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miércoles, 29 de febrero de 2012

Bartra: en México la izquierda no es la que mienta madres, sino la que aporta soluciones



“Hay desesperanza, frustración, una depresión más generalizada de lo que uno quisiera”

Bartra: en México la izquierda no es la que mienta madres, sino la que aporta soluciones
Comienzan el próximo martes diálogos sobre los problemas nacionales y la regeneración del país


Para Armando Bartra (en imagen de 2008), en México hay bastante evidencia de que los problemas los causa la derecha y las soluciones las propone la izquierda Foto Carlos Cisneros

Arturo Cano
Periódico La Jornada

Miércoles 29 de febrero de 2012, p. 12

Noam Chomsky usó la fórmula para referirse a Estados Unidos, un año y medio después del 11 de septiembre. Armando Bartra la pone en el México de 2012: “El mayor problema del país es la sensación de que los problemas nacionales no tienen solución; hay desesperanza, frustración, una depresión mucho más generalizada de lo que uno quisiera”.

Esa desesperanza que domina el escenario nacional, sigue, da paso a caminos torcidos cuando se piensa en el futuro inmediato: las “soluciones mágicas del tipo de reformas estructurales”; la opción de que, “de los males, el menor”; un retorno al pasado en el que, “bueno, robaban pero algo dejaban”, o bien, “de revoluciones fulminantes o salvadores providenciales”.

La conversación con uno de los más reconocidos expertos en el campo mexicano ocurre con motivo, justamente, del inicio de una serie de actos bajo esta sombrilla: Los grandes problemas nacionales, diálogos por la regeneración de México.

Cada martes, desde el próximo 6 de marzo hasta finales del mes de mayo, el Club de Periodistas, en el Centro Histórico de la ciudad de México, será el escenario de tres mesas redondas y una conferencia magistral que abordarán una amplia gama de temas.

La organización corre por cuenta del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) y de la Fundación Equipo, Equidad y Progreso (que promovía las aspiraciones de Marcelo Ebrard), y se inscribe, dice Bartra, en la línea de demostrar que “la izquierda no es la corriente de pensamiento que denuncia, critica y mienta madres. Hoy existe una izquierda propositiva, con soluciones. Es más, en México hay bastante evidencia de que los problemas los causa la derecha y las soluciones las propone la izquierda”.

El programa preliminar anuncia conferencias magistrales a cargo de figuras como Lorenzo Meyer, Elena Poniatowska, Juan Ramón de la Fuente, Cuauhtémoc Cárdenas, Marcelo Ebrard, Javier Sicilia y Marta Lamas, entre otros.

Además, en mesas ordenadas en 22 grandes temas participarán más de 150 ponentes, a quienes sólo une que se ubican en el lado zurdo del país.

“Es una convocatoria a dialogar, a proponer. Una convocatoria hacia la izquierda en un sentido ecuménico, si queremos tomar la expresión como la convergencia de iglesias, pero también en el sentido de todos los que estamos en este mundo.”

Un repaso del listado de ponentes apoya la idea que expresa el autor de La utopía posible: van de la izquierda socialdemócrata a la cristiana, pasando por la marxista y sus derivadas. Hay también representantes de la izquierda social, la formada en los gremios; la que tiene vinculaciones con la Iglesia católica; la obradorista e incluso la político-partidista (“lo que queda rescatable y propositivo de la izquierda de los partidos”). También hay ponentes de la vertiente zapatista, pese a que es “quizá la más resistente a participar en un debate sobre estos asuntos”.

“No es momento de lamentaciones”

Bartra imagina debates “desde una perspectiva práctica, posibilista y, al mismo tiempo, utópica, generosa; creo que habrá las dos cosas, que hay talento para las dos cosas”.

En el ámbito de la economía, por ejemplo, Bartra encuentra que “muchas ideas del viejo socialismo siguen siendo vigentes y lo son cada vez más, pero hoy encuentras un pensamiento de izquierda con propuestas concretas, con soluciones viables, con alternativas a la crisis del modelo neoliberal, es decir, posneoliberales, aunque no necesariamente poscapitalistas, y a otros que sí ofrecen esa perspectiva. Vaya, hay un debate que incluye a ex funcionarios públicos como Carlos Tello, a académicos como Rolando Cordera, a críticos como Luis Arizmendi. Esto demuestra que la izquierda está viva”.

