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miércoles, 15 de febrero de 2012

Un intruso en las campañas



Luis Linares Zapata


Hoy termina el periodo de las llamadas precampañas. La veda silenciosa, prevista por la ley, difícilmente impondrá silencios o cerrojos sobre la electrificada inercia que ya traen los candidatos y sus inseparables equipos de operadores. En este mazacote de palabrería, gentíos y proyección de imágenes a contraespejo destaca en especial la perniciosa injerencia del señor Felipe Calderón. Soportado por los recursos públicos y por los mecanismos de autoridad de los que dispone, se ha venido entrometiendo en los asuntos que deberían concernir, en exclusiva, a los aspirantes a candidatos por los distintos partidos nacionales. Su diaria insistencia en aparecer en medios es apabullante. Por ahora todas las baterías del oficialismo que él dirige están enfocadas sobre el priísmo; pero, en un posible cambio de simpatías populares, también lo harían sobre las izquierdas. Tiene la dupla PAN-gobierno municiones de sobra y sin duda las usará con el mustio descaro y cinismo que acostumbra.

De manera harto parecida a la injerencia, por demás ilegal, de Vicente Fox en el transcurso de 2005 y parte de 2006, el actual titular del Ejecutivo federal mete su enorme cuchara en la disputa por el poder. Armado de todo un arsenal de mañas y recursos a su disposición, Calderón se adueña del espacio difusivo. No hay momento, noche o tarde, de noticiarios radiotelevisivos que no dediquen tiempos privilegiados a su accionar. En ambos casos, el de hace seis tristes años y el de hoy día, intentan lograr objetivos parecidos. El primero es disminuir el ímpetu de los rivales en la que hoy es, de verdad, una cerrada competencia. En segundo término, pero concomitante a tal pretensión, tratan de impulsar a la ahora candidata del PAN (JVM) y presentarla como opción humana, maternal, recatada y vaporosa. Una síntesis perfumada de sencilla mujer mexicana.

Bien se sabe que la conformación de la opinión ciudadana radica, mayoritariamente, en los noticiarios televisivos. Televisa, con sus múltiples canales de alcance nacional en lo particular, moldea, con interés creciente, la conciencia de sus audiencias. Y ahí, en esos canales y noticieros, la imagen del señor Calderón se torna ubicua. Trátese de aparentar ser un jinete versado con motivo de la Marcha de la lealtad, trasladando paquetes de auxilio para la Tarahumara o, en fin, levantando la ceja izquierda para acentuar enojos o preocupaciones aunque estén carentes de sustancia. El objetivo es aprovechar los minutos, las horas, días y semanas de espacios difusivos a su disposición en este tembloroso final de sexenio. Tiene además un enorme garrote que blande, mustiamente, pero con premeditado coraje, frente a los concesionarios de medios. A unos les presenta el cebo de los ansiados combos. A otros, ya muy toreados, les pica sus ambiciones de entrar en la televisión encadenada (tercera o cuarta opciones) A los demás, para limitarlos o no, sus pretensiones de ofrecer, mediante algunos trámites pendientes, el posible cuádruple servicio (play) en telecomunicaciones. Pero, en especial, a Televisa y Tv Azteca, los viene amenazando con una caprichosa cuan endeble autorización para asociarse, o no, en telefonía inalámbrica. Muchos, quizá cientos de miles de millones están en juego en este manipuleo que se cobija en la inasible libertad de mercados. Ese fetiche neoliberal en el que ya pocos creen y menos aún practican en su cotidiano trajinar.

Es imposible negar la influencia que la presencia de señor Calderón, revestida con el hálito presidencial, tiene en la mente colectiva de los mexicanos. Es ya insoportable la intensidad con la que aparece en las pantallas por cualquier motivo, incluso los más baladíes. A veces se trata de un simplón discurso para celebrar un aniversario que nadie recuerda ni solicita. En otras ocasiones simplemente le dan tribuna para sus múltiples inauguraciones (carreteras, hospitales y otras obras) o clausuras de seminarios y asambleas por demás inocuas. El propósito es encontrar un motivo, por tonto e impersonal que sea, para exhibirlo, de cuerpo entero, como un líder atractivo y preocupado por el bienestar del pueblo. A últimas fechas se ha visto hasta repartiendo dinero en efectivo a damnificados. Las tomas detrás de un atril, para escudar su reducido tamaño, le permiten aparentar que dicta las líneas de un mandato que, parea su desgracia, se desvanece por anodino. No importa el contenido real. Lo importante es el conjunto de tomas, encuadres, las sonrisas y las solícitas manos alargadas en pos de ayudas. Eso que, de manera artificial, torna familiar y hasta deseable al líder responsable.

Pero la realidad es por demás terca, hasta necia se puede decir, en contraponerse a la manipulación. Ahí surgen, sin desearlo por los estrategas comunicacionales de Los Pinos, los datos duros del fantasmagórico desempleo y la creciente precariedad de los salarios: 36 por ciento del total de los asalariados reciben, cuando mucho, dos salarios mínimos. Y otro 26 por ciento ingresan de dos a tres de esos raquíticos emolumentos mensuales. Ésta es una tragedia verdadera que, por más disfraces que se le pongan encima, golpea de frente las conciencias y ensancha la desigualdad que en México se vive. Así, la presumida clase media nacional es aquella que ingresa de tres a cinco salarios mínimos (19 por ciento), completada con otro corto tramo de los que llegan a ocho de esos escuálidos salarios. Tal estadística, difundida desde las mismas instancias oficiales, presenta esa parte oscura, terrible, de las consecuencias de un modelo económico impuesto a rajatabla. Seguir alardeando, como repetidamente hace el señor Calderón, de contar con cobertura universal de salud recibe, de inmediato, un brutal desmentido del Coneval: 37 por ciento de las comunidades indígenas no tienen servicios de salud, 50 por ciento no cuentan con servicios básicos de vivienda y 47 por ciento sufren rezagos en educación alternada con carencias alimentarias (40 por ciento) En ello, hay que decirlo, han colaborado, con alevosía evidente, varias gestiones federales de PRI y PAN. Las evidencias negativas, ante los alardes de efectividad justiciera del prianismo, brotan a borbotones por doquier. Lo peor acontece cuando todo ello adquiere la cruenta forma de una violencia criminal incontrolada.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Preámbulos al pleito mayor



Luis Linares Zapata


Empezó la real esgrima en pos de la Presidencia de la República. De aquí para adelante no habrá tregua. Hay dos partidos, PAN y PRI, que se recargan en sus adalides, ya bien espolvoreados por los medios de comunicación. Todos ellos, por alguna razón incomprensible, pretenden distanciarse de la derecha (a la rudimentaria usanza mexicana) a la que pertenecen por derecho adquirido. Los panistas persisten en su triste afán de mostrar ante el país sus escuálidas posibilidades de independencia personal. A esta altura de la pelea, y a pesar del privilegiado tratamiento radiotelevisivo que reciben, no rebasan los límites de sus redundantes pugnas internas.

El priísmo, por su parte, trata desesperadamente de mostrar unidad donde la precariedad subsiste. Su atildado precandidato pretende matizar su imagen, ahora como estadista con roce internacional, y hace un viaje de larguísima distancia para salir en la foto. Se retrató 30 o 40 veces en tres gélidos días con aquellos que sus asesores definieron como dignos de ser mostrados aquí. Con seguridad fueron todos los que se tuvieron a la mano y aceptaron dejarse saludar. Ir a Davos implica pulir en esos foros de exquisitos ejecutivos sus ya añejos perfiles, ahora bastante desgastados por la serie de crisis en que están metidos muchos de ellos. Una reunión, por cierto, decadente, tanto por su ideología como por sus otrora estrellas del mellado mundo financiero.

El abanderado de las izquierdas, en cambio, porfía en un exhaustivo recorrido por las polvorientas calles y plazas de la seca república del norte. No está para nada claro cuántos votos añadirá a su buchaca con tamaño esfuerzo. La pretensión se le conoce de calle: quiere juntar 20 millones de simpatizantes y que acudan, a la hora debida, a llenar las urnas nacionales. Tiene tras él una organización inédita, real, activa, aunque muchos le regateen calidad, número o mérito. Lo cierto es que ningún partido ha logrado amasar semejante contingente de mexicanos dispuestos a trabajar, esforzadamente, para llevarlo a la Presidencia. El trajín de los años, con sus impropiedades políticas al canto, tiene que considerarse para apreciar con la debida honestidad las condicionantes y oportunidades de prevalecer en la contienda.

La guerra por el poder, sin embargo, se prolonga por recovecos poco distinguibles para un público vasto, pero que pueden, eso sí, terminar por ser, en cruciales momentos, definitorios. Una toma de cámara repetida con mala leche, una frase sacada de contexto, una foto de perfil que parece indistinguible, el cuello de la camisa descuidado, la corbata mal anudada que se extiende para desfigurar el rostro, forman un repertorio harto conocido. Se añaden presentaciones rebuscadas o torpes ante audiencias ralas; ciertas historietas personales de un pasado que deja hijos regados aquí y allá; triviales o inconvenientes amistades de la infancia que poco (a veces no tanto) revelan de intenciones íntimas, carácter o programas, pero que inciden sobre incautas audiencias. Todos esos hechos cuentan y se van acumulando en la trastienda de los oyentes, de los lectores o de votantes desprevenidos o no. Las afectaciones ocurren de una y mil maneras. Ninguno de todos los personajes o grupos de electores puede ser descuidado si se quiere, en efecto, llegar al final y levantarse con el triunfo. En especial cuando la venidera se aparece como una elección intensamente competida.

Los sondeos de opinión, ya de por sí cuestionados, son piezas claves en la formación de ambientes propicios o contrarios a ciertas candidaturas. Es prudente aguzar los sentidos para entender que no son ajenos al ajetreo por el poder y, claro está, a los intereses de los poderosos. En especial los de aquellos que tienen los recursos para contratar (y condicionar) a las agencias especializadas en estos menesteres. Destacan, entre estas prácticas, los encuestadores que publican sus hallazgos. Por sus efectos, tales estudios deben ser evaluados con sumo cuidado en su independencia, intenciones adicionales o por el carácter de los mismos medios que los acogen o patrocinan. Años de malas prácticas, fallas inducidas y abusos grotescos han mellado la credibilidad de los lectores o de los oyentes a las encuestas publicadas, en especial las hechas a la medida por grupos avezados en la manipulación.

