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lunes, 26 de marzo de 2012

Andrés Manuel López Obrador, el candidato



Obrador, el candidato


Víctor Flores Olea


Las dos comparecencias recientes de Andrés Manuel López Obrador no pueden pasarse por alto: la primera, el pasado domingo 18 de marzo, en que, al lado de Marcelo Ebrard, expone sintéticamente su plan de seguridad para el país; la segunda, el miércoles 21 de marzo, con motivo de su registro en el Instituto Federal Electoral (IFE) como candidato presidencial de las izquierdas para las elecciones de julio.

Ambas circunstancias muestran a López Obrador con una calidad de político maduro y experimentado, y seguro en los pasos que va efectuando como candidato presidencial, y acerca de la visión de conjunto que tiene del país que se propone gobernar.

En la comparecencia en que se presenta al lado de Marcelo Ebrard, ya señalado en la eventualidad como posible secretario de Gobernación, simultáneamente sostienen que no habrá verdadera “pacificación” del país si no se logra un avance visible del respeto a los derechos humanos de la ciudadanía más amplia, batalla que al final de cuentas consiste en disminuir las tremendas desigualdades que vive México y una política de seguridad que la aproxime a la sociedad entera. Entre las condiciones previas deberá lograrse también, por supuesto, la formación de una policía federal nacional altamente “moralizada y capacitada”, que sustituya, incluso con ventaja, al Ejército y a la Marina, que efectúan ahora lo principal de la “contención” del crimen organizado. En tal momento, sometido a revisiones constantes y paulatinas, las fuerzas armadas deberán retornar a los cuarteles.

En la misma presentación, ambos dirigentes, Andrés Manuel y Marcelo Ebrard, se refirieron a temas vinculados estrechamente al de la seguridad nacional. Sin embargo, diría que lo más impresionante del acto fue algo que no veíamos hace mucho en nuestros escenarios políticos: la presencia de dos hombres del servicio público de tal seriedad actuando en plena conformidad, dos políticos de esa dimensión que están reflexionando combinadamente en los problemas del país y llegando a conclusiones semejantes. Es decir, lo que hace unos cuantos meses parecía, del lado de las izquierdas, un horizonte de incertidumbre y confrontación, hoy se presenta como una visión constructiva y altamente promisoria si realmente nuestro futuro gubernamental es encabezado por dos políticos de la calidad de Andrés Manuel y Marcelo Ebrard. Los mexicanos votantes el próximo julio han de pensar muy seriamente en estas perspectivas y diferencias con los otros candidatos.

En la segunda de las comparecencias recientes –su protesta como candidato a la Presidencia de la República en el IFE– no estuvo ausente en Andrés Manuel López Obrador su derrota de 2006, que dio paso a uno de los episodios de perseverancia política más extraordinarios en la historia de la República, un sexenio de peregrinar y recorrer el país entero, seguramente varias veces, por el candidato despojado, para movilizar y consolidar la organización que debería darle el triunfo.

Por supuesto que mencionó que el triunfo le fue arrebatado en 2006, por esa misma institución que ahora visitaba, sin dejar de decir que ahora “ganaría la Presidencia de la República”. Añadió también en tono profesoral: “Ustedes, como autoridades electorales, tienen una gran responsabilidad. Espero que estén a la altura de las circunstancias. Que no se repita lo que sucedió en 2006, que no se vuelvan a pisotear los derechos de los ciudadanos. Que se respete la voluntad del pueblo, que tengan ustedes la capacidad –con la ley en la mano– de garantizar elecciones limpias y libres”.

Varios consejeros no dejaron de exhibir molestia por la indirecta reprimenda y por el señalamiento propedéutico. Pero en un acto de esa naturaleza, uno de los más altos de cualquier proceso electoral, resultaba absolutamente indispensable referirse a las elecciones de hace seis años, en que México, precisamente por el despojo de que fue objeto López Obrador, se exhibió a una escala vergonzosa de nivel electoral y democrático. En mi opinión nada más oportuno que recordar ahora la nube negra que pesa sobre ese cuerpo colegiado, en la esperanza de que se reivindique en adelante.

Añadió López Obrador: “Resulta fundamental cuidar que no se utilice el dinero del presupuesto, que es dinero de todos, para favorecer a partidos y candidatos, y que no se trafique con la pobreza de la gente, que no se compren los votos, que no se compren lealtades, que no se compren conciencias. Que sea el pueblo libremente el que decida por qué partido y por qué candidato votar”.

Muchos observadores están sorprendidos de que algunos consejeros del IFE, la estricta minoría, hayan interpretado las palabras y la presencia de López Obrador en este acto de registro como una violación a la legalidad y a la famosa veda política dictada por el mismo IFE que ahora lo recibía. El registro, para todos los candidatos, quiérase o no, resulta uno de los actos más importantes de las campañas electorales de los candidatos. Ahí exponen sus motivos de registrarse y, por supuesto, sus objetivos de sustancia en la batalla electoral para llegar a la Presidencia de la República.

Ahora son claros también los ataques de sus enemigos de siempre, de quienes ya anuncian su intención de quemarlo otra vez en la hoguera, si posible, de quienes están dispuestos a recurrir a todo tipo de marrullerías para descarrilar su candidatura.

El IFE, organismo gubernamental bien pagado, debe impulsar la democracia y no romperla. Esperamos que haya una primera vez en que los procedimientos se desarrollen más que razonablemente.

lunes, 30 de enero de 2012

La política exterior de AMLO *


Víctor Flores Olea/ I

Digamos desde el inicio que el primer objetivo del combate liberador latinoamericano ha sido el imperio y el imperialismo, lo cual ha conferido rasgos peculiares tanto a nuestras contradicciones de clase como al tipo de luchas por la independencia que han emprendido nuestros pueblos. Lo anterior se hizo evidente en la segunda mitad del siglo XX, sobre todo porque los intereses del imperialismo en América Latina no se conformaron con la extracción económica, sino tuvieron un objetivo primordialmente político: controlar a los agentes” que pudieran debilitar a Estados Unidos en la guerra fría, y el mejor método que encontraron fue imponer, durante décadas, dictaduras sangrientas a las que sostuvieron con todos sus recursos.

Por supuesto, las razones políticas que han llevado a sectores importantes de la sociedad latinoamericana a luchar en contra de las dictaduras militares genocidas y violadoras de los derechos humanos, y en contra del desastre económico de un neoliberalismo explotador y empobrecedor de las mayorías, están en la raíz de la transformación latinoamericana de las dos décadas recientes.

No es el caso mencionar en detalle las dictaduras latinoamericanas de los últimos cincuenta años, pero no podemos pasar por alto aquellas, sobre todo en el cono sur, que se impusieron por su crueldad y violencia, como la de Augusto Pinochet en Chile y la de los militares argentinos, que en dos momentos diferentes derrocaron a regímenes democráticos. El golpe de Estado a Salvador Allende, como se recordará fácilmente, es uno de los episodios golpistas más brutales de la historia latinoamericana, urdido por agencias como la CIA bajo instrucciones directas del presidente Richard Nixon y del consejero de Seguridad de la Casa Blanca, después jefe del Departamento de Estado, Henry Kissinger.

El presidente Nixon “decidió que el gobierno de Allende no es aceptable para Estados Unidos”. El presidente ordenó entonces a la CIA impedir que asumiera el poder o desestabilizarlo, y autorizó la suma de 10 millones de dólares para este fin. Lo que nadie discute es que Pinochet, a sangre y fuego, impuso en Chile el neoliberalismo, con base esencialmente en la privatización de las empresas estatales, del sistema de salud y de los fondos de retiro.

La transformación económica, al amparo del monetarismo de los Chicago Boys y de su mentor Milton Friedman, se inició tras el golpe militar mediante una drástica reducción del gasto público y despidos masivos en el aparato estatal que tuvieron un altísimo costo social. El neoliberalismo se impuso en variedad de laíses latinoamericanos y por diversas vías, después del cruento ensayo en el Chile de Pinochet.

En Chile se facilitó grandemente la operación neoliberal gracias al brazo armado del ejército. En otros países, como México, la transferencia y aplicación de estas visiones del mundo alejadas de la realidad del país, pero en la moda mundial, ha sido relativamente más sencilla y menos traumática, aunque también altamente polémica, por no decir desastrosa. El control de la Presidencia de la República, aun sobre el Poder Legislativo, facilitó enormemente las cosas. En México, ese grupo de economistas que hace ya más de dos décadas controlan en buena medida la economía del país han sido llamados “tecnócratas”, para subrayar su alejamiento del pueblo e incluso su profundo desconocimiento de la historia nuestra. En otras condiciones, su gestión debe considerarse también como un desastre mayúsculo.

Los autores mexicanos y chilenos que han estudiado el fenómeno coinciden en que la referida transferencia ideológica y la aplicación del neoliberalismo supuso en ambos casos una alianza estrecha entre los funcionarios directivos de la economía y las finanzas y las élites o aristocracias del dinero y los dueños empresariales en ambos casos: el contubernio entre los dueños del capital y los “académicos” funcionarios. Los principales beneficiados por la operación, como es claro, han sido el puñado de empresarios que han logrado enormes ganancias en los países mencionados y en todos los latinoamericanos que han seguido esa ruta de aplicación del neoliberalismo.

Una de las explicaciones más dramáticas de la concertación latinoamericana para imponer dictaduras se encuentra en el libro Operación Cóndor: pacto criminal, de la escritora argentina Stella Calloni. Por supuesto, detrás de esta alianza para la muerte estuvo siempre la CIA, es decir, el gobierno estadunidense como iniciador y organizador generoso en fondos para la persecución de opositores.

Naturalmente, el desastre político ha corrido paralelo a la profunda catástrofe económica. La miseria continental se agudizó precisamente en la década de los 80, llamada la “década perdida”. Según Cepal, la población por debajo de la línea de pobreza en la región pasó de 200 millones en 1980 a 224 millones hacia finales de esa década, sin que en la siguiente se diera una mínima recuperación. El Banco Mundial ha dicho que 25 por ciento de la población regional vive con menos de dos dólares al día y tiene el récord de ser la más desigual del mundo. Todavía señala: “en los países latinoamericanos una cuarta parte del ingreso nacional es capturada por sólo 5 por ciento de la población, y 40 por ciento por el 10 por ciento más rico… La percepción actual de los latinoamericanos sobre este aspecto del desarrollo es tan contundente como la referida a los temas anteriores. Sólo dos de cada 10 individuos consideran que la distribución es justa o muy justa, y los ocho restantes declaran que es injusta o muy injusta” (1997).

Debe decirse que durante los pasados 25 años, a partir de las reformas neoliberales, los países de América Latina han experimentado una profunda transformación social y de las relaciones entre el Estado y la estructura productiva nacional. En el tiempo del “desarrollismo”, que con variados niveles de éxito se aplicó en buen número de países latinoamericanos, se privilegió a los empresarios industriales, y se cambió después a una economía en la que prevalecieron los enfoques financieros y la fácil obtención de ganancias vía la especulación. El capital financiero y la especulación suplantaron a la producción. lo cual marcó un retroceso económico evidente en el conjunto latinoamericano, de la que derivó una pérdida relativa de la región dentro de la economía mundial.

