la cultura. En todo caso, los cantos serán más longevos que sus autores, a juzgar por los muchos narcocorridistas asesinados.

Además de los riesgos propios del oficio, hay una tendencia a criminalizar, literalmente, las letras. Hoy por hoy, los narcocorridos chorrean incorrección política porque suelen exaltar, o cuando menos no juzgar, las andanzas de los criminales, en un contexto sociopolicial y militar en el que esa clase de protagonistas son descritos, con razón, sin ella o con alguna, como los máximos enemigos de la sociedad, de la Patria y del orden cósmico.

Recientemente se reactivó una vieja iniciativa panista (de 2007) de reformas a los códigos Penal Federal y Federal de Procedimientos Penales para castigar con penas de hasta cuatro años de cárcel a quienes compongan o ejecuten piezas del género, el cual es situado en el mismo rango de gravedad que la colocación de cartulinas con mensajes junto al cuerpo de un ejecutado, las narcomantas o los videos sangrientos subidos a Youtube en forma anónima, masiva e imparable. Entre abril y mayo, los gobiernos de Chihuahua y Sinaloa ya habían adoptado medidas persecutorias de facto –es decir, sin fundamento en ley alguna– contra esta clase de canciones. El secretario de Gobernación, Alejandro Poiré, ya había adelantado, en un tuit, su respaldo a la persecución: “Narcocorridos son apología del delito y promueven salidas falsas. Hay que enfrentarlos con cultura de la legalidad. Bien por @malova2010”, emitió el entonces vocero de Seguridad Nacional del calderonato, en referencia al gobernador sinaloense Mario López Valdez.

El argumento central de los partidarios de la censura es que el narcocorrido implica, en automático, apología del delito e incitación a la violencia, señalamiento que no es necesariamente cierto. Para citar a los clásicos, La camioneta gris y Contrabando y traición son narraciones de hechos carentes de juicios de valor que encomien personajes o acciones; la segunda es incluso un tanto moralizante: traidor o contrabandista, pero no ambas cosas, porque “la traición y el contrabando/ son cosas incompartidas”.

La masificación suele llevar aparejado un poco de fealdad, y el narcocorrido no escapa a la regla. Las composiciones actuales del género casi nunca alcanzan la riqueza narrativa de aquellas que datan de hace tres o cuatro décadas. Ciertamente, hoy en día es más frecuente que entonces el encontrar canciones que son meros mensajes ominosos, relinchos de exaltación al pesado o picudo y descalificaciones procaces de grupos delictivos adversarios de quienes contratan al compositor y/o al cantante de la pieza. Pero las consideraciones estéticas no animan ni a los sicarios que cosen a plomazos a los narcocorridistas díscolos ni a los legisladores que pretenden, más benevolentes, llevarlos a la cárcel, y los jilgueros caídos en años recientes no fueron víctimas de críticos musicales radicalizados y determinados a imponer el buen gusto por la vía armada. Se pretende, en cambio, vetar una forma de expresión artística y un discurso.



La prohibición, de ser formalizada, abriría un temible espacio de ambigüedad legal y un margen para la discrecionalidad, el atropello y la barbarie de Estado porque, sinceramente, no parece probable que las agencias de la Procuraduría empiecen a contratar masivamente a peritos filólogos que determinen si el presunto cuerpo del delito cabe en la categoría de narcocorrido; ¿qué tal una historia de narcos escrita en una métrica latinizante y cantada a ritmo de gregoriano que escapara a la definición genérica de corrido, y por ende de la del subgénero en cuestión? Por añadidura, alguien tendría que hacerse cargo de esclarecer –y ojalá que lo hiciera bien– a partir de qué punto la referencia a hechos delictivos se convierte en apología del delito. ¿Y si alguien omite la letra y se limita a una ejecución meramente instrumental de las composiciones de Los Tucanes de Tijuana? ¿Será juzgado por delito de evocación?

Hay otro problema: la prohibición de temas relacionados con infracciones a la ley nos deja, a ojo de buen cubero, sin un tercio de la lírica tradicional. Visto desde los anteojos de Felipe Calderón o mentalidad similar, el cancionero popular mexicano es el Código Penal musicalizado: secuestro, estupro, homicidio agravado, feminicidio, lesiones que tardan más de 15 días en sanar, resistencia de particulares, violación, parricidio, rebelión, motín, asonada… Ah, pero nos quedaríamos con Cri-Cri, Agustín Lara y La Zandunga.