Las ventajas que han sido registradas por los encuestadores respecto del precandidato priísta ya provocan dudas por doquier. Primero por la desproporcionada ventaja asignada desde mucho antes de iniciadas las actuales escaramuzas respecto de sus competidores. Es posible que mantenga el sitial de las preferencias, pero la distancia con el segundo lugar se ha acortado con toda seguridad. La grotesca insistencia de la opinocracia para ningunear los efectos negativos de sus crasos errores no pasa desapercibida hasta para los oyentes cautivos. Peña Nieto ha sido tocado en varias e importantes áreas de su imagen. La desconfianza en su capacidad para conducir a este atribulado país es la crucial. Tal desconfianza, que ya se eleva al rango de certeza, implica un obstáculo mayor para sus posibilidades futuras. Estudios no publicados, pero suficientemente conocidos por sus hallazgos y patrocinadores, dan ya, entre el primero (Peña Nieto) y el segundo (López Obrador) lugar, una diferencia no mayor a los 10 puntos. La panista más adelantada (Josefina Vázquez Mota) ocupa un lejano tercer puesto, a pesar de los denodados esfuerzos por situarla delante de López Obrador. Este escenario es congruente con los que ya se conocen de las preferencias en el Distrito Federal y áreas conurbadas, donde Miguel Ángel Mancera obtiene una cómoda ventaja sobre Paredes y la señora Miranda de Wallace. Hasta finales del año pasado Beatriz se veía como ganadora, arrastrada por el aliento de Peña, se decía a voz en cuello. Éste le ganaba incluso a López Obrador en la gran ciudad. La caída de ambos priístas ha sido estrepitosa. Así lo refleja la encuesta (con vasta muestra) con la que se decidió la precandidatura de las izquierdas. Falta ya muy poco para dar por concluida la etapa de precampaña. Lo siguiente seguirá, no exenta de sorpresas, una ruta parecida. Al final, se espera que el cúmulo enorme de los actuales indecisos, que deforman las instantáneas tomadas, se reduzca y vayan apareciendo los votantes efectivos.

miércoles, 25 de enero de 2012

Vuelta al griterío


Luis Linares Zapata

El despertar del año 2012, definitorio para México, no ha sido halagüeño. El griterío desatado es inmenso. Tres postulantes del panismo recorren los medios masivos desparramando en ellos sus insulsos mensajes. Los espacios y tiempos que reciben sólo se corresponden con el poder desplegado desde Los Pinos. De otra manera quedarían en el olvido más triste. Ninguno de ellos puede preciarse de levantar, entre la ciudadanía que obligadamente los escucha noche y día, la menor pasión por seguirlos. El priísmo, todavía no recuperado de los dislates de su abanderado al concluir el 2011, se ensarta en previsibles pleitos por las candidaturas menores. La ruptura de su alianza con el Panal de la maestra ha quedado vagando entre la simulación y los cálculos electorales que, como siempre, se hacen al muy corto plazo y sobre las rodillas. Las izquierdas, contrariamente a lo esperado, han buscado, y encuentran, soluciones adecuadas para dirimir sus pequeñas diferencias y sus muchas ambiciones.

Los asuntos a tratar en los medios se tornan contiendas entre distintos personajes aislados de un contexto que los auxilie y explique. Todos ellos quedan situados en la cúpula, en ese rancio espacio donde todo se reduce a pasiones e intereses, encontrados o coincidentes. El pueblo –es decir, los votantes– poco cuenta en dichas trifulcas, menos aún en las soluciones finales. Los distintos analistas, observadores, académicos y críticos de toda laya van y vienen por los mismos lugares, ya bien transitados por sus demás colegas que se han adelantado. Una verdadera polvareda de gritos, consignas y diatribas que poco ayudan a la indispensable información constructiva de escenarios reales que auxilien al votante.

Ya sea que se trate de la supuesta prohibición de los debates que provoca un dictamen (por cierto, deformado a propósito) del TEPJF, o trátese de la millonaria lluvia de espots que, según cuentas tontas, caerán sobre la aturdida conciencia de los mexicanos, las conclusiones son similares y sonoras: los autores de la nueva ley electoral, y ésta misma, son los culpables de lo que sucede, son los reos de toda culpa. Las elecciones, según sus minúsculos puntos de vista, se han nublado de antemano. Las autoridades respectivas llegarán con la reputación mermada. Y todo ello porque algunos vengativos e irresponsables quisieron castigar a los medios de los abusos ocurridos en el 2006. Abusos (fraudes) que, por cierto, aún dividen a la nación. Las infracciones cometidas con alevosía y demás ventajas en esa elección nada tuvieron que ver con los mensajeros, arguyen en su favor. Todo fue causado por los compradores de tiempo. Compradores que contravinieron la ley vigente y que desataron la bien llamada guerra sucia.

Poco a poco, sin embargo, se acortan los tiempos de campaña. Enero ya casi terminó. La elección está a unos pasos adicionales y los votantes requieren de mayor dosis de conocimiento verídico sobre lo que sucede y, sobre todo, de lo que acontecerá. No todos los políticos que rondan por la República en busca de la simpatía ciudadana son iguales. Unos, los prospectos panistas, tienen que cargar con las decenas de muertos a cuestas. No son de ellos, cierto, pero su capitán los provocó con su alocada iniciativa al despuntar este moribundo sexenio. Tienen, también, que responder por la década perdida en crecimiento económico. Y, más que por eso, por la desigualdad, ensanchada hasta la ignominia. Los millones de miserables que vagan por el país, en busca de redentor cuidado y atención, son parte inherente de su ineficiente trasiego como gobernantes. El golpe asestado a la incipiente transición democrática es también parte de sus pasivos que claman castigo en las urnas. Reprodujeron, con creces, el viejo autoritarismo y las complicidades priístas, tan arraigadas en los rituales y los quehaceres políticos de la nación.

El buque insignia de los priístas, el ex gobernador mexiquense, tiene la quilla rota y navega a la deriva. Ha sido tocado en la línea de flotación y sus ingenieros no atinan a reparar el daño. Lleva consigo el ahora llamado síndrome del capitán Schettino del crucero italiano encallado. La conciencia de su incapacidad se extiende y gotea hacia abajo y a los lados del electorado: abandonará la campaña para refugiarse en la cumbre nevada de Davos, sitio donde sólo los elegidos habitan. Ahí se quiere dejar constancia de su decidida pretensión de tirar, de una buena vez, las ya cascadas puertas de las riquezas mexicanas para que entren los avarientos foráneos. Ha declarado, aquí, y sobre todo fuera, que abrirá Pemex y la CFE a la inversión privada, cualquier cosa que esto signifique, aseveración por cierto lanzada de manera repetida por los tres últimos encargados de administrar la economía del país. Intento en el que fracasaron. Lo que han logrado desperdigar, a trompicones y trampas, lo han hecho contraviniendo la Constitución.

Las izquierdas han entrado en un periodo de inusitada mesura, por cierto alejado de sus tradicionales reflejos y premuras. Solucionaron bien la designación de sus dos candidaturas más importantes: la presidencial y la del Gobierno del Distrito Federal. Han ido remontando distancias en las simpatías del electorado, ataviados con similares vestimentas y discurso a lo que ofrecieron en el 2006. Los problemas de ahora, y las soluciones actuales que requiere el país, no distan mucho de las planteadas hace seis años. La gravedad es mayor pero la naturaleza, el núcleo de ellas, permanece intocado. AMLO recorre de nueva cuenta el país alertando a los escuchas de la importancia que tendrá para la salud de la nación su ya cercana decisión. No será una elección más. Ésta conlleva, quizá, los últimos vestigios de esperanza por soluciones pacíficas. Introducir justicia al sistema establecido es urgente, a pesar de las resistencias que oponen, y opondrán, los grupos de presión que se resisten al cambio. A éstos habrá que vencerlos con base en votos conscientes de los mexicanos, si se quiere iniciar una nueva ruta. Un sendero no exento, por cierto, de tensiones, problemas y miedos.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El vértigo de los abismos


Luis Linares Zapata

Desde hace ya algunas semanas, o meses quizá, el señor Calderón desató una campaña para dar respiración artificial a su partido y, de pasada, a su candidato. A imagen y semejanza de su antecesor en el puesto, se lanza a los medios para proporcionar bases y empuje, ciertamente requeridos con urgencia, a sus endebles aspirantes presidenciales. Una, dos, tres veces o más apariciones por noticiero al día pueden hasta parecerles pocas a sus asesores de imagen. Aseguran que, cuantos más golpes de rating puedan conseguir, mejor será el posicionamiento ante la cautiva y vasta audiencia. Y ahí lo tenemos en las pantallas con motivo de cualquier boda, bautismo, inauguración, aniversario o sepelio. Máxime cuando este último pueda ser engalanado con crespones y cañonazos en el Campo Marte. La receta parece infalible: una toma nítida, bien encuadrada y unas cuantas frases positivas de adorno les parecen adecuadas para lograr el cometido. Las mediciones de apoyo popular a la gestión presidencial, muchas facilitadas desde arriba, lo registrarán de inmediato, ¡faltaba más!

La mayor contribución a la campaña del propio Calderón provino, hay que recordar, de las ilegales apariciones del señor Fox ante las cámaras de televisión: “No hay que cambiar caballo a mitad del río”, aseguraba con esa su vacía mirada hacia las cámaras. Fue él quien empujó la trayectoria del alicaído candidato del PAN cuyos esfuerzos no rebasaban, por entonces, 14 por ciento de las preferencias de voto. Es casi imposible oír, desde las bocinas de la opinocracia, una simple crítica a la corrosiva acción para la vida democrática del país que ocasionó aquel fenómeno difusivo. Se olvidan también de la intervención (tardía) de la Suprema Corte de Justicia de la Nación ordenándole a Fox retirarse de los medios. Después de un silencio, obligado por el perentorio mandato judicial, el Ejecutivo federal (Fox) volvió, con ímpetu renovado, a publicitar los programas sociales de su gobierno –muchos inexistentes–, aunque ya, en esta segunda etapa, sin su voz, rostro y mensaje. Fue, sin miramientos, una devastadora campaña que costó, a los contribuyentes, unos 3.5 mil millones de pesos. Y ahí se tiene el resultado: seis años de continuidad de un modelo fallido, con más desigualdad, más pobreza, menor desarrollo económico, profunda división y una desatada violencia criminal.

El señor Calderón no puede repetir a pie juntillas la triste historia de su antecesor. Entre otras cosas porque la ley actual se lo impide. Sin embargo, encontró una forma retorcida de darle vuelta a la norma. Tiene sobrados recursos financieros y de autoridad para imponer sus designios al duopolio televisivo. No lanzará una serie inacabable de mensajes propagandísticos como su antecesor. Él aparecerá tirando línea, rebatiendo a rivales, condenando oposiciones, alegando con vehemencia en favor de sus posturas. Se presenta con rostro acicalado, traje impecable y de recambio para cada ocasión, la camisa bien planchada, las frases positivas entresacadas con cuidado de editor, derrochando energía corporal de ejecutivo eficaz. Una reproducción puntual del método Televisa que llevó a Peña Nieto al estrellato. Sólo que esta vez el aderezo de Calderón lleva un mensaje envenenado. Acarrea, a cada paso, una página de amenazas, mala ventura y provocación partidista. El señor Calderón (y adláteres como el señor Cordero) ha inundado el espacio público con una visión terminal, tenebrosa, casi apocalíptica del futuro que aguarda a la nación. El Estado criminal espera a los mexicanos a la vuelta de la esquina y parece, por las premoniciones aventuradas, indetenible. Parecen augurar que, en un descuido, el crimen organizado ahogará la vida en común de los mexicanos. La sociedad quedará a merced de facinerosos que rondan agazapados para dar el zarpazo postrero. Ya han adelantado, dice con voz urgida, sus intenciones en Michoacán sin que nadie pueda impedirlo. Se olvida que es él, en especial y para los menesteres de la prevención de tan infausto escenario, el titular del Ejecutivo federal.