Los ponentes están siendo convocados a ofrecer “diagnósticos severos”, sí, pero sobre todo propuestas. “No es momento de lamentaciones, de sólo señalar las lacras y hacer las críticas, es momento de decir esta es la vía, esta es la solución”.

El espejo latinoamericano, a decir de Bartra, es la mejor prueba de que “hay una izquierda creativa, original, pensante, que está ofreciendo soluciones a problemas nuevos, que hay una izquierda posneoliberal. No digo que el neoliberalismo esté muerto y enterrado, pero cada vez es menos aceptable la receta tradicional, y la izquierda está siendo la única verdaderamente propositiva. No hay propuestas para salir de la situación crítica en la que se encuentra el subcontinente que no sean de la izquierda, de una izquierda tan diversa como la brasileña, encabezada por Lula da Silva y Dilma Rousseff, o la argentina de los Kirchner, o la versión andino-amazónica representada por Evo Morales y Rafael Correa”.

La campaña por un candidato, dice Bartra, es “vital y muy importante”. Pero con estos diálogos no se pretende hacer la campaña de Andrés Manel López Obrador. Por un lado, porque “la de un político de izquierda no puede ser una propuesta personal” y, por otro, porque de lo que se trata es de que “la gente sienta que está en un proyecto que ofrece caminos para resolver los problemas del país”.

Quizá por eso las líneas elegidas, de Juan Jacobo Rousseau, para presentar los diálogos: “Antes de examinar el hecho por el cual un pueblo elige a un rey, sería conveniente estudiar el acto por el cual un pueblo se siente pueblo, ya que siendo este acto necesariamente anterior al otro es el verdadero fundamento de la sociedad”.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Ética y política en tiempos airados*