Por lo demás, si en verdad se piensa que se puede reducir la violencia y el crimen eliminando del discurso social las referencias a esos fenómenos, habría que empezar por implantar la prohibición en la televisión y la radio comerciales, los medios con mayor cobertura y penetración. Y algo hace suponer que, incluso si fuera correcta, esa medida no se aplicará nunca o no, al menos, mientras dure la configuración actual del grupo político, empresarial y mediático que detenta una parte del poder real: la otra es de los narcos.

En suma, si la persecución de una forma artística es punto menos que imposible, la prohibición de temas es una verdadera memez. Si los personeros del actual régimen –o los del próximo– se imaginan que penalizar el narcocorrido es una forma eficiente de coadyuvar al fin de la violencia, debilitar a la criminalidad, restañar el tejido social, o cosas semejantes, en verdad no tienen la menor idea de nada y actúan movidos por el impulso residual de la reacción inquisitorial –cómo le encantaba al Santo Oficio prohibir canciones pecaminosas– o bien tienen en la cabeza algo más perverso: dotar a las autoridades de instrumentos legales que les permitan cometer toda clase de atropellos e incrementar sus márgenes de discrecionalidad. Por ello, la iniciativa no sólo es un amago a los narcocorridistas, sino también a cualquier persona que sepa silbar y/o tocar guitarra, a estudiosos y académicos que pretendan hurgar en el género (o en cualquier asunto relacionado con el narco) y, en general, a la producción cultural de las regiones en las que el trasiego de drogas es el sector económico principal, que no son pocas.

Señores legisladores, políticos y gobernantes: olvídense de esta necedad. Los caminos de la cultura suelen ser inescrutables y lo peor que se les puede ocurrir es hacerlos patrullar por la Policía Federal o la Marina. Mejor impulsen de manera efectiva las actividades artísticas, creen empleos para letristas, arreglistas e intérpretes y diversifiquen las oportunidades laborales de muchos de ellos que, hoy por hoy, no tienen más posibilidad de subsistencia que jugarse el pellejo y trabajar para el ego y la comunicación social de los capos. Si hubiese vivido en el México de 2011, Homero sería uno de ésos.

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martes, 7 de febrero de 2012

La maldición



Pedro Miguel


Desde la tarde del domingo, los principales diarios nacionales dieron cuenta de la inmundicia que fue la elección interna en Acción Nacional: acarreos –con pases de lista y repartos de tortas, cómo no–, compra de votos, robo de urnas, guerra de filtraciones, rasurado del padrón, urnas embarazadas, coacción de votantes desde instituciones públicas –como el ayuntamiento de Monterrey– y bloqueos de caminos para impedir el acceso a centros de votación. Hubo incluso balazos al aire para amedrentar a fucionarios de casillas y ciudadanos. Manuel Gómez Morín, Efraín González Luna, Juan José Hinojosa y otros próceres panistas se revolverán en sus tumbas.

Está por verse eso de que el PAN “marcará la historia de México” llevando a una mujer a la Presidencia; en lo inmediato, el partido marcó su propia historia con una caída plena e inocultable –a pesar de las inverosímiles fotos de reconciliación entre los precandidatos– en la cloaca de eso que se llamaba “la subcultura política” del mapacheo... en sus propias filas.

Era inevitable. Ya en 2006 la presidencia foxista y las cúpulas empresariales decidieron torcer la voluntad popular mediante las campañas sucias, el uso descarado de recursos públicos y, en última instancia, el acomodo alquímico de sufragios para darle a Felipe Calderón una falsa ventaja de 0.56 por ciento sobre López Obrador. La práctica del fraude electoral es adictiva y no se pueden mantener las formas democráticas dentro de una organización política si ésta no las respeta afuera. Josefina Vázquez Mota y Ernesto Cordero Arroyo fueron miembros prominentes del grupo –junto con Elba Esther Gordillo, Vicente Fox, el ex embajador estadunidense Anthony Garza y algunos capitanes empresariales– que impuso a Calderón en la Presidencia en 2006 y algo o mucho tuvieron que haber aprendido en aquel episodio trágico.