Los ecos del discurso cotidiano del señor Calderón, repetitivo, angustiante, han sido captados por las ahora tensas antenas priístas. Son ellos, aducen mirándose al ombligo, los destinatarios de sus malfarios y sentencias condenatorias. Y, en efecto que lo son. Algo de mala conciencia tienen los priístas porque no atinan a responder con energía suficiente. Los muchos gobernadores y munícipes de ese partido, marcados con estigmas de colaboración o simple inacción ante el avance del narcotráfico, les impiden adoptar posturas dignas o beligerantes. Bien saben que ciertos de sus adalides cojean por sus falencias, al menos por faltas notables de honestidad y oscuro manejo de finanzas. Es por eso que ante el reciente desfile de personajes de talla como los ex gobernadores Hernández, de Tamaulipas; Herrera, de Veracruz; Marín de Puebla; Moreira, de Coahuila, o los de Quintana Roo, Sinaloa o Oaxaca más les vale hacer mutis y apechugar con sus anchos y calcinados cuerpos. Pero eso no hace olvidar que fueron tales personajes los que formaron la base de apoyo y complicidades que llevaron a Peña Nieto hasta encaramarse sobre la militancia priísta. Fue esta concertación de mandones, de caciques locales que se sienten impunes, la que proporcionó la fuerza legislativa, los recursos con los que se edificó el espejismo de invencibilidad y se proyectó la imagen de un candidato aventajado.

Pero el despliegue triunfal del priísmo ha revelado débiles sostenes que le impiden trasmitir firmeza en su marcha y lo hacen tambalear. No contaban con la indecorosa exhibición que su abanderado está escenificando sin recato o pudor y sí mucho desconcierto. La ignorancia de realidades cotidianas lo desarma y aleja de las tribulaciones cotidianas de un pueblo que se debate entre penurias y angustiante pobreza. Sus cortas o inexistentes lecturas, contra la intención de sus exégetas televisivos por minimizar el impacto político, le impedirán trasmitir, porque no la tiene, esa visión abarcante y delicada que la actualidad nacional exige de quien aspira a la Presidencia de la República.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Entorno derechista


Luis Linares Zapata

La derecha mexicana ha tenido suficiente tiempo para enredar sus tentáculos en todas las instituciones de la República. Cobijada en el modelo económico neoliberal, se encaramó sobre todo el ámbito productivo y social. Ha gozado de cuantos privilegios ha requerido para formar el denso entramado que hoy asfixia al país. Bien puede decirse que, bajo su égida, no hay institución que sea ajena a sus designios. Los últimos 30 años de gobiernos afines le han sido suficientes para enraizarse hasta en parte sustantiva de la cultura nacional. Hoy domina por completo a los tres Poderes de la Unión. Todas las gubernaturas, con excepción del Distrito Federal, son cotos distinguidos de su pastoreo. Los tres partidos mayores y la pedacería restante también han caído bajo su tutela, con pequeñas excepciones a esta regla. Las fuerzas armadas, al menos sus cuerpos de mando, le son afines. Las iglesias, en especial la católica, le responden hasta con gratitud ante cada solicitud de apoyo y benevolencia.

Mostrar sorpresa, desilusión o alarma por la conducta institucional pervertida en sus fines y propósitos equivale a desviar la mirada con precaria inocencia. La misma Suprema Corte de Justicia (SCJN) rara vez hace coincidir sus dictámenes de arbitro supremo con las expectativas populares. Es cotidiana su incidencia en responder tanto a los intereses del poder como con sus posturas ideológicas y menos, mucho menos, con la ciudadanía que busca justicia y orientación. El accionar del Banco de México es un agente señero de la derecha más acuartelada. Por eso cuidan con esmero el déficit público y todo lo demás queda subordinado a él. Cómo se podría explicar el consciente deterioro de Pemex si no es para trasladar el negocio petrolero a las trasnacionales, socios mayores de la plutocracia local. La reciente votación, en congresos estatales y la SCJN, sobre el momento de la concepción como determinante de la persona concuerda, a pie juntillas, con las posturas de una Iglesia anclada en el Medioevo. Cómo entender la pretensión de Televisa de promover un candidato desde hace seis años, imponerlo a los priístas, y aspirar a situarlo en la silla presidencial, sin que haya un solo reclamo del IFE o del TEPJF. Menos se entienden los privilegios fiscales para el capital y las empresas mayores que las llevan a no pagar impuestos.

La manera tan sui géneris en que se ha deformado el diseño de pesos, grupos y contrapesos ha terminado por desvirtuar la ansiada democracia. Esta aspiración, que lleva ya más de un siglo persiguiéndose con ahínco, hoy padece varios estigmas que la atan de manera férrea. El principal quizá sea el haber desviado la esencia de su propósito: servir al desarrollo y bienestar del ciudadano. En México no son los individuos los que deciden sus destinos. Tampoco los que gozan de lo que han creado. Un grupúsculo de plutócratas allá, bien arriba en las alturas, ha formado un cónclave oligárquico que succiona casi toda la riqueza y las oportunidades sin que haya el justo reparto ansiado. Este padecimiento, es cierto, no es privativo de los mexicanos. Casi todos los pueblos de la Tierra han levantado estructuras parecidas y aún peores. Pero ello no es consuelo y, menos aún, destino obligado su prolongación. Se pueden escoger rutas alternas, tal como en otros países están ensayando en pos de su liberación.

Encontrar los resquicios que permitan iniciar el desmantelamiento de tan feroz y bien arraigada estructura de sometimiento no es empresa simple, tampoco instantánea, menos fácil. Requiere, en primer término, del empuje decidido de buena parte del pueblo, la mayoritaria. Esa porción que ha hecho consciente tal necesidad. De ahí que su movilización sea inherente al proceso regenerador. Pero es indispensable que se actúe organizadamente, desde mero abajo. La fuerza transformadora no podrá devenir desde las cúspides; actuaría contra sus acariciados intereses. Introducir balances en pos de un reparto equitativo del poder, la riqueza y las oportunidades es el núcleo de atracción, el impulso indispensable para la reconstrucción. Las palancas para la acción son varias. Ganar el poder central de la República es el primer escalón, pero la tarea posterior es de largo aliento, penosa, plagada de peligros y retos por enfrentar con entereza y fidelidad a la causa. Conservar el espíritu constructivo y de servicio hacia los demás es el deber de aquellos sobre quienes recaiga la orientación y el liderazgo del movimiento.

Bajo el rigor de la derecha, en Iberoamérica, México ha quedado aislado de las corrientes que han comenzado la ruta emancipadora moderna. Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia están encontrando sus propios caminos y medios. Colombia, Centroamérica o Chile no pueden ser los aliados que alleguen alternativas y apoyos para canalizar las propias fuerzas, que son vastas. La subordinación de las élites políticas, económicas, religiosas, militares al norte exige, ya, un replanteamiento equitativo y que apunte al desarrollo mutuo. El próximo año presentará la ocasión que andan buscando las fuerzas progresistas para iniciar el recorrido. Lo consiguieron a medias en el pasado (1988 y 2006). Para esta ocasión tienen la madurez suficiente para visualizar, con claridad, los cómos y con qué ensayar el despegue.

Los tiempos son de reclamo, de cambios, aunque se pretenda la continuidad a toda costa. En Europa y Estados Unidos se ha desatado una efervescencia popular (los excluidos, los indignados, el 99%, se llaman a sí mismos) que está cuestionando las bases mismas del modelo capitalista, guiado por una rala élite financiera, autoritaria y sin límites en su codicia. Son impulsos populares similares a los que pululan por México desde hace ya varios años. Descontento que no ha salido en forma organizada y masiva, pero que, sin duda, se extiende por todos los confines del país.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Malas cuentas, futuro hipotecado


Luis Linares Zapata

Los datos que arrojan estudios recientes, uno del Latinobarómetro y el otro del Banco Mundial (BM) describen realidades que dejan poco espacio para la duda. La vida democrática y el crecimiento económico, aparejado con la justicia distributiva, sufrieron serias modificaciones negativas durante los últimos 16 años: un sexenio priísta y la década panista. Tales efectos se resintieron durante los últimos cinco años del desgobierno precedido por el señor Calderón. Encima, y mucho a consecuencia de ello, la violencia irrumpió con su cauda de muerte y zozobra en la cotidianidad de los ciudadanos. Ahora, el mazacote que se presenta a manera de horizonte para los mexicanos es denso y abruma hasta al más bragado y afectará, con seguridad, en las votaciones venideras.

La decisión, expresada de manera abierta y cínica por las élites mexicanas, de parar a la izquierda aun a costa de violencias o francos fraudes a la voluntad popular durante las elecciones de 2006, ha pasado facturas terribles. No fue sólo la resistencia imaginada para soportar algunas manifestaciones callejeras la derivada de tales trasgresiones. Lo grave y de enorme significado fue la profunda división social que todavía experimenta la nación. La cicatriz en el cuerpo colectivo todavía sangra. Ha dejado además huellas visibles que afectan la vida en común. Casi nadie ha quedado al margen de tan gravosas como perdurables raspaduras. Y, por lo que se observa, poco o nada de las lecciones ha sido aprendida, menos aún se ha procedido a implantar correctivos. La raigambre cultural que tolera y hasta alienta prácticas nocivas a la vida democrática y la estructura productiva subordinada a grupos monopólicos, locales o externos, continúan vigentes. En varios sentidos puede afirmarse que, lejos de mitigarse la ruptura, se ha reforzado la intentona de continuidad a ultranza. El panorama venidero, por consiguiente, no es, para nada, halagüeño.

La desilusión de los mexicanos con el sistema político, por ejemplo, es la más arraigada del subcontinente. Sólo 23 por ciento de la población se encuentra satisfecha con el funcionamiento de la democracia. El resto está insatisfecho. Y sólo 31 por ciento tiene confianza (mucha o algo) en el gobierno como ente corrector de problemas. Las desafecciones con la ley se achacan en mayor medida (61 por ciento) a los ricos del país. Es por ello que la repetición crítica de López Obrador –que tanta molestia causa–, catalogando al sistema imperante como oligarquía, ha calado tan hondo. El 22 por ciento piensa que no se gobierna en bien del pueblo. De ahí que el Movimiento de Regeneración Nacional, que él encabeza, haya ido recogiendo parte sustantiva de ese enorme caudal popular de insatisfechos. Una colectividad creciente que ha ensanchado su conciencia y lucha por una vida democrática efectiva. Y de ahí también la necesidad de insistir en que este disolvente estado de cosas, injusto y deformado a conveniencia, no es un destino inapelable, casual o un castigo de la historia. Por el contrario, es una sentencia impuesta que es posible vencer y transformar después. Y este es el papel crucial que debe jugar la izquierda: recuperar la esperanza en que un mejor mañana es posible. El reto estriba en dar cabida a esa insurgencia popular, por lo demás ya caudalosa, para que manifieste su voluntad en las urnas de 2012. Las condiciones, sobre todo económicas, de inseguridad y carencia de oportunidades que se vienen conjuntando, han instalado reactivos que actuarán, a manera de acicates, en el proceso de concientización ciudadana.

