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jueves, 19 de abril de 2012

¿Vivir más?



Octavio Rodríguez Araujo

Fumemos, bebamos, comamos todo lo que queramos, vivamos con intensidad, que al fin y al cabo nadie tiene soluciones dignas para la vejez ni propuestas para que seamos felices en esta etapa final de la vida. Al contrario, los que estarían obligados a proporcionarnos una alternativa respetable, aunque sea por los años trabajados, están más preocupados por lo que les costaremos que por la vida misma.

Entre las muchas estupideces que ha dicho la Organización Mundial de la Salud (OMS) está la que señala que si fumamos nos quitamos años de vida. Algo semejante, pero con menor énfasis (por ahora), afirma para los que beben alcohol y comen comida chatarra. La propuesta de la OMS es que vivamos sanos, hagamos ejercicio, no le echemos al cuerpo cosas dañinas y, lo más absurdo, que vivamos más años, como si el reto a largo plazo fuera la inmortalidad. La propaganda de la OMS ha sido tan efectiva entre la gente sin cultura que ha convencido a millones y millones de personas que la vida consiste en ser sanos y prolongarla en número de años. El énfasis de esta inútil organización de burócratas bien pagados, muy bien pagados, está puesto en dicha premisa, y todo aquello que atente contra la salud debe no sólo desecharse sino ser combatido.

Sin embargo, la OMS jamás ha dicho para qué vivir más años; cómo le haremos para subsistir con dignidad en la vejez a la que, parece, todo mundo le teme; quién nos dará los recursos para sobrevivir luego de que nos dejen sin trabajo… precisamente por viejos; quién cuidará los males y las enfermedades propias del desgaste natural de esa maravillosa máquina que es el cuerpo humano. Esto no lo dice. Y no lo dice porque no tiene respuestas. De aquí que invente enemigos para que la gente se distraiga con ellos en lugar de ocuparse y preocuparse de lo fundamental. Como la OMS es parte del sistema, del statu quo, la agarró contra el tabaco y ahora resulta que fumar o respirar el humo de otros es no sólo mortal sino la causa de enfermedades que, ¡afirman sin rubor!, son evitables. Todas las enfermedades son y no son evitables, depende de la persona, de su herencia, de su constitución personal, de la predisposición genética y enzimática, de la ausencia de ciertas proteínas, etcétera. No dicen, por ejemplo, que si una persona carece de la proteína llamada alfa-1 antitripsina, también puede presentar cuadros de bronquitis crónica y de enfisema aunque no fume, ni tampoco que si una persona tiene la enzima CYP2D6 (un gen de la familia del citocromo P450) se le podrán activar más fácilmente los posibles carcinógenos existentes en los cigarrillos y otros muchos productos.

Contrariamente a la OMS, que quiere que vivamos más años, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y otras instituciones, incluyendo los ministerios de Salud en cada país (sobre todo los subdesarrollados), están muy preocupados por el incremento de la longevidad, entre otras cosas porque no hay dinero suficiente para enfrentarla. Se sabe que hay dinero (tanto público como privado) para atender a los viejos con recursos, pero no a los viejos pobres. Se ha vuelto tan contradictorio vivir más años que la directora asistente del Departamento de Mercados Monetarios y de Capital del FMI, Laura Kodres, señaló recientemente que se les recomienda a las personas ahorrar desde los 20 años de edad para garantizarse una vejez más o menos digna. ¿Quiénes son los que podrían ahorrar desde los 20 años para su vejez? Los que tienen trabajo con sueldos más que suficientes para vivir al día. Los demás no, y mucho menos los que carecen de empleo. Incluso las jubilaciones, que son para quienes tienen o tuvieron empleo estable por más de tres décadas, son ya un problema pues la pirámide de edades se está invirtiendo: cada vez más viejos que jóvenes.

A este problema, incluso para las jubilaciones, tampoco le encuentran solución. El FMI ya está planteando que se aumente la edad de la jubilación, pues de mantenerse los rangos actuales no habrá dinero que alcance pues la tendencia, gracias al incremento de la expectativa de vida, es al aumento de la longevidad, y todo lo que esto implica en gastos (tanto públicos como privados).

Es tan grave el asunto que se prevé que si el promedio de vida aumenta para 2050 tres años más, sólo tres años, los costos del envejecimiento, “que ya son enormes”, podrían aumentar 50 por ciento.

Lo que parece es que nadie sabe qué hacer con este problema. Por un lado se propicia de todas las maneras imaginables que la gente viva más años, y por otro se combate todo aquello que según las mismas instituciones (ministerios de Salud, por ejemplo) disminuye la cantidad de años de vida (el tabaco, según dicen). Lo que se percibe es que no hay coordinación entre instituciones como la OMS y el FMI. Peor aún, entre la misma OMS y el PNUD. Los especialistas del PNUD y del FMI no saben cómo enfrentar el problema de la longevidad y los de la OMS están preocupados, junto con toda la “industria de la salud”, en hacer que la gente viva más, sabiendo como saben que los pobres en general tienden no sólo a vivir menos sino con inferior calidad de vida que las clases medias y los ricos.

En México el secretario de Salud lo ha reconocido hace unos días, en la ceremonia del Día Mundial de la Salud. Dijo, según nota en este diario (10/4/12), que como resultado del crecimiento de la expectativa de vida hay condiciones de salud que “se están sumando a la carga de enfermedades”. Lo cual es lógico: entre más años viva una persona mayor será su deterioro físico, lo cual se manifiesta por problemas cardiovasculares, cancerígenos, diabéticos y hasta cognitivos (demencia senil y Alzheimer, por ejemplo). Sin embargo, el funcionario está proponiendo que se pase del enfoque curativo al preventivo… para que vivan más años. ¡Bravo! Si, como dijo, en el presente hay más de 10 millones de adultos mayores, en 2040 serán más de 33 millones. ¿Habrá dinero para atender a 33 millones en pensiones, salud, vivienda, alimentación, etcétera, si no lo hay para atender a los 10 millones actuales? El representante de la OMS en nuestro país dijo, en la misma ceremonia, que en la mayor parte de la región los adultos mayores “suelen vivir sus últimos siete o nueve años de vida con mala salud”; entonces, ¿para qué insistir en que la gente viva más? Puras pamplinas.

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jueves, 12 de abril de 2012

La Jefa es un autobús


Octavio Rodríguez Araujo

La Jefa es el nuevo nombre del autobús de Josefina Vázquez Mota (JVM). Muy emblemático, sin duda. ¿Ella será ahora la jefa o sólo el autobús? Lo primero es lo que ella quisiera. Aparentemente es la jefa de Gustavo Madero, Ernesto Cordero, Germán Martínez, Juan Ignacio Zavala, Juan Manuel Oliva, Miguel Székely, Maximiliano Cortázar, Rodolfo Elizondo, Roberto Gil Zuarth, Rafael Giménez, María Luisa Calderón, Rogelio Gómez Hermosillo, Irma Pía, Armando Sánchez Ruiz, Mayela Alemán de Adame, Octavio Aguilar Valenzuela, Luz Gabriela Cadena Luna y los que se sumen en los próximos días. Aunque no aparece en la lista de apoyos-subordinados, debe considerarse también al “rey de la guerra sucia”, Antonio Solá Reche, el infaltable en cualquier partido ultraderechista en periodo electoral.

Sin embargo y dada la composición de los “incorporados”, surge una pregunta: ¿no será Felipe Calderón el verdadero jefe y JVM una extensión de la franquicia conocida como Los Pinos? Todo indica que con la candidata panista usaron la misma estrategia que con las empresas públicas: dejarlas caer para luego “salvarlas” en beneficio de sus patrocinadores. La dejaron que se tropezara varias veces, que tuviera fracasos, algunos bochornosos, y luego, después de haberla dañado con una medicina amarga, le ofrecen el mismo medicamento pero ahora con otro sabor, para que ella no tenga más remedio que agradecerlo. El problema es que, tanto la medicina que le provocó serios problemas iatrogénicos como la nueva, se fabrican en el mismo laboratorio conocido como Los Pinos.

Los genios de la propaganda electoral de La Jefa le echaron montón para ver si así repunta. Tal vez crean que si ellos son muchos más serán los que vean a JVM como su candidata predilecta. Pero la realidad es otra, y tiene que ver con la percepción ciudadana: la economista Vázquez Mota es vista ahora como la candidata de Felipe Calderón y no como fue visto éste en relación con Fox.

Me explico mejor: el candidato de Vicente Fox, una vez que no pudo heredarle la silla a su esposa, era Santiago Creel. Pero en el PAN había otro personaje que quería ocupar Los Pinos y que fue destapado en Jalisco por el entonces gobernador. Fox no estuvo de acuerdo, pero tuvo que aceptar al michoacano cuando éste ganó en la elección interna de su partido. A raíz de este desenlace Fox lo hizo su candidato y manipuló todo lo que pudo para convertirlo en presidente. Los fraudes de la época son muy conocidos como para citarlos en este espacio. Lo que quizá conviene destacar es que el presidente del PAN en esos momentos era Manuel Espino Barrientos, quien hizo a un lado sus discrepancias con Calderón y llamó a todos los panistas a cerrar filas y posponer sus diferencias para ganar todo lo que se pudiera. Reaccionario en muchos sentidos y yunquista por añadidura, fue un buen operador político y logró para su partido (que más adelante lo expulsaría) la mayoría en ambas cámaras del Congreso de la Unión. Una vez que logró su propósito se distanció de manera muy obvia de Calderón, y así le fue posteriormente.

Con La Jefa la situación es otra, aunque al principio se pareciera. El candidato de Calderón fue Ernesto Cordero, o así convino hacerlo creer. Pero como Josefina ganó en la elección interna, ésta quedó como la mera mera, con una salvedad: Calderón se la apropió y no sólo la hizo su candidata sino que le ha impuesto su equipo de campaña y hasta el color del lápiz labial.

Calderón, marrullero que es, como bien lo sabemos, ha utilizado una estrategia muy a tono con su forma de hacer política. Fintó con Cordero para poner a Josefina y, al mismo tiempo, juega con la carta de Peña Nieto. Su idea es que gane quien gane, salvo López Obrador, él y su proyecto (que en realidad es el de Salinas de Gortari-Washington) quedarán resguardados y vigentes. En esto se parece a Zedillo, cuyos candidatos fueron también el del PRI y el del PAN, Labastida y Fox, pues para los tecnócratas neoliberales lo que importa es el régimen inaugurado por De la Madrid y consolidado por Salinas.

La Jefa es, a final de cuentas, el nombre de un autobús, pero JVM no se ha dado cuenta y ya ha comenzado a exigir, como bien se señala en la nota de Claudia Herrera Beltrán en La Jornada del martes: exige al partido y, muy en su papel, ya “advirtió que no hay espacio para equivocaciones o faltas de responsabilidad y por eso ‘habrá consecuencias inmediatas para quien no asuma su responsabilidad de manera completa’”. La Jefa se cree idem. Allá ella, pues va a perder.