Las presiones de la “nueva economía” neoliberal, con su desarrollo financiero y especulativo y su desprecio por la producción y las medidas de bienestar social, tuvieron como uno de sus principales derivados la masiva transferencia de capitales del sur al norte, que ha sido una de las indiscutibles razones de nuestro atraso. Es verdad que esta transferencia no se inicia con el neoliberalismo, pero en los recientes treinta años cobra el perfil de un verdadero saqueo financiero y especulativo. La prosperidad de los más ricos, financiada por la miseria de las mayorías de la población de la Tierra, la fortuna de círculos restringidos en lo internacional y en lo nacional, fundados en la fuga especulativa de capitales.

* Primera parte, de dos, del documento leído en Zacatecas el 25 de enero en una mesa redonda sobre la conveniente política exterior de Andrés Manuel López Obrador

miércoles, 18 de enero de 2012

Los dos extremos de la crisis


Víctor Flores Olea

Aquienes por vocación y necesidad nos toca discutir los problemas semana a semana, nos encontramos casi infaliblemente con dos extremos que se tocan y complementan: las cuestiones diarias que parecen surgidas de un inexplicable azar, y que llenan de preocupación al observador de las cuestiones inmediatas, y aquellas que no sólo marcan el inmediato acontecer, sino que dan sentido al parecer a épocas enteras, cuyo significado no se restringe al corto plazo, sino que son para los tiempos más amplios y guardan un significado histórico más amplio.

Reflexionando un poco tendríamos sin demasiada dificultad una catarata de ejemplos. En nuestros días, y con ejemplar virulencia, encontraríamos las contradicciones del sistema en su conjunto, especialmente del económico, que ha llevado prácticamente a toda la sociedad, digamos, a una “salvaje crisis de conducta” y de “valores”, ya que la desorientación en muchos planos de la vida no ayuda a centrar la brújula de la conducta (corrupción, criminalidad, estafas en su sentido más amplio). La destrucción de los vínculos sociales es inconmensurable. Por lo demás, no hay duda de que la elasticidad de las referencias éticas de la conducta, disueltas o con magnitudes muy distintas a un pasado que podemos todavía recordar como presente, son también invariable consecuencia de esos cambios profundos en la sociedad.

Lo anterior viene a cuenta por un libro significativo que acaba de aparecer en la editorial Siglo XXI, La crisis financiera mundial, perspectivas de México y América Latina, debido a la pluma del economista Carlos Obregón, especialista en cuestiones financieras, que nos presenta en síntesis muy apretada y sabia las causas y evolución de esa pesadilla de nuestro tiempo que es la crisis financiara que comienza en Estados Unidos, continúa amenazante en Europa y tiene ya consecuencias muy graves en otras regiones del mundo.

Carlos Obregón nos dice que la contracción del crédito en 2008 fue consecuencia principal de tres errores de política económica en Estados Unidos: a) el de Alan Greenspan, durante casi 20 años presidente de la Reserva Federal en ese país, al permitir que las tasas de interés subieran de golpe, b) el combinado de Greenspan-Bernanke de subirlas abruptamente sin tener un programa listo de rescate de los créditos hipotecarios, c) el que cometieron las autoridades financieras tanto de Estados Unidos como de Europa al permitir que estallara la crisis de crédito que condicionó rescates excesivamente costosos e insuficientes. Las tres decisiones se explican por la creencia de los jefes económicos y financieros de Estados Unidos en que los mercados de dinero sobrecalentados podrían conducirse por una autoregulación que los llevaría a buen puerto. Cuando se inició la crisis bancaria se argumentó que los bancos en problemas tenían que pagar por sus errores para evitar el moral hazard.

El tercer error resultó el más costoso de los tres, nos dice Obregón. La propagación de la crisis duró dos años antes de estallar y las autoridades tuvieron diversas oportunidades de detenerla, pero no lo hicieron. Finalmente las autoridades tomaron medidas adecuadas (2008) que impidieron que la gran contracción se convirtiera en una segunda gran depresión. Esto último debe reconocerse como un éxito de Bernanke, aunque ha sido insuficiente y a destiempo.

Carlos Obregón nos dice además que teóricamente la crisis era evitable. La crisis no se hubiera dado sin el primer error: si Greenspan no hubiera mantenido tanto tiempo la tasa de reserva tan baja. Pero la crisis no se hubiera dado sin el segundo error: si al subir las tasas de interés se hubiera construido un programa de rescate de préstamos en problemas. Tercero: si cuando se conoció la crisis bancaria se hubiesen sacado sus activos tóxicos y se hubieran limpiado, haciendo que los bancos perdieran un porcentaje a largo plazo, pérdidas en dichos papeles que nunca se hubieran recuperado. Pero el monto total de la pérdida a cuenta del contribuyente no hubiera sido muy alto, nada comparable a lo que ya se ha perdido a consecuencia de no actuar.

Puede decirse, en conclusión, que la crisis no la produjo el estallido de la burbuja de precios en los bienes raíces, sino el estallido de la burbuja de precios del subprime relacionados con bienes raíces. Pero independientemente de la causa de la crisis, una vez que es sistemática se hace indispensable intervenir e impedir su propagación. Pero este error principal ya no es de Greenspan o de Bernanke, sino principalmente del Departamento del Tesoro de Estados Unidos.

Vemos, en general, que un medio económico extraordinariamente enfocado al desarrollo con bases financieras estimula “patológicamente” el crecimiento desordenado y asentado en la corrupción. México, por otros caminos, llega también a un esquema de “crecimiento moderado” sin renunciar a los elementos de descontrol y corrupción que se han presentado en muchos países y regiones. Tal ha sido una de las causas del freno mexicano a un crecimiento más rápido y equilibrado. La concentración del capital, y su distribución en tan pocas manos, dándose un fenómeno excepcional de mala distribución del capital y, en muchos casos, de manejo casi fraudulento del mismo, han marcado sin duda frenos espectaculares al desarollo mexicano.

Tal cosa nos remite a los distintos “modelos” de desarrollo y a la comparación que hace Carlos Obregón entre el caso mexicano, por ejemplo, y el caso de Corea del Sur, asignando a nuestro país, con razón, impedimentos que han sido altamente negativos para nuestro desarrollo.

¿No podremos llegar siquiera al nivel de libertades contenidas que han hecho el éxito de un país como Corea? ¿Nos hace falta siquiera esa disciplina y contención moral?

lunes, 5 de diciembre de 2011

Así es la política en México


Víctor Flores Olea

En verdad así es, no tanto por excepción, sino casi como regla. El ascenso y descenso por los caminos que llevan a la gloria y por las grietas que llevan al infierno fue vivido intensamente, seguramente una vez más, por ese personaje que parecía al principio, para quienes no teníamos el gusto, un norteño leve y dicharachero, que con buen ojo había designado Enrique Peña Nieto presidente del PRI. Un presidente del partido que él creyó rotundamente lo ayudaría en su carrera hacia Los Pinos.

Pero muy pronto, demasiado pronto, se encontró que el vivaz norteño lo era también para los negocios torcidos, en gran escala. El auditor del estado de Coahuila, Armando Plata, detalló que los fraudes de Moreira se remontan a los ejercicios presupuestales de 2008, 2009 y 2010, y suman, al menos, 16 mil 182.7 millones de pesos. La contratación de créditos multimillonarios con documentos falsos, además, fue una práctica común en el gobierno de Coahuila durante la administración de Humberto Moreira, y el monto adquirido equivale casi a la mitad de la deuda estatal, ha informado la Auditoría Superior del Estado.

Con buen sentido, Enrique Peña Nieto vio por fin que su designación de Humberto Moreira le traía consecuencias negativas y que había sido una falla garrafal. Tal vez no lo hizo con la rapidez que hubiera sido deseable, pero al final de cuentas lo decidió ante el desgaste terrible para su candidatura que ese nombramiento significaba. Tal vez han sido dos los nombramientos, o “ceses”, que Peña Nieto ha dictado para corregir en el límite decisiones que parecían ya definitivas: el de Eruviel Ávila como gobernador, en vez de alguno de los primos Del Mazo, que probablemente hubieran perdido el cargo en la campaña, y esta afortunada corrección in extremis sobre el nombramiento de Humberto Moreira como presidente del PRI.

Correcciones a tiempo, pero errores también en el origen que no lo liberan de responsabilidad y que denotan ya a un personaje en principio precipitado, y también autoritario, por lo que significan sus nombramientos originales que debe corregir más tarde para evitar desgastes mayores. Es decir, no han dejado de perjudicarlo tales nombramientos, porque denotan a un hombre poco reflexivo, acostumbrado a imponer sus primeros impulsos. Tal cosa, y varias otras que pudieran mencionarse, muestran a un hombre con tendencias al ejercicio de la autoridad sin demasiada consideración de las circunstancias, lo cual es uno de los síntomas mayores de la personalidad autoritaria (Hanna Arendt).

Con otra observación: Peña refuerza esos síntomas con las características de un político provinciano que, sin ver el conjunto y las relaciones políticas más amplias, casi siempre se expresa como autoritario y empeñado en imponer sus ocurrencias. En efecto, tal vez una de las características invariables del gobernante autoritario es su provincianismo, de lo cual, como es obvio, no escapa Peña Nieto. Algunos me dirán que en realidad ese provincianismo no es excepción en la historia del PRI, y tendrán seguramente razón. Su constante ha sido ese “parroquialismo”, salvo seguramente en los líderes de la revolución popular, que alcanzaban la “universalidad” por otros caminos: la certera intuición de las necesidades sociales más amplias, el proyecto de un país a largo plazo, de lo cual han sido capaces, como decía, los auténticos líderes de nuestra revolución popular, pero no los abogadillos de bufetes de tercera línea.

Cuando se habla del nuevo proyecto nacional, como necesario después de 2012, se habla de un país que no considere la “modernidad” como punto de partida y como punto de llegada del próximo futuro de México. Se habla más bien de construir una cultura que sea actual y que recoja en real síntesis creativa el pasado, la historia de México y los postulados que deben armar o definir una sociedad alejada de los principios del capitalismo, es decir, de los principios de una sociedad que sólo existe para la competencia y la ganancia y que se ha olvidado por completo de la solidaridad en la igualdad, y en la legalidad. Que únicamente existe para el aprovechamiento y la explotación, y que ha olvidado radicalmente los principios del desarrollo igualitario.

Por fortuna, no estamos exentos de esos valores, que contiene claramente la “república amorosa” de Andrés Manuel López Obrador, concepto que sería muy bueno que fuera desarrollado y especificado por su autor, como parte sustantiva y novedosa de su campaña electoral, que le daría, por cierto, popularidad y fuerza a sus aspiraciones. Se trata de una noción nueva y rica de contenido que ha de ser explicada a fondo por el candidato de las izquierdas.