En ese terreno de lo económico, las condiciones generadas por el mediocre crecimiento tenido los últimos 16 años, según el estudio del BM, es muy pobre: apenas se alcanza una tasa anual promedio de 4.3 . Ritmo menor al obtenido por Perú (6.3 por ciento), Chile (6.5) o Brasil (7.3). Aunque hubo otras economías que lo hicieron a tasas aún mayores: India (9.2), Polonia (10.7) o China (14.9). Esta numeralia va señalando rumbos y salidas factibles. Habrá que tomarlas en cuenta para enmendar la ruta adoptada contra viento y el dolor de muchos. Los datos publicados obligan a repensar las modalidades del modelo empleado. Hay urgencia en evitar los patrones decisorios que, de continuar, llevarán, de manera ineludible, a repetir los retrasos ya experimentados. Se lleva más de década y media, según el estudio del BM, quedando cortos para aumentar el ingreso per cápita anual. En 1994 México tenía un ingreso de 4 mil 540 dólares. Era mayor al de países como Rusia (3 mil 850) o Chile (3 mil 620). Se superaba a otras naciones como la República Checa (3 mil 530) o Polonia (2 mil 450) y Hungría. En 2010, las naciones mencionadas, sobrepasan a México que ahora tiene 8 mil 930 dólares anuales, mientras Rusia ha logrado aumentar su ingreso per cápita a 9 mil 910. La República Checa llega ahora a 17 mil 890, el doble que México, pasando por Chile, con 9 mil 950, o Polonia con 12 mil 980 dólares.

A este desolador panorama habría que añadir la creciente desigualdad para completar la imagen de esta corrosiva actualidad nacional. Pero las fuerzas sistémicas insisten en continuar, hasta sus últimas definiciones y operatividad el modelo vigente. No les basta, y tampoco les importa, el caudal de miseria, desesperanza y violencia que van dejando a su paso. A la plutocracia le ha ido muy bien en el reparto del botín durante los últimos treinta años. Todos ellos gozan de sus vastos privilegios y bonanza desmedida. Y todos están dispuestos a imponer otros seis años de división, cerrar horizontes y expoliar a las masas para su personal beneficio.

Evitar la concreción de tal panorama depende de aquellos que pueden impulsar la ruta hacia la regeneración nacional con el ejercicio de su voto. No habrá medianías o búsquedas forzadas de un centro político que les atraiga. La fuerza de esa corriente reivindicadora es mayoritaria y va mostrando su destino y fuerza

jueves, 3 de noviembre de 2011

Polvaredas y sustancia


Polvaredas y sustancia

Luis Linares Zapata

En estos tiempos iniciales, anteriores a las mismas precampañas, las polvaredas difusivas se levantan al simple conjuro de una frase, a veces hasta sin sentido, de algunos de los postulantes presidenciales. Con malsana intención, y muchos intereses mezclados de por medio, los noticieros radiotelevisivos se plagan de discursos del señor Calderón. Su presencia se hace tan molesta como insustanciales son sus mensajes. Pretende arraigar su imagen de mandatario eficaz y visionario en el horizonte colectivo, objetivo que ni siquiera roza si atendemos a las encuestas publicadas. Para ello blande, frente a los intereses del duopolio, un enorme garrote de autorizaciones pendientes. Invierte, además, cuantiosas sumas de los dineros públicos para situarse como punto referencial de la actualidad política. Meandros que le permiten, al menos, nulificar toda crítica a sus posturas y regaños cotidianos.

El intento del señor Calderón se hace tan evidente como minado aparece el terreno que pretende desbrozarle a su protegido panista. Quiere, mediante artilugios, acuerdos y otras presiones, facilitar la continuidad grupal tan ansiada como espinosa y lejana. El Partido Verde, por su parte, contribuye con sus propios polvos. Repone su anterior estrategia de propaganda colocando en las pantallas temas de su predilección, precisamente aquellos que las encuestas le aconsejan abanderar para elevar el precio de sus poquiteras ambiciones. Es por eso también que medios con pretensiones de vastas audiencias dedican sus ocho columnas a un panista que quiere ser incluido en un debate improbable. O el despliegue de presencia que logra el jefe de Gobierno del Distrito Federal con su reto a un priísta elusivo que, de tonto, acepta debatir.

En tonos y contenidos similares, aparecen las recomendaciones de un cardenal que reparte diatribas contra políticos, líderes demagogos y engañadores de diversa ralea según su confusa clasificación. Ataviado con medievales símbolos de poder que rozan el ridículo (báculos, casullas doradas, anillos deslumbrantes o tiaras de reminiscencias egipcias) y sin morderse la lengua, ni siquiera escucha el eco de sus propias mentiras sobre paraísos al alcance de una confesión. Pero eso sí, muestra, según sus domingueras apariciones, la energía de un predicador iluminado para condenar, con fuego eterno, a engatusadores de inocentes.

Atención merece, en cambio, el descobijo que Armando Bartra hace de un E. Krauze racista y derechoso (Proceso 1826), empeñado en dar consejos a la izquierda y difundir su cruzada contra los redentores (¿mesías?) tropicales de México y el subcontinente. Una cantaleta ya muy raspada.

La atención de la crítica mediática se concentra así, y por ahora, en las luchas internas por las candidaturas a la Presidencia. Poco o nada dedica a la sustancia de los problemas nacionales cada vez más empolvados o celosamente resguardados por sus beneficiarios. La exploración desde la intelectualidad de derecha sobre las protestas a escala mundial contra la desigualdad y falta de oportunidades se evapora a medida que las calles y plazas se llenan de indignados y crecen los argumentos delatando el fracaso del modelo globalizante, financierista y especulador. El silencio con que los medios, sobre todo la televisión y sus adláteres orgánicos de la opinocracia, han tratado la insurrección de la juventud chilena muestra a las claras las manipulaciones de un grupo subordinado a los mandatos de las plutocracias reinantes. Más allá de este conflicto educativo de origen está el quebranto del aura triunfal del modelo chileno. Las ramificaciones del movimiento, que ya dura meses, se esparcen sobre el entorno de los trabajadores, el racismo y las penurias de las clases medias y la insondable desigualdad imperante. De eso nada o muy poco se explora. En cambio, los enfrentamientos callejeros son destacados con frecuente saña para inducir la parte irracional de las protestas.

Así, los esfuerzos del priísmo reaccionario, junto con los de su homólogo continuista del panismo, intentan ocultar sus propios demonios y culpas. Es por ello que, sin quererlo, descubren con gran crudeza los fracasos de sus posturas y maneras de gobernar. Tanto a unos como a otros les urge mantener la polvareda para no despejar el ambiente y propiciar la indispensable reflexión de la sustancia. Se sabe, con precisión inocultable, que en el mero fondo de la problemática actual se encuentra encallada la justicia distributiva. Justicia que se muestra, también, en la falta de horizontes y oportunidades asequibles para las mayorías, especialmente para la juventud. Ésa es la sustancia que se trata de difuminar, de evadir. Sin embargo, los paradigmas están ahora bajo asedio. La creación de riqueza, por ejemplo, está mudando su centro gravitacional. La atención se fija en un nuevo núcleo definitorio: el factor humano. “Nosotros somos la riqueza”, claman los desterrados del mercado, y su voz se empieza a oír en todos los continentes.

Para situarse en esta corriente reivindicadora los mexicanos deberán hacer un esfuerzo mayúsculo. Se requiere, a la vez, un cambio radical de régimen y modelo. Transformaciones que, con motivo de las venideras elecciones, se deberán poner en marcha e iniciar la ruta esperada por muchos. Los indignados nacionales son millones, aunque algunos insisten en no verlos ni oírlos. Ciertamente están desmovilizados por la consciente y hasta maligna coacción del aparato de comunicación nacional. Un aparato de la plutocracia, para dar continuidad a los intereses de la plutocracia y someter a todos los demás actores públicos a sus dictados a costa del bienestar de los demás. El descrédito monumental de la democracia en México (Latín Barómetro) es real. Aquí se tiene un modelo que llegó a límites inhumanos y debe procederse a su liquidación racional antes de que la violencia se encarame sobre todos o se haga insoportable la convivencia.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Regresiones y esperanzas


Luis Linares Zapata

Las dos sucesivas administraciones panistas han dado al traste con el lugar que México solía ocupar en Latinoamérica. Para llegar a tan funesta situación coincidieron varios sucesos, dos de ellos notables a simple vista. Primero se esfumó, en frivolidades, corruptelas y cortas visiones gerenciales, el impulso interno en pos de un cambio de régimen. Segundo, se reforzó la subordinación, ya bien avanzada con anterioridad, a los dictados de una plutocracia soberbia, de estrecha visión y rapaz a más no poder. Plutocracia que, sin embargo, ha mantenido y hasta robustecido los contactos con sus similares que pululan por toda Sudamérica. Todas estas plutocracias, bien atrincheradas y activas tras la industria bancaria, de telecomunicaciones y, en especial, la redituable conducción mediática. Todos ellos y algunos más, sectores estratégicos en los que se apoyan para dar la batalla, no sólo por su sobrevivencia, sino para acrecentar los bochornosos privilegios conseguidos.

De hecho los problemas, agudizados por un panismo ineficaz e ideologizado, empezaron durante los últimos sexenios priístas previos. Fueron tiempos dedicados a transferir, mediante complicidades varias, los bienes públicos a manos de amafiados negociantes de influencias, locales y foráneos. Y no sólo eso fue llevado a cabo con malformaciones notables, sino que, adicionalmente, se les desbrozó de obstáculos el camino para facilitar su prosperidad inmediata y en gran escala. En esos periodos, además, se decidió, desde arriba, ir en pos de la integración con la América del Norte iniciando, con ello, la decadencia que hoy en día aqueja a la nación y de la que no se ha podido escapar.