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con una invitación a mis lectores

jueves, 15 de marzo de 2012

Candidaturas diferentes


Octavio Rodríguez Araujo

Una de las diferencias, además de las obvias, entre Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador, es que con la primera la gente no aguantó estar bajo el sol y se fue antes de que ella llegara a rendir protesta como candidata del PAN, en tanto que con López Obrador la gente aguanta sol, calor, frío, lluvia y hasta granizadas sin salir corriendo del sitio donde él va a hablar. Peña Nieto prefirió rendir protesta en una reunión incompleta del Consejo Político Nacional del PRI, a puerta cerrada y con cinco ciudadanos espontáneos” que le dijeron, como si se hubieran puesto de acuerdo: “Enrique, creo en ti” (no se arriesgó a un acto masivo como sus competidores: cinco seleccionados del pueblo y algunos dinosaurios fueron más que suficientes).

Lo de la señora Vázquez Mota no fue un asunto de logística, como ha querido presentarlo su coordinador de campaña, Roberto Gil Zuarth, sino de insuficiente simpatía de los acarreados por “su candidata” y de falta de templanza militante.

Los panistas, finalmente de derecha, no son tan aguantadores como los de izquierda ni como el pueblo en general. Éste ha aguantado décadas de injusticias y malos tratos, aunque ocasionalmente se rebela. La gente de izquierda es, a la vez que rebelde por naturaleza, aguantadora como pocos, estoica y sufridora, entre otras razones porque sabe que las luchas que tiene enfrente dependen mucho de su paciencia y de su capacidad para resistir todo tipo de adversidades. Si no fuera así, hace mucho que las izquierdas hubieran dejado de existir.

Como las derechas han sido favorecidas por los gobiernos tanto priístas como panistas (ambos de derecha), no están acostumbradas a las circunstancias desfavorables: se cansan, se sofocan, se sienten humilladas si pierden las comodidades a que están acostumbradas y a la prepotencia con que fueron criadas en la familia y en la escuela (privada, of course).

Cuando vi las fotos del estadio vacío en el que rindió protesta Vázquez Mota sentí, al mismo tiempo, gusto y pena ajena. Gusto porque su partido y sus supuestos seguidores no se esperaron a que ella hablara, pena ajena porque debe haber sentido el enorme desaire, ni más ni menos que de aquellos que supuestamente la apoyan (por algo los llevaron al estadio). Como no es ni puede ser mi candidata pienso que lo que le ocurrió demuestra que su partido ya tuvo su oportunidad en 2000 y que gracias a Calderón la perdió. Pienso, asimismo, que los cuatro puntos de las falsas encuestas del ocupante de Los Pinos se pusieron a prueba en ese acto; es decir, no existen y la candidata va a la baja, como también el candidato del PRI-PVEM.

He asistido a varios mítines de López Obrador, desde las famosas concentraciones en el Zócalo en 2006 hasta otras más recientes. Él llena por igual las plazas y los auditorios y la gente ahí ha estado, con ánimo y con esperanza (aunque esto suene cursilón). Vi algo muy similar, aunque con menos gente, en los tiempos de auge del zapatismo. La diferencia, creo, es que los panistas no tienen suficientes convicciones, mientras que las izquierdas y la gente que las siguen sí las tienen. Esta diferencia es la que nos va a llevar al triunfo una vez más. Y digo “una vez más” pues tanto en 1988 como en 2006 nos lo quitaron haciendo trampas.

Si por el momento las encuestas nos dicen que la coalición Movimiento Progresista no levanta, también nos señalan que el PRI ha disminuido y el PAN ha subido en preferencias electorales gracias a la precampaña de sus tres precandidatos que, por lo mismo, tuvieron más publicidad que los precandidatos únicos. Pero ahora que empiecen las campañas propiamente dichas es posible que las cosas cambien. No será fácil para Andrés Manuel pues su partido (el PRD) ha cometido errores muy graves, y éstos están en la memoria de millones de mexicanos. En lugar de haberse refundado, como ofrecieron sus dirigentes después del gran descalabro electoral de 2009, mantuvieron sus prácticas viciadas y, en el colmo del pragmatismo más ramplón, llegaron a proponer alianzas con el PAN en varios comicios locales, incluyendo el del estado de México. Sin embargo, queda la esperanza, como ocurrió con Cuauhtémoc Cárdenas en marzo de 1988, de que la candidatura del Movimiento Progresista se levante con fuerza. Así es la política, llena de sorpresas y de altibajos.

Poco a poco, como que no quiere la cosa, el candidato de las izquierdas ha venido estableciendo consensos con empresarios, productores del campo, científicos, intelectuales, artistas, estudiantes y, lo más importante, con gente de a pie que se sabe mover sin necesidad de que la lleven a estadios, plazas o auditorios para escuchar a quienes ve como sus líderes y candidatos.

El lunes, por ejemplo, estuve en una reunión de científicos de varias disciplinas convocados por René Drucker. Ahí estuvo López Obrador. Todos fuimos por nuestros propios medios y aunque creo que no todos son lopezobradoristas el ambiente me pareció favorable tanto a las propuestas de Drucker como a la candidatura del Movimiento Progresista. Fue una reunión de propuestas relacionadas con la urgente necesidad de fortalecer el desarrollo científico del país y, por lo mismo, pareció apolítica. Pero no lo fue, pues los que ahí estábamos sabemos que el desarrollo de las ciencias tiene mucho que ver con la importancia que les dé un gobierno y que esto depende de los criterios con los que se establecen las políticas públicas y las prioridades de la nación. Un país en el que no se aliente el desarrollo de las ciencias, se dijo, es un país destinado a seguir siendo subdesarrollado y dependiente. Esto lo entendió López Obrador y lo hizo suyo como un tema prioritario del desarrollo que requiere México. Me imagino que algo muy similar ocurrirá en otros campos del conocimiento y de la creación artística que en el país, por cierto, es muy rica a pesar de los gobiernos incultos que hemos tenido. ¿Vázquez Mota y Peña Nieto tendrán la capacidad para convocar también a lo más relevante de los círculos intelectuales, científicos y artísticos del país? No lo creo. Una porque su mensaje y sus intereses son empresariales, el otro porque es casi analfabeto además de compartir los mismos intereses que la candidata panista.

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jueves, 8 de marzo de 2012

Ante la opción de muerte y miedo


Octavio Rodríguez Araujo

El PRI se voló la barda con las declaraciones de Pedro Joaquín. No queremos otro sexenio de muerte y miedo”, dijo, sin reconocer que, guardando las debidas proporciones, es lo que hizo su partido en 1994 para que ganara su impopular candidato: Ernesto Zedillo.

En aquel entonces su propaganda fue infundir miedo en la población presentándose como el partido de la estabilidad y la paz. Acababa de estallar el movimiento zapatista en Chiapas y habían asesinado a Luis Donaldo Colosio. Sus espots se referían a otros países donde había golpes de Estado y dictaduras, guerras y matanzas. En México, se sugería, había paz y estabilidad… “gracias al PRI”.

Al margen de la ingeniería electoral que se llevó a cabo en 1994, a tal grado que se registró la improbable abstención más baja de los anteriores 30 años (24.2 por ciento), la estrategia del tricolor fue para evitar que las izquierdas que habían ganado en 1988 (aunque no se les reconociera el triunfo) pudieran volver a hacerlo. Les dio resultado la política del miedo, y ahora pretenden usar la política del antimiedo: con nosotros, parecen decir, no habrá violencia ni dolor ni corrupción ni pobreza, que es lo que nos han dado los gobiernos panistas. Pero en ese momento el presidente del PRI no había escuchado a Enrique Peña Nieto en su conversación con Joe Biden.

Pedro Joaquín Coldwell tiene razón, en parte. Sí es cierto que los panistas no han sabido gobernar, que han aumentado la pobreza y la desigualdad social, que han sembrado el país de muertos y de inseguridad, que son corruptos y más. Pero que sea cierto no quiere decir que los priístas no hayan producido pobres y desigualdades, ni muertes injustificadas y no accidentales. Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo fueron los campeones de la producción de pobreza y desigualdades, además de las privatizaciones de empresas públicas, algunas estratégicas. Miguel de la Madrid no supo controlar la economía, ni siquiera la inflación. José López Portillo fue el creador de la Brigada Blanca, que persiguió sin cuartel a los disidentes políticos de México. Luis Echeverría Álvarez ejerció la represión dizque selectiva y bajo su gobierno nadie estaba seguro si pensaba distinto a él (fue el campeón de los desaparecidos por razones políticas). Ni qué decir de Gustavo Díaz Ordaz. ¿Para qué seguirle? Así es el PRI, y por más que ahora se quiera presentar como el salvador de la patria, no convence a los que sí recordamos la historia de México.

La versión de los encuentros del vicepresidente de Estados Unidos con los precandidatos presidenciales propiamente dichos es interesante en un punto. Tanto Enrique Peña Nieto como Josefina Vázquez Mota se comprometieron con Biden a continuar y mantener la lucha contra el crimen organizado (las cursivas son mías). Para ellos es un problema de mayor eficacia, pero no sabemos en qué consiste ésta. Si van a continuar lo que ha hecho Felipe Calderón, y si cualquiera de los dos triunfa este año (toco madera), tendremos, contra la opinión de Pedro Joaquín, otro sexenio de muerte y miedo, igual con su abanderado que con la panista (la diferencia entre ambos es sólo de sexo).

De esas entrevistas me queda claro, como seguramente a Biden también, que tanto el priísta como la panista continuarán, de triunfar, con la política de muerte y miedo, pero más eficaz, cualquier cosa que esto signifique en términos prácticos. Andrés Manuel López Obrador, en cambio, señaló en su carta entregada al estadunidense (publicada en La Jornada el 6/3/12), que enfrentará “el flagelo de la violencia con una estrategia y un enfoque distintos al actual, creando fuentes de trabajo, combatiendo la pobreza, la desintegración familiar, la pérdida de valores y atendiendo a los jóvenes que demandan empleo y estudio” (las cursivas son mías).

La vocación de gobierno que el priísta y la panista han demostrado es pragmática y poco imaginativa, razón por la cual se han comprometido con Washington a seguir la misma política del gobierno actual contra el crimen organizado, pero más eficaz. Eficaz tiene varios sinónimos, destaco algunos: enérgico, fuerte, vigoroso, firme, los cuales dan miedo y pronostican más muertes. Como Pedro Joaquín estuvo también en la reunión con Biden, quizá deberá rectificar y asumir que de ganar su candidato habrá más de lo mismo, “otro sexenio de muerte y miedo”.

La señora Vázquez Mota, por cierto, dice que le dijo a Biden que si ganaba las elecciones construiría en México el primer gobierno de coalición ciudadana. ¿Para qué se lo dijo? ¿Le interesará a Washington cómo y con quiénes forme alguien su gobierno? ¿No es en realidad un asunto interno, mexicano y de interés para los mexicanos? Ya había dicho en días pasados que su gobierno será incluyente. Pero debe ser de corta memoria, pues lo mismo dijo Felipe Calderón el primero de diciembre de 2006 en una comida con “empresarios, representantes de diversas iglesias, deportistas, intelectuales, familiares y amigos en el Museo de Antropología e Historia” (La Jornada, 2/12/06). Decir es una cosa y hacer es otra. Calderón no lo hizo, ¿por qué le creeríamos a la candidata de su partido? Pero esto es otro tema.

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jueves, 23 de febrero de 2012

¿Conjeturas paranoicas?