En este punto del artículo redactado cayó en nuestras manos La Jornada del domingo 4 de diciembre, en que hay una maravillosa crónica de la comparecencia de Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en la que el precandidato habla de la Biblia con una imprecisión aterradora, y de La silla del águila, “de Krauze” (cuando es de Carlos Fuentes), así como con una vaguedad a toda prueba, cuando menciona “otros” libros sobre “caudillos”, de los cuales “no recuerdo el título”. Peña Nieto: “He leído varios. Desde novelas. En lo particular difícilmente me acuerdo del título de los libros. La Biblia es uno, en algún momento de mi vida. Algunos pasajes bíblicos. No me leí toda, pero sí algunas de sus partes…”

“Las risas comenzaron a escucharse y Peña Nieto intentó reponer la figura.” Aquí encontramos otra de las características de Peña Nieto, que muchos sospechábamos y que ahora se comprueba rotundamente: su incultura a toda prueba.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La izquierda: candidaturas de excepción



Víctor Flores Olea

En conjunto, el mejor es el de la izquierda. Sí, ambos, o los tres, en verdad son excepcionales y de izquierda. En ese sentido debemos sentir un particular orgullo de que, en un medio tan raquítico políticamente, México cuente para las fundamentales elecciones del año próximo con candidaturas de tal calidad, y con una tendencia y sensibilidad evidentemente progresista. Probados ya, además, sobradamente en tareas de gobierno y de dirección política y administrativa. En tal sentido, en el del valor de sus candidatos principales, parece que México llega al primer año electoral del nuevo sexenio con toda la fuerza que otorgan a la sociedad candidatos de tal magnitud y clase.

Me refiero naturalmente a Andrés Manuel López Obrador, candidato de las izquierdas a la Presidencia de la República, y a Porfirio Muñoz Ledo, muy probable candidato también de las izquierdas a la gubernatura del Distrito Federal. Sin excluir a Marcelo Ebrard, que competirá también como posible candidato a la Presidencia de la República y quien también sobradamente ha mostrado su calidad y virtudes como gobernador, sin desmerecer su nombre al lado de los otros mencionados.

En un mundo de raquitismo político generalizado, con excepciones contadas sobre todo en América Latina, el que podamos mencionar a tres nombres de gran calidad para eventualmente ocupar el próximo año los puestos de elección popular de mayor importancia en el país, debiera satisfacer nuestro ego político como mexicanos. Sí, el país tiene gravísimos defectos en todos los órdenes y el menor no es en la política; sin embargo, en el plano de la personalidad de los políticos que se presentarán para varios de los principales remplazos electorales del próximo año, México puede estar seguro de que los tres nombres mencionados desempeñarían sus funciones con alto rigor y sentido del futuro.

Dicho de otro modo, en el lenguaje del folclore político mexicano podemos sostener que, en materia electoral el año próximo, por lo que hace al menos a algunos de los principales puestos que toca relevar, “la caballada no está flaca, sino en cierto modo rebosante”.

Hemos tenido además, como contrapunto a los de la derecha más recalcitrante que han ocupado el Ejecutivo federal (Vicente Fox y Felipe Calderón), en el Distrito Federal, a una izquierda gobernante (Cuauhtémoc Cárdenas, Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard) que se ha distinguido por su compostura política y por su vocación social y popular. Se trata ya de gobernantes formados y probados que garantizan la calidad de sus servicios y rectitud en su manejo. Votar por ellos es elemental entre una ciudadanía que desea reivindicar y renovar a la política democrática, por la que históricamente ha luchado y que representa su punto de referencia básico en materia de batallas sociales.

En México tenemos, pues, la oportunidad al alcance de la mano, si de verdad deseamos una reivindicación nacional y una vuelta a los momentos altos de nuestra historia, dejando atrás el oportunismo más cínico y desterrando la corrupción más abierta que se ha instalado en México y que es seguramente una de las causas más negras e insolentes que envenenan la historia actual de la nación.

Durante buen tiempo se ha discutido la necesidad de la unidad de la izquierda, sobre todo tratándose de las candidaturas de Andrés Manuel López Obrador y de Marcelo Ebrard, y las izquierdas han descansado al conocer el acuerdo entre ambos para resolver a través de acuerdos que los comprometen (encuestas de dos empresas cuyos resultados deberá definir al candidato mejor “posicionado”), y que serán atendidos, cumplidos, puntualmente por los dos candidatos presidenciales. Por supuesto, todavía hay quien duda por principio sobre la posibilidad de que un acuerdo así se cumpla estrictamente por los contendientes. A medida que transcurre el tiempo, sin embargo, la confianza se fortalece, al ver que las dos candidaturas mantienen la ecuanimidad y reiteran una y otra vez su decisión de atenerse a los acuerdos pactados.

Claro que la decisión de mantener la unidad no únicamente depende de los líderes de cada corriente, sino del conjunto de la izquierdas en términos sociales, aunque es evidente que la calidad política y moral de los liderazgos es fundamental como orientación y muestra. Orientación que deberá ser consolidada por el trabajo político de uno y otro lado, por esas “masas” que al final de cuentas son determinantes, o al menos de gran importancia para marcar las tendencias dominantes.

Me parece que el conjunto de estos procesos, en todo caso, será altamente educativo para la ciudadanía en general. Educativo el proceso en el sentido de hacer avanzar y madurar la sensibilidad democrática de la ciudadanía en México, y algo no menos importante: educar también para el avance y madurez de la izquierda en México, que hasta hoy, en su mayoría, se ha mostrado tremendamente fluctuante y aprovechada en lo inmediato, para no decir oportunista. Ojalá que de este periodo políticamente difícil en México surjan posiciones y corrientes que apunten hacia una madurez plena y cabal autenticidad de las izquierdas en México.

La verdad es que la tradicional desconfianza hacia los acuerdos entre políticos tiende ahora a convertirse en su contrario: confianza en el procedimiento elegido y certeza de que el mismo será plenamente cumplido entre las partes. No falta razón en la consideración anterior.

lunes, 24 de octubre de 2011

Guerra civil y lucha de clases



Víctor Flores Olea


Hay gente de México que se ha escandalizado porque altos funcionarios del gobierno estadunidense han dicho abierta o solapadamente que, con más propiedad, la llamada guerra contra el crimen” es una guerra civil disfrazada, y más aún, una de las caras en que se expresa “la lucha de clases” en nuestro país.

Sin pretender un especial rigor intelectual, diremos que en toda guerra civil está presente una buena dosis de lucha de clases, y lo contrario: en toda guerra civil, como la que vivimos, está inevitablemente presente la lucha de clases. Claro, en toda guerra civil se confrontan intereses de diferentes sectores o grupos sociales, pero en ese enfrentamiento privan las armas y su organización militar. De otro lado, en la lucha de clases no necesariamente la confrontación es armada, sino que alude también a la batalla entre ideas y teorías contrapuestas. Naturalmente, en la pacata sociedad burguesa se rechaza con horror que vivamos tales confrontaciones, que estemos divididos a tales extremos y que tal sea nuestro normal modus vivendi.

Tal ha sido la reacción que he podido percibir en estos últimos días en La Jornada (22/10/11), diciendo la cabeza de la primera plana: “Estamos en guerra civil no declarada en varias zonas del país; del río Suchiate al Bravo, un cementerio, aseguró el sacerdote Flor María Rigoni [director de la Casa del Migrante de Tapachula, Chiapas]”.

Es evidente que en el país vivimos una intensa lucha de clases. No sólo la confrontación armada entre militares y jefes de pandillas en el mundo del narco, sino la confrontación o despojo salvaje que significa una distribución del ingreso cuyo 80 por ciento favorece a 10 por ciento de la población. Estas últimas cifras no son únicamente el cálculo de juegos matemáticos, sino que, como resulta obvio, definen formas de vida y posiciones sociales que significan en primer lugar explotación y rapacidad.

Esto último ha pasado relativamente desapercibido. Con toda razón acaparan las ocho columnas de los periódicos el número diario de secuestrados y asesinados, y se pasa sotto vocce la real estructura social y económica del pueblo en que se cometen tales crímenes, y su verdadera raíz: las tremendas desigualdades en el ingreso que significa el impresionante número de delitos que vivimos a diario.

En otras palabras: el origen no plenamente reconocido de nuestras confrontaciones sociales se anida en la desigualdad y en la explotación de unas clases y sectores sociales por otros. En cualquier estrategia anticrimen deben considerarse en primer lugar los desniveles sociales, los odios, violencia y resentimientos entre clases y grupos que se unen y precipitan en un ánimo irrefrenable de borrar al otro del horizonte humano.

Resulta increíble que la discusión sobre las estrategias para combatir al crimen organizado se reduzcan a enfoques militares o de inteligencia policiaca, cuando el fondo del problema se encuentra en las desigualdades sociales y en los desequilibrios entre clases. Y resulta también increíble que una cuestión que al final de cuentas tiene que ver más con la distribución de la riqueza, con su concentración y con la explotación a que están sometidas unas clases sociales por otras, se pase por alto y en silencio el verdadero núcleo de la cuestión.

No es extraño, sin embargo, que en los grandes medios de difusión se guarde silencio sobre la explotación de unas clases por otras, y más cuando se trata de explicar el fenómeno del “crimen organizado”, ya que sería equivalente a mencionar la soga en casa del ahorcado. En una estructura de clases sociales como la que vivimos, y sobre todo cuando ha derivado prácticamente en guerra civil y en decenas de miles de muertos, resulta natural que los culpables efectivos no levanten la mano señalándose, sino procuren más bien esconderla y pasar desapercibidos. En una sociedad de autoengaño lo normal es el disimulo y el ocultamiento, y mucho más cuando la autodenuncia pudiera causar un tsunami que derrumbara esas estructuras que están ya fuera de tiempo.

Es evidente que en el México de hoy vivimos intensamente la lucha de clases. Y más que eso: la estamos viviendo ya, en muchos aspectos, como guerra civil que no necesita declararse porque eventualmente estalla en un sinfín de puntos geográficos o sociales de nuestro horizonte. Pero claro, mientras no vayamos a la raíz del fenómeno nos quedaremos a la mitad del camino y la cuestión de fondo pasará desapercibida para los responsables.

Vivimos, pues, una combinación de lucha de clases y de guerra civil que puede llegar a zonas de intensidad mucho más severas. Esta combinación da cuenta de la explosividad por la que cruzamos, que quizá no hemos llegado a percibir en toda su capacidad explosiva. Que vivimos elementos abiertos de guerra civil y de lucha de clases nos lo muestra, más allá de otro centenar de ejemplos, el carro bomba que se hizo estallar recientemente en las calles de Monterrey, dirigido especialmente a rebajar la capacidad de fuego del Ejército.