Mientras en el subcontinente sureño corrían aires diversos, libertarios algunos, constructivos de nacionalidad los más, aquí se instauró, de lleno, una época de estancamiento con retrocesos marcados. Las luchas entre los grupos de presión se desataron y cada quien tiró para su propio beneficio. Los bienes que son, y deberían seguir siendo comunes, se pusieron a subastas, arregladas de antemano. Las clases medias nacionales fueron sumidas en un proceso pauperizante acelerado que ahora las tiene al borde de las más angustiantes limitaciones, algunos de cuyos contingentes más vulnerables han caído en la pobreza y la marginación. Se ha profundizado, como en pocas épocas anteriores, el saqueo de las riquezas propias (la minería es caso señero) y la desigualdad ha pegado un salto de gigantes que apena al mundo entero. El apego al consenso de Washington fue el mascaron de guía para prometer reformas, llamadas estructurales, que sólo han logrado acelerar la desintegración industrial, la inclusión subordinada a la globalidad y la continuidad privatizante, diseñada para posibilitar los zarpazos de amigos y socios. Nunca se ha podido, dentro del esquema actual de fuerzas imperante, reformar, en serio y a fondo, la estructura fiscal. Llena de hoyos para beneficio de los poderosos y las corporaciones es incapaz de consolidar la suficiencia de la hacienda pública.

En medio de este real desbarajuste y cegueras inducidas desde arriba fue casi inevitable el retraso respecto a los demás países que, a pesar de problemas y dolores semejantes, se empeñaron en rutas emancipadoras. México quedó al margen de esas luchas sudamericanas para afianzar las distintas soberanías y alterar, en lo posible, las terribles desigualdades. Allá en el sur, en cambio, se desataron avances, con ritmos y ambiciones diversas, pero todos con el ánimo de modificar, sustantivamente, su dependencia de Estados Unidos. Finiquitaron, con energía suficiente, a varios de sus regímenes entreguistas y corruptos que azolaron la comarca. Los nuevos liderazgos empezaron a oír los lamentos, los deseos y afanes de sus gentes y han ido reconstruyendo los cimientos torcidos de sus instituciones. El naufragio de algunos de los anteriores liderzuelos, como los de Argentina, Paraguay, Ecuador o Venezuela, facilitaron un tanto la tarea reconstructiva. La degradación moral que padecían los hundió para siempre.

De maneras coincidentes, algunos países, con Brasil de guía, se concentraron en insertarse en el mundo fincados en sus capacidades. Los empresarios de ese país comprendieron que el neoliberalismo, financierista y especulador, era su real enemigo y, para su propia defensa, se aliaron con los movimientos sociales (los sin tierra y otros sindicatos) La alianza logró el éxito y Lula llegó al poder para iniciar una época de crecimiento interno y combate contra la pobreza que ha mitigado las enormes desigualdades imperantes. Le han seguido otros: Argentina ha dado pasos serios para imponer orden entre los poderosos tradicionales que la asfixian. Los Kirchner dieron batallas políticas dignas frente a la aristocracia terrateniente y, en especial, frente a los varones mediáticos. Venezuela ha capitaneado toda una saga nacionalista sin parangón. Los riesgos asumidos son mayúsculos de cara a la anterior hegemonía estadunidense. Sus gigantescas reservas de gas y crudo le dan la oportunidad de, en efecto, iniciar su ruta de despegue e independencia nacional. Sin embargo, las alianzas de clase entre las élites empresariales continentales no cejan en atacar a Chávez mostrando sus excesos, en especial los verbales. La estrategia difusiva en su contra es clara, de mala intención e intensa, con CNN como nave imperial de insignia. Pero ha logrado subir a su ruta independentista a otras naciones: Bolivia, Ecuador y, posiblemente, Perú, si logra afianzarse como es esperado. El caso boliviano tiene peculiaridades que lo hacen sobresalir en este grupo. Salir de su estatus de paria mundial, explotada sin misericordia y empobrecida sin miramientos, no es asunto sencillo, pero han logrado, con sus propios recursos, avances monumentales y el respeto concomitante.

México, en una estrategia impuesta, pero aceptada con gusto, se ha juntado con una Colombia que no puede ser atractivo para ninguna otra nación. En este casillero de la derecha gobernante también se encuentra un Chile que ha pasado, en corto tiempo, de ejemplo mundial del neoliberalismo eficiente, a un país dividido, racista, profundamente injusto y cuyo sistema ya mostró su incapacidad para atender a su pueblo. El haber traicionado la transición democrática de México mediante sendos fraudes sucesivos (el priísta de 1988 y el panista de 2006) se truncó una aventura que, sin duda, tendría al país a la cabeza de las transformaciones que la izquierda espera para todos.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Rebeldías de las clases medias



Luis Linares Zapata


Al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) lo encabeza una dirigencia colectiva de singular composición. Durante los dos primeros años –cuando fungió como gobierno legítimo”– sus tareas de proselitismo las llevó a cabo de manera cuasivoluntaria. Los recorridos por el país fueron abarcantes y así han seguido hasta la actualidad, aunque ahora han tomado la forma de un movimiento inédito. Se trataba de identificar, e incorporar, a ese segmento olvidado de la población que, aun en medio de francos temores de ser sujetos de variadas formas de represión, se declaraba listo para transformar su atribulada realidad. Se les pedía no perder las esperanzas de que un México más justo para todos es posible. Y, frente a esos entusiastas contingentes, se expusieron las distintas salidas para cambiar la asfixiante situación que impide a las mayorías nacionales llevar una vida digna y productiva. La respuesta, desde un inicio, fue alentadora y se ha robustecido con el ensanchamiento de la conciencia colectiva experimentado a raíz de la cruenta decadencia que aqueja al país.

La base de sustentación de Morena reclutada llega ahora a más de cuatro millones y medio de personas. Todas identificadas con precisión y esparcidas por todos los confines, chicos, grandes o remotos de este inmenso país. Se sabe que alrededor de un millón de ellas se traslapan; es decir, están registradas en ambas entidades: en el “gobierno legítimo” y Morena. Ha sido un trabajo extenuante pero de profunda satisfacción, pues se trasiega por una causa superior. No ha habido, en esta dirección colectiva original, deserción alguna. Por el contrario, y a medida que se extiende, se renuevan los ánimos y se interiorizan variadas certezas. El liderazgo mostrado ante tan abigarrada colectividad se ha ido desenvolviendo a medida que aumentan los postulantes para lograr el cambio verdadero que la vida organizada de México requiere. En la actualidad hay toda una pirámide de dirigentes que conservan su naturaleza cuasivoluntaria. La estructura se despliega, desde las coordinaciones estatales hasta las seccionales (40 mil de ellas al presente), pasando por las distritales y las municipales ya integradas. A este tinglado de ciudadanos incansables se han incorporado las dos formaciones cupulares: el Consejo Consultivo y el Ejecutivo, presentes ambos en su constitución jurídica como asociación civil.

La emergencia, en variadas partes del mundo, de movimientos ciudadanos que se llaman a sí mismos indignados bien puede hermanarse con las mayorías de Morena. Como los españoles, italianos, griegos, franceses, árabes, israelíes y recientemente estadunidenses, los protagonistas del cambio verdadero de Morena también quieren liberarse de las ataduras de un sistema concentrador y profundamente injusto. Ataduras impuestas por un modelo que privilegia, de manera por demás exagerada, a ciertas minorías (el 1 por ciento famoso) y sectores productivos –principalmente especuladores financieros– a costa de todos los demás (el 99 por ciento restante). Los protagonistas de Morena lo saben, por su propia cuan dolorosa experiencia, desde hace ya varios años. Y, como todos esos extenuados y rebeldes ciudadanos del mundo, han hecho paulatinamente consciente el expoliador fenómeno que les impide acceder a mejores oportunidades o guarecerse al amparo de un efectivo Estado de bienestar.

La dirigencia de Morena ha servido de catalizador de las inquietudes y deseos de liberación que portan, desde hace bastante tiempo, los mexicanos más inquietos, informados y solidarios. Los concurrentes al movimiento son, mayoritariamente, integrantes de las clases medias del país. De esas clases medias actualmente en vías de extinción, al ser expuestas por los dictados de una élite abusiva, a creciente pauperización. Morena cuenta además con segmentos de poblaciones que han caído en, o nunca han podido abandonar, la marginación o la pobreza, estigmas de estos tiempos de gandallas. A esos enormes contingentes de convalecientes y expulsados del banquete hay urgencia de atenderlos en sus desventuras e indefensión. Para eso se diseñan, al interior de Morena, programas y políticas públicas como las que pueden derivarse del Proyecto Alternativo de Nación recién publicado.

La continuidad del modelo vigente lleva atada su incapacidad de prolongarse más allá de unos pocos años. A eso obedecen las rebeldías de las masas ciudadanas del mundo. Su configuración actual y el patronazgo de los beneficiarios, ya privilegiados en exceso, lo obligan a contemplar el abismo o cambiar sus pretensiones y rumbo. Las protestas mundiales coinciden, todas ellas, en proponer su transformación. El fenómeno de masas que se llama Ocupa Wall Street apunta al corazón del neoliberalismo en el país central. En México, los aspirantes a candidatos presidenciales del sistema establecido (del PAN o del PRI) no pueden proponer algo distinto que sea creíble. Menos aún formas y mecanismos que contraríen la voluntad, cerrada e irresponsable, de sus patrones: la ya bien cebada y atrincherada plutocracia mexicana. Sólo el crecimiento en conciencia y fortaleza de los indignados, junto con esos segmentos de clase media asfixiados y temerosos del futuro, podrá derrotar a la tendencia continuista. De otra manera no habrá gobernabilidad y menos aún tranquilidad, aunque se ensayen refritos de coaliciones surgidas por aquí y por allá, pero siempre atendiendo a las pulsiones de los de mero arriba.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mediocridad teleinducida


Luis Linares Zapata

Cobijado bajo la cariñosa pantalla de Televisa durante más de seis años, la carrera de Enrique Peña Nieto en pos de la Presidencia de la República está a un paso de trepar al primer escalón. La disciplina desplegada por dicho personaje tras su candidatura ha sido férrea. Se plegó, con gran despliegue de recursos, a una modalidad promocional que le ha dado resultado: tiene, según numerosas encuestas, las simpatías de buena parte del electorado. El costo de ello puede tasarse en miles de millones de pesos que han fluido sin cesar para sostener dicho esfuerzo publicitario. Los canales usados para encauzar los fondos han sido y siguen siendo por demás oscuros, repletos de complicidades. Ahora, la cargada es tan cierta como cotidiana para que su nominación no tenga obstáculo que la impida. El tesonero senador Manlio Fabio Beltrones, sin embargo, sigue interponiéndose en esta exitosa ruta y exige, antes que tal propósito se corone, que se cumplan algunos trámites que su partido todavía no define con exactitud.

Don Enrique siguió, en su mediocre destape en Televisa, un guión bien machacado, simplón y de memoria. En su artificiosa presencia reveló tres de sus consecutivas aspiraciones. La primera, ser candidato de su partido, después competir y, al final de una bien planeada campaña, llegar a ser presidente de los mexicanos. Fue un momento que sus asesores hubieran querido estelar, de gran impacto. No lo fue y, para su contrariedad, resultó anticlimático. En tiempo estelar, Peña mostró varias de sus conocidas mediocridades: reiterativo en sus ademanes y gags, sin horizontes políticos y de seria pobreza conceptual. Pero el mensaje trasmitido en conjunto, y para cualquier efecto práctico, quedó bien arraigado en el espacio público. No cabe discusión alguna al respecto, él es el preferido de la pantalla chica y, en especial, de la empresa que lo ha sido todo para su confección como postulante.