Octavio Rodríguez Araujo


Desde principios de diciembre del año pasado se ha especulado que tal vez Calderón podría pensar que el país no está en condiciones para llevar a cabo elecciones para el cambio de poderes federales y que, así las cosas, mejor sería posponerlas hasta que se logre, si acaso, terminar con el crimen organizado que se ha apropiado de las instituciones del Estado y es una amenaza a la democracia. Para mí, son conjeturas con una cierta dosis de paranoia, pero… Veamos algunas declaraciones quizá emblemáticas.

En el debate televisivo de los candidatos presidenciales del 6 de junio de 2006, Felipe Calderón dijo que en las elecciones del 2 de julio “vamos a decidir el futuro de México para los próximos 25 años”. Como se corría el riesgo de que no ganara él sino López Obrador, a pesar de todo lo que Fox había hecho por marginarlo, entonces acomodaron las cifras de tal modo que, en efecto, Calderón y sus paniaguados pudieran decidir el futuro del país, por lo pronto por seis años. Todo el aparato del Estado se coludió para que no se recontaran los votos ni se pusieran en riesgo los resultados oficiales de esos comicios. El desenlace ya lo conocemos.

Lo que no sabíamos entonces, pero ahora sí, es que Calderón se apoyaría en las fuerzas armadas para gobernar e incluso para mostrar la nariz en lugares públicos fuera de su fortaleza denominada Los Pinos. Inventó una guerra, después “lucha”, contra el crimen organizado como fórmula para “legitimar” su gobierno, paradójicamente violando las leyes (todavía no se aprueba su propuesta de ley de seguridad nacional que le daría legalidad a algunas de las acciones hasta ahora ilegales tanto del Ejército como de la Marina en dicha guerra: por ejemplo el ingreso a casas habitación sin orden judicial o retenes en calles y carreteras también sin la respectiva orden judicial: artículo 16 constitucional).

Tal vez por esto es que el secretario de la Defensa hizo un llamado al Congreso, el 9 de febrero, a reformar las leyes en materia de seguridad nacional, con el fin de “custodiar mejor a la comunidad y preservar la integridad y prestigio” del Ejército Mexicano (La Jornada, 10/2/12), pues bien se sabe que sin esas reformas el prestigio de los militares está en cuestión, por no tener fundamento legal muchas de sus acciones contra el crimen organizado o contra quienes presuntamente pertenecen a éste.

Diez días después, en el aniversario del Día del Ejército y las Fuerzas Armadas, el general Galván dijo: “Somos una institución emanada de la ley, y que actúa con apego a la ley” (las cursivas son mías), a pesar de que la ley que haría legales las acciones militares todavía no existe y de que, en caso de que se dicte antes de que termine el periodo de Calderón, no será ni podrá ser retroactiva.

La otra parte interesante del discurso del secretario de Defensa del 9 de febrero es cuando dijo que es evidente que existen partes del territorio nacional donde “el espacio de la seguridad pública está totalmente rebasado” porque la delincuencia organizada se apropió de las instituciones del Estado (La Jornada, ídem). Esto no debió haber ocurrido y demuestra que lejos de haber sido efectiva la “lucha” de Calderón contra el crimen organizado, éste ha ganado terreno que antes no tenía o que el gobierno no reconocía como espacios en control de aquél. Preocupa que para recuperar esas regiones del territorio nacional se vaya a hacer mediante las fuerzas castrenses y que éstas controlen, en nombre de las instituciones del Estado, esas regiones, y no el poder civil constitucional.

No sería un buen precedente que el gobierno civil y constitucional le ceda el poder a los militares, ni siquiera para “rescatar” regiones del país donde el crimen organizado se apropió de las instituciones del Estado. Las instituciones del Estado, dicho sea de paso, no son abstracciones: tienen titulares y trabajadores de diversos niveles, que son los responsables de lo que se haga con ellas y de que trabajen al servicio de la población común y no de delincuentes. El caso de la penitenciaría de Apodaca, Nuevo León, es ilustrativo: nueve custodios y varias autoridades (incluido el director del penal), según la información oficial, participaron en la fuga de 30 presos, presumiblemente zetas. Los zetas, por si no se recuerda, tienen su origen en las filas de militares de elite, desertores del Ejército Mexicano (véase “Los zetas” en Wikipedia).

Se ha generalizado la idea de que el narco tiene grandes poderes. Sin juzgar si esto es cierto o una exageración, en cuanto se supo que no ganó el PAN en las elecciones pasadas en Michoacán (13/11/11), este partido sugirió que el crimen organizado había influido en la contienda, a favor del PRI, por supuesto. Una afrenta para Calderón, no sólo porque es su patria chica sino porque la ex candidata de su partido es su hermana.

Lo preocupante del affaire Michoacán es que ante la posibilidad de que perdieran los panistas saltó de inmediato la conjetura de que atrás de los candidatos opositores podía estar presente la delincuencia organizada. Días después de las elecciones michoacanas (30/11/11), el senador panista González Alcocer trató de meter a hurtadillas una modificación en la miscelánea penal con la que se pretendía equiparar la protesta social con el terrorismo. Al ser cuestionado, el senador reconoció que dicha iniciativa provenía de la Presidencia de la República. No pasó.

Cinco días más adelante del fracaso de penalizar la protesta social, Calderón declaró que era innegable la presencia del crimen organizado en las elecciones: “La intervención palmaria y evidente de los delincuentes en procesos electorales –dijo– es un dato nuevo y preocupante, un dato al que ningún partido político puede permanecer silente u omiso; es una amenaza para todos y a la que juntos, sin titubeos, debemos cerrarle el paso.” Y luego señaló: “Hablamos de un mal que representa una amenaza a la viabilidad del Estado mexicano, y una amenaza clara, cada vez más obvia, a la democracia nacional” (La Jornada, 5/12/11).

¿Conjeturas paranoicas?

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jueves, 19 de enero de 2012

¿Ciudadanos independientes?


Octavio Rodríguez Araujo

Lo he escrito muchas veces: no existen, aunque así se presenten, las candidaturas ciudadanas, por la sencilla razón de que todos los mexicanos mayores de 18 años somos ciudadanos, igual despachen en Los Pinos que en las calles como viene viene” o militen en un partido político. Es una falacia tratar de hacer creer que los que no pertenecen a los partidos ni a las esferas de la representación política son mejores que los militantes, los políticos o los gobernantes, que los primeros son ciudadanos y los segundos gente marcada por el “maligno y corrupto” sello de la política.

Tan corrupto puede ser un ciudadano común y corriente como un empresario o un político. Lo mismo se puede decir de su contrario: tan honrado puede ser un político o un empresario como un ciudadano común y corriente. No hay reglas ni pueden establecerse en función del papel y el lugar que ocupa cada quien.

En esta misma lógica de las generalizaciones de moda tampoco se puede decir que quien milita en un partido supuestamente de izquierda es por fuerza de esta corriente o que quien no milita en ningún lado no puede ser de izquierda. A la izquierda pertenece quien así se considere, con independencia absoluta de si milita o no en un partido ad hoc. No es el partido de izquierda el que hace izquierdistas a sus afiliados, sino sólo el que ofrece un espacio, auténtico o no, para que se agrupen quienes se consideran de esta filiación. Nuestra legislación electoral establece que quienes aspiran a un cargo de representación política deben ser propuestos por los partidos políticos registrados y reconocidos legalmente. No se dice que los candidatos requieran militancia en los partidos, ni siquiera que deban estar afiliados a ellos. Si los candidatos de los partidos surgen de sus filas o de ningún partido, es irrelevante. Vuelvo a decirlo: no son más ciudadanos quienes no militan en un partido que quienes sí lo hacen.

Cuando un ciudadano sin partido aspira a un cargo de elección popular requiere, aunque no lo reconozca ni lo asuma como una realidad evidente, de una organización y de recursos para dar a conocer su candidatura, su programa y sus buenos o malos deseos. Si es pobre está frito, a menos que alguien lo apoye económicamente. Si es rico puede ser que arriesgue parte de su fortuna para promoverse políticamente (tal vez pensando que con lo que gane más allá de su sueldo lo repondrá de lo invertido: la política también es negocio si se falta a la ética). Dicha organización y tales recursos, suponiendo que la legislación permitiera candidaturas al margen de los partidos, constituyen un nuevo partido, aunque éste sea el partido de un candidato que desdeña y hasta rechaza a los partidos. Ya ocurrió y ha pasado en México y en otros países: Juan Andrew Almazán fue primero aspirante a la Presidencia y luego, obligado por la ley, formó su Partido Revolucionario de Unificación Nacional. En Estados Unidos Ross Perot también tuvo que fundar (en 1995) su propio partido al estar en contra del Republicano y del Demócrata: el Reform Party. Fue el caso del “independiente” Ralph Nader también, quien al no ser apoyado por el Green Party aceptó ser postulado en 2004 por el partido fundado por Perot, con presencia sólo en algunos estados. Según Alejandro Chanona, en un amplio estudio sobre el tema, hay 81 países que aceptan candidaturas llamadas independientes en elecciones para el Ejecutivo y el Legislativo, pero incluso en éstos los candidatos tienen que ajustarse a ciertas reglas que no son muy diferentes de las que tienen que cumplir los partidos. En una palabra, la organización de un candidato llamado independiente o ciudadano (“sin partido”) es, en sentido lato, un partido aunque no se reconozca como tal: está organizado, tiene una cierta disciplina, presenta un programa, hace propaganda y aspira al poder, requisitos todos que tienen que cumplir los partidos políticos formales.

La ciudadanización de la política, como también está de moda decir, es, por lo mismo, una vacilada o una tomadura de pelo. La política se practica en un país desde cientos de trincheras distintas. Cuando en una escuela un grupo de niños elige a un presidente de clase es porque uno de los alumnos armó un grupo, hizo algún tipo de propaganda y, desde luego, dijo que quería ser candidato entre otros. Desde ahí en adelante se hace política, igual sea mediante partidos, planillas (en un sindicato, por ejemplo), grupos de apoyo (en dinero, en asesorías, etcétera). Y quien hace política, en la escuela, en un sindicato, en una organización empresarial, en un barrio o en una ciudad o un país, es un político por más que se presente como ciudadano y a veces como apolítico (que es otra falsedad).

Es necio, por lo tanto, seguir hablando de candidatos ciudadanos o independientes como diferentes de los candidatos llamados partidarios. Unos y otros son ciudadanos, y unos y otros son propuestos por un partido o forman el propio aunque no lo califiquen así. Finalmente, en el momento en que una persona aspira a un cargo por elección está haciendo política, es un político y busca un cierto grado de poder, por el gusto de tenerlo, por vocación de servicio o para enriquecerse.

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jueves, 5 de enero de 2012

¿Elecciones en riesgo?


Octavio Rodríguez Araujo

Se ha extendido la idea de que el crimen organizado pone en riesgo las elecciones de este nuevo año. Lo han venido diciendo algunos panistas (incluido el señor de Los Pinos), uno o dos perredistas despistados y uno de los ideólogos del anarquismo católico que pronostica no sólo que serán las elecciones de la ignominia, sino que los mexicanos tendremos que elegir entre un cártel o uno de los poderes fácticos. Este discurso ha sido repetido también, en su esencia, por escribidores de desatendidas misivas a destinatarios inciertos.