Armando Bartra


Festejos patrios en Paseo de la Reforma Foto Yazmín Ortega Cortés
Nos amanecemos con la cifra de los matados: setenta y dos muertes individuales, intransferibles, pero sin nombre y sin rostro; como no tienen nombre ni tienen rostro los matadores. Víctimas unos y otros de una misma derrota moral porque los asesinos no son traidores, no son enemigos de la patria: los asesinos son tan jóvenes, desamparados y a la intemperie, como los asesinados.
Decenas de miles de matadores, decenas de miles de matados: el rostro desollado de la patria. Como nunca desde de la Conquista padecemos desmoralización extrema. Anomia en sus dos sentidos: carencia de reglas y falta de palabras: en la nueva derrota mexicana fallan las viejas normas y se ahuecan las viejas palabras.
Anomia de la sociedad y aún más de la política. En el mundo del poder fáctico que manda desde las sombras del gran dinero y desde la seductora pantalla de Hamelin; en un mundo de reglas no escritas donde se impone el más rico, el más poderoso, el más desalmado, el más canalla la política, deviene impúdico ejercicio de inmoralidad.
Una opción a la cívica debacle sería pedir a los políticos que acaten ciertos principios morales universales; imperativos éticos válidos para cualquier persona y circunstancia: que sean tolerantes, austeros, veraces, que no roben, que no maten... Algo así como exigir moralidad, aun a quienes se mueven donde impera el realismo crudo, el pragmatismo, la realpolitik. Como pedirle peras al olmo o –parafraseando al Alazán Tostado– demandar del moral un fruto distinto de las moras.
No es mi opción. No soy kantiano y no pretendo que las conductas de los individuos –con independencia de su circunstancia– se rijan por imperativos formales, abstractos, intemporales. Mejor dicho: no me basta con que se sometan a estos imperativos. Mi apuesta es por una ética social, por una moral en situación. No un relativismo en que todo se vale dependiendo del momento y el lugar; sí una axiología y una normatividad que surgen de la circunstancia. Y que, ante todo, surgen de la circunstancia de circunstancias: de la radical, la originaria socialidad del ser humano.
Porque el hombre no es el individuo: el solitario ontológico que se socializa a posteriori mediante algún tipo de contrato con otros tan solitarios como él. El hombre son los hombres. El hombre soy yo y los otros. El hombre es la originaria colectividad que –aun si mediada por el yo, es decir por la libertad y la responsabilidad– es siempre punto de partida y punto de llegada.
Mi pesquisa no es por encontrar una moral aplicable también al infame mundo de la política sino una ética que nazca de la política, que hunda sus raíces en una actividad que debiera ser solidaria por excelencia.
Y para reconciliarnos con la política –esa puta– nada mejor que reivindicar a dos pensadores que me parecen actuales quizá por premodernos, dos hombres de ideas pero también de acción que algo sabían del negocio: Aristóteles, mentor de Alejandro, y Nicolás Maquiavelo, santo de las devociones de los pragmáticos, proverbial catequista de las argucias del poder.
En la relectura de Maquiavelo seguiré al marxista italiano Antonio Gramsci, quien a principios del siglo XX y en busca de inspiración para conformar un movimiento político-cultural capaz de rescatar a la sociedad italiana de la opresión, el marasmo y la decadencia moral, recluta para su proyecto al célebre florentino del siglo XV que puso nombre al amoralismo político, a Nicolás Maquiavelo. Y lo recupera porque descubre que en su libro, El Príncipe, hay un sujeto, un destinatario que no son los gobernantes, de suyo sobrados de pragmatismo político, que no son los hombres del poder de por sí expertos en intrigas palaciegas.
Maquiavelo escribe “para quien no sabe”, escribe para el pueblo llano: para aquellos que, dice el florentino, habiendo sufrido “todo género de robos, despojos, desgarramientos, vejaciones, desolaciones y ruinas” deben empaparse en las reales artes del poder si es que algún día han de emanciparse.
Como en la Italia de la peste negra y de los Borgia, en el México de las narcofosas, los Beltrones, los Peña Nieto y los Calderón, es vital interiorizarse en las prácticas del poder. Porque aquí, como en la Florencia del siglo XV, parece que los ofendidos y humillados de siempre han decidido emanciparse por su propio pie y buscan afanosamente el camino de su liberación.
Pero sucede que entre nosotros la política está muy padroteada, de modo que es necesario discurrir sobre su curso efectivo, a la vez que resanamos su resquebrajado basamento. Dicho de otro modo: habrá que adentrarse en los viciosos vericuetos del poder para prevenirnos de sus lanzadas, al tiempo que edificamos una nueva política con sustento moral, un nuevo pensamiento libertario.
Y en este doble abordaje: la política realmente existente y la nueva política con fundamento moral, nos servirá Aristóteles, quien en la Ética a Nicómaco, se refiere a “lo conveniente”, mientras que en La política, se ocupa de “lo posible”. Lo posible y lo conveniente, el mundo fáctico y el “deber ser”, el posibilismo y la utopía.
En la Ética nicomaquea el estagirita sostiene que la política es “la ciencia soberana y más que todas arquitectónica”, por cuanto se ocupa del “bien supremo” y busca la “buena vida”, idea que hoy reverdece en el mundo andino. Y es que “bien supremo” y “buena vida” son fines en sí mismos, mientras que las demás ciencias –incluyendo la prepotente economía– son apenas ciencias instrumentales. Afirma, también, que la política es praxis –no un saber sino un hacer– por cuanto “la felicidad es una actividad”: no un estado, no un orden actual o futuro sino un modo de ser, un ánimo, una disposición.
En cambio, en La política, estudio para el que se empapó de realidad compilando y analizando decenas de constituciones griegas, el filósofo se ocupa de los modos fácticos del quehacer público. Así el libro es un tratado pragmático donde sin abandonar sus convicciones filosóficas, da cuenta de las pringosas relaciones propias de poder realmente existente. Sintomáticas son las palabras finales, que sintetizan los que a su entender son principios fundamentales de la educación política: “el término medio, lo conveniente y lo posible”.
Lo conveniente y lo posible: dos dimensiones ciertamente distintas y con frecuencia divergentes pero urgidas de lo que en la física sería una suerte de “teoría del campo unificado”, una síntesis a la que he llamado “realismo utópico”.
La vertiente posibilista de la política tiene en Maquiavelo a su mascarón de proa. El autor de El Príncipe se ganó a pulso su fama de pragmático y ajeno a consideraciones religiosas o morales. Sin embargo, su crudo realismo está al servicio de una utopía: la unidad de Italia. Y su Príncipe no es ninguno de los sórdidos reyes, papas, emperadores, duques y cancilleres de la escena política europea, sino un conductor inédito: “un príncipe nuevo”.
Y es esto lo que permite a Antonio Gramsci reclutar a Maquiavelo para su causa y emplear algunas de sus ideas en la tarea de conformar el movimiento socio-cultural y el instituto político al que llama “moderno príncipe”: el cinismo esperanzado, el idealismo terrenal y pragmático del florentino.
“Maquiavelo no es un mero científico”, sostiene Gramsci, es “un hombre de pasiones poderosas, un político de acción que quiere crear nuevas relaciones de fuerzas y no por ello dejar de ocuparse del “deber ser”. El Príncipe no es un libro de “ciencia”, desde un punto de vista académico, sino de “pasión política inmediata”, “un manifiesto de partido”.
Termino estas reflexiones sobre lo que podríamos llamar ética en situación o moral con adjetivos, con un texto de Maquiavelo escrito pensando en la Italia el siglo XV, que podemos leer con provecho pensando en el México del tercer milenio:
“La conclusión de mis reflexiones es que tantas cosas parecen ocurrir en Italia en beneficio de un príncipe nuevo, que no sé si se presentará nunca coyuntura más propicia para semejante empresa. Porque si fue necesario que el pueblo de Israel estuviera esclavo en Egipto, para que pudiera apreciar el valor de Moisés, también para apreciar el mérito de un libertador de Italia ha sido necesario que ésta se haya visto atraída al miserable estado en que se encuentra ahora”.
Nos hacen falta políticos tolerantes, austeros, honestos, veraces. Pero estas son condiciones formales e individuales de la moralización, y sin una regeneración colectiva del cuerpo social, reclamarlas es predicar en el desierto. Lo que en verdad requerimos es un incluyente movimiento político-cultural, una gran acción colectiva para reanimar la economía, la política, la moral pública y la moral privada. Como los florentinos en tiempos de Maquiavelo, como los italianos en tiempos de Gramsci, los mexicanos de hoy necesitamos convocarnos a emprender juntos la recuperación de un país que se nos va de las manos.
* Ponencia leída en la sesión sobre Dilemas y valores sociales, del coloquio organizado por la UNAM Valores para la sociedad contemporánea ¿En qué pueden creer los que no creen?