La ruta marcada por sus muchos proponentes, y por él mismo, no ha tenido sino pequeños sobresaltos fáciles de superar. La distancia en simpatías electorales que registra hasta hoy en día respecto de sus rivales es mayúscula. Los miles de golpes de rating que acumuló en la larga y onerosa trayectoria no han sido en balde. Penetraron, con parsimonia rebuscada, una franja mayúscula del analfabetismo político y que ahora se dice partidaria de su empeño. Las desviaciones del guión trazado por expertos publicistas fueron mínimas. Siempre acicalado, bien encuadrado por las cámaras que lo persiguieron incansablemente para que las tomas no provocaran distorsiones en su joven perfil. Las escenas mostradas en innumerables noticiarios se repitieron una tras otra, aparentando ser parte de los sucesos del día y dignas, por peso propio, de ser destacadas. Peña apareció casi siempre protegido tras un atril, con movimientos de manos lentos, voz pausada para infundir dominio no sólo sobre el auditorio cautivo, sino extensivo a toda la teleaudiencia. Pero, y esto fue también una táctica efectiva, usando siempre frases positivas, matizadas con etéreas propuestas, incapaces de provocar controversia. Sus ánimos de colaboración entre “los tres niveles de gobierno” fueron una cantinela que le brotaba con estudiada naturalidad. Jamás abordó Peña, hasta recientes tiempos, algún asunto que lo adentrara en controversias con el auditorio o con sus muchos y crecientes detractores. Todo debía transcurrir con la suavidad y la generalidad suficiente para que se fuera asentando su intención constructiva, una que busca, a cada paso y en toda ocasión, la formación de supuestos consensos. El riesgo de la vacuidad no lo desalentó, al contrario: al asumirla casi como reflejo condicionado, la ha convertido en parte sustantiva de su imagen personal, o tal vez más que eso y sea, en verdad, parte integral de su identidad misma.

Mucho de lo anterior expuesto, sin embargo, bien puede catalogarse hasta como inertes y hasta torpes lugares comunes divisados por la crítica superficial. El atractivo ya desplegado en derredor de la imagen de Peña ha sido, qué duda, inmune a sus efectos negativos. Lo trascendente del empeño tras su candidatura deviene de las masivas intenciones continuistas de sus patrocinadores, asociados y dependientes. Los personajes y los grupos de poder que lo rodean forman un denso mazacote de intereses que han probado sus caras y hasta cruentas consecuencias para el país entero. El tráfico de influencias y los negocios atados al poder público son los ingredientes principales de sus apoyadores. Es el verdadero aderezo que los hace confluir tras su candidatura. La continuidad de lo establecido es el compromiso común para hacerlo presidente. De esa cercana y asequible posibilidad ellos secarán la mayor tajada, tal como lo han venido haciendo durante ya más de treinta años de ensayos y pruebas neoliberales. Pero, al mismo tiempo, tal certidumbre es también su talón de Aquiles. Los pies de apoyo que le surte el vigente modelo de gobierno, en plena crisis hasta mundial, son de sucio barro.

Don Enrique Peña Nieto saldrá, de aquí en adelante, a prometer el oro y el moro del cambio y la renovación de esperanzas. Presumirá una conducción impecable en su experiencia gubernativa. Con fingida naturalidad se describe a sí mismo como integrante de una generación que mira al futuro cuando, en realidad, atisba al pasado a cada paso. Se afiliará al combate a la pobreza, dirá que intentará, por todos los medios posibles, reducir las desigualdades y alentar el crecimiento económico. Todo ello lo enmarcará en una inmensa colección de espots prefabricados por sus publicistas. Nunca, sin embargo, prometerá cobrar los necesarios impuestos para salir del atolladero. Gravar a los que más tienen no estará incluido en su vocabulario. Su afán quedará agotado en la tranquilidad y en lo que repiten hasta la saciedad: tomar decisiones responsables. La austeridad quedará encerrada en el furgón de las cosas innecesarias y poquiteras. Él irá en pos del glamur y las poses para el recuerdo. En fin, estará presto para aliviar todas esas necesidades urgentes y olvidadas de los mexicanos, sobre todo de los que, desde abajo, las padecen a cuero limpio.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

El irresistible oficialismo


Luis Linares Zapata

Los entretelones que se abren durante el proceso selectivo de candidatos presidenciales descubren el lado atractivo, casi irresistible, del oficialismo. Los apoyos hacia aquellos grupos y personas que ocupan las cumbres decisorias en busca de su continuidad se multiplican a medida que avanzan los tiempos definitorios. No es aventurado afirmar que su número agrupa a casi la totalidad de los actores del espectro difusivo del país. Los medios de comunicación se transforman en verdaderos enjambres de aspirantes a ser vistos, leídos y escuchados por aquellos movilizadores de recursos y favores en gran escala. Bien saben estos buscadores de fortuna y prestigio que tales recursos están disponibles para los más atrevidos. También saben, por experiencias y méritos en campaña, que la mayoría de las simpatías de los patrones y aspirantes a candidatos son relativamente fáciles de concitar. Algunas otras prebendas, por su calidad o cuantía, exigen de los apoyadores una subordinación rayana en la abyección. Pero la mayoría de esas dádivas, sociedades, arreglos, creación de estrellatos o favores se tornan alcanzables y, sobre todo, deseadas.

La intensidad de las acciones de apoyo, observable a simple vista o lectura, irá en aumento conforme se acerca el día de la votación (2012). En ese crucial momento la cargada quedará a la intemperie y se podrá identificar con todo detalle, tanto por nombre propio como por la orientación partidista o ideológica adoptada. Mientras esto llega, los encuadramientos se suceden a paso veloz. Medios completos adoptan posturas bien aceitadas desde lo alto. Pero, sin duda, la mayoría se coloca tras el lustre y las facilidades de la corriente continuista en cualquiera de sus dos versiones actuales: la panista, ahora harto menguada pero que, a pesar de ello, hace sentir el peso de la autoridad y sus muchos mecanismos instalados, y, la otra, priísta, que lleva buena parte del camino ya bien avanzada. La estrategia de los grupos superiores de presión ha sido bastante efectiva en sumar adhesiones para esta última versión, que aspira a prolongar el modelo vigente, donde encuentran sus masivos privilegios.

Desde casi los albores del presente sexenio empezó a funcionar el propósito de recambio del PAN por lo que se ha llamado el nuevo PRI. El PAN exhibió la cortedad de sus capacidades y, en particular, el señor Calderón mostró a los cuatro vientos la fragilidad que le acarreó su ilegítimo origen. No sólo abandonó los postulados y los reclamos del pasado panista, sino perdió el rumbo de la misma transición democrática, ya bien nublado por su antecesor (Fox). En realidad, la administración del señor Calderón ha sido una copia, muy deteriorada, del autoritarismo corrupto del priísmo en su versión decadente. Se ha conformado con seguir las pautas de un modelo que, no sólo en México, sino en todo el mundo, muestra las terribles huellas de la concentración desmedida de la riqueza producida, raquíticos crecimientos económicos, cerrazón de oportunidades, perdida de la seguridad y escasas o nulas esperanzas para las mayorías. Al apego a ese modelo en profunda crisis, el señor Calderón le sumó la ineficiencia derivada del cuatismo. Sigue confiando, empero, y en un afán dislocado, en el peso del Ejecutivo federal para inclinar la balanza en favor de sus propias pulsiones y miedos e imponer al sucesor por él escogido. Es por ello que, con toda la hipocresía que estos desplantes requieren, condena, desde su nula altura moral, la compra de tiempos y voluntades mediáticas en favor de los candidatos que no sean de su agrado (todos los demás).

Las consignas usadas hasta el cansancio por los apoyadores de la continuidad son hasta pueriles, por no decir tontas. Al abanderado priísta (Peña Nieto) le predican su inmensa ventaja en el fervor popular (encuestado). A su rival (Beltrones), aun cuando demuestra mayor capacidad de gobierno, lo descartan por su desventaja en popularidad. Lo acusan de maniobras indebidas para negociar una rendición que busca algún escalón burocrático futuro. Nunca cuestionan la manera –por ser parte involucrada hasta la saciedad en la larga e intensa promoción de su imagen– de cómo el ahora ex gobernador mexiquense se hizo de tales simpatías a pesar de sus nulos méritos adicionales. A la panista (Josefina) la consienten, pero le suponen las vulnerabilidades propias y heredadas de sus jefes (Fox y Calderón) En su versión más suave y comprensiva le añaden independencia de Los Pinos. Al indiscutible predilecto de esa casona (Cordero) le aducen falta de atractivo y que lo afectará la recesión económica en puerta.

Las baterías más pesadas e intensas se dirigen, sin embargo, hacia los prospectos de la izquierda. Ahí encuentran algo de confort al insistir en la inocencia del perredista cómodo, modernizante y moderado (Marcelo). Los ataques sin cuartel se enderezan sobre el rijoso y repetitivo que tanto les preocupa (AMLO) porque será, según tal versión interesada, incapaz de cumplir su compromiso de apegarse a una encuesta de preferencias. Otros críticos, más enjundiosos aun en su militancia tras el oficialismo y empujados también por propios rencores inocultables, lo declaran derrotado de antemano: tiene muchos puntos negativos, afirman para sostener su alegato. Lo cierto es que en esta disputa por el poder se opondrán dos proyectos: uno de cambio real, y otro, el del oficialismo, que va en pos de la continuidad. Y este enfrentamiento tendrá sólo dos actores. Sólo uno de ellos da sólidas garantías de transformar las actuales condiciones del país. Y, en el otro lado del espectro, el de la continuidad. Cualquiera de los nominados pondrá sus mejores esfuerzos por garantizarla, aun a costa del bienestar del pueblo.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Sistema inoperante


Luis Linares Zapata

El sistema que rige la vida organizada del país se atascó y, en continuas ocasiones, produce resultados negativos para la sociedad. Desde hace ya varias decenas de años es incapaz de dar salida a los problemas, sean éstos de nuevo diseño o de añeja catadura. La energía requerida para mejorar los cauces por donde podrían transitar las soluciones se disuelve en quejas, rebeldías ocasionales, borrones de cuenta y continuos lamentos. Simplemente, el sistema no cuenta con los mecanismos que lo tornen eficaz instrumento de progreso, justicia y bienestar. No concita tampoco el indispensable consenso popular. En las cúspides decisorias se desconoce, o deliberadamente se juzga descartable, lo que en verdad aqueja a los ciudadanos. Menos aún pueden situarse a la altura que requieren las aspiraciones de los ciudadanos. Se va de tumbo en frustración sólo para recalar en un desprestigio cada vez más generalizado de la política, si se atiende a los sondeos de opinión actuales.