Estas estupideces, a fuerza de ser repetidas y publicitadas en los medios, comienzan a calar entre los ciudadanos que, como Peña Nieto, no leen ni se informan. La intención es obvia: tratar de impedir que haya elecciones federales este año o que, de llevarse a cabo, éstas se vean, de antemano, empañadas por la sospecha de sus resultados. En otros términos, son los esfuerzos desesperados de los panistas que no quieren perder el poder y de quienes, desde una supuesta oposición ciudadana, les han estado haciendo el juego desde otras campañas y de algunas más actuales que no se asumen con este nombre.

El ascenso en el número de muertos, cada año mayor que en el anterior, hace pensar que ciertas fuerzas políticas y quizá también militares consideren que la situación es de tal peligro para el país que lo mejor sería decretar un estado de excepción o su equivalente. Haciéndose eco de esta tentación, el irresponsable poeta anarco-católico ha calificado la situación como “emergencia nacional que vive México”, sabiendo que emergencia, en su acepción pertinente, quiere decir precisamente “situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata”, cual sería un decreto de esa naturaleza o la suspensión de las garantías constitucionales. La tentación ahí está y el terreno se está tratando de preparar, extendiendo la idea de que el poder del crimen organizado es tal que mejor sería no llevar a cabo elecciones. No han faltado “oportunos” fertilizantes del alarmismo, como el mapa delictivo presentado por el titular de la Siedo (Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada), en el que, a pesar de hablar sólo de presencia, su imagen visual es de control del territorio nacional por los siete principales grupos criminales, que no es el caso (véase nota de R. Mosso, en Milenio del pasado lunes). Presencia no es control.

La intención menos drástica del chisme del narcotráfico inmiscuyéndose en las elecciones, y eventualmente determinándolas, no es otra cosa que un deseo maquiavélico de desacreditar el proceso electoral en curso para que quienes tienen el poder se mantengan en él bajo las siglas del PAN o del PRI, pues son lo mismo. El voto del miedo ya les dio resultados positivos en 1994, y gracias a él ganó Zedillo. Todavía se recuerdan los espots de ese año: golpes de Estado en otros países, anarquía y caos, militares en las calles y la presunción del PRI de que gracias a sus gobiernos en México había estabilidad democrática. En el inconsciente estaban el levantamiento indígena en Chiapas y el asesinato de Colosio; el miedo en una palabra. Ahora también y, como saben los expertos, cuando el miedo circula entre un pueblo éste se hace conservador, conformista y prefiere lo conocido a lo que se le pueda ofrecer en términos de cambios. Si además del miedo se inocula la desconfianza y la desacreditación de los partidos, se auspician la abstención y los votos nulos de los indecisos, que no son pocos (quizá la tercera parte del electorado).

El mensaje del poder y de sus paleros disfrazados de opositores ciudadanos que nos hablan de un apocalipsis que sólo ellos imaginan es que la guerra iniciada por Calderón contra el crimen organizado debe continuar hasta que éste desaparezca, porque, como dijera en tono engolado uno de esos paleros, vivimos en “un Estado delincuencial” en el que nadie podrá gobernar, sea quien sea. Esto es, México está perdido, no tiene salvación y, de tenerla, no será mediante estas elecciones que, ya se dijo, serán ignominiosas y no un proceso legal y democrático para cambiar de personas y partidos en los poderes federales. Es decir, tirar el agua sucia de la bañera, con todo y niño, pues previsiblemente éste será peor que el bebé de Rosemary –sin Mia Farrow en el papel estelar.

Miedo, desencanto, escepticismo y el petate del muerto de la “mano negra” del crimen organizado metida en todos lados, incluidas las elecciones, forman parte de la estrategia para inhibir el voto y darle el triunfo a quienes cuentan con todos los medios para lograrlo si las izquierdas electorales no convencen a los indecisos. Promover entre éstos el voto nulo o la abstención es parte del plan B, y éste es el papel que juegan los supuestos opositores autodenominados ciudadanos (como si los demás fueran extraterrestres) para que los del poder sigan usufructuándolo. Su cálculo es que si ganan el PAN o el PRI las contradicciones sociales se agudizarán y México podría tener, como España y otros países, miles de indignados y ocupas. Si como consecuencia llega después un Rajoy en España o gana más influencia el Tea Party en Estados Unidos, no importa, las contradicciones sociales se agudizarán todavía más y así sucesivamente hasta que estalle la revolución mundial de los indignados y ocupas o de sus hijos o nietos. Es la fe en el movimientismo antisistémico y antiestatal que, curiosamente, también se da entre la extrema derecha de algunos países desarrollados.

Nuestra opción, además de desmontar el irresponsable y mal intencionado rumor de que la situación no está para elecciones, es trabajar para que éstas sean equitativas y transparentes, con la mayor participación ciudadana posible y en favor del único proyecto tanto opositor como alternativo que tenemos, aunque no sea anticapitalista.

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jueves, 15 de diciembre de 2011

El expediente de la represión


Octavio Rodríguez Araujo

Si había duda de que con la guerra de Calderón se iba a criminalizar la protesta social y de que las fuerzas del orden” actuarían en contra de la población civil inconforme, dicha duda ya no existe. La protesta social es sofocada por esas “fuerzas del orden”, con muertos incluso.

El subsecretario de Seguridad del gobierno de Guerrero, general Ramón Arreola, declaró a este diario que la orden del gobernador era que se restableciera la paz en el lugar donde murieron dos estudiantes (para él “seudoestudiantes que están tapando el paso”) en la confluencia de la carretera federal y la Autopista del Sol a la altura de Chilpancingo.

Dos son los indicadores de la política represiva de las “fuerzas del orden”: el primero, que se trataba de “restablecer la paz”, porque como todo mundo sabe, permítaseme la ironía, una manifestación social de protesta que detenga el tráfico es romper la paz. El segundo, que los 800 manifestantes, según el general Arreola (otras fuentes dijeron que eran 300), fueron “seudoestudiantes”, es decir no estudiantes auténticos, y si no eran lo que decían ser entonces eran provocadores que había que someter; y si en el enfrentamiento murieron dos de éstos, pues son “daños colaterales” del restablecimiento de la paz. La orden era restablecer la paz y esto quiere decir reprimir y no sólo disuadir. Los intentos de diálogo con los manifestantes estuvieron totalmente ausentes.

El general Arreola dijo que su grupo de “fuerzas del orden” no llevaba armas de fuego. Pero las fotografías muestran policías armados, unos con un uniforme y otros sin éste. ¿A qué “fuerzas del orden” correspondían los armados? No lo sé. Que se haga una investigación. Lo que todos sabemos es que murieron dos, que hubo disparos incluso contra vehículos, que hubo heridos, que muchos tuvieron que huir, que otros fueron detenidos y hasta golpeados. En suma, que hubo represión violenta de una manifestación social con demandas sociales más que justificadas, y que entre las “fuerzas del orden” había policía federal y no sólo estatal (ambas armadas). También hubo soldados, aunque según las crónicas llegaron después.

No hay indicio alguno de que los manifestantes tuvieran armas de fuego. El hombre de camiseta a rayas verdes que disparó con arma larga (ignoro si era un “cuerno de chivo”), según los videos publicados, estaba del lado de los policías antimotines supuestamente desarmados, y era protegido por éstos. Ninguno de los policías que lo rodeaban en la esquina del puente y la autopista hizo algo contra el hombre de rayas que disparaba hacia los manifestantes. Era, obviamente, uno de ellos, vestido de civil. Había otros más, supuestamente policías ministeriales, también con armas largas.

El procurador de Guerrero, en entrevista con Carmen Aristegui, dijo que cuando llegaron los policías armados los dos jóvenes ya estaban muertos. ¿En qué quedamos? Si fueron asesinados antes de que llegaran los policías armados, ¿quién los mató? ¿Los propios manifestantes? ¿El hombre de camiseta a rayas verdes? ¿El chamuco? Alguien miente, y sospecho que es el procurador estatal, Alberto López Rosas. Uno de los estudiantes muertos, el de camiseta blanca, iba corriendo seguido por otros de su grupo hacia donde estaban los policías armados vestidos de azul oscuro. Ahí quedó. No sé si era Jorge Alexis Herrera Pino o Gabriel Echeverría de Jesús. Tal vez este último. El otro vestía una camiseta negra, el segundo en caer.

Los sucesos de Chilpancingo no son aislados, aunque así lo parezcan. Son parte de la escalada de violencia que vive el país y de la intolerancia gubernamental, tanto de los poderes locales como de los federales. Alguien del gobierno de Guerrero dijo que la manifestación era atípica, porque fue en un día de asueto, y que de lo que se trataba era de desestabilizar el estado. Calderón dice más o menos lo mismo y hasta ha lanzado la peligrosísima hipótesis de que podría no haber condiciones para que las próximas elecciones se desarrollen en orden y en paz.

Cuando se asesina a activistas sociales, además de civiles involucrados o no con el crimen organizado, el estado de derecho y la seguridad que debiera garantizar el gobierno quedan entre grandes y significativas interrogantes. Lo más grave es que Calderón no sólo no quiera aceptar su responsabilidad en esta escalada de violencia, sino que insista en mantenerla hasta el último día de su mandato. ¿Para posponer las elecciones si sus candidatos no tienen asegurado el triunfo? ¿Para ganar el Guinness por número de muertos en un país sin guerra oficialmente declarada y reconocida? ¿Para “de paso” exterminar la disidencia y la oposición social provocada por sus políticas antisociales? Difícil saberlo.

Lo que sí sabemos es que los mexicanos vivimos atemorizados, incluso para salir a la calle. Y el miedo, como bien lo saben los especialistas, es una manera eficaz para controlar a la población, para garantizar una estabilidad ficticia pero conveniente a la gente del poder. Las lecciones del miedo inducido están a la vista y no es el miedo de finales de los años 70 y principios de los 80 del siglo pasado. En aquel entonces el miedo era a perder el empleo, a no conseguir trabajo, a no tener oportunidades para vivir con un cierto decoro. Ahora, además de las mismas razones de hace 30 años, está el miedo a perder la vida o los pocos o muchos bienes que cada quien tenga. Y así como el miedo de hace 30 años paralizó e individualizó a amplias capas de población, ahora a casi todo el país. No es la estabilidad lo que está en riesgo, es México, y a los gobernantes no parece importarles. El gobierno ha olvidado las necesidades de la sociedad, se ha vuelto deliberadamente insensible a éstas, y cuando la población se las recuerda es reprimida.

PD con Rayuela: “¿Creerá el gobernador Aguirre que cesando a cuatro funcionarios da carpetazo al doble asesinato en Guerrero?”

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jueves, 8 de diciembre de 2011

Peña y los malos políticos


Octavio Rodríguez Araujo

Juan Bosch, dominicano muy destacado en el mundo de las letras, un intelectual reconocido, hizo también política y alcanzó la presidencia de su país en 1963. Después de siete meses de gobierno, con enemigos muy poderosos de entre las fuerzas más retrógradas de República Dominicana (y de Estados Unidos), fue derrocado por un golpe de Estado. En una visita a México, ya como ex presidente, dijo en la UNAM que los intelectuales no deberían meterse en política como dirigentes, ni menos como gobernantes. Algo así como zapatero a tus zapatos”.