martes, 27 de julio de 2010

Gobierno Legítimo de México

La lucha del pueblo será insuficiente si en el 2012 no sacamos adelante un gobierno progresista y democrático que obedezca de veras al mandato popular: Bartra

México, Distrito Federal
Domingo 25 de julio de 2010

* Palabras del investigador universitario Armando Bartra, durante la asamblea nacional del Movimiento por la transformación de México y sus instituciones

Compañeras, compañeros:

México está en peligro. La nación se encuentra en riesgo. En el siglo pasado, durante los gobiernos que siguieron al de Cárdenas hubo corrupción, hubo injusticia, hubo autoritarismo. Pero nunca un decaimiento como el de ahora. Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón arruinaron al país.

Antes los mexicanos podíamos esperar que nuestros hijos vivieran mejor que nosotros, como nosotros habíamos vivido mejor que nuestros padres. Hoy ya no. Salvo al puñado de millonarios que engorda con la desgracia nacional, a los demás el porvenir nos depara estrechez, carencia, frustración. Los neoliberales y la oligarquía nos están robando lo más valioso: la esperanza en un futuro mejor. No lo vamos a permitir.

Los mexicanos padecemos una combinación de males nunca antes vista: deterioro ambiental, retroceso económico, descomposición social, regresión política, creciente inseguridad. Pero lo más grave es una profunda degradación moral. Una decadencia espiritual que hoy corroe a la oligarquía y sus testaferros, pero que contaminará a la nación entera si no la detenemos.