Lo peor de todo es que, a juzgar por resultados, el cochinero no era necesario: habría bastado con dejar que los votantes panistas sufragaran en paz y sin interferencias para que Vázquez Mota obtuviera la candidatura presidencial, tal como lo delineaban los sondeos de popularidad. A lo sumo, los apoyos ilegítimos desde oficinas públicas le sirvieron al ex secretario de Hacienda para trepar del tercer al segundo puesto y para dejar relegadísimo a Santiago Creel, quien no encontró otro consuelo para su 6 por ciento que el de haber jugado “democráticamente, de manera austera, con una campaña limpia y de propuestas”. Así es la vida. En 2005, Creel, el entonces favorito presidencial de la primaria panista, se tronó 25 millones de pesos mensuales en espots televisivos, y también perdió.

La irregularidad era innecesaria, pero probablemente no sea inofensiva, pese a la determinación impostada de “unidad” entre los contendientes y de los abrazos para la foto entre ganadora y perdedores. Es de esperar que muchos ciudadanos hayan observado el cochinero de las internas del domingo y que saquen sus conclusiones ante la candidatura presidencial de Vázquez Mota.

En 2006 Acción Nacional se embarcó en una traición a las reglas democráticas que seis años antes le habían permitido poner a uno de los suyos en Los Pinos. Ahora, ese partido parece condenado a reproducir el fraude, a vivir con él, a proyectarlo, a convertirlo en parte de sus esencias. Podría parecer una maldición, pero no. Se trata de la asimilación del partido por el régimen al que combatió durante décadas y al que ahora sirve como logotipo de un frente electoral bicápite. Porque en el fondo, en los intereses que los mueven y en la propuesta de país que enarbolan, en PAN y el PRI son, básicamente, lo mismo.

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martes, 31 de enero de 2012

Por la izquierda



Pedro Miguel


Hipertrofiado y caótico, inclemente y contaminado, golpeado y acosado, el Distrito Federal es, sin embargo, un remanso en el país. Tómense un rato para reírse del aserto y luego cotejen la situación de esta entidad con la de otras, rubro por rubro. Tomen, por ejemplo, el incremento de homicidios durante los primeros años del calderonato y comparen lo que ocurre en el DF y en los colindantes Morelos y Estado de México. Según cifras oficiales, en el asiento de los poderes federales ese delito creció 5 por ciento entre enero de 2007 y diciembre de 2010 (la información desglosada del año pasado aún no está disponible); el incremento fue de 1000 por ciento en Morelos y de 561 por ciento en el Edomex. En números absolutos, las muertes violentas registradas por el gobierno federal fueron, respectivamente, 191 (DF), 335 (Morelos) y 623 (Edomex). Por lo que hace al índice de secuestros, según el Consejo Nacional de Seguridad Pública, en 2010 fue de 0.7 por cada 100 mil habitantes en el DF, de 1.1 en el Edomex y de 1.6 en Morelos. Según un documento del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad (ICESI), en ese año hubo 60 secuestros y 169, en el Edomex. La procuraduría morelense no entregó cifras para el estudio.

Más allá de la seguridad, o para mayor precisión, de la menor inseguridad relativa que se registra en el DF, aquí se mantiene, pese a todo, un proyecto social caracterizado por las pensiones para adultos mayores, los comedores populares y públicos, las becas, los uniformes y los útiles escolares gratuitos, el seguro de desempleo, las ferias alternativas del libro, la atención médica y medicamentos gratuitos a domicilio, la red de mastógrafos y otro montón de medidas de mínima justicia social que no existen en otras entidades. Por añadidura, el DF es un refugio para mujeres que necesitan o desean abortar, para integrantes de minorías sexuales acosados por la discriminación judicial, institucional y social.

Lo anterior no es un elogio centralista del Distrito Federal en detrimento del resto de la República, sino una constatación –dolorosa– de carencias y atrasos en los dos ámbitos. Tampoco es la postura autocomplaciente de un habitante capitalino: por supuesto, es exasperante tener 191 asesinados en cuatro años y 60 secuestrados en 12 meses; por supuesto, aquí hay corrupción; hay irregularidades; hay funcionarios y empleados públicos que se enriquecen con el mal manejo de los bienes públicos y hay autoridades que abusan de su poder y que atropellan los derechos ciudadanos; hay insensibilidad, frivolidad y manipulación, como lo sacó a relucir el proyecto de la Supervía, y desvaríos tontos como la (por fortuna) fallida intención de reintroducir un sistema de tranvías en el Centro Histórico; ha habido casos tremendos de infiltración institucional por parte de traficantes de influencias, como lo exhibió el affaire Ahumada-Robles-Bejarano, y casos de negligencia policiaca como el manejo infame de la catástrofe en el antro News Divine. Y hay manejos indebidos desde el poder para apalancar carreras políticas e inducir respaldos electorales. Pero todos esos vicios no son la esencia del proyecto político, económico y social que gobierna la urbe desde 1997, sino perversiones colaterales que pueden ser enfrentadas, combatidas y derrotadas por la ciudadanía.