Me impactó mucho lo que dijo Bosch, y desde entonces he entendido que los políticos pueden ser cultos o más o menos cultos, pero buenos políticos, y que no debe uno pedirles que sean intelectuales. Los intelectuales no tenemos “el olfato” de los políticos, ni el estómago o el hígado de éstos. Mejor cada quien en su lugar.

Pero una cosa es que un político no sea intelectual y otra que carezca de cultura, por lo menos la de un estudiante promedio de licenciatura. Esto es grave, pero no tanto como ser un mal político. Un político debe ser hábil, saber “torear” una pregunta difícil o cuya respuesta no sepa. Si ni siquiera sabe hacer esto, está perdido.

Cuando a un político le hacen una pregunta y no sabe “torearla” o responderla, que se dedique a otra cosa. No todo el tiempo tendrá un guión de lo que debe decir, sea por tarjetita o teleprompter, ni un don Carlos que lo haga hablar como a Neto y Titino, sus muñecos. Que Ninel Conde, famosa por sus respuestas estúpidas, haga alarde y ahora hasta chistes de su incultura, se le perdona: ni es intelectual ni es política (tiene otros atributos). Pero que dos aspirantes a la Presidencia de México hagan lo mismo, es muy preocupante. Me refiero a Enrique Peña Nieto y a Ernesto Cordero. El caso de Cordero es sólo en apariencia más grave que el del priísta, pues criticó a éste por sus respuestas en la Feria del Libro de Guadalajara y él confundió un libro de Laura Restrepo con otra autora, Isabel Allende. El punto es que nadie piensa que Cordero pueda gobernar el país, en tanto que muchos están convencidos de que Peña Nieto sí lo hará, y sólo por esto es más delicado su tropezón que el de su adversario panista.

Hay un chiste que se le atribuye a Ninel Conde: ante la pregunta “¿Qué opina de La muerte de Artemio Cruz?”, se dice que ella contestó: “Ya le di el pésame a su familia… un gran mexicano”. Si bien Conde y Peña Nieto son del estado de México (ella fue Señorita Estado de México), el de Atlacomulco no es el Bombón asesino (Wikipedia), sino un ex gobernador que quiere ser presidente de México.

¿Qué hubiera contestado un político con tablas para improvisar ante la pregunta que le hizo Jacobo García en la feria de Guadalajara? Algo así como “ningún libro en particular me ha marcado la vida. Uno recibe muchas influencias a lo largo de la existencia, y dichas influencias no sólo están en los libros”, etcétera. O, “esa pregunta es tan improcedente como preguntarme qué libros me llevaría a una isla desierta”. Pero no, trató de contestar la tonta pregunta, cayó en la trampa y se enredó él solo, mezclando títulos con autores y otras muestras de inmadurez política, además de hacer evidente su incultura.

La torpeza, conjuntamente con su ignorancia sobre temas que se leen todos los días en los periódicos, es una de las características sobresalientes de Enrique Peña Nieto. Es más un invento de sus patrocinadores que un político con perspectiva nacional y que pueda llevar a buen puerto el muy deteriorado país. México necesita a alguien que promueva su reconstrucción, no a otro Fox o Calderón que termine de encallarlo entre las rocas de Escila o hundiéndolo en el remolino de Caribdis, valga la analogía. (Nota para Peña Nieto: sobre Escila y Caribdis, consultar la Wikipedia, con una explicación mucho más amplia que la de El Pequeño Larousse Ilustrado.)

Errores los cometemos todos y los olvidos son también frecuentes, sobre todo cuando nos volvemos viejos. Incluso la prestigiada Encyclopaedia Britannica tiene errores (en 2006 el equipo de la revista Nature le contabilizó 123 errores de hechos y omisiones). Sería natural que Peña Nieto también los tenga: “es de humanos cometer errores”, como dijera la secretaria del PRI para defender a su candidato. Pero que un político se meta en la cueva de los leones y se ponga de pechito para exhibir su ignorancia es preocupante, pues esto denota que es un mal político, incapaz de improvisar una respuesta inteligente a una pregunta tonta y mal planteada. ¿Creyó que en un medio intelectual podría vender su imagen sin riesgos y que Face mata Book? Error, son ligas diferentes.

No hay mala leche de mi parte ni intenciones de hacer leña del árbol caído. Pero Peña Nieto debería declinar antes de registrar su candidatura. En Guadalajara tuvo su primer gran tropiezo, pero de continuar como candidato tendrá muchos más, porque no está a la altura de sus aspiraciones. No se le reclama que no sea intelectual, sino que sea mal político y, además, ignorante.

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jueves, 1 de diciembre de 2011

Amenazas y libertad de expresión



Octavio Rodríguez Araujo


Ahora que la suprema corte de justicia de la nación (así con minúsculas) ha dictaminado que la libertad de expresión está por encima de las afectaciones al honor y a la reputación de las personas y empresas periodísticas (La Jornada), haré uso de mi libertad de expresión para decir que Calderón me está amenazando en mi calidad de firmante de la denuncia presentada ante la Corte Penal Internacional (CPI) en su contra y de algunos de sus empleados (García Luna, Galván y Saynez) y El Chapo Guzmán, entre otros. La denuncia no es contra el gobierno de la República, pues en estos casos no tienen cabida en la CPI, sino contra personas con responsabilidad pública y atribuciones de mando sobre policías, soldados y marinos que han asesinado, desaparecido y atropellado a muchos mexicanos, violando sus derechos constitucionales y también sus derechos como seres humanos.

Ningún presidente de la República, en 44 años de escribir en periódicos, me había amenazado por lo que firmo. No sé cómo Calderon cumplirá su amenaza, pues los delitos contra el honor fueron eliminados del Código Penal Federal. Ya no son delitos los golpes y otras violencias físicas simples, injurias, difamación y calumnias. Si el principal inquilino de Los Pinos recurre al Código Civil Federal (artículo 1916), en el mejor de los casos podría acusarme, junto a otras 23 mil personas (y las que se agreguen), por daño moral, ya que podría argumentar (con el apoyo de un sicólogo de reconocida solvencia) que con la denuncia mencionada hemos menoscabado su integridad síquica (la física no ha sido tocada). Sin embargo, deberá tomar en cuenta que el Código Civil dice que se trata de un ilícito si tal posible afectación es ilegítima, pero no es el caso pues hemos recurrido a una corte penal reconocida y avalada por el Estado mexicano. Que con dicha denuncia hayamos afectado la integridad síquica de Calderón, a juzgar por su reacción, no es nuestra culpa. Personalmente siempre he pensado que quien se arriesga a jugar el papel de presidente de un país tiene la piel dura y sabe que se expone a ser criticado.

¿En qué consiste la amenaza de Calderón? Las imputaciones en la denuncia son, para él, infundadas e improcedentes, verdaderas calumnias y acusaciones temerarias (es su opinión, y hasta podríamos decir que es respetable), pero luego viene la amenaza: “por lo cual, el gobierno de la República explora todas las alternativas para proceder legalmente en contra de quienes las realizan en distintos foros nacionales e internacionales”. Proceder legalmente contra los 23 mil firmantes. Esta es la amenaza.

Lo que hemos pedido es una investigación y todavía falta que la denuncia sea aceptada por la CPI. Personalmente espero que sí sea procedente y que se hagan las averiguaciones pertinentes. Alguien tiene que ser responsable por los crímenes que la “guerra” de Calderón ha provocado, por la tortura, por las violaciones al artículo 16 constitucional y otros relacionados con las garantías individuales. Muchos somos los que hemos opinado sobre estos temas, tanto en las páginas de este diario como en las de otros medios. El pueblo mexicano conoce mejor que nadie los excesos cometidos por las autoridades en contra de inocentes e incluso de presuntos culpables. Miles de inocentes han perdido la vida en operativos y acciones de policías, militares y marinos, y hay claros testimonios de ello, así como de violaciones a mujeres por parte de los mismos. Hemos visto también fotografías y videos de tratos inhumanos y de tortura a presuntos hampones, y hasta de asesinatos en lugar de los juicios legales que ordenan nuestras leyes. Una cosa es que sean delincuentes de la peor ralea y otra que se les trate como perros rabiosos acorralados. Todo mundo merece un juicio justo y, desde luego, la demostración de sus culpas.

La scjn (así con minúsculas) sentó precedente en el litigio de La Jornada contra Letras Libres que, como bien señala el editorial de este diario del martes pasado, abre la puerta para que cualquier actor social pueda formular, sin temor a consecuencias legales, toda suerte de calumnias contra terceros, así sean tan disparatadas e infundadas como el libelo publicado en la revista dirigida por el ultraderechista y mentiroso Enrique Krauze (sobre el calificativo “mentiroso”, me baso en el libro de Manuel López Gallo, Las grandes mentiras de Krauze, Ediciones El Caballito, 1997). Aun así, los abajofirmantes de la denuncia ante la CPI no estamos formulando calumnias ni mucho menos difamando a nadie. Los hechos y los datos asentados en el expediente respectivo han sido ampliamente documentados.

Es mi opinión, señor Calderón, que su reacción a nuestra denuncia, encabezada por el joven y brillante abogado Sandoval, ha sido desmedida y más propia de una personalidad autoritaria que de un demócrata apegado a derecho. Modestamente le sugiero que no lleve el asunto ante la scjn (así con minúsculas) porque ésta está obligada a contestarle que por encima de las que usted llama “imputaciones falsas y calumniosas” está la libertad de expresión. Esta es la paradoja del litigio entre nuestro diario y la revista Letras Libres: La Jornada ganó perdiendo y usted y sus empleados García Luna, Galván, Saynez, etcétera, quedaron desprotegidos jurídicamente para actuar en nuestra contra. Nadie sabe para quién trabaja.

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jueves, 24 de noviembre de 2011

Nuestras izquierdas, ¿son de izquierda?


Octavio Rodríguez Araujo

Izquierdas. ¿Qué son las izquierdas? Durante más de un siglo las izquierdas eran las que proponían el socialismo como alternativa, mejor y superior, al capitalismo. No había duda, entonces, de qué eran las izquierdas. Incluso los anarquistas se planteaban el socialismo, de preferencia sin el Estado, como su opción.

Las derechas, por contraparte, eran y siguen siendo las que aceptan el statu quo, la conservación de lo existente y, por lo mismo, el capitalismo como sistema que defienden. Las derechas, entonces y ahora, son antisocialistas, y las más recientes (las afines al neoliberalismo) están por la mínima intervención del Estado en la economía y en las relaciones sociales.

Pero eso era antes por lo que se refiere a las izquierdas. La primera dificultad a la que se enfrentaron las izquierdas socialistas fue la posibilidad de socializar la propiedad privada de los medios de producción (y no, como suele decirse irresponsablemente, la propiedad privada en general, incluido el televisor o el automóvil de una familia). La socialización de los medios de producción no se dio en la Unión Soviética ni en sus satélites, tampoco en Cuba y menos en Nicaragua. Lo que se dio, aunque no me gusta el concepto, fue una suerte de capitalismo de Estado o, si se prefiere, el manejo exclusivo de la economía, incluida la propiedad de los medios de producción (MP), por el Estado y sus burocracias. La diferencia con el capitalismo común, para que se me entienda bien, es que en el primero los propietarios de los MP pueden vender éstos en tanto que los administradores de la propiedad estatal no pueden vender las empresas que dirigen y sacar provecho directo y legal de su comercialización.