En todo, ¿cuál sería nuestro destino con esa capacidad de fuego disminuida? ¿Y con el abandono de los estrategas de la cuestión económica como necesario telón de fondo del real drama que vivimos?

lunes, 10 de octubre de 2011

La Presidencia en 2012



Víctor Flores Olea


En la consideración real del próximo Presidente de la República no hay más de cuatro nombres efectivos: Enrique Peña Nieto, Manlio Fabio Beltrones, Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard. Muchos dirán tal vez que estiro demasiado la liga y la lista. Me animo a nombrar a los más frecuentemente mencionados, pensando que de todos modos habría alguna oportunidad histórica para que el país viva su primera justa electoral con relativa transparencia.

Por razones objetivas, habría que eliminar a varios de los actuales candidatos del PAN, que después de 12 años se han mostrado absolutamente incompetentes, iletrados para gobernar, diría Carlos Monsiváis. Con el país al borde del abismo, todavía alguna fanfarronada de final de fiesta. Sobre los candidatos sobrantes del PAN no vale la pena pronunciar palabra alguna.

Por lo que hace a los candidatos del PRI, las fiestas seguramente no han terminado, en primer lugar por el aparato organizativo con que cuentan. Negocios desde la cúpula, pasando por los gobernadores y legisladores, federales y locales, y madeja de complicidades elaborada desde hace décadas.

¿Se trata de orientar al país en una dirección nacional y de poner freno a la “venta de garaje” desnacionalizadora? ¿Se trata de emular a los demás países “demócratas” que tenemos a nuestro alrededor y de construir una “democracia” en la que sólo deciden los núcleos de poder y los núcleos financieros? ¿Se trata de echar por la borda lo que ha sido la mejor parte de nuestra historia, incluidos retazos importantes de la Revolución Mexicana que nos dieron personalidad latinoamericana y mundial?

La cuestión con la Revolución Mexicana no ha sido la de sus logros, que no han sido pocos, sino la de sus abandonos radicales, que han sido infinidad, hasta el punto de que hoy, vista en su espejo, aparecería absolutamente distorsionada, causando el más serio escándalo entre quienes la construyeron como uno de los movimientos sociales radicales y lleno de promesas a principios del siglo XX.

Pero, además de la traición a sus principios, el otro aspecto que la ha modificado absolutamente es el de la distancia entre los hombres que vivieron la revolución o que estuvieron cerca de sus esfuerzos, y los nietos de ahora, que en el mejor de los casos han aprendido a entonar ciertos estribillos en sus discursos que no cree nadie ni con la mejor fe del mundo. Y la mejor prueba es que, habiendo tenido la oportunidad de construir una oposición en serio, apenas se dedicó a una fiesta de negocios con el PAN y guardó el más estricto silencio sobre las líneas constructivas que aún requiere México en lo económico y político.

Por lo que hace al PRD, nadie puede ocultar en este país el oportunismo con que, en términos generales, se distinguieron sus gobiernos, en distintos niveles y circunstancias. Lo más dramático es que al finalizar la década de los 80 y a principios de los 90 parecía que México volvería a algunas de sus tradiciones de izquierda, por ejemplo en materia social o de política exterior. Desafortunadamente el fogonazo organizativo que significó el PRD muy pronto mostró las fragilidades de una izquierda sin elaboración teórica ni búsqueda de las necesidades actuales con la historia del país. Lo nacional-popular, como arco de sostén de una izquierda mexicana y latinoamericana, pronto se derrochó en pequeñas sectas sin ambiciones.

Por desgracia, por estas razones y otras que pudieran recordarse, la izquierda mexicana no ha podido “cuajar” en un amplio movimiento de masas que tuviera un peso electoral definitorio. Vamos a 2012 con esperanza de que las masas populares reaccionen y vean con claridad que su futuro está en la izquierda –naturalmente en una izquierda renovada y reforzada por el propio movimiento de masas–, una izquierda que tendría como columna vertebral los dirigentes a quienes hoy mismo se postula como candidatos a la Presidencia de la República.

Sin ponernos rigoristas, Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard y Cuauhtémoc Cárdenas representan a una izquierda que cuantitativa y cualitativamente tiene gran mérito y, de candidato a candidato, superan largamente en todos los terrenos a sus equivalentes de los otros partidos. Desde el punto de vista de la izquierda “la caballada no está flaca”, sino es capaz de cumplir sobradamente su papel de “promesa de un futuro mejor”.

Naturalmente que no basta ser un buen candidato como prospecto para que el fiat se produzca en esa dirección. Muchas otras condiciones son necesarias para que la potencia se realice, pero resulta ya una ventaja señalada llevar la delantera en cuanto a las candidaturas, que representan potencialmente un fuerte liderazgo.

En el plano de la inteligencia su capacidad de movilización (propia y ajena), con fundamento en análisis certeros de la realidad. Y, claro está, su capacidad de proponer y realizar un futuro más consistente que el actual. Para el PRI, apenas modestamente algunas ideas sociales de principios del siglo pasado. Y cuando se pone “moderno”, las izquierdas de otros lugares las juzgarían perfectamente atrasadas. Para el PAN algunas ideas decimonónicas, empatadas con las suyas de hace más de dos siglos, representarían el mejor perfil del atraso en que vive.

El gran problema es el electoral mismo, el fraude probable, que ya se presentó en 1988, o en 2006. De ahí la necesidad de una severa vigilancia en las casillas, mesas y distritos electorales. En el horizonte de un inmenso fraude electoral debe procurarse la movilización ciudadana sin límites, en el estricto control de los procedimientos.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El horizonte de noviembre



Víctor Flores Olea

Publicado: 05/09/2011 09:27

Parece que el horizonte de noviembre despejará interrogantes sobre la sucesión presidencial 2012. ¿Peña Nieto o Beltrones del PRI? La mayoría apuesta a Peña, aunque no falta quien sostenga que “del plato a la boca se cae la sopa”? ¿Y la muerte de la niña Paulette que sembró interrogantes

nunca aclarados del todo? ¿Cuál sería el principal apoyo de Peña? A falta del “dedo” presidencial la “rosca” de buen numero de gobernadores, pero siempre sujeta la posibilidad a un traspié de última hora, sin descartar la habilidad marrullera de los contrincantes.

La otra preocupación: la mediocridad política del candidato, que en su exhibición mediática sólo ha sido capaz de engolar frases de los más obvios lugares comunes, sin una idea que aluda siquiera levemente a los gravísimos problemas del país hoy. El mundo se acaba en las inauguraciones del día. ¿La posición de Peña Nieto respecto a esos problemas? Misterio, aunque ya un buen número de los mexicanos anuncian, si ese fuera el presidente, un sexenio catastrófico (oportunismo rampante, abusos e impunidades, autoritaritarismo y violaciones a la ley, corrupción y más.) ¿Tal es entonces el “favorito” de las encuestas y de la oligarquía? En cuanto al PAN no habría comentario ya que sus dos ensayos (Fox y Calderón) resultaron catastróficos, y hoy está descartada su posibilidad. ¿Y la animosidad de Felipe Calderón en contra del regreso del PRI a Los Pinos? ¿Podría evitarlo? El caso del PRD amerita una reflexión más amplia. Primero habría que insistir en la unidad de la izquierda y de sus candidatos, sin lo cual estaría pulverizada. Aunque este aspecto de la unidad parece superado, en el acuerdo de sus protagonistas de que la identidad del candidato se resolverá en noviembre a través de encuestas definitorias. ¿Pero cómo las encuestas? ¿Sólo al interior de los partidos de izquierda? ¿Entre los ciudadanos que se proponen votar por la izquierda?¿Con la sociedad abierta sin distingos de preferencias políticas? Habría variantes en los resultados, aunque parecería que la decisión final la tomarán los ciudadanos votantes por los partidos de izquierda.

Todavía no parecen decididos los nombres para la encuesta. Es obvio que tendrán su lugar principalísimo Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard (causantes de que se busque un método para la decisión final de la candidatura de la izquierda). Pero han surgido aquí y allá propuestas de que aparezcan también los nombres de Cuauthémoc Cárdenas y Juan Ramón de la Fuente. Aparte de la estimación y el respeto que ambos se merecen, no parece fácil ahora su candidatura y menos su selección final.

Hay una enorme coincidencia en el sentido de que AMLO y Ebrard resultan hoy los candidatos naturales de la izquierda. No deseo demeritar las cualidades de ninguno de los dos "naturales", pero sí recordar que después del fraude del 2006, Andrés Manuel López Obrador se ha dedicado con paciencia,

perseverancia, entusiasmo e instinto político excepcionales, a recorrer el país para organizarlo y movilizarlo en favor de un proyecto político de izquierda, que es el único realmente formulado en blanco y negro hasta la fecha. Reconoce él mismo que debe cuidarse ahora estrictamente la vigilancia

en todas las casillas del país, por parte de la izquierda, lo que no ocurrió en 2006.

Marcelo Ebrard ha mostrado personalidad y capacidad en su gestión de gobierno al frente del Distrito Federal . Y eso cuenta para que figure entre los dos candidatos principales hacia la candidatura presidencial de la izquierda en el 2012. De ese lado del espectro político, hay plena confianza en que ambos candidatos honren su compromiso de ajustarse a la decisión que señalen las encuestas que, todo indica, se celebrarán en noviembre. ¡Para la izquierda es una señal de indudable confianza!

Pero me parece que hay una mayoría ciudadana que decidirá a la postre en favor de la candidatura de López Obrador, contando siempre en Marcelo Ebrard como una reserva valiosísima de la izquierda mexicana. En realidad, se comenta abundantemente que, persona por persona, resulta mucho más atractivo y valioso en México la zona izquierda del espectro político, superando por mucho al centro o a la abierta derecha.

Todavía habría que subrayar que Andrés Manuel López Obrador es el único de los candidatos que cuenta con unplan de gobierno sólidamente elaborado y publicado (Nuevo Proyecto de Nación, por el renacimiento de México), presentado en el Auditorio Nacional el 22 de marzo de 2011. Pero sería necesario que López Obrador se refiriera más frecuente y sistemáticamente a los distintos aspectos de ese programa, lo que llenaría sólidamente sutiempo de exposición pública.

Por lo demás, subsiste entremuchos la impresión de que AMLO es un elemento de izquierda honesto pero que polariza al país. En todo caso, los grandes medios de difusión (comenzando por la TV) se han encargado de magnificar esa impresión, lo cual es altamente injusto, si leemos su programa cuidadosamente. En todo caso, la vuelta de AMLO a algunas de las principales tesis del programa ayudará a disminuir esa impresión, además de que él mismo pueda subrayar que su posición no es la de polarizarsino la de ver y resolver los problemas del país, que son ocultados y disimulados por quienes ostentan el poder.