El país está en un cruce de caminos y los próximos años serán decisivos. Si no lo impedimos, la oligarquía y sus lamebotas continuarán haciendo estragos. ¿Con qué cara diremos a nuestros hijos y a nuestros nietos que no supimos defender el patrimonio material y espiritual de la nación?

Compañeras, compañeros:

Ha llegado la hora de reconstruir a México. El país necesita un cambio, un cambio verdadero. Una profunda mudanza regeneradora que nos saque del marasmo, que nos saque de la decadencia. Transformación a fondo que tiene que ser impulsada desde abajo y por los mexicanos de a pie, por las mujeres y hombres que hemos construido este país con nuestro trabajo, pero también con nuestras luchas libertarias, con nuestra resistencia a la injusticia, con nuestra inquebrantable dignidad. Y porque no decirlo, con nuestra alegría, con nuestra capacidad de burlarnos de los poderosos, de reírnos en su estúpida cara, algo que aprendimos de Carlos Monsiváis.

Pero la lucha del pueblo será insuficiente si el 2012 no sacamos adelante un gobierno progresista que impulse la regeneración nacional, un gobierno democrático que obedezca de veras al mandato popular, un gobierno de izquierda que gobernando para todos ponga por delante la reivindicación de los más pobres, un gobierno nacionalista que sin darle la espalda al mundo defienda realmente los grandes intereses de la nación.

Y este gobierno necesitará un programa, un buen programa. Un nuevo proyecto de país que desde ahora debemos esbozar y discutir.

Nuestro primero y más ineludible compromiso social es combatir la vergonzosa desigualdad que nos aqueja. El bienestar de los mexicanos es tarea principalísima de un gobierno comprometido con la democracia. Porque las libertades no se pueden ejercer a plenitud si no se tiene alimentación adecuada, vestido, techo, seguridad, tranquilidad.

Hay que atender todas las necesidades básicas, pero ante todo la alimentación. Es inadmisible que en un país de inmensas riquezas haya niños desnutridos y personas con hambre. El programa emergente de asistencia alimentaria será el primer paso para establecer el derecho Constitucional de todos a la alimentación.

Y si el hambre es inadmisible, igual lo es la enfermedad. Todos nos vamos a morir, pero que la gente se muera de enfermedades curables que no fueron prevenidas ni atendidas, es un crimen. Por eso garantizaremos el derecho a la salud mediante servicios públicos adecuados y medicamentos gratuitos.

No queremos más jóvenes que no estudian ni trabajan. Para garantizar el derecho a recibir educación frenaremos la privatización y dotaremos a la educación pública de un presupuesto equivalente a por lo menos 7 por ciento del PIB.

Disfrutar de tranquilidad y seguridad después de una larga vida de trabajo es un derecho. Por lo que se garantizará una pensión universal a todos los adultos mayores y un sistema de jubilaciones solidario y redistributivo. Nosotros no les robaremos su pensión a los asegurados, como acaba de hacerlo la Suprema Corte.

El derecho al trabajo y al empleo están en la Constitución, pero lo cierto es que miles de jóvenes no encuentran más camino que la informalidad, la migración o la delincuencia. La creación de empleos dignos, estables y bien remunerados será prioridad de nuestro gobierno.

El bienestar del pueblo es la mayor aspiración de nuestro proyecto alternativo. Bienestar que construiremos entre todos, con nuestro trabajo y empleando adecuadamente los abundantes recursos de que dispone la nación.

Y de esto, de la organización del esfuerzo productivo de los mexicanos y las mexicanas, se ocupa el programa económico.

El objetivo central de la nueva economía será el bienestar. Y para esto es necesario cambiar el rumbo. Pero el propósito de este viraje no es sólo lograr buenos indicadores financieros sino elevar el nivel de vida de la gente.

El nuevo gobierno velará por la prosperidad de la población y no sólo por los negocios de un puñado de empresarios. Y lo hará promoviendo la producción nacional, sobre todo de las empresas pequeñas y medianas que generan empleos, amarrando las cadenas productivas e impulsando los mercados regionales, propiciando la creación puestos de trabajo y apoyando al sector social de la producción, lo significa promover la economía solidaria y el mercado justo.