Fuera para socializar los MP o para estatizarlos, había un problema que durante décadas no fue visto como tal: que sus dueños (los empresarios) quisieran desprenderse de ellos y cederlos a la sociedad o al Estado. La respuesta lógica de las izquierdas socialistas era relativamente sencilla, por lo menos en teoría: había que arrebatárselos. ¿Cómo? Mediante una revolución social. Por las buenas la iniciativa privada no iba a perder sus recursos ni sus propiedades. Obvio. El problema fue otro: ¿quiénes y con qué recursos humanos y armamentísticos iban a hacer una revolución? La revolución cubana dio esperanzas a esas izquierdas socialistas: si a 160 kilómetros de Estados Unidos podía triunfar una revolución social, también en otros lugares. Pero no fue así. Allende pensó que por la vía electoral se podía lograr lo mismo que por medios revolucionarios (armados), pero no se lo permitieron. Chile no era ni es Cuba y los intereses de Estados Unidos en el primero no eran comparables a los existentes en la segunda en tiempos de Batista. La vía electoral tampoco funcionó para instalar la alternativa socialista al capitalismo. Mitterrand, del Partido Socialista Francés, ganó la elección presidencial de 1981 hablando de socialismo y en alianza con los comunistas. Declaró que él no era Allende ni Francia era Chile. Sin embargo, le fue bajando el tono a su discurso y a sus acciones y en la relección de 1988 no mencionó una sola vez la palabra “socialismo”.

La socialdemocracia, sobre todo después de 1959 (Bad Godesberg), abandonó el marxismo como matriz ideológica y dejó de ser anticapitalista (aunque en realidad no lo era). Los comunistas, desde mediados de los años 70 renunciaron a ciertos aspectos del marxismo y del leninismo, y la revolución dejó de ser una de sus propuestas para acceder a una sociedad socialista. El eurocomunismo fue la socialdemocratización de los comunistas, pero ni así les fue bien en elecciones. Son muy pocos los partidos comunistas existentes hoy en día. En una palabra, se descartó la revolución como medio para convertir el capitalismo en socialismo. Por si no fuera suficiente, los países del este y la misma Unión Soviética devinieron capitalistas.

El socialismo, pues, pasó de moda en general y las izquierdas dejaron de ser, también en general, socialistas. Las izquierdas de ahora no son socialistas, ni siquiera los anarquistas.

¿Qué son, entonces, las izquierdas? Para mí es una pregunta de difícil respuesta en poco espacio. Pero puedo decir que no son socialistas y que, a lo más que aspiran, como la socialdemocracia en los países escandinavos, es a disminuir las desigualdades sociales, a un cierto tipo de Estado de bienestar (un Estado que regule la economía en favor de los más sin afectar sustancialmente a los menos), una cierta tendencia al igualitarismo por la vía de subsidios, de salarios directos e indirectos, de impuestos y con planeación. Aun así, las derechas y las ultraderechas han aumentado su popularidad incluso en los países escandinavos, para no hablar del resto de Europa, donde los supuestos “socialistas” (sólo de nombre) no han logrado dar empleos ni distribuir riqueza alguna. España es un ejemplo dramático de ineficacia de su viejo Partido Socialista Obrero Español, Grecia otro tanto con el Movimiento Socialista Panhelénico. Ambos, con su fracaso, le dejaron el poder a la derecha así conocida, es decir sin eufemismos.

En México, las izquierdas electorales no son, obviamente, socialistas ni pretenden serlo. Pero son las izquierdas que tenemos y sólo por comparación con las derechas representadas por el PAN, el PRI, el PVEM y el Panal. Son de izquierda porque se proponen disminuir las desigualdades sociales, atender la pobreza, promover el empleo, universalizar la salud y la educación públicas, regular la economía mediante el intervencionismo estatal que rechazan todas las corrientes neoliberales (por esto se llaman neo-liberales). No son anticapitalistas pero sí se pronuncian por promover lo que suele llamarse “justicia social”. Son lo que son por la sencilla razón de que no pueden ni quieren proponer el socialismo ni por vía electoral ni mucho menos mediante una revolución armada. El horno, en mi apreciación, no está ahora para estos bollos. No sé más adelante.

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jueves, 17 de noviembre de 2011

Cerrar filas con AMLO



Octavio Rodríguez Araujo


Jesús Zambrano, conocido también como Chucho II y presidente del PRD, debería renunciar después del papelazo que hizo el 15 de noviembre antes de las 11 de la mañana. Sus declaraciones en la radio fueron, si pensamos dándole el privilegio de la duda, impertinentes; pero si pensamos como se merece que lo hagamos, fueron una demostración de que no es digno de la responsabilidad de su cargo. Dijo, para quien no lo haya escuchado o leído, que “hay una suerte de empate entre Marcelo Ebrard y Andrés Manuel López Obrador en las encuestas que se realizaron para definir al candidato de las izquierdas”. ¿Pensamiento ilusorio, estupidez o mala leche? El pensamiento ilusorio está basado en lo que una persona quisiera que ocurra y no en la evidencia empírica. La estupidez no se puede remediar, pero la mala leche no le corresponde al dirigente de un partido que aceptó, con anterioridad, un procedimiento para designar al candidato de las izquierdas, incluido el PRD. El primer paso de este procedimiento consistía en dos encuestas simultáneas de donde saldría el candidato y en el anuncio de los resultados por las personas designadas por ambos contendientes: Ebrard Casaubon y López Obrador. Zambrano no respetó las reglas ni los tiempos y, además, quiso sembrar dudas sobre el procedimiento y hasta llegó a sugerir que “lo recomendable, lo aconsejable, incluso hasta para que todo mundo participe de una manera más intensa y abierta, sería que se abriera un nuevo periodo”. Es decir, trató de influir en la ciudadanía sembrando el sospechosismo, como diría Creel, sobre el procedimiento acordado por los precandidatos. Por decencia, de la que ya dio muestras Ebrard, Zambrano deberá hacerse a un lado y recordar que llegó al cargo gracias al chuchinero de sus correligionarios.

Dicho lo anterior, pasemos a lo importante. Ganó López Obrador. Si todo continúa como debe ser y en un marco de decencia que no se les da muy bien a los chuchos y a otros igualmente tramposos, la coalición de partidos de nuestra cuestionable izquierda, que se llamará “Movimiento Progresista”, será registrada pronto y posteriormente su candidato será precisamente quien ganó en las encuestas de días pasados. Ebrard bien dijo que su aceptación de los resultados obedecía, además de las evidencias de los datos duros, a la necesidad de que las izquierdas asistan unidas a los comicios federales próximos. Él y todos sabemos que si dicha unidad no se da, las probabilidades de las fuerzas progresistas para ganar la Presidencia serán muy bajas. Tanto o más bajas que las probabilidades que tiene el PAN. Es más, Marcelo llamó a sus seguidores a sumarse a la candidatura de AMLO y a poner todo el esfuerzo en llevarlo al triunfo en contra del candidato priísta, el principal adversario. Espero que tanto los chuchos como muchos de los abajofirmantes a favor de Ebrard así lo entiendan, siempre y cuando sus posiciones moderadas y afines al sistema no sean un impedimento.

El trato de caballeros que hicieron AMLO y Marcelo Ebrard es entre ellos y lo respeto y hasta lo celebro, pero yo no tengo nada que ver con ese arreglo, por lo que no encuentro razones para referirme al actual jefe de Gobierno del Distrito Federal como si fuera de mi simpatía, que no lo es. Simplemente me da gusto que el próximo candidato de las izquierdas a la Presidencia no sea él. Mis razones son políticas, no personales.

Ebrard cometió varios errores: el más importante fue aliarse en los hechos con los chuchos, con Cuauhtémoc Cárdenas y con ciertos sectores de intelectuales y políticos más identificados con “el sistema” que con la oposición a éste. Los más desprestigiados del PRD, que ahora sufre deserciones masivas (la más cercana en el estado de México), fueron el apoyo principal de Ebrard, esos mismos que en 1999 y otras elecciones internas (incluyendo la reciente de consejeros) han hecho trampa para quedarse con la dirección de su partido. Son los que recurrieron al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para que los validara como dirigentes del sol azteca. Son los que permitieron que Fox y Calderón entraran por la puerta trasera en San Lázaro y los que le guardaron la silla en tribuna a Beltrones (Ruth Zavaleta) ese primero de diciembre de 2006. Son los que también en los hechos reconocieron a Calderón como jefe del Ejecutivo nacional, incluyendo al mismo Ebrard, primero bajo el pretexto de que lo saludó de mano porque era el presidente de la Conago, y luego nada más porque sí. Son también los que, finalmente, plantearon en diversos foros una alianza con el PAN para impedir –como han dicho– que el PRI regrese a Los Pinos: la “restauración priísta”.

Pero esos errores deben quedar ahora en el olvido y ver hacia el futuro. Hemos tenido una de las peores y más terroríficas experiencias con los gobiernos panistas. Padecimos igualmente a los priístas por muchos años y, peor todavía, a los priístas tecnocráticos y neoliberales de las últimas décadas. Nada bueno nos han dejado a los mexicanos. Habrá que detenerlos. Pongo mis esperanzas en el Movimiento Progresista (aunque no me gusta el nombre), en López Obrador y en el voto del pueblo de México. Si actuamos con decencia, con honestidad e inteligencia, ganaremos. Si no lo hacemos, pues mereceremos que alguien como Peña Nieto nos gobierne, pero entonces no nos quejemos de los resultados.

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jueves, 3 de noviembre de 2011

¿Quién es Peña Nieto?


Octavio Rodríguez Araujo

¿De dónde salió Enrique Peña Nieto? ¿Cómo logró la popularidad que le asocian diversas encuestas? Algunos dicen que su carrera política se inició porque es de Atlacomulco. Este pequeño y poco poblado municipio no sería significativo si en él no hubiera nacido Isidro Fabela, político y diplomático que tuvo gran influencia en su estado. El mérito político de Fabela fue institucionalizar a caciques y políticos de su estado. Pero no formó ningún grupo. Algunos atlacomulquenses se han encargado de darle fama a su municipio permitiendo que se hable del Grupo Atlacomulco al que pertenecen políticos originarios de otros municipios. No es un grupo, sino una red de parientes, amigos y cómplices a menudo enfrentados por decisiones de diversos presidentes de la República. Así, Miguel Alemán apoyó a Salvador Sánchez Colín contra la opinión de Fabela y de Alfredo del Mazo Vélez, padre de Alfredo del Mazo González. Ruiz Cortines hizo lo mismo: contra el candidato de Fabela, que era un atlacomulquense, designó a Gustavo Baz. Con Baz en el gobierno despegaron tanto Jiménez Cantú (también médico) y Carlos Hank González. Hay más ejemplos, pero largos de mención. Conviene decir que muchos de los que fueron adversarios en un momento dado fueron aliados en otras ocasiones. El interés tiene pies”, y en política los intereses son los que cuentan y así como unen separan.