Esa “corrección” de AMLO hacia el centro, en el tormentoso y atormentado país que vivimos hoy, en términos prácticos sería seguramente favorable a su candidatura.

lunes, 23 de mayo de 2011

Unidad: prioridad de la izquierda


Víctor Flores Olea

Claro que el inicio de campaña de Alejandro Encinas en Ecatepec por la gubernatura del estado de México no se redujo al hecho trivial de una fotografía, sino que fue el testimonio de la voluntad coincidente de diversos personajes de la política de izquierda que decidieron mostrar” públicamente su intención y propósito de unidad. Por supuesto que las diferencias no se evaporan por arte de magia, pero hay muchas razones para que ahora los líderes más visibles de la izquierda exhiban una voluntad convergente que se sitúa en el polo opuesto de los “juegos” irresponsables que varios de ellos venían realizando, y que contribuyeron gravemente en los últimos años al desprestigio de la izquierda en México.

La intención de proclamar la posibilidad de la unidad, que deberá remacharse y confirmarse en el futuro próximo, fue el real significado de la coincidencia de Andrés Manuel López Obrador, Cuahutémoc Cárdenas, Marcelo Ebrard y hasta del actual dirigente del PRD, Jesús Zambrano, en el inicio de campaña de Alejandro Encinas, para sólo hablar ahora de los más visibles, sin olvidar que también estuvieron presentes Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y María Teresa Juárez viuda de Heberto Castillo y varios otros perredistas prominentes en el Congreso, e incluso el coordinador del Dia, Manuel Camacho Solís.

Pareciera que las aristas rasposas se pulen, incluso aquella que tanta preocupación despertó en las izquierdas (¿sigue produciéndola?) de la posible división o enfrentamiento en la candidatura presidencial de 2012 entre Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard. Tesis favorita, por supuesto, que ha propagado la derecha, como uno de sus objetivos estratégicos claves (divisionistas), y que sigue utilizando con la esperanza de que se cumpla. Pero no, los acuerdos de López Obrador y Ebrard para zanjar la cuestión de la candidatura de la izquierda en noviembre de este año parece que tiene toda la solidez y confiabilidad de la voluntad de ambos políticos, que cumplirán estrictamente con los pactos que establezcan. Hoy la gente de izquierda en México está segura de que ese conflicto potencial se resolverá civilizada y adecuadamente por el acuerdo entre los dos precandidatos. Por lo demás, la izquierda se felicita de tener dos precandidatos de ese nivel, que ni de lejos tienen los otros partidos.

Lo que salta a la vista es la absoluta exigencia de la unidad, si es que de verdad la izquierda quiere estar presente y hacer mella transformadora en el sistema vigente. Es decir, si aspira de verdad a triunfar en la elección presidencial de 2012. Y no sólo hablo de una “aspiración”, sino de la posibilidad objetiva y positiva de lograr la victoria, tan absolutamente necesaria en el país. Necesaria al punto de que sin ese triunfo México corre el gravísimo riesgo de despedazarse, más de lo que ya han realizado los lamentables últimos sexenios panistas y también cuando menos los últimos del PRI.

Hace seis años surgió la frase sucia de que Andrés Manuel López Obrador “era un peligro para México”. La situación es tal ahora que puede voltearse la frase y decirse que “si no gana López Obrador el peligro es para México”, como lo han demostrado ya dos sexenios del PAN y los postreros del PRI.

Pero ampliemos las perspectivas: la necesidad de la unidad triunfante de la izquierda no es únicamente la de los partidos políticos, sino la de las mayorías sociales que exigen cambios en favor del pueblo, cambios en la política y en la economía que no pueden seguir al exclusivo servicio de grupos restringidos; es claro que no se soporta más la insultante concentración de la riqueza y que en esta época, tal vez más que nunca, se expresa en movimientos sociales que, como vemos, no sólo tienen expresión en el norte de África y en Medio Oriente, sino también en el corazón de Europa: especialmente España, Italia, Francia y otros países.

Los reclamos universales que se extienden coincidirán en México con la próxima elección presidencial, y reforzarán en nuestro país las corrientes de la izquierda hasta convertirlas en algo así como en un huracán o tormenta imparables. Sí, las corrientes de la izquierda política y partidista, pero también y sobre todo las representadas por los movimientos sociales auténticos.

Es probable que Javier Sicilia o el subcomandante Marcos no aparezcan nunca en una fotografía como la de Ecatepec, pero sí hay altas probabilidades de que sus simpatizantes y activistas, que sus seguidores de muchas ideologías y convicciones, en las próximas elecciones presidenciales decidan dar su voto a la izquierda. Porque en algún momento y lugar debe iniciarse la tarea de la transformación profunda del orden establecido, y la amplia necesidad de construir una sociedad fundada en la inteligencia que se sustente en sólidos valores morales e incluso estéticos, alejados del mercado extremo, el afán de lucro y la avidez que distingue hoy, más que nunca, a la sociedad capitalista. Rehacer el tejido social, pero rehacerlo en una perspectiva que excluya los crímenes, la corrupción, las mentiras, los disfraces que distinguen al sistema económico y político actuales.

Para terminar, simplemente diré que en esta múltiple y abundante movilización social no puede faltar el compromiso tantas veces sellado y no cumplido de respetar y afirmar los derechos indígenas, al menos en la escala en que fueron precisados en los acuerdos de San Andrés. Tal es un punto fundamental que se olvida con demasiada frecuencia.

lunes, 9 de mayo de 2011

La sociedad contra las mafias


Víctor Flores Olea

El país vive la emoción que ha desencadenado la Marcha por la Paz con Justicia y Dignidad a que convocó el poeta Javier Sicilia. Es verdad: México entero coincide en que no es posible soportar más la atmósfera de crimen, corrupción, incapacidad e irresponsabilidad oficial que vivimos, maniatados y como esperando siempre a que se combinen las malas fortunas para hacernos pagar lo impensable.

Pero resulta casi cómico, si no fuera trágico, que a este sentimiento masivamente expresado, a esta demanda multitudinaria que rebota de pantalla en pantalla y de altavoz en altavoz, sólo se responde con sordera y necio empecinamiento, que llevan al Presidente y a sus subordinados a repetir incansablemente que no se corregirá la ruta (“no hay más ruta que la nuestra”). Mostrándose otra vez que en nuestra historia reciente resulta habitual que los “dirigentes” no vean ni escuchen las exigencias de la sociedad, y confirmándose que el pueblo tiene la mirada, el corazón y la capacidad de análisis más abiertos y certeros, más inteligentes, que los titulares de los poderes de la Unión, en sus distintos ramos y niveles. Demostrándose una vez más que la sociedad está muy por arriba del Estado.

Con plena razón sostuvieron hace unos días Diego Valadés y Jorge Carpizo que Felipe Calderón debe reconocer “seria y prudentemente” que no funcionó su estrategia de combate al crimen organizado. Esto no significa, como lo han interpretado neciamente Calderón y sus ayudantes, que sus críticos simplemente exijan el regreso del Ejército a sus cuarteles.

No, lo que se dice es que el combate ha de ser múltiple y multidimensional: la contención policiaca y militar, pero el combate con la misma fuerza y decisión al lavado de dinero y a las finanzas de los grupos criminales, contar con información suficiente y actuar eficazmente para acorralarlos, atacar con inteligencia sus ligas internacionales y, desde luego, emprender una gran “revolución cultural” que se proponga alejar de la drogadicción a la niñez y a la juventud. Y que se proponga dinamizar todos los aspectos de la recuperación anímica y física de quienes han caído en el pozo. Sin hablar de planes consistentes y amplios para crear empleos y escuelas para cambiar la vida de los jóvenes, de esos famosos ninis que son carne de cañón y que se sienten abandonados no sólo de la mano de Dios, sino de la mano de un gobierno y un Estado de verdad responsables.

Pero todo esto, que se ha dicho hasta la saciedad, no ha penetrado un ápice en su mentalidad, empezando por Felipe Calderón, lo que significa el abandono y la desatención de los reales problemas del narcotráfico, y el necio empeño de seguir tratando sólo de manera unilateral y simplista un grave problema que es de suyo complejo y multidimensional.

Tal es el corazón de la crítica al gobierno. El reclamo no se reduce a pedir el regreso del Ejército a los cuarteles, sino la exigencia al gobierno de que trate la cuestión en sus variadas dimensiones, que parecen olvidadas y reducidas sólo a su aspecto militar. Es este reduccionismo sordo a otras opiniones lo que hace tan vulnerable la posición del gobierno de Calderón en su combate al “crimen organizado”.

Como muestra, otro reciente botón: la peregrina idea de la Secretaría de Gobernación de que los jóvenes debieran enrolarse en una llamada Policía Estatal Acreditable, convirtiendo en estúpida caricatura un problema de gran seriedad.

Otro silencio que se escucha estruendosamente es el de los pretendientes a 2012, mutismo sobre la cuestión más urgente que vive la sociedad mexicana (salvo la alusión de AMLO en la presentación de su Nuevo Proyecto de Nación, en que afirmó que el Ejército debía regresar a sus cuarteles, sin prisa y con gran cautela). Todo indica que sobre éste y otros temas fundamentales la “discreción” y la “secrecía” siguen siendo el “estilo” de nuestra política, es decir, la sustracción de los temas fundamentales a la discusión pública.

Es entonces lamentable que entre los “recursos” humanos de Felipe Calderón no haya quien pueda centrarse en un enfoque multidimensional del problema, prefiriendo el silencio a causar un disgusto al jefe o a los jefes. Pero en el fondo se cae pronto en la cuenta de que hay aspectos de ese combate, sobre todo contra las finanzas de los mafiosos, de la droga o de cuello blanco (banqueros, financieros, políticos, etcétera), que evitan los “oficiales” de todo rango y que para nosotros resulta confirmatorio de que la corrupción es generalizada y alcanza también a los sectores de “altos vuelos”, incluidos los financieros, que en esta maraña delictiva se llevan la tajada del león.

Se ha dicho ya que esta “guerra contra el narcotráfico” es sobre todo un negocio, negocio de las drogas y del tráfico de armas, lo cual multiplica los intereses de los involucrados y su oposición a que finalicen ambos delitos. Ésta es una de las raíces de la cuestión, y uno de los muros de piedra a que se enfrentan Javier Sicilia y sus seguidores.

Es decir, nos enfrentamos no sólo a la cerrazón de quienes tienen en sus manos esta guerra, sino a los intereses multimillonarios que los hacen tan poderosos. Pero por tales razones un saludo también redoblado a la aventura de Javier Sicilia y de quienes con él se han solidarizado.

lunes, 25 de abril de 2011

Los movimientos sociales y 2012


Víctor Flores Olea

La reforma en México de la Ley de Seguridad Nacional, a fin de utilizar a las fuerzas armadas en actos de represión contra los movimientos sociales, cuando se consideren una amenaza a la seguridad interior, que entraña la suspensión de las garantías individuales, tiene todas las características de un mandato fascista y autoritario, ya que se otorga al Ejecutivo la decisión de cuándo y cómo utilizar al Ejército, sin ninguna de las condiciones de autorización que ahora dispone la Constitución General de la República por parte del Poder Legislativo (al menos los artículos 29 y 73).

