jueves, 21 de julio de 2016

Una posibilidad para 2018

Octavio Rodríguez Araujo
L
a revista Proceso (18/07/16) señaló que Miguel Ángel Mancera no descarta una posible alianza con Morena, y si la nueva presidenta del PRD, Alejandra Barrales, está en ese cargo por influencia del jefe de Gobierno de la Ciudad de México, bien podríamos suponer que ella tampoco descartaría esa posibilidad aunque se guarde decirlo por ahora (más preocupada en el presente por la unidad de su maltrecho partido).
Nada está escrito todavía sobre lo que podría ocurrir en los partidos que buscarán la Presidencia de la República en 2018, pero si bien la alianza PRD-PAN dio frutos positivos para quitar espacios al PRI, eso no quiere decir que sea la fórmula mágica para el futuro. Habrá que ver lo que ocurra el año próximo en el estado de México, más que en Coahuila y Nayarit. Por lo pronto se sabe que dicha alianza fue útil para golpear al PRI, incluso en estados donde tenía dominada la plaza desde hace mucho o desde siempre, pero el PAN tiene manchas que ni el mejor solvente podrá quitar. Todos sabemos que una cosa es ser oposición y otra ejercer el poder. En el poder el PAN ha demostrado no sólo impericia, sino desenfrenada corrupción, como si supiera que su permanencia en el gobierno tendría que ser efímera y, por lo mismo, aprovechable en una especie de permanente año de Hidalgo.
Las simpatías por el PRI han menguado considerablemente y la petición de perdón del presidente Peña por el error de la Casa Blanca ha sido interpretada en su justa dimensión: incompleta y demagógica, de dientes para afuera y con la intención de hacer creer que, ahora sí, la corrupción que caracteriza a su partido y a sus gobernantes de siempre será combatida. Todos los católicos de México, que no son pocos (y Peña es uno de ellos), saben que si al confesarse con un cura piden perdón éste se les otorgará y ellos podrán seguir pecando tranquilamente hasta el fin de sus días. El problema es que los mexicanos no son el venal confesor del gobernante y menos cuando los agravios no son perdonables ni son dejados a la justicia divina.
Los dirigentes del PRD saben que coadyuvaron a derrotar al PRI en algunas entidades, pero no ignoran que las preferencias a su favor siguen siendo muy bajas. Tal vez por esta razón algunos de ellos no descartarían la posibilidad de aliarse con Morena que, poco a poco, sigue subiendo su popularidad (según las encuestas conocidas). En una nota de El País (19/07/16), basada en una encuesta de Parametría, se dice que Morena, por intención de voto, casi empata con el PRI. No es un dato secundario, y menos tratándose de un partido gobernante y de su principal opositor, hasta ahora sin alianzas (recuérdese que el PRI ha requerido hacer alianzas con el Verde y el Panal para alcanzar los votos obtenidos en las recientes elecciones federales y locales). En otros términos, si Morena mantiene su ascenso en las encuestas de intención de voto, una posible alianza entre el sol azteca y el partido de López Obrador podría estar en la agenda, y más cuando inusitadamente el tabasqueño declaró hace unos días que si el PRD se deslindaba del régimen actual habría posibilidad de ponderar algunos acuerdos de mutuo interés.
Como demuestro en mi más reciente libro, ya en librerías, en estos tiempos que vivimos ningún partido en América Latina o en Europa puede ganar sin alianza con otros. El PRD lo sabe, Morena también. El PAN también necesitaría aliados, pero el PRI ya le quitó a los verdes y si el PRD le da la espalda ni con un milagro del Cristo de la Montaña del Cerro del Cubilete ganaría. Peligroso sería, esto sí, que el PRI añadiera a sus aliados al PAN, pero si esto ocurriera resultaría más fácil el voto para el electorado: con la derecha o con la izquierda y mi hipótesis es que la izquierda amplia (o si se prefiere, el centro-izquierda) sería mucho más atractiva. La población quiere cambios aunque en general rechace los que a su juicio puedan parecer radicales.
El punto difícil para los dirigentes del PRD y Morena, ante la eventualidad de una alianza electoral, es la candidatura a la Presidencia. Abandonar el protagonismo para favorecer una alternancia que podría ser beneficiosa para el país requiere una cierta humildad y un alto grado de capacidad política para negociar lo que más convenga a México. ¿Me paso de ingenuo? Quiero ser optimista.

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