Los Montiel, los Del Mazo, los Peña y los Nieto, en su mayoría de Atlacomulco, tienen nexos de parentesco, y Enrique es su delfín, destacadamente de Alfredo del Mazo González y de Arturo Montiel. Fue criado con esmero para ser gobernador y, de ser posible, Presidente. Arturo Montiel lo ungió para sucederlo en el gobierno del estado; la Universidad Panamericana, del Opus Dei, lo formó como abogado; y el PRI lo hizo miembro desde 1984, cuando tenía 18 años de edad. Por el distrito con cabecera en Atlacomulco fue diputado local y de ahí pasó a candidato para gobernar su estado. Una carrera política, como se ve, de segunda clase, opaca y poco prometedora, pero con parientes muy poderosos en la entidad.

Se dirá que Alfredo del Mazo ya se había retirado de la política desde 1997 cuando perdió sus posibilidades de ser jefe de Gobierno del Dsitrito Federal, pero su red de relaciones en el interior de su estado las ha mantenido. El caso de Arturo Montiel fue diferente: tuvo rivalidad con Roberto Madrazo antes de terminar su periodo de gobierno, pero fue apoyado por políticos relevantes (varios ex gobernadores) para competir en el PRI por la candidatura a la Presidencia. Al grupo en apoyo de Montiel se le llamó Tucom (todos unidos contra Madrazo), pero el presidente del partido y aspirante a candidato presidencial sacó al mexiquense sus trapitos sucios al sol y lo quemó. Peña Nieto, ya como gobernador, le cubrió las espaldas a su pariente y, como ocurre en México, el político quedó libre de cargos de corrupción y de enriquecimiento ilícito.

Como gobernador, ganó fama y reconocimiento, aunque tuvo tropiezos que le restaron popularidad, como el caso Atenco (el de los floristas, no el del aeropuerto) y el de la niña Paulette. Sin embargo, ganó prestigio entre las elites empresariales por “demostrar firmeza” ante los movimientos sociales al margen de las instituciones y por defender a los amigos de su primo, alcalde de Huixquilucan (los padres de Paulette). Se afirma que tiene buena relación con la Iglesia católica del estado, especialmente con Onésimo Cepeda, cuya diócesis (según Wikipedia) es la más poblada del mundo. Quizá la influencia que debe tener este obispo en el Vaticano sirvió para que la Iglesia declarara inexistente el matrimonio de Angélica Rivera con José Alberto Castro y así casarse con Peña Nieto (no lo sé).

Por Angélica Rivera o razones semejantes, Televisa es uno de los medios de difusión de la imagen de Peña Nieto y su matrimonio con La Gaviota le ha dado más popularidad. En un país donde millones de mexicanos viven las fantasías de las telenovelas no es difícil ver a la pareja como un cuento de hadas hecho realidad. La percepción mata a la realidad, y más ahora que ésta no ofrece nada o casi nada positivo a la mayoría de la población.

No pocos grandes empresarios, señaladamente los del estado de México (que son de los más importantes del país), apoyan a su ex gobernador. Y como las encuestas lo revelan como el mejor posicionado, la mayoría de los gobernadores priístas también lo apoyan. En la reciente ceremonia de los dos gobernadores, Peña Nieto y Eruviel Ávila, se vio el poder económico y político de los asistentes. Los toluqueños nunca habían visto tantos helicópteros llevando a invitados. Ahí estaba el dinero y el poder de empresarios y del priísmo renacido gracias al desprestigio que se han ganado el PAN y Calderón, y también al desprestigio que los perredistas han mostrado en sus marrullerías internas y como gobernantes.

Peña Nieto es un joven que aprendió a ser político como gobernador. No es bueno en los discursos, sin un guión sus disertaciones se caen, y tiene ademanes muy estudiados, seguramente ideados por un buen fabricante de imagen. Ideológicamente, tiene muy poco que ver con el partido de sus abuelos. En lo único que se parece a los viejos priístas es en la prepotencia y la vanidad de creer que las pueden de todas todas sin hacer concesiones a los demás, salvo a los más poderosos. Está por un menor intervencionismo del Estado en la economía y las privatizaciones, incluida Pemex. Es un tecnócrata neoliberal, muy del tipo de Salinas de Gortari (quien sin duda lo asesora).

Peña Nieto es más bien un hombre de derecha, por añadidura, autoritario y muy ambicioso. Pertenece a la nueva camada de priístas menores de 50 años, medio juniores y medio yuppies, pragmáticos y buenos negociadores en corto con quien les convenga independientemente de ideologías, siempre que les sirvan para escalar posiciones en sus metas de poder.

Por más que analizo su carrera no encuentro elementos relevantes para explicarme la popularidad que le atribuyen casas encuestadoras. Se dice que su notoriedad se debe a los apoyos que recibe de los medios, principalmente electrónicos, y estoy por aceptarlo como hipótesis… pues no veo otra.

jueves, 27 de octubre de 2011

¿Continuidad o cambio?



Octavio Rodríguez Araujo


Carlos Fernández-Vega, como siempre, nos recuerda diariamente cómo está la economía de México, en este caso a partir de los gobiernos neoliberales (véase su columna del 25/10/11 en La Jornada). Establece, con acierto, una línea de continuidad entre Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto en relación con las privatizaciones. Esta línea, la misma y sin desviaciones de fondo, se dio con Salinas, Zedillo y Fox. Es nuestra obligación, como mexicanos, no perderla de vista, pues en esto consiste la pugna por la Presidencia de la República hacia 2012. Lo que está en juego es el manejo de la economía del país: en manos privadas para las cuales el Estado sólo está de adorno y para proteger sus intereses; o en manos de la nación y de su pueblo, para las cuales el Estado debe recuperar su papel regulador, distribuir la riqueza y garantizar nuestra soberanía.

Fernández-Vega nos ha recordado, en apretada síntesis, la transferencia de la infraestructura industrial del Estado a la iniciativa privada: “siderúrgicas, cementeras, químicas, petroquímicas, aerolíneas, mineras, aeropuertos, puertos, fertilizantes, textiles, comercializadoras, bancos, aseguradoras, afianzadoras, hoteles, ingenios azucareros, carreteras, inmobiliarias, una gruesa rebanada de la generación eléctrica, gas, constructoras, fábricas de bicicletas y de ropa popular, empresas de alimentos, armadoras automotrices, embotelladoras, astilleros, telefónicas, televisoras, almacenes, instalaciones pesqueras, satélites, ferrocarriles, transbordadores, imprentas, red nacional de fibra óptica, varias áreas del sector petrolero y lo que se quede en el tintero, que no es poco.” Falta Petróleos Mexicanos, la empresa pública más codiciada por empresarios nacionales y extranjeros.

Todos los gobiernos neoliberales la han ofrecido al capital, y Peña Nieto, quien hasta ahora cree que ganará, ya lo dijo: abrir la explotación y refinación a la iniciativa privada, aunque no supo exponer los “cómos”. Éstos, por cierto, no importan, ya se le ocurrirán si lo dejamos gobernar el país.

Si somos rigurosos el servicio de Pemex a la iniciativa privada, incluso trasnacional, ya se ha hecho desde los tiempos de Echeverría si no es que desde antes. Han pasado más de 40 años de subsidios petroleros al capital, en principio por la vía de precios: el control de Pemex se ha dado, por ejemplo, en la petroquímica básica, la que tiene menor valor agregado en el rubro, pero no a la secundaria, la de mayor valor agregado (y más ganancias) y que ha estado en manos de empresas privadas, nacionales y extranjeras.

Lo ha dicho muy bien Guillermo Ortiz Martínez: “el valor agregado del petróleo es menor a 10 por ciento de la economía” (La Jornada, ídem), y esto es así porque desde hace unos 40 años la petroquímica secundaria ha sido dejada a la industria privada y, además, subsidiada por la vía de los precios de los insumos producidos por Pemex en lo que se conoce como petroquímica primaria. (Sólo como recordatorio: la petroquímica primaria procesa los derivados del petróleo y del gas natural, y la petroquímica secundaria es la que transforma productos básicos e intermedios en productos elaborados tales como fibras sintéticas, materias plásticas y elastómeros, fertilizantes, pinturas, solventes, polímeros, como el PVC, detergentes, y muchos productos más conocidos como derivados del petróleo.)

Pero una cosa es el subsidio, que se puede suspender si así lo desea el gobierno, y otra dejar al capital que controle la empresa. Al “pastel” Pemex se le han quitado ya varias rebanadas, unas delgadas y otras gruesas, pero los empresarios lo quieren completo.

Calderón, aunque lo ofreció, como también sus antecesores cercanos, no lo ha logrado; Peña Nieto lo ha vuelto a ofrecer con desplantes, dijo, de audacia. No es audacia, señor Peña, es entrega; la entrega de un bien de la nación considerado estratégico y que genera, según el mismo Ortiz Martínez, 35 por ciento de los ingresos fiscales.

Si estos ingresos dejan de percibirse habrá que obtenerlos de otro lado y no veo a un gobierno de corte neoliberal, sea del PRI, del PAN o del chuchismo del PRD, subiendo progresivamente los impuestos al capital. Hablan de acrecentar la productividad, de generar empleo, de aumentar el consumo interno, etcétera, y todo esto con base en la activación de las inversiones privadas.

Justamente esto es lo que se ha hecho y el resultado ya lo conocemos: mayor desempleo, pérdida del valor adquisitivo del salario, crecimiento económico casi nulo y, ¡sólo faltaba!, mayor enriquecimiento de unos cuantos, cada vez menos, pero cada vez más ricos, tanto que pueden perder miles de millones de dólares y siguen tan campantes.

Que quede claro que no estoy diciendo que las empresas en manos del Estado son mejores, necesariamente, que si estuvieran en manos privadas. Si una empresa estatal se administra como si fuera privada y no al servicio de la población más necesitada, el resultado no cambia. Ahí está la Comisión Federal de Electricidad como un ejemplo. El mismo Ortiz multicitado ya lo dijo: “el precio del servicio es mucho más alto del que se paga en Estados Unidos”. Y así es, porque el gobierno, expresión concreta del Estado, es el que orienta a las empresas estatales: éstas no se mandan solas. Y el gobierno ha resuelto que los costos del servicio lo paguen los consumidores por igual, sean ricos o sean pobres, en lugar de establecer sus precios verdaderamente diferenciados en favor de los más.

Lo que se requiere es un gobierno con sensibilidad popular que regule al capital y los mercados para beneficio de la nación (de sus riquezas y de su población) y no para quienes ya son privilegiados o lo serán por su cercanía al gobernante.

Generar riqueza, sí, pero también distribuirla, incluso por razones prácticas: entre más capacidad de consumo tengan los mexicanos menos dependerá el país del extranjero. No se necesita ser especialista para saber que la producción sin consumo no reactiva la economía. Hasta los narcotraficantes lo saben.

jueves, 13 de octubre de 2011

¿Casualidades?


Octavio Rodríguez Araujo

En política no hay casualidades. En el documento titulado Por una democracia constitucional” publicado el lunes pasado en La Jornada, firmaron, entre otros, tres precandidatos presidenciales, los más débiles frente a sus adversarios de partido: Santiago Creel (PAN) frente a Josefina Vázquez Mota, Marcelo Ebrard (PRD) frente a López Obrador y Manlio Fabio Beltrones (PRI) frente a Peña Nieto, es decir, los perdedores potenciales en sus respectivos partidos. ¿Casualidad?