Por supuesto que tales normas son ya en gran medida letra muerta, ya que la “guerra contra el crimen organizado”, con la salida masiva del Ejército a las calles de gran parte de la República, se efectúa sin cumplirse ninguno de los requisitos constitucionales. Pero, según ha sido señalado, la reforma propuesta dejaría en las libres manos del Ejecutivo actuar a discreción y “juzgar” si un determinado movimiento social constituye una amenaza a la seguridad interior del país. Estamos regresando al tiempo del “delito de disolución social”, que no sólo propició en los años sesenta y antes innumerables crímenes y arbitrariedades de corte fascista, sino que condujo a la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

Con esta iniciativa de reformas a la Ley de Seguridad Nacional, el Ejecutivo se prepara y vela ya sus armas para lo que pudiera ofrecerse en 2012. Porque la reforma no sólo se refiere a la actual “guerra contra el narcotráfico”, sino que se dicta en previsión de lo que pueda acontecer políticamente el año que viene, considerando sobre todo el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), de Andrés Manuel López Obrador, que podría ser no sólo una “amenaza” a la seguridad interior del país, sino un peligro cierto para los resultados electorales presidenciales próximos, en que perdería tal vez su poder político y económico el estamento de los intereses que dominan el cuerpo de la nación.

Hace cinco años se aplicó el “desafuero” a AMLO, pero ahora llega esta nueva legislación de seguridad nacional reformada para abrir a voluntad el camino de la represión a los movimientos sociales, que son esencialmente políticos, y que también darán lugar a innumerables violaciones de los derechos humanos. Vivimos en una mayúscula incertidumbre de seguridad cívica y política.

Estamos en un tiempo en que en muchas partes se precipitan los movimientos sociales que exigen libertad, democracia, fin de las dictaduras, nuevas perspectivas económicas. Tenemos el ejemplo más reciente en los países del norte de África: Túnez, Egipto, Libia, y en un buen número de los de Medio Oriente. Revueltas al borde de la revolución, cuyas características vale la pena precisar, ya que se trata de verdaderas “experiencias universales” que no pueden pasar desapercibidas.

Diría que dos son las identidades fundamentales de esos movimientos (del que no escaparía el de López Obrador): uno, que sobre todo hayan sido promovidos por jóvenes (las últimas generaciones han estado en su vanguardia), y el hecho de que, al parecer, ninguno de ellos haya sido dirigido por un partido político específico, y menos por alguna especie de comité central con una cabeza pública y notoria.

Subrayemos este aspecto: desde hace algún tiempo, en todas partes del mundo, las más importantes transformaciones han derivado de movimientos sociales “relativamente” espontáneos y no de la “ingeniería revolucionaria” puesta a punto por los partidos políticos, desde luego no por los partidos de izquierda en general y menos por los partidos comunistas. Eso sí, en innumerables ocasiones éstos se han sumado a los movimientos sociales, tal vez marcándoles de un contenido más radical, y probablemente participando en momentos avanzados de los mismos y contribuyendo a su orientación y organización “definitivas”. Creo que pudieran mencionarse algunos ejemplos latinoamericanos (Bolivia, Ecuador, Venezuela) y de otras regiones.

Tales características han proporcionado a los movimientos sociales fuerza y debilidad: fuerza porque es imposible detenerlos o desbaratarlos eliminando sus cabezas u organizaciones de vanguardia, que no tienen: sus “consignas” movilizadoras han aparecido en el movimiento mismo y en su desarrollo se refuerzan y cobran nuevo sentido, no se debilitan. Pero ese “espontaneísmo” resulta también a la postre su “debilidad”, puesto que no hay una “forma organizada” prevista de antemano, sino que el movimiento y sus objetivos resultan siempre “cambiantes” y tal vez demasiado plásticos. Es la dinámica del movimiento la que precisa objetivos, finales y provisionales al mismo tiempo. A diferencia de lo anterior, el movimiento de López Obrador ha formulado ya un Proyecto Alternativo de Nación que constituye su programa y su “plan maestro” esencial.

Otro elemento que los aproxima es el hecho de que la revolución tecnológica actual, con sus intensos canales de comunicación, tiende a extender y a intensificar los lazos y el impulso entre quienes buscan objetivos semejantes. No hay duda de que tales medios intensifican la presencia de los movimientos, propiciando su dinamismo y ampliando su dimensión.

Me interesa subrayar que en este tiempo los movimientos sociales son la “clave” de las transformaciones, sin decir que han desaparecido otras formas organizativas como los partidos, pero teniendo éstos hoy una función política, digamos, subalterna. En el caso de México la actualidad de un movimiento social como Morena pudiera ser decisiva en 2012. Y al traer consigo los peligros represivos que señalamos antes, convertirse en algo así como la chispa que incendiaría la pradera.

lunes, 28 de marzo de 2011

AMLO y su lanzamiento

Víctor Flores Olea Una mujer del norte dijo al terminar el discurso de Andrés Manuel López Obrador el pasado domingo 20 de marzo en el Auditorio Nacional: Ahora sí tenemos programa, táctica y estrategia, y líder para llegar a la Presidencia en 2012”. Esta mujer mostró más perspicacia política que un buen número de los escritos que se han publicado en la prensa y aparecido en los medios electrónicos, claro que en ella estaba ausente el veneno de los intereses con que se formulan otras opiniones. Sabiendo además escuchar y leer, en lo que tampoco se han mostrado muy duchos buena cantidad de “comunicólogos”. El hecho es que el más importante acontecimiento político de los tiempos recientes se dio precisamente en el Auditorio Nacional ese domingo 20 de marzo. Afirmación de liderazgo político, desde luego, pero además sostenido por un programa de acciones de gobierno que ni remotamente han pergeñado los otros candidatos que también se apuntan al relevo presidencial. En el caso de Andrés Manuel López Obrador hay presencia y sustancia, si se quiere aún más lograda y redonda que en 2006. Muchos dirán más equilibrada y pertinente, una idea de proyecto de nación más sólida y contundente. Tal programático nuevo proyecto de nación ha sido elaborado por distinguidos pensadores y especialistas (excluido el que esto escribe), pero sobre todo ha sido tomado con gran sensibilidad y talento por AMLO, según podrán comprobar quienes lean su discurso de la ocasión, del que ha sustraído “50 acciones indispensables para la regeneración nacional”. Porque de eso se trata: no sólo de proponer una plataforma político electoral, sino un conjunto de normas y valores que se refieren a la ética política y a la moral social y personal, un programa que no únicamente tiene como base y objetivo el triunfo electoral que por necesidad es cuantitativo, sino una reconstrucción del país que se refiere a lo cualitativo y que considera como piedra angular de esa refundación los valores y cultura del México profundo, de las comunidades indígenas, rurales y urbanas, y de todos aquellos nacionales que luchan en distintas trincheras para rehacer el tejido social del país tan desgarrado y degradado en los tiempos recientes. Ante este “nuevo modo de hacer política”, que se exponía en el Auditorio Nacional, las peripecias lamentables que ocurrían a no demasiadas cuadras de distancia, en el Congreso del PRD, “autorreducían” a su mínima expresión el significado de ese partido, “autoenanizando” su presencia. No es que careciera de importancia el destino del PRD, pero en manos de los Chuchos su significado disminuye, se hace irrelevante como medio de “regeneración nacional”, que en el fondo es lo que está en juego, lo que verdaderamente importa para 2012. Para su discurso, Andrés Manuel López Obrador decidió sintetizar en 50 compromisos el amplio programa contenido en el nuevo proyecto de nación. Claro que hay temas que él había mencionado en 2006, lo cual es natural porque tales objetivos no se han cumplido y siguen siendo vigentes, más aún, buen número de ellos se han pervertido y resulta más urgente que nunca reivindicarlos, realizarlos. Recordemos algunos: la lucha electoral por la Presidencia tendría como objeto último alcanzar una democracia en que efectivamente el gobierno sea del pueblo y para el pueblo. Es decir, luchar contra una de las distorsiones mayores de la actual vida pública: los representantes políticos lo son mucho más de los negocios y los intereses económicos que de las necesidades sociales. El estricto respeto a la Constitución es no sólo un principio necesario de legalidad (y de no corrupción), que deben cumplir estrictamente todos los poderes de la Unión, subrayando la especial responsabilidad del Poder Judicial. El presidente de la República estaría sometido a la revocación del mandato, a los tres años de su ejercicio, además de que el gobierno se definiría por aceptar los múltiples diálogos que le propondrían los ciudadanos, y en favor de la tolerancia, la pluralidad, diversidad y transparencia del nuevo México. El Ejército y la Marina gradualmente se retirarían de la guerra contra el narco, y no se les utilizará nunca para resolver conflictos sociales y menos para reprimir al pueblo. En materia internacional, recuperaríamos el prestigio que hemos tenido en América Latina y ante la comunidad internacional. Con Estados Unidos prevalecerá el respeto a las soberanías y se revisará el TLCAN para corregir desequilibrios, al mismo tiempo que se protegerán invariablemente los derechos humanos y laborales de los migrantes. Los medios de comunicación se democratizarán y se romperán los monopolios tanto de la telefonía como de la televisión. Se defenderán los derechos de los trabajadores y se impulsará la democracia sindical, terminando con los cacicazgos vigentes. En lo hacendario se cumplirá con el mandato constitucional de un cobro progresivo, es decir, quien gana más paga más. En la economía se privilegiará la producción sobre la especulación. Se terminarán los privilegios de la alta burocracia. Se construirán cinco refinerías, en vez de importar gasolina. Se impulsarán las pequeñas y medianas empresas y se terminarán los monopolios. Este programa se compromete también a conservar el patrimonio histórico, artístico y cultural de la nación, y, por supuesto, a preservar la diversidad y riqueza del patrimonio natural. Inclusive una lectura rápida del programa nos convence que la realización de estos compromisos daría nacimiento a una República nueva y renovada, regenerada, como dice Andrés Manuel López Obrador. ¿Quién ha sido entonces el verdadero peligro para México?

lunes, 28 de febrero de 2011

La guerra, el negocio que nos destruye


Víctor Flores Olea
El más agudo, por verdadero y revelador, de los análisis publicados sobre el estado de guerra que prevalece en México es el del subcomandante Marcos en La Jornada (16/2/11), redactado bajo la forma de un respetuoso reconocimiento a los valores intelectuales y morales de Luis Villoro, que confirma también la fuerza intelectual y moral del subcomandante insurgente. Honor a quien honor merece, que en este caso es por partida doble.

El eje de la reflexión de Marcos: la guerra, como siempre, es en primer lugar un asunto de negocios. Nos trae a la memoria, entre otros, Los negocios del señor Julio César, obra teatral de Bertolt Brecht. Con sus siniestros y a veces ridículos derivados: por ejemplo, las mentiras y disimulos inevitables, la abismal ilegitimidad, si todavía hiciera falta, en que se ha hundido Felipe Calderón. Negocios con la sangre de muchos mexicanos, de los cuales la inmensa mayoría de los 35 mil fallecidos no tienen que ver ni directa ni indirectamente con el “crimen organizado”. ¿Por qué entonces esas decenas de miles de “daños colaterales”?