Con todo y que tiene en contra la hostilidad de los gobiernos federales panistas, a pesar de las miserias burocráticas desarrolladas por los sucesivos equipos de gobierno y por las izquierdas partidistas y electorales –el perredismo gobernante a la cabeza–, y a contrapelo de la lógica que hace del DF una caja de resonancia de la catástrofe nacional inducida por el actual régimen federal, ese proyecto de izquierda y alternativo se ha mantenido, ha mostrado su viabilidad y su coherencia y ha trascendido, con mucho, los nombres, las cualidades, las debilidades y las carencias de los cuatro políticos que han ocupado, a lo largo de los últimos 14 años, la jefatura de gobierno.

La demagogia y el populismo se encuentran en los partidos que aquí son oposición y que son capaces de prometer cualquier cosa con tal de sacar del GDF al conglomerado de corrientes políticas que han administrado la capital del país. Para tener una referencia de lo que realmente harían aquí esos partidos basta con ver el desastre, ocultado por escenografías de Televisa, que ha dejado la gestión de Enrique Peña Nieto en el Edomex, o la catástrofe inocultable que el calderonato ha causado en el país.

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jueves, 12 de enero de 2012

Navegaciones


“Me la pelas” y otros síndromes de la élite

Pedro Miguel

Ve tú a saber qué infierno personal pueda haber en la génesis del energúmeno evidenciado esta semana en las redes sociales y que responde al nombre de Miguel Sacal Smeke, rápidamente bautizado como El gentleman de las Lomas. El punto es que los modos de este agresor (“¡me la pelas!”), al igual que los de Azalia Ojeda y María Vanessa Polo Cajica, las Ladies de Polanco, videograbadas en agosto del año pasado cuando maltrataron a policías de un puesto de control de alcohol (“¡nacos asalariados!”), así como la indiscreción tuitera de una hija de Enrique Peña Nieto (“bola de pendejos envidiosos, parte de la prole”) y el cándido racismo feisbuquero del panista Carlos Talavera hacia las mujeres indígenas (“huele impresionantemente feo, pero pues pobresillas: no es lo suyo la higiene”), retratan de manera fiel las actitudes de la élite que detenta el poder económico, político y mediático en el país. Desde hace muchos años, en el México posrevolucionario, conforme la élite política y empresarial se iba convirtiendo en una oligarquía privilegiada y saqueadora, fue desarrollando un desprecio profundo por la mayor parte de la sociedad, hasta empatarse en actitudes con los catrines porfirianos o incluso con los encomenderos del virreinato.

El fenómeno no es nuevo; lo que pasa es que hoy en día la masificación de los registros en texto, foto y video ha borrado las fronteras entre lo público y lo privado, y cualquier persona está más expuesta que antes a exhibirse tal como es, a que se conozca lo que realmente piensa y a que sus dichos y actos cotidianos queden registrados para regocijo o indignación.

En la indignada reacción masiva han proliferado expresiones simétricamente fóbicas, espejo de las palabras de menosprecio, propósitos de linchamiento: el empresario agresor es grosero porque es judío, las procaces de Polanco son pirujas y los políticos (y sus hijos) son todos unos patanes. En las personas mencionadas en el primer párrafo se ha concentrado, para su desgracia, extraviadas reacciones insultantes, racistas y discriminatorias al insulto y la discriminación que resultan lamentables en sí mismas, pero también porque dificultan la comprensión de un clasismo y un elitismo mucho más extendido, profundo y preocupante que unas cuantas insolencias difundidas urbi et orbi por la magia de Youtube y de Twitter.

Vamos a ver: tal clasismo tiene como núcleo central la noción –no muy apartada de la realidad, hasta ahora– de que se puede y debe ejercer el poder político y económico en forma absoluta, arbitraria, ilimitada e impune, e incluso en abierta violación a las leyes y reglamentos que debieran entenderse como constitutivos de esos poderes. Por eso, las Ladies de Polanco se sienten posibilitadas para infringir el Reglamento de tránsito. Si unos efectivos policiales pretenden impedirlo, bastará, para ponerlos en su lugar, con verbalizar la diferencia de clase que respalda cualquier infracción: “¡Nacos asalariados!”.