Prometer no empobrece y sin duda, cuando entren en campaña, el PAN y el PRI ofrecerán esto y más Pero hay cosas que ellos no plantean ni plantearán porque sus compromisos con la oligarquía no se los permiten.

Por ejemplo, nosotros nos comprometemos a gravar las operaciones de la Bolsa Mexicana de Valores, un lugar privilegiado donde se hacen fortunas y no se pagan impuestos. Y no sólo en la bolsa, nos comprometemos a abolir el conjunto de privilegios que tienen los más ricos en el pago de impuestos. Y para esto terminaremos con el secreto fiscal y eliminaremos los regímenes de consolidación fiscal. Que quede claro, en el nuevo país que vamos a construir las tasas impositivas deben ser progresivas: que pague más quien gana más.

El músculo de nuestra economía es el trabajo de los mexicanos y las mexicanas, pero la palanca son nuestros recursos naturales, entre ellos el petróleo.

Y el petróleo defenderemos. Lo defendimos desde la oposición cuantimás lo defenderemos en el gobierno.

Ya basta de exportar crudo e importar diesel y gasolina. Nuestro gobierno construirá tres nuevas refinerías y reactivará la petroquímica nacional, lo que nos permitirá reducir los precios de los combustibles y de otros derivados.

Petróleos Mexicanos se ha transformado en una cueva de ladrones. Pero esto no se quedará así, nuestro gobierno creará una Comisión de la Verdad para investigar y castigar la corrupción en Pemex.

Y lo mismo decimos de la energía eléctrica. Es compromiso firme de nuestro gobierno acabar con la privatización y con el mal servicio, no acabar con las empresas públicas y con los sindicatos combativos. Aunque no sea parte del programa: ¡Qué viva el SME!

Si el trabajo es el músculo de la economía y los recursos naturales son su palanca, el campo es el territorio donde se concentran los grandes retos del desarrollo económico y del desarrollo social.

Reactivar al campo arruinado por las políticas neoliberales es asunto de seguridad nacional. De eso depende la alimentación de todos y el empleo de millones, pero también la preservación del medio ambiente, de la cultura, de la convivencia y de la seguridad interna.

O revitalizamos al campo o seguiremos destruyendo la naturaleza, importando comida, perdiendo nuestra identidad, expulsando mexicanos a Estados Unidos y sometidos al narco, que aprovecha la pobreza rural para controlar regiones enteras.

Basta de importar maíz y exportar campesinos que podían haberlo producido aquí. Nuestro gobierno recuperará la soberanía y autosuficiencia alimentarias.

Porque un pueblo que importa casi la mitad de lo que come es un pueblo sometido a las potencias agroexportadoras, ejerceremos el derecho a definir y aplicar nuestras propias políticas de producción, distribución y consumo de alimentos sanos, nutritivos y culturalmente adecuados. Y lo haremos promoviendo, ante todo, la agricultura campesina.

En Bolivia, la nueva Constitución reconoce los derechos de la naturaleza. Aquí la destruimos. Nuestro gobierno se compromete a proteger y restaurar el medio ambiente impulsando su aprovechamiento responsable.

Y para ello cambiaremos el rumbo: no más promoción a los agrotóxicos y semillas transgénicas impuestos por las transnacionales, y si en cambio impulso a las prácticas agroecológicas que aumenten la productividad sin dañar a la naturaleza.

Porque ni la tierra, ni el agua ni la vida ni la cultura son mercancías, preservaremos el carácter público y el usufructo colectivo de los recursos naturales y de los saberes comunitarios. Defenderemos de la privatización nuestro rico patrimonio físico, biológico y cultural amenazado por empresas trasnacionales que pretenden apropiarse de tierras, aguas, minas y bosques pero también patentar los conocimientos tradicionales y los códigos genéticos de los seres vivos.

Esto y más, contiene el proyecto alternativo. Pero son sólo ideas preliminares que entre todos habrá que pulir, que desarrollar, que perfeccionar.

Esto apenas empieza, en los próximos meses emprenderemos en todos los estados, en todas las regiones, con todos los sectores y con todos los expertos un amplio debate nacional sobre el contenido del programa.

Entre todos estamos construyendo la organización, entre todos construiremos el programa, entre todos cambiaremos el país.

¡Viva México!