Como bien dice Marcos, “desde que fue concebida, esa guerra no tiene final y también está perdida. No habrá un vencedor mexicano en estas tierras (a diferencia del gobierno, el poder extranjero sí tiene un plan para reconstruir-reordenar el territorio), y el derrotado será el último rincón del agónico Estado Nacional en México: las relaciones sociales que, otorgando identidad común, son la base de una nación”. Orginándose entonces, también en voz del subcomandante, el más perverso y destructivo escenario: “Aun antes del supuesto final, el tejido social estará roto por completo”.

Desarticulación profunda del tejido social de la nación mexicana, que es nuestro más poderoso patrimonio espiritual y cultural, empujándonos hacia una comunidad sin arraigo y sin solidaridad, conjunto de seres vivientes sin relaciones reales, sino apenas las efímeras del interés (el dinero) y de la violencia, (el enfrentamiento armado, la competencia por parcelas de un poder efímero). Pero que ha traído en prácticamente todos los niveles sociales una corrupción intolerable que es también la causa y el fin de la desarticulación social que vivimos.

Riqueza para el aparato militar (en un análisis estricto, con la información que le fue posible conseguir a Marcos), el aumento en flecha de los gastos en las diversas ramas del Ejército y de la seguridad del país (secretarías de Estado y procuradurías), eso sí, con diferencias abismales en los ingresos de los altos jefes y mendrugos sobrantes para las infanterías. Y riqueza también para quienes se sienten obligados a “reponer” la destrucción de las armas, su obsolescencia, y a actualizar su tecnología.

Grupos reducidos de beneficiados. Pero digámoslo en una palabra: los señores del negocio de la guerra (de la nuestra y de otras que se libran en distintas partes del mundo) son, como ya se sabe, las grandes corporaciones del complejo industrial-militar de Estados Unidos, y sus miles de canales de distribución en todas partes del mundo, entre ellos y también entre nosotros.

Resulta por eso patético que de dientes afuera los funcionarios de alto nivel en México, empezando por Felipe Calderón, “exijan” entre lloriqueos que se dejen de vender armas, incluso de alto calibre, a lo largo y ancho de la frontera con México. Nutriendo al mismo tiempo esos “señores de la guerra” a tirios y troyanos: al Ejército Mexicano y a los cárteles de la droga. Pertrechos de todo tipo: propias del Ejército, a unos y otros, y eso sin la más remota posibilidad de que el “negocio” se interrumpa y suspenda.

¿O por una petición del país del sur, que también tiene involucradas en el negocio a sus más altas esferas de gobierno y poder, recibiendo igualmente desorbitadas ganancias, se interrumpirá esa fuente de riqueza multibillonaria? Porque ahora todo indica, aun cuando la historia sea ya vieja, que el tráfico y la venta de armas sin control es un negocio tan redituable o más que el de las drogas mismas. ¿Unos gánsteres contra otros? Al menos mafias y cárteles que se complementan en su avidez incontenible de ganancia, y que por ningún motivo están dispuestos a suspender la catarata de riqueza que les llega.

Solamente que en el caso mexicano ha surgido ya el intervencionismo (que para muchos estaría al borde la invasión), como han sugerido funcionarios estadunidenses en declaraciones varias. Una de las últimas, del subsecretario de Defensa, Joseph Westphal, no podía ser más reveladora: “tales organizaciones criminales son ‘una forma de insurgencia’ que puede intentar tomar el gobierno de México, justo en nuestra frontera, por lo que Washington debe estar preparado para actuar en caso de que eso ocurra”. A pesar de que el militar se retractó al día siguiente, es más que evidente su coincidencia con otras declaraciones semejantes de altos funcionarios de ese país. Tal es al menos una de las visiones estadunidenses sobre México hoy. La cuestión se advirtió repetidamente al suscribirse la Iniciativa Mérida, tan parecida en sus causas y efectos al Plan Colombia.

Pero, como dicen el subcomandante Marcos y Luis Villoro, el principal valor de México, el de su comunidad y continuidad cultural, está perdiéndose a pasos agigantados: la ruptura incontenible de nuestro tejido social. Los negocios (las armas y las drogas) se han puesto por encima de la nación.

lunes, 3 de enero de 2011

México 2011


Víctor Flores Olea

Inevitable, en este primer amanecer del nuevo año figurar las tendencias dominantes, ganarle un poco de tiempo al tiempo y anticipar sus trazos principales. En 2011, ¿qué novedades, cambios o inercias prevalecerán? ¿Qué de nuevo o viejo nos espera? Todo indica que el año entero estará dominado, está ya dominado desde hace meses por la lucha electoral, y que este tema opacará a todos los otros enviando a segunda o tercera fila al resto de los problemas nacionales, lo cual es una lástima porque los hay de mayúscula importancia para el futuro del país.

En lo económico no se presentarán rupturas abismales, pero continuará la crisis que se inició en 2008 y sus inercias depresivas sin modificación espectacular, salvo en los discursos de nuestras autoridades para los cuales no hubo nada grave y estamos en proceso de brincar el bache y adentrarnos en un mundo mejor. ¡Típico discurso del jilguero aislado de la realidad! ¡Gasto irresponsable de tiempo y recursos que nos acercarán a una crisis mayor, y que ahondará el abismo entre pobres y ricos!

En el terreno de la “guerra contra el narcotráfico”, la historia anterior, ya no tan breve, nos permite esperar prolongaciones con evidencias cada vez mayores de que por tal camino resulta imposible vencer en esa guerra (necesidad de recursos prácticamente ilimitados, ausencia en México de inteligencia eficaz para el combate, contribución estadunidense: un caso bastante sui generis en que un solo bando proporciona las armas a ambos lados de la trinchera (a los narcos y al Ejército Mexicano, con pingües ganancias); corrupción galopante de ambos lados y también, obviamente, de funcionarios estadunidenses a muchos niveles, además un sistema financiero hecho a la medida del lavado de dinero en todos los rincones del mundo).

Por lo que hace al resto de las urgencias mexicanas todo indica que veremos todavía una patética desatención oficial, concentrados los esfuerzos y los dineros en la cuestión electoral. Cuestión electoral que se caracteriza, primero, por la percepción nacional de que los 10-12 años del panismo resultaron un fracaso rotundo y que el elemento más sólido del consenso nacional es la necesidad de deshacernos del gobierno panista y el deseo de que se asfixie entre sus entretelas conservadoras que no le permitan resurgir jamás. Vicente Fox echó muy pronto por la borda un real patrimonio político y salió de su sexenio entre los cojinazos y silbidos del respetable.

Felipe Calderón, producto de un fraude electoral que se ha ilustrado muchas veces, no logró jamás la legitimidad a que debió aspirar. Sus obsesiones e ideas fijas, y su cortedad para gobernar un país complejo, originan que abandoné el escenario entre la indiferencia del público y una hostilidad mayor precisamente porque sus triste retórica no alcanzó a traducirse en actos mínimos de beneficio social. (Salvo, como lo hemos dicho en otra ocasión, que su “plan secreto” implique un acuerdo para que Estados Unidos, su injerencia militar directa o indirecta, lo sostenga, a él o a su partido, en la cúspide de la pirámide política mexicana.)

Ante la incapacidad del PAN para gobernar, ahora proverbial, se ha construido una nueva mitología en que el PRI, sobre todo su principal candidato adelantado, Enrique Peña Nieto, sería el seguro candidato presidencial del PRI y muy probablemente el próximo Presidente del país. Así parecen estar las cosas, aunque para que ocurra todavía deberán ajustarse varios bemoles, desde luego en el interior del propio PRI.

Uno primero, que me parece fundamental, es el del destino de Manlio Fabio Beltrones, quien en un tiempo se mencionó insistentemente como el competidor más importante de Peña Nieto y que ahora “parece” ha dejado de jugar. La sorpresa mayúscula es la de que, a la hora de la verdad, este adversario formidable se le plante enfrente al mexiquense reclamando con análogos títulos su derecho a jugar la candidatura presidencial del PRI. ¿Será esto posible? ¿Y qué efectos tendría? Desde luego, dependiendo de factores imposibles de adelantar, el debilitamiento de Peña Nieto, ya que Manlio Fabio tendría su base en sectores priístas del norte del país, el más castigado en los años recientes, y sobre los cuales Peña Nieto ni por asomo tiene la influencia de Manlio Fabio. De suerte, para concluir, es que no está cerrada y segura la candidatura del PRI para 2012.

En cuanto al PRD, tengo la convicción de que Marcelo Ebrard verá con claridad que ni de lejos tiene un soporte popular nacional equivalente al de Andrés Manuel López Obrador, y que por esa razón no valdría la pena su propio lanzamiento, en contradicción con el de Andrés Manuel, porque tal gesto los llevaría a ambos a un fracaso muy probable. Andrés Manuel después de su eliminación por la mala en 2006, hizo seguramente lo mejor que podía hacer: organizar al país y movilizarlo para que se sacuda un sistema que ha sido tremendamente opresivo para la nación desde hace décadas.

La oportunidad de Ebrard, más joven, podrá venir después.

Tal es la apuesta de López Obrador y así ha conformado su destino: el del liderazgo popular y el de cabeza muy posible de una movilización sin paralelo en México en muchos años. Con una salvedad que yo le aconsejaría: en su momento disminuir el tono de confrontación, es decir, aproximarse más a Lula que a Hugo Chávez, por supuesto sin abandonar su línea de principios y convicciones.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

López Obrador es la opción, dice Flores Olea




Matilde Pérez U.

Periódico La Jornada

Miércoles 1º de septiembre de 2010, p. 14

El país necesita un cambio político no violento a través del camino electoral, Andrés Manuel López Obrador representa esa opción, aseveró Víctor Flores Olea en la charla El movimiento lopezobradorista y su proyecto de país, organizado por Casa Lamm y La Jornada.

Aseguró que el ex candidato presidencial tiene una propuesta social que trasciende las alianzas oportunistas, como las impulsadas por la actual dirigencia del Partido de la Revolución Democrática (PRD) con Acción Nacional (PAN), las cuales sólo buscan “canonjías y privilegios y que se han entregado al servicio de las oligarquías”.

Hizo un llamado a la sociedad para que, mediante un proceso electoral transparente, evite que esas oligarquías sigan determinando el destino del país. “La voluntad de la comunidad es la que debe contar y no la de unos cuantos.”

Advirtió que dicho proceso se dificulta por el manejo monopólico de los medios de información, principalmente los electrónicos, que favorecen a un grupo minoritario.

También convocó a la población a contribuir a la reconstrucción de los valores comunitarios de “esta república rota. El movimiento de López Obrador no es común y corriente, se trata de una auténtica movilización social”.