Tal sistema tiene un centro político que desoye las urgencias y anhelos de las mayorías. Sólo mira sus propias pulsiones de poder o atisba las exigencias de los muy pocos, ya de por sí privilegiados en demasía. En sus correas de transmisión pululan agentes corrosivos que se protegen unos a otros, formando un impenetrable archipiélago de complicidades. La impunidad, entonces, se convierte en el duro y cotidiano cemento que resguarda la nociva conducta de individuos y sectas que actúan fuera del marco de la ley. La misma sociedad, debilitada en su organicidad y, peor aún, con una nublada conciencia colectiva, navega sin articular el descontento que la atosiga. Se torna así un agente incapaz de imponer, por su fuerza numérica, la vigencia de sus intereses.

El panorama, en tales circunstancias, es devastador. Se camina rumbo a unas elecciones (2012) que bien pueden ser copia redundante de las pasadas (2006) y encallar, de nueva cuenta, en la dolorosa y destructiva división entre los mexicanos. Pocas y débiles circunstancias apuntan hacia el lado de la legitimidad electoral o de las transformaciones sistémicas. Por el contrario, y a no ser por algunos esfuerzos hasta ahora aislados o sin la presencia de mayorías que puedan alterar tan funesta situación, la continuidad será norma. Bien se sabe que la compostura, de ocurrir, tendrá que provenir de abajo, engendrarse en el mismo seno de la sociedad y ser conducida por nuevos liderazgos. No puede, casi bajo ninguno de los supuestos que se pueden por ahora visualizar, llevarse a cabo un cambio de actitud. Ciertamente ninguno si se espera sea engendrado por las élites decisorias ahora incrustadas en los mandos superiores o medios. Las aspiraciones a la grandeza las atan a sus propias cuan notorias limitaciones. Han venido insistiendo, con tesón inigualable, en las escasas bondades de un modelo de gobierno importado y muy mal integrado a las condiciones locales.

Quién o quiénes se harán cargo, por ejemplo, de las ruinas del sistema educativo. Dónde quedarán esos millones de niños y adolescentes que apenas pueden leer en su idioma o hacer las debidas cuentas hasta de sus cumpleaños. Cómo fundamentar el crecimiento necesario para responder a las presiones y oportunidades de bienestar y progreso con tan escasa capacitación. Qué se ideará frente a ese conglomerado de jóvenes que ha quedado, por descuido supino y hasta criminal indiferencia, a la vera de la legalidad y se enfila hacia la vida loca con ansiedad indetenible. Los jóvenes que prendieron fuego al casino Royale nacieron y crecieron en Monterrey. Fueron y son los exiliados de una crianza que, al menos, tuviera ciertos toques de humana compasión. El destino de esas historias frustradas se escribió desde hace años y ninguno de los líderes del país se confiesa responsable de tan inmenso desaguisado. Siguen tan campantes en la necia búsqueda de renovar sus posiciones de mando o, desde otro punto de vista, para acrecentar sus masivas utilidades. La transformación real no forma parte de su quehacer, pero sí de su hueca retórica de oferta. Se refieren a la reforma educativa como algo asequible bajo su férula, pero distante y siempre pospuesta en su trasiego y componendas. Los trasteos de panistas y priístas tras la cacica del magisterio prueban, en exceso, sus costosas y cruentas intenciones.

Similar suerte corren las más que urgentes modificaciones al sistema impositivo. Promesas electorales, repetidas en tonos amables, pero que siempre terminan en misceláneas menores sin que los partidos por ahora mayoritarios pretendan alterar los enormes privilegios del gran capital. La debilidad hacendaria mexicana, ya proverbial aun entre naciones de menor desarrollo, seguirá con rumbo cierto a la repetición de ofertas incumplidas. En este aspecto ni siquiera asoma la posibilidad de darle un giro, aunque sea pálido, a lo establecido en el sistema imperante. El mundo empresarial de gran tamaño no contempla, bajo circunstancia alguna, arrellanarse con su obligación de contribuir a la urgente equidad impositiva. La derecha nacional ni siquiera aceptaría, ante sus partidos, discutir tan peliagudo tema. Lejano está, por consiguiente, seguir el ejemplo de los ricos de otros países que proponen ser sujetos a mayores tasas de impuestos. Sólo la izquierda, ésa a la que se tacha de rijosa por tal atrevimiento, adelanta su disposición a un cambio en la materia. Cambio que permita introducir los balances necesarios para, primero, romper tan nefasta tendencia al deterioro, y después, trabajar para distribuir las rentas con mayor equidad.

En días postreros hemos sido testigos de una penosa manera de solidificar impunidades. Las cañerías que se trenzan detrás de los casinos seguirán formando una nebulosa inapresable de complicidades que, poco a poco, desvanecerán todas las punibles responsabilidades. Fenómeno correlativo, esta vez dentro del priísmo, ocurre respecto a las fraudulentas deudas de su presidente (Moreira) cuando fue gobernador de Coahuila. Ambos escándalos van camino al olvido sin penalidad efectiva alguna. Y así seguirá la triste historia de un sistema inoperante hasta que alguna insurgencia popular diga hasta aquí llegamos.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Modelo y corrupción



Luis Linares Zapata


Los mexicanos se adentran, por simple imperativo temporal, en una recta que de-sembocará, en 2012 de tacaños vaticinios, en clara encrucijada. Las opciones para los votantes han sido marcadas por actores e, inevitablemente, tendrán que contrastarse en las urnas federales venideras. El destino de la nación se verá severamente afectado por el encontronazo que ya se resiente hasta la médula por efecto de presiones que tiran hacia puntos excluyentes. Por un lado estará la pretendida continuidad, forzada desde arriba, del modelo imperante. Por el otro se levanta la opción, empujada desde abajo, por un cambio de ruta real que sea de fondo y abarcante. Ambas ofertas están sostenidas en sendas agrupaciones políticas que persiguen, una, prolongarse en el mando decisorio y, la otra, agrupada en su polo divergente y que pretende llevar a cabo reformas que sustituyan, casi de raíz, el orden establecido.

En el flanco de la derecha sólo hay imperceptibles diferencias de matiz. Sus propuestas recaen, a pesar de sus envoltorios difusivos, en más de lo mismo: completar las reformas estructurales que aseguren el retiro del Estado de la economía, la educación y de la seguridad social; continuar el combate al crimen organizado, acentuando algunos puntos débiles de la estrategia seguida; reducir el desequilibrio presupuestal al mínimo y anclar la inflación; profundizar la inserción (subordinada) en la globalidad financiera; reforzar lazos con los socios del norte con especial énfasis en volver a abrir las válvulas migratorias; proseguir la apertura de las empresas públicas de energía; y mitigar el desempleo y los filos más rasposos de la pobreza.

Las formas con que envolverán a sus actores estelares pasarán por filtros y ayudas similares. Los abanderados para conquistar la Presidencia de la República, tanto del PAN como del PRI –formaciones de la derecha nacional–, serán indistinguibles. A lo mejor Acción Nacional irá con una acicalada mujer que chapotea en estado de gracia, y el tricolor con un rostro de atractiva y retocada juventud. Las ofertas conceptuales no podrán diferir, pues una lluvia de propaganda espotizada caerá sin misericordia sobre el auditorio cautivo del duopolio televisivo.

Las élites de la derecha, cuyos intereses en juego las hacen respingar, están bastante complacidas con lo que les pronostican sus asesores de cabecera. Las encuestas de opinión les confirman la efectividad de los pasos que han dado para el mantenimiento de su poder: alrededor de 70 por ciento del electorado potencial encuestado inclina sus actuales preferencias por sus dos partidos (PRI y PAN). La izquierda apenas roza 25 por ciento juntando sus agrupaciones y combinando, con orden, a sus precandidatos. Sin embargo, el inmenso deterioro de la vida organizada por las que atraviesa el país introduce inconvenientes para afianzar tales pretensiones continuistas.

El modelo de gobierno y convivencia hace agua por todos lados y, en repetidas ocasiones, el orden imperante parece derrumbarse por la fuerza y la contundencia de los golpes que recibe. Los hechos se suceden con velocidad indetenible y su gravedad no puede soslayarse.

Los barruntos de la segunda parte de la crisis económica mundial se concretizan con el paso de los días. Los avatares y las penurias de las econo-mías avanzadas es asunto cotidiano. La debilidad de la actividad productiva interna se enlaza con el aumento del desempleo y la caída de las exportaciones, motor del crecimiento.

Nada detiene la rampante sensación de inseguridad, el temor generalizado y la cruda indefensión de los ciudadanos de a pie. Aun aquellos situados en escalones de mediana y alta preferencia rehacen sus expectativas y no pocos optan por el exilio, aunque sea uno de medio tiempo. En la mera médula del deterioro nacional aparece, una y otra vez y a cada suceso traumático, la generalizada corrupción que invade todo resquicio del quehacer privado y público.

El caso de los salones de juego no es más que una muestra palpable de los enredos burocráticos propicios para evadir culpas y responsabilidades. Pero, también, de las ambiciones desmedidas de los traficantes de influencia y los clanes del crimen. La mediatización comunicativa de las televisoras, metidas hasta el cuello en estas andanzas, tratan de esquivar su parte en el entramado.

Con todo esto apilándose del lado oscuro del sistema, su continuidad entra en una zona de indeterminación que pone nerviosos a los capitanes de los grupos de presión. A cada rato barren la mirada y la fijan en la casa de enfrente. Consultan a sus adivinos y, aunque éstos les repiten que el control ejercido es completo, que la izquierda está destrozada, dividida, enroscada en sus fantasmas seculares, no duermen con tranquilidad. Algo falta, sobra o no es asible para sus incipientes modelos de acción y pensamiento: los asusta la factible insurrección de buena parte del electorado que ya asoma su enérgico rostro por toda la república.

Este fenómeno de masas, ahora concientizadas por sus penurias, enojos, angustias y nublados horizontes es ya un actor de primer orden. Para muchos es totalmente desconocido y, para muchos más, ninguneado. No se atreven a estudiarlo, y menos aún valoran sus dimensiones y capacidad de acción transformadora. Los críticos, difusores e intelectuales de los de arriba están, según sus cuentas, vacunados contra los demagogos o populistas que lo pregonen como suceso trascendente. Afirman que lo que de tanto en tanto les aparecen por las calles son los mismos gritones de siempre, el disco duro de la marginalidad. Y, si llegan a verlos de otra forma más ajustada con la realidad, les predican desorganización congénita. Mandones del modelo y los subalternos intelectuales que los ilustran han caído en sus alegadas prisiones conceptuales. Se han ofuscado ante la creciente de un movimiento ciudadano que los arrincona y al que responden con fórmulas vacías, calificativos y difusión controlada.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El abismo programado


Luis Linares Zapata

El imaginario electoral de hoy día ha sido trabajado con perseverancia por una cauda de expertos y le han colgado nombres y triunfos al gusto. Han ido sembrando frases huecas sobre actos amorosos; han acicalado poses hasta formar una colección de promocionales acompasados con eslogans sin compromiso. Al discreto maquillaje le han añadido atildadas vestimentas que resaltan un rostro aniñado. Con la meticulosa cuan intensa repetición cotidiana el tinglado se torna un vendaval de presencias que llega a 700 u 800 apariciones, por año y en tiempo triple A, sólo en los canales de Televisa. Y este fenómeno promocional, ilegal y desmesurado en costos, dura ya más de seis años. Todo dentro de una estrategia mercadológica diseñada por los agentes de la televisión bajo contrato.