La propuesta de un gobierno de coalición la hizo Beltrones el 17 de septiembre pasado, y dijo que era para facilitar la aprobación de reformas propuestas por el Ejecutivo ante el Congreso, es decir, como era antes de 1997, cuando el priísmo dominaba tanto el Ejecutivo como el Legislativo (antes le llamaban “cláusula de gobernabilidad”, pero sin coaliciones). Curiosamente Ebrard coincidió con él en el coloquio Semipresidencialismo en México (26/09/11) y, aunque casi olvidado, fue lo mismo que planteó Felipe Calderón en el primer debate durante la campaña para los comicios de 2006, con la oposición del PRI y la indiferencia del PRD.

Para los firmantes del documento, muchos de ellos amigos que aprecio y respeto a pesar de nuestras diferencias, la armonía entre el Congreso y el Ejecutivo sería, y así lo dicen, una democracia constitucional consolidada.

Nuestra democracia es constitucional, pese a las imperfecciones que pueda tener. No entiendo entonces el énfasis al decir “consolidar la democracia constitucional” con base en la armonía del gobierno y el Congreso. Los teóricos de la democracia representativa de raigambre liberal propusieron tres poderes precisamente para tener pesos y contrapesos y evitar, sobre todo con el parlamento, que el poder unipersonal del jefe de gobierno pudiera dominar sobre los otros. Así se entendía la democracia, misma que recoge nuestra Constitución en el artículo 49, que habla de la división de poderes y señala que no podrán reunirse dos o más de estos poderes en una sola persona o corporación, con lo que se está implicando que, con armonía o sin ella, el presidente es el jefe del poder Ejecutivo y el Congreso (diputados y senadores) el Poder Legislativo; esto es, diferentes y, llegado el caso, encontrados: el Congreso como contrapeso del Ejecutivo. Lo que había antes de la primera Cámara de Diputados no dominada por un partido (1997) era, más que armonía entre Ejecutivo y Legislativo, el dominio del primero sobre el segundo.

En este tipo de regímenes presidencialistas pueden presentarse varias combinaciones en relación con el Congreso: a) con mayoría calificada del mismo partido del presidente, b) con mayoría calificada de un partido contrario, c) con una coalición de facciones parlamentarias a favor o en contra del presidente. Si teóricamente el Congreso es un poder del Estado para servir de contrapeso al poder unipersonal del Ejecutivo, lo deseable en una democracia es que la mayoría calificada en las cámaras legislativas sea de partido diferente al del presidente. Esto es lo más democrático y en México ya se logró después de décadas de dominio presidencial. Para algunos autores una situación de contrapesos resta poder al presidente y pone en riesgo lo que ellos llaman gobernabilidad. Es muy discutible. En lo que va del calderonato los mexicanos hubiéramos querido un Congreso que le pusiera límites a su absurda guerra contra el narco, pero no ha ocurrido así porque la única oposición verdadera en el órgano legislativo es minoritaria.

Pero restarle poder al presidente no es malo, al contrario. ¿Un gabinete plural le restará poder o hará más democráticas las decisiones del gobierno? No necesariamente, ya que él tiene la atribución de nombrar o quitar a sus secretarios sin dar explicaciones a nadie (artículo 89, II), haya o no acuerdo con otros partidos.

De unos años para acá la Presidencia ha sido disputada por coaliciones de partidos que no necesariamente se han traducido en gabinetes plurales, aunque sí se han dado huesos a los partidos que apoyaron (como la gente de Elba Esther Gordillo con Calderón). Esto, que en rigor sería un gabinete plural, no ha cambiado nada: el presidente es el jefe y los demás sus empleados. Las presiones no vienen de éstos como secretarios, sino de sus jefes políticos tras bambalinas, que siempre amenazan con su fuerza si les quitan a su gente. La Constitución, por cierto, no prohíbe ni obstaculiza que el Ejecutivo y el Legislativo se pongan de acuerdo en programas específicos, ni tampoco señala o rechaza que el gabinete presidencial se conforme, si así lo quiere el presidente, con personas de otros partidos. Es un problema de voluntades políticas.

Para los firmantes del documento no basta que se haya logrado que el Congreso sea plural, sino que proponen un gobierno también plural. Para ellos el que no exista pluralidad en ambos poderes (dejan de lado el Judicial) es una contradicción, expresión que no explican. Tampoco explican por qué partidos no afines deberían cooperar con el presidente en el gobierno, sea quien sea. Si esto es lo que proponen, entonces para qué hablar de oposición y para qué gastar tanto dinero en mantener partidos que siendo tan afines deberían formar uno solo. Tal vez el realismo de los abajofirmantes haga ver a los partidos como semejantes, y no estarían muy lejos de la verdad, pero no me imagino a las corrientes lopezobradoristas y al mismo AMLO pactando con el PRI y el PAN un gobierno de coalición, ni a estos partidos concertando una alianza con López Obrador y los grupos y partidos que lo apoyan para formar gobierno.

Dicen que “el programa de gobierno debe contar con apoyo mayoritario de los representantes de la nación”. ¿Por qué? ¿Esto haría más democrático nuestro sistema político? ¿O estamos entendiendo por pluralidad la existencia de membretes partidarios afines y no diferenciados? Si es esto, ¿entonces para qué los partidos y para qué las elecciones o la competencia para ganar el gobierno y la mayoría del Congreso? Ahorrémonos miles de millones de pesos que se dan a los partidos y mejor que sus dirigentes afines se pongan de acuerdo, que escojan al presidente (puede ser por sorteo) y su programa (si es que existe), que se conforme un gabinete por cuotas grupales y que el Congreso sirva para armonizar las iniciativas de ley del Ejecutivo, y para aprobarlas. Si esto se parece a los gobiernos del PRI cuando la oposición era muy pequeña o cooptada por el poder, es otra casualidad.

Si yo fuera mal pensado diría que ya hay un pacto: contra López Obrador y Peña Nieto, muy diferentes entre sí pero que serán los punteros según las tendencias actuales.

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jueves, 6 de octubre de 2011

¿Por qué Morena?



Octavio Rodríguez Araujo


El Movimiento Regeneración Nacional AC (Morena) es para mí un soplo fresco de esperanza. Me voy a olvidar por hoy de las elecciones federales próximas e incluso de los partidos políticos. Hay mucho tiempo por delante para escribir sobre ellos.

Esta vez quiero referirme a la importancia que veo en un movimiento social, que tiene mucho de político sin serlo (todavía), para el futuro del país. Debe quedar claro que no soy contrario a los partidos, que no defiendo las mal llamadas candidaturas independientes ni mucho menos la imposible democracia directa (véase mi artículo en Este País, 246, octubre de 2011), pero el esfuerzo de organizar a la sociedad con y sin partido y hasta de varios partidos es algo que no había ocurrido en México desde hace muchos años. Intentos los ha habido, desde luego, pero no funcionaron bien o se fueron desdibujando con el tiempo hasta desaparecer.

Movimientos sociales hay muchos, hasta podría decirse que cada día surgen nuevos. Pero lo que este fenómeno demuestra es que la sociedad que quisiera organizarse carece de líderes que la aglutinen y el resultado es la dispersión que todos conocemos. El hecho mismo de que existan muchos movimientos y agrupaciones sociales demuestra, sin proponérselo, su debilidad. La atomización es signo de raquitismo, pues no es lo mismo muchos en uno que muchos unos sin identificación ni coordinación con otros. Morena es un movimiento con líder y compuesto por muchos que se identifican con este líder y con un proyecto de nación ampliamente difundido y alternativo en muchos sentidos al existente. Por si fuera poco, es un movimiento plural, tanto que ha convocado a algunas personas que incluso me caen mal. Pero ni modo, ahí están, ahí estamos, y por ahora pospongo mis diferencias con quien las tenga. Es mi convicción que sólo unidos podremos hacer algo positivo, si son más las coincidencias que las diferencias.

No es la primera vez que tengo esta sensación de unirme y participar a pesar de pequeños desacuerdos y antipatías personales. Cuando me sumé al zapatismo chiapaneco, en 1994, hubo muchos aspectos con los que no estuve de acuerdo, pero ahí había un mensaje de cambio, de lucha, de esperanza, y los mexicanos (y no pocos extranjeros) quedamos emplazados: o estábamos con el EZLN o no. No haber estado con los zapatistas era equivalente a darle la espalda a los más pobres de los pobres de México y otras latitudes. Era equivalente a traicionar todo aquello por lo que los izquierdistas de años habíamos luchado. El punto clave en los primeros años del movimiento zapatista, cuando era incluyente más que lo contrario, era posponer las diferencias, que obviamente las había, y sumarnos con ellas y nuestras coincidencias para lograr lo que muchos deseábamos y todavía queremos: un país con justicia social, distribución de la riqueza, menores desigualdades, gente menos jodida. Las cosas no salieron bien y ni modo, pero hicimos lo que nos tocaba hacer. La historia, como bien lo sabemos los viejos, no se construye de un día para otro ni al primer intento.

Morena es otro esfuerzo de sumar y, nuevamente, una vez más, estamos convocados a estar con el grueso de quienes lo componen y su líder o darles la espalda, lo que equivale a apoyar al poder en sus mil disfraces y alianzas públicas o soterradas, pero poder al fin. Para mí es la hora de las definiciones, el momento de colgar del perchero nuestras diferencias y viejas discusiones, sumar y entre todos enriquecernos para las próximas elecciones y para más allá de éstas. Una frase que me gusta de López Obrador es que sólo el pueblo puede salvar al pueblo. Una excelente síntesis. No puede ser de otra manera, y para que el pueblo pueda salvarse tiene que dar una batalla descomunal, y ésta no se puede llevar a cabo con dispersión, sino sólo unidos en organización y propósitos. Esta es la clave.

Morena, así como asociación civil, se enlaza con las elecciones más que con los partidos en general porque, con su organización en todo el país, está en condiciones de participar en las casillas electorales y cerca de éstas para evitar otro fraude como los habidos en 1988 y 2006. Igual importarán los votos de quienes pertenecen o se identifican con Morena. Votar por los candidatos de los partidos de la no muy conspicua izquierda, aunque tengamos diferencias con algunos, será también muy importante, pues de no hacerlo, de abstenernos o anular nuestro voto, será equivalente a dejar que priístas, panistas y hasta verdes y gordillistas terminen por representarnos en el Ejecutivo y en el Congreso de la Unión.

Que quede claro que si las encuestas favorecen a Marcelo Ebrard y sus aliados panistas y perredistas (los chuchos), que espero no ocurra, me temblará tanto la mano a la hora de la votación que quizá se me pase el marcador y sin querer anule mi voto al cruzar más de un cuadrito. Ni modo, pero que conste que aun así trataré de votar por él pese a que tal vez no lo logre. Prefiero a López Obrador y espero, aquí sí, que las encuestas lo favorezcan. Es tan buen precandidato que todos los del poder o cercanos a éste están en su contra. Ningún otro precandidato podría decir –con orgullo y sinceridad– lo mismo en estos momentos, y la situación nacional, agravada por más de 25 años de priísmo y panismo neoliberales, ineficaces y sumisos a Washington, obliga a luchar por un cambio auténtico, aunque no sea ni pueda ser radical. Otra vez la historia: poco a poco.

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