Antes, el antropólogo Héctor Díaz Polanco presentó un apretado resumen del proyecto de nación de López Obrador. Desmintió a quienes dicen que es un hombre obstinado y que no está dispuesto al diálogo. “Es un político con talento, tolerancia y capacidad para intercambiar opiniones, que tiene un proyecto de nación que ha puesto a consideración de la sociedad para que perfeccione dicho instrumento.”

De su lado, Jesús Ramírez Cuevas hizo énfasis en la necesidad de organizarse y sostener ese proceso social para lograr los cambios requeridos por el país. Sin la organización popular no serán posibles los cambios ni la construcción de un proyecto alternativo de país.

lunes, 16 de agosto de 2010

AMLO se internacionaliza


Víctor Flores Olea

T
iene plena razón Marcelo Ebrard: ha quedado plenamente probado el complot” contra López Obrador en 2006.

En su segundo artículo, “El gigante de las siete leguas”, Fidel Castro habla del incidente de Carlos Ahumada que llega a Cuba para eludir una orden de aprehensión en México, destino sugerido por Carlos Salinas y sus empleados y, sobre todo, la contundente revelación de que los famosos videos filmados en las oficinas de Ahumada, donde René Bejarano y otros funcionarios reciben puñados de dólares que se embolsan, y que fue una de las más duras maniobras en contra de López Obrador previa al intento de desafuero, fue urdida de manera directa por Carlos Salinas, Diego Fernández de Cevallos, Santiago Creel y Rafael Macedo de la Concha.
La respuesta de nuestro gobierno a esta denuncia de graves ilícitos resulta uno de los momentos más bajos de la política exterior mexicana: en vez de comprometerse a investigar una denuncia plausible, no sólo por la palabra del ex presidente Fidel Castro, sino por las circunstancias que la precedieron, se da una respuesta casi soez. Obviamente este aspecto del par de artículos de Fidel sobre López Obrador surge de las revelaciones que hizo Carlos Ahumada cuando fue detenido en Cuba para su extradición.
En vez de una mínima disposición a salvar la cara como un país respetuoso de las leyes, la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) se limita a decir que el comandante “pretende descalificar a las instituciones mexicanas y se hace eco de afirmaciones sin sustento del país y su desarrollo”. Estamos ante un caso tan grave y tan grotesco como el de “comes y te vas”, en que el gato juega con el ratón, en este caso un pobre ratoncillo de caricatura en el último de sus refugios.
Fidel Castro no “pretende” nada, simplemente expone “hechos” que, al menos, debieran traducirse en una mínima intención de investigar. Pero ¡no!, lo último que tiene presente este gobierno de ratoncillos es el cumplimiento de la ley, ni siquiera la remota voluntad de hacerlo.
Respuesta de la SRE tanto más insolente que, acto seguido a su “rechazo”, se permite propinar a Cuba una “leccioncilla” electoral y sobre derechos humanos para terminar con una zalamera felicitación al comandante por sus 84 años. ¡Para que se le caiga la cara de vergüenza a cualquiera! Todavía me pregunto: ¿esta “respuesta” indigna fue pergeñada en la SRE o en Los Pinos?
Pero volvamos al hecho de que el comandante haya dedicado dos largos artículo al libro de Andrés Manuel López Obrador La mafia que se adueñó de México… y el 2012. Las voces ya se desgañitan y seguirán adelante: “el beso del diablo”, “… no me ayudes compadre”, etcétera. En vez de meditar las líneas de Fidel “se confirma que AMLO es un peligro para México…”, y al infinito.
Por mi parte, quedo impresionado por la mesura de Fidel Castro al tratar un asunto tan escandaloso de la realidad mexicana (el gran saqueo que ha sufrido el país por las mafias nacional e internacional asociadas). Hasta para Fidel Castro resulta una relativa sorpresa el análisis de López Obrador cuando dice “la forma en que Estados Unidos devora a dentelladas un país hermano de este hemisferio, al que ya una vez arrebató más de 50 por ciento de su territorio, las mayores minas de oro con altísima ley, y la riqueza petrolera explotada intensamente durante más de un siglo, de la que se extraen todavía casi 3 millones de barriles diarios…”
El libro “es una valiente e irrebatible denuncia contra la mafia que se apoderó de México”, y concluye: “López Obrador será la persona de más autoridad moral y política de México cuando el sistema se derrumbe (…) Su contribución a la lucha por evitar que el presidente Obama desate esa guerra será de gran valor”.
Pero Fidel no cierra su análisis sin señalar tres vacíos en el libro de marras: el silencio sobre el letal mercado de drogas que causa tantas muertes en México y Estados Unidos; la importancia central del destrozo ecológico, que pone en riesgo al planeta Tierra, y el silencio respecto del nuevo peligro nuclear por las tensiones entre Irán e Israel, propiciadas por Estados Unidos.
El hecho es que el nuevo libro de Andrés Manuel López Obrador ha levantado ámpula no sólo en el país, sino ante la mirada de un líder como Fidel Castro. Es verdad, AMLO deberá esperar todavía una catarata de insultos por el hecho de que el líder cubano lo reconozca a ese grado, pero también ese reconocimiento hará meditar a muchos sobre su capacidad de resistencia y dotes de liderazgo.
Esto es indispensable para asegurarnos de que en 2012 fracasen las trapacerías que ya han comenzado. Si los mexicanos se vuelcan a las urnas exigiendo el cambio, las trampas de la mafia serán más difíciles y México logrará un impresionante cambio democrático. Eso sí, no dejar sin vigilancia ninguna casilla electoral, que fue una de las debilidades mayores en 2006.
Estamos ante una oportunidad única de que México demuestre que a pesar de las “prohibiciones” del imperio y de la oligarquía, la voluntad mayoritaria del país puede y debe imponerse. Tal es el corolario más importante que se desprende de este comentario tan oportuno y contundente de Fidel Castro.

lunes, 29 de marzo de 2010

El país en vilo (nuestras guerras hoy)


Víctor Flores Olea
En programa de Tv-CNN, dirigido por Carmen Aristegui, se enriqueció nuestra perspectiva de la descomposición en zonas enteras del país, precisando que las guerras hoy empeñadas en México son tres y no una, como se ha dicho falsamente: no sólo la guerra” en contra del “crimen organizado”, sino la guerra entre esferas del poder (entre policías y policías, eventualmente entre policías y ejército), y todavía otro tipo de guerra: la que efectúan los 900 grupos y más de pandilleros, de éste y del otro lado de la frontera, con el fin de aterrorizar, chantajear, imponer su poder sobre el civil, etcétera, y por supuesto cruzadas estas legiones de mercenarios con el dinero de los capos de las mafias. Todavía habría que añadir las batallas cruentas entre las mafias que luchan por el control de los territorios.
No sólo guerra entre la autoridad y los bandidos ni entre policias y bandidos, sino en el interior de las policías y de los bandidos, todo con un fin: ablandar, amedrentar, doblegar a las autoridades y poderes establecidos, pero también a la ciudadanía, a la sociedad civil. Imponer otro orden fundado en la fuerza y la violencia (del dinero y las armas). El método más socorrido: la corrupción y la impunidad, matriz del desastre que vivimos en México.
El hecho es que la mayoría del país rechaza ya la presencia del ejército en las calles: más allá de las normas jurídicas y constitucionales, y por encima de la decisión presidencial, y tal cosa porque el ejército en las calles no sólo infunde un grave y explicable temor, sino porque de sus acciones se desprenden no sólo daños “colaterales”, sino frecuentes violaciones a los derechos humanos, porque su conducta crea ya daños irrecuperables, como la muerte de dos estudiantes del Tec de Monterrey. Por supuesto, el silencio y las palabras balbuceantes de autoridades locales y federales alimentan esa convicción y ese descrédito. El ocultamiento y el disimulo son parte esencial de nuestras culpas.
Muchos mexicanos reviven en estos días los tiempos del 68, o de la guerra sucia (1970-1982), o de los muchos asesinatos de perredistas después de 1988, o de los arteros ataques, también por la anexa vía de los paramilitares, a las zonas zapatistas en Chiapas, de donde resultaron la masacre de Acteal y otros lugares, o la matanza de Aguas Blancas y ahora el ya famoso asesinato de estudiantes en una fiesta en Ciudad Juárez, o de cerca de una decena de “parroquianos” en un bar de Torreón, o la recientísima de tres ciudadanos estadunidenses en las calles de Ciudad Juárez. Y ahora la de estos dos estudiantes del Tec de Monterrey. Estos crímenes no pueden ser atribuidos en su totalidad a elementos del Ejército Mexicano, pero ¿ninguno de ellos? ¿Y dónde están las explicaciones relativas a estos crímenes? La cuestión es que la ausencia de esclarecimiento y “transparencia” deja abierta la especulación y las presunciones, aun cuando parezcan descabelladas.
No tan descabelladas si recordamos que las presunciones excesivas de un momento se convirtieron después en hechos consumados y documentados. ¿Quién podía creer en su momento que la gran provocación que llevó al asesinato masivo de estudiantes en 1968 estuviera fraguada por el Estado Mayor Presidencial (de Gustavo Díaz Ordaz), según lo han demostrado Julio Scherer y Carlos Monsiváis (Parte de guerra, 2008), y más recientemente, en su ultimo libro, Carlos Montemayor (La violencia de Estado, 2009)?
Y es que en ninguna línea de mando es suficiente la instrucción, que como toda voz humana es infra o hiperinterpretada, y abandonada a la operación espontánea de un cuerpo en que la fuerza, la violencia y hasta la irresponsabilidad constituyen su ser más íntimo.
Por eso se exige cada vez con mayor vigor que el ejército regrese a sus cuarteles, porque es causa acrecentada de la violencia que se traga al país, y no su moderador. Es ya el momento de que Felipe Calderón recapacite y corrija, y considere la complejidad de nuestras guerras, que no se limitan al ojo por ojo, sino que en ellas está implicada la conducta entera y la cultura del país: el futuro de la sociedad mexicana en su totalidad.
Se habla de descomposición y crisis porque el afán de lucro y poder ha barrido con cualquier referencia a valores o a princpios éticos (y de mínimo respeto a los derechos humanos, de uno y otro lados). Y esto, en la dimensión que lo vivimos, resulta una catástrofe de consecuencias colosales. Por supuesto, sin flagelar a una sola de las partes porque el consumo, el negocio de las armas, los crímenes incontables se dan también alegremente en Estados Unidos, con raíz en las mismas cuestiones: corrupción, soborno, violación de la ley. Pero ellos, ahora, son más discretos y pragmáticos (relativamente) para el éxito de sus negocios.
La cuestión en México es aprender de la historia y de las historias pasadas, aquí y en otras partes del mundo. Muchos han puesto de relieve incontables debilidades de la personalidad de Felipe Calderón. Subrayemos todavía una: no saber escuchar, que lo sitúa entre los hombres necios y fatalistas que prefieren que se hunda el barco antes que corregir.