El señuelo fue introducido en la intimidad de las salas y recámaras sin recato pero, sin embargo, tal parece que ha funcionado. Lo han situado a la vanguardia de las preferencias populares durante los recientes cinco años. Bien conocen estos traficantes de fantasmagorías los efectos compulsivos inducidos que se trastocan en sentires y opiniones de la llamada gente común. De esa corriente manera han vendido productos chatarra de poca monta y valor.

En el caso de la imagen política, desafortunadamente, la irresponsabilidad ha llegado a momentos y alturas que bien pueden presagiar tormentas suicidas en el futuro cercano.

La venidera elección en México –2012 a menos de un año y medio– parece prefigurar lo que, de manera consistente, ha elegido una abrumadora mayoría de votantes potenciales. A ese personaje ahora dicen que quieren de presidente cada vez que un encuestador les pone el brazalete de opinador.

Durante más de dos o tres años, Enrique Peña Nieto ha encabezado las espontáneas (medidas por sondeos publicados) preferencias de la sociedad. Una y otra vez, con la regularidad de un acto prematuramente consumado, ha sido él quien atrae, y casi agota, las miradas y simpatías de las mayorías. Es él, sin duda para más de 40 por ciento de los mexicanos, la segura ruta para situarse en la cúspide del poder nacional: la del Ejecutivo federal.

A los priístas, al menos, no les cabe la menor duda acerca de quién los deberá guiar al paraíso anhelado, ése donde confluyen botines, prestigios y chambas bien remuneradas (más de 80 por ciento del priísmo lo apoya). Han sido ellos los primeros en caer en las redes imaginarias que sus propias limitaciones y tonterías les han tendido. Ahora sienten, saben, porque a diario lo constatan en los medios y cenáculos propicios para la inducción, que con él tienen ya un horizonte seguro y asequible. Es el mexiquense de suaves maneras, nuevo perfil y vieja estirpe quien los volverá a meter, junto con su grácil gaviota, en la casa que muchos añoran: Los Pinos de suntuoso remanso.

Enrique Peña Nieto, a diferencia de otros priístas de elite, no se presenta como interlocutor válido ante el señor Calderón. Ese papel, tan ambicionado por muchos dispuestos hasta la ignominia para jugarlo. Él lo ha dejado de lado para moverse, sin explicaciones molestas, en la comodidad del trasiego oculto.

Otros priístas de renombre, seguramente más diestros que él en estos menesteres de gestos y voces tras bambalinas, lo sustituyen con gusto y hasta con celosa pasión.

Él no entró a tan rutinaria disputa. Él, y desde el inicio de su mandato como gobernador, fue, en realidad, el elegido por los de mero arriba. Por ese selecto grupito de grupos (los capos de todos los capitos), los que mandan en última (¿o primera?) instancia. Ésos que le han permitido, y hasta propiciado, el uso indiscriminado y obsequioso de los medios de comunicación. Los que le han puesto, a su entero servicio, esa caterva de locutores bajo consigna; esos conductores de radio y televisión prestos a mencionarlo con mustio respeto; esa nube de críticos y académicos relamidos que han hecho mutis ante sus increíbles y huecas ambigüedades cotidianas.

Este pandemonio de acompañantes mediáticos que le han desbrozado la ruta, directa y amarrada, a la gloria de los dioses inválidos. Ésos que le han engrosado, hasta el hastío, sus engominadas apariciones sin motivo ni tonada precisa. Ésos que desoyen a los que desean oírle aunque sea una idea extraviada o una crítica furtiva. Todos esos, cautivos de los medios, quedarán frustrados si exigen ver un desplante que contraríe el estado de cosas deformado en que vive la mayoría de esta agobiada nación.

Don Enrique no respira por esas heridas ni atiende a los rezongones. Él habita en esa región impertérrita que trasciende las riñas, las críticas, los tironeos para mandar mensajes de coordinación, de tranquilidad, de visiones de largo y mediano plazos tan usados por la alta burocracia de éxito.

Que los hombres y las mujeres de poca o tenue fe no esperen milagro alguno de su parte. A ellos volverán a decirles que, por más etéreas que parezcan las promesas, se las firmará ante un idiota notario de los muchos que rondan por esta cercada república sin pena ni ocupación cierta. Ese tintineo se volverá a oír durante la inminente campaña. El escogido, el esperado, el uncido, el verdadero está por aparecer en despoblado, y cuando lo haga ya titulado como candidato los llenará de júbilo. Y unos cuantos meses después los dejará morder el polvo de incauto torpe, la triste realidad de los desamparos, el desengaño de las más caras ilusiones.

Después, en ese largo y penoso sexenio venidero, sus votantes se asomarán al abismo para sentirse, no sin arraigada culpa, traicionados. Ahí no habrá copete que valga o atenúe la tragedia de violencia, la corrupción de gran escala, los destructivos privilegios agrandados, el dispendio y entreguismo que, como pesada herencia de sus mayores y aliados, caerán, sin remedio, sobre los mexicanos.


miércoles, 20 de julio de 2011

Cacerías preventivas



Luis Linares Zapata


Como parte de la temporada de caza mayor, con vistas al Poder Ejecutivo del país en disputa, se ha desatado la persecución de ciertas cabezas codiciadas. Y, entre ellas hay, sin duda, una que es la favorita de la opinocracia: la de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Objetivo político en la mira que, desde hace años, descuella por la brutal persecución que padece. Unos se lanzan contra él de manera grosera, reiterada, injuriante, torpe y resentida, cómo lo hace el señor R. Alemán en las páginas del renovado” Excélsior, de conocido traficante de influencias. Otros, más avezados en las trifulcas de las columnas, como algunos veteranos de Milenio, asimilan, como esponjas con ribetes objetivos, los intereses de sus distantes jefes. No desentonan, sino encajan a la perfección en esta saga denigratoria, otros de distinta factura, como el señor Néstor Ojeda, que puede discernir las ignorancias de las que acusa Obrador desde una distancia insalvable por los muchos rencores y cortedades que lo atosigan.

Pero otros lo hacen por cuenta muy propia, encapotados con profundidades racionales con que se adornan los tecnócratas de la ciencia política. Él es un académico de altura, pero del que se ignoran roces populares, ésos donde pudieran contrastar, aunque sea de refilón, las verdades inapelables que dicta con culta facilidad (Silva-Herzog Márquez este lunes pasado en el diario Reforma). Su argumento central es el sectarismo de AMLO, demostrado, según el académico, por una supuesta incapacidad negociadora. Le atina, sin embargo, cuando afirma que la política es, para López Obrador (y con él muchos otros), un terreno que pone a prueba la limpieza moral de sus oficiantes. Pero yerra al adjudicarle falta de eficacia. La construcción de un movimiento único en México (Morena) lo prueba, y lo refuerza su triunfo en el Distrito Federal o en la presidencia del PRD. En cada uno de esos procesos destacó su perseverancia, la lealtad con los de abajo (las mayorías) y a una visión ciertamente moderna de la izquierda. A Morena la captan millones como única opción de cambio efectivo para recuperar la senda del crecimiento y el reparto equitativo. Tal vez el académico se funda en el rechazo tajante de AMLO a pactar (transar) con E. E. Gordillo, tal como asentó el señor Berrueto en Milenio. Según este articulista, fue la causal para que AMLO perdiera la Presidencia. En cambio, para el señor Calderón, tal “negociación”, afirma sin hálito de crítica y en un alarde de pragmatismo, le resultó trascendente. El autor no enjuicia ni menciona las complicidades atadas, tan caras a la educación, pero que lo incrustó donde ansiaba estar por sobre cualquier cosa: ahora habita en Los Pinos.

La parrafada anterior no intenta liberar a AMLO de sus fallas personales, que las tiene y reconoce no sin duros vencimientos, como cualquier ser humano. Tampoco se trata de desligarlo de su insistente discurso, labrado con minucioso trabajo e intenciones de auxiliar en la formación de la conciencia popular. Para ello debe recalar, una y otra vez, en la denuncia de esa realidad tan disfrazada, nunca tocada por la crítica a modo, de la existencia de una plutocracia amafiada, causal de la actual tragedia de México. La pretensión de AMLO es la conexión que logra con una audiencia cada vez mayor, una que rebasa, por mucho, a los asistentes a las miles de plazas llenas. Su prédica itinerante, metódica, necia si se quiere, de un evangelio laico, intenta ensanchar, con información no asequible a la gente común, la comprensión de la terrible actualidad nacional. Una toma de conciencia que, por estas prédicas, crece con el paso de estos aciagos días. Su atractivo es veneno para toda una legión de cazadores furtivos que medran en los medios, porque se funda, persigue y logra infundir credibilidad y confianza. AMLO se dirige a un pueblo que lo asume bueno, es cierto, porque con ellos convive. Pero también sabe de su ignorancia inducida, a veces maleado por millares, esforzados los más y radicales otros. AMLO, al contrario de lo que van alertando sus malquerientes, toda una nube que cubre el espectro radial y televisivo, organiza su trabajo cotidiano entre y para la gente. Lo cierto es que, en su ya largo peregrinar por la desvencijada República de los mexicanos, como ningún político lo hace, ha ido sembrando las bases de un nutrido, recio, movimiento de regeneración nacional. Esta regeneración parte de asumir la terrible decadencia de la vida pública y mucha de la individual que hoy corroe a la nación.

En el mero fondo de los alegatos que tratan de hundir a López Obrador, de desaparecerlo de la vista de los mexicanos, como han intentado Televisa y Tv Azteca por varios años, hay varias constantes. Son ritornelos que, a esta altura del pleito desatado desde antes de 2006, ya debían, por sanidad de la vida organizada, ser tirados por la borda. Pero la insidia, sazonada con arraigados rencores, la consigna o el despecho vuelven, en la mayoría de los casos de crítica, a retratar a los mismos autores en sus pequeñeces y miserias. Es una verdadera cruzada de la derecha, justificada por los intereses que anhelan continuidad. Aflora, sin posibilidad de detenerlo, eso que duele, que da miedo, que poco o nada se comprende. Es, si se atiende bien a los detalles de la andanada masiva contra AMLO, reveladora, al mismo tiempo, de las motivaciones de los distintos personajes que la alientan. La angustia por apresar, calificar, disolver al distinto, ése que ya no se apega a lo correcto, sino que provoca, aumenta al acercarse el día decisivo. Se nota, de inmediato, la impulsiva necesidad de borrarlo para que no inquiete, para que no revuelva, aunque sea lo ya violentado de antemano, para que venga la calma y la vida recobre esa normalidad conveniente para unos cuantos.