sábado, 30 de septiembre de 2017

Temor y temblor

Hugo Aboites*
E
n el libro Temor y temblor (1843) el filósofo danés Soren Kierkegaard reflexiona sobre la reacción del ser humano frente a un poder sobre el cual carece absolutamente de control y que, además, es capaz de trastornar radicalmente su existencia. Ante un poder así, es posible resignarse, aceptar la pérdida terrible, por incomprensible que resulte. Pero también es posible la fe, la creencia de que, de alguna manera, con el acatamiento obediente de la pérdida todo será restituido y hasta multiplicado. Y pone como ejemplo al personaje bíblico Abraham quien lleno de obediente fe, acata la indicación divina de sacrificar a su hijo, lo ata encima de un altar con leña y, en el último momento, a punto ya de descargar el cuchillo en el pecho del joven (y éste, obviamente, algo preocupado por todo lo que al derredor hace su religioso padre), recibe una contraorden divina y en lugar del hijo sacrifica a un cordero que por ahí andaba. Y, gracias a su obediencia, recupera todo: el hijo y el abundante beneplácito divino. Un tercera opción es la de los desdichados que se abandonan a lo individual y se desprenden del infinito, no tienen fe ni se resignan, y viven en temor y temblor. A pesar del estricto y subyacente rigor luterano, Kierkegaard es considerado el abuelo del existencialismo del siglo XX porque la resignación, la fe y hasta el distanciamiento de lo divino, son opciones abiertas. Es decir, allí en el mismo altar y antes de levantar el cuchillo, Abraham podía haber abandonado el ritual, liberado a su hijo, abrazarlo amorosamente y regresar con él a casa. Si bien frente al poder absoluto e imprevisible el ser humano aparece con temor y temblor, conserva, precisamente por humano y social, el poder de plantarse y hacer frente al poder y la tragedia absoluta y, luego hacer algo con ella.
En los septiembres de 1985 y 2017 muchos, sobre todo jóvenes que están mirándose apenas como capaces de construirse y construir, decidieron enfrentar la catástrofe con la solidaridad y con eso, confrontar también el temor y el temblor. Reconocieron (y vivieron) el temor individualista pero también la solidaridad y, con eso, escaparon de la perentoria disyuntiva kierkegardiana de atender a lo divino o vivir solos y temerosos. Y experimentaron en carne propia cómo la solidaridad confronta al miedo individual y cómo esa contradicción genera un dinamismo liberador que lleva a la acción. Y ahí están las imágenes del sismo: madre e hija acorraladas por la muerte inminente e imparable, pero capaces de darse un último, profundo y solidario cobijo de un abrazo. El padre que muere por proteger al hijo, el maestro que regresa al aula a sacar a sus niños, y así confronta al atemorizado individualismo que sobre una escuela construye pisos de mármol y jacuzzis. Y están también los que se aterrorizan a la hora del jalón mortal del suelo, pero que luego salen a la calle, juntos, a prestar ayuda.
En la misma vena, las transformaciones sociales más poderosas no nacen de la injusticia y la explotación, nacen sobre todo, de la solidaridad de quienes las sufren y se acompañan. Y es una fuerza nueva que, a diferencia de otras, no es ajena e incontrolable, es maleable por quienes la generan, y puede tener objetivos claros y capacidad de cambiar profundamente las cosas. En 1985, esta fuerza liberada por el sismo creó organizaciones, conciencia y acciones que transformaron el panorama de la lucha urbana e hicieron que esta ciudad comenzara a cambiar definitivamente. Apenas un año después, muchos de sus jóvenes actores respondieron con un movimiento estudiantil –el de 1986 en la UNAM– que abrió las puertas a luchas por la educación pública, y entonces también, el PRI sufrió un primer definitivo desgajamiento que llevó a una rebelión electoral nacional en 1988 y al surgimiento de una nueva y poderosa fuerza política. Ahora, en 2017, ya sabemos lo que hizo el temblor en la Ciudad y en zonas rurales e indígenas, pero también (parafraseando algo atribuido a Sartre) vemos lo que miles hacen con eso que les hizo la fuerza descomunal y la incapacidad institucional. Y veremos poderosos movimientos urbanos y rurales, con el movimiento magisterial y los 43 cabalgando entre ellos. Se activarán las fallas geológicas de universidades y del sistema educativo y aflorarán luchas justas y conflictos de poder. Habrá una poderosa réplica social electoral en 2018 y en lo que de ahí resulte, y se acentuarán las grietas de las frágiles estructuras de estos últimos 30 años. El poder hegemónico reaccionará, cierto, pero sin la energía de la solidaridad que aglutina la demanda contra la corrupción, el poder político deteriorado, la pérdida de rumbo. Es la energía que nace de la desesperación de millones de jóvenes sin poder, sin empleo y sin escuela, los que son la parte más dinámica del mar de pobreza en que vive la mitad de la población. Después del temor y temblor, aparece así la inmensidad del todo por hacer, pero también la posibilidad de nuevas fuerzas para llevarlo a cabo.
Más que nunca, recordamos a René Drucker.

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