Para sorpresa, o no tanto, el conjuro, que es la erección de una barrera social instantánea, surte su efecto y los agentes del orden se ven de inmediato reducidos a la impotencia por el poder de tales palabras. Poco importa que las majaderas pertenezcan a una desesperada clase media y que el incidente videograbado de Polanco las haya pillado cuando apenas están haciendo sus inciertos pininos en la incorporación al mundo del espectáculo: la injuria impresiona porque se asume, sin dudar, que sólo unas personas realmente picudas pueden pronunciarla.

La discriminación verbal es un arma arrojadiza de alta eficacia. “¡Pinche naco jodido!”, se oye en la grabación de un pleito de cantina protagonizado durante el Mundial de Futbol de Sudáfrica entre el es director del Fonatur, Miguel Gómez Mont, y su parentela, y familiares del futbolista Cuauhtémoc Blanco. Cualquiera de los bandos pudo pronunciar la expresión, porque ambos podían sentirse con derecho a ello.

En ese reducido universo social, para cuyos integrantes no existe frontera alguna entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, los poderosos no se equivocan y el que sostenga lo contrario miente. Cómo se les ocurre que Papá podría desempeñarse mal en un acto público. Si sostienen tal cosa no es porque tengan razón, sino porque son “resentidos, envidiosos, pendejos y prole”.

Si el empresario de Bosques de Las Lomas estaciona mal su vehículo y una grúa se lo lleva, el resto de la sociedad –representada, bien o mal, por los operadores del vehículo de arrastre y por un testigo que videograba los hechos– “se la pela”, y por él, que vaya a sancionar “a su puta madre”. Él nada más es beneficiario de la ley y el orden y no está obligado a nada. Los miles de pesos que paga por mantenimiento en el edificio donde vive lo convierten en dueño de los empleados del multifamiliar y, para que no quede duda, la emprende a golpes contra uno de ellos que se niega a acatar una orden disparatada y arbitraria.

“Me la pelas” es la verbalización de una actitud generalizada de un ejercicio de poder político, empresarial y mediático desorbitado y enloquecido que no tiene empacho en hacer pedazos al país con tal de hacer negocios jugosos de toda suerte. La expresión representa fielmente a Ernesto Zedillo pretendiendo prolongar su inmunidad presidencial 12 años más de que prescribiera, para evitar que lo juzguen por la masacre de Acteal, propiciada por su gobierno; a Carlos Salinas, quien se placea de manera impúdica, al suponer que ya se nos olvidó el enorme daño que su gestión le causó a México; a Felipe Calderón, empecinado en seguir alimentando un conflicto armado sangriento y absurdo y en vendernos a más del doble de su costo una porquería que, si llega a ser conmemorativa, lo será de la corrupción monumental de su administración; a Peña Nieto, quien supone que puede emitir en público todos los rebuznos que desee sin que ello afecte su popularidad, porque cuenta con los recursos para mandarse a hacer encuestas que le resulten favorables.

Nada de esto es (tan) nuevo. Ya en décadas pasadas Fidel Velázquez se ufanaba de que los legisladores de oposición habían pretendido interpelar a Miguel de la Madrid y “se la pelaron” (Proceso, 3/09/88), Emilio Azcárraga Milmo se enorgullecía de hacer televisión para “un país de jodidos” (Televisión sin fronteras, Florence Toussaint, p. 114) y el ex góber precioso Mario Marín (reaparecido hace unos días al lado de Peña Nieto) presumía al empresario Kamel Nacif de una impunidad que le permitía “darle un coscorrón a esta vieja cabrona”, en el marco de la conjura que ambos organizaron en contra de la periodista Lydia Cacho.

Las aplicaciones tecnologías debilitan severamente las fronteras entre los vicios privados y las virtudes públicas y han permitido que los primeros estén mucho más expuestos que antes. Pero la exhibición no basta para erradicarlos, como no basta tampoco la indignación que provocan. En tanto no decidamos en forma colectiva poner fin a este estado de cosas, seguiremos siendo unos “pinches nacos jodidos” que “se la pelan” a los poderosos.

* * *

Vaya un dato: mientras Felipe Calderón anuncia impúdicos subsidios para beneficio de la banca comercial privada y a cualquier cantidad de universidades particulares patito, en lo que constituye un nuevo golpe a la educación superior pública, en la Universidada Autónoma de la Ciudad de México siguen agarrados de la greña en un duelo de tod@s contra tod@s.

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