sábado, 27 de octubre de 2012

Proteger a los animales


Elena Poniatowska
E
l 18 de octubre comenzaron a circular fotografías, en las redes sociales, en las que un grupo de hombres había capturado a una osezna, la tenían amarrada y podía verse que la habían abierto de patas y amarrado cada pata con cuerdas al punto de descuartizarla. Los orgullosos e imbéciles captores sonreían a la cámara mientras la osita sufría y tenía el hocico y el vientre llenos de sangre. Para agravar la situación, en una de las fotos aparecen cuatro espectadores infantiles.
Con esa acción tan cruel, los adultos enseñan a los niños a ser despiadados. No es difícil imaginar que más tarde la crueldad les resultará natural y maltratarán no sólo a los animales sino a los seres humanos y de paso a sí mismos.
El 19 de octubre liberaron en Coahuila a cinco de los torturadores, quienes tuvieron que pagar una multa de casi 15 mil pesos cada uno, sanción que resulta muy pequeña al lado de lo que sufrió la osita que fue atendida por expertos y liberada en la Sierra del Burro, en ese estado.
El perro que en el momento de su muerte todavía mueve la cola al ver a su amo, el que se quedó tirado sobre la tumba del difunto hasta que él mismo murió, el que acompañaba a su dueño a la estación de lunes a viernes e iba a esperarlo de vuelta todas las tardes para verlo bajar del tren suburbano sin entender que no regresaría jamás porque había fallecido, el perro cuyos dueños quieren deshacerse de él y lo tiran lo más lejos posible y sin embargo encuentra su camino de vuelta a casa y aguarda en la puerta a que lo reconozcan, ése es el animal que a la hora de la verdad nos salva cuando estamos a punto de ahogarnos en el agua y en las desgracias cotidianas.
Hace unos meses leí un artículo que informaba que los animales tenían cerebro, emociones y respuestas a situaciones límite. La Ley de Protección a los Animales del Distrito Federal define a éstos como un ser orgánico, no humano, vivo, sensible, que posee movilidad propia y capacidad de respuesta a los estímulos del medio ambiente. Lo cual suele ser mucho más que la sensibilidad de muchos de los trogloditas que nos gobiernan.
De acuerdo con cálculos realizados por diversas instituciones, incluido el sector salud, existen aproximadamente 3.5 millones de animales sin dueño y los que sí lo tienen son en su mayoría convertidos en guardianes y subidos a una azotea de un metro cuadrado. Muchos dueños encadenan a sus perros y los vuelven bravos. En la película Amores perros, de González Iñárritu, los canes se destrozan en una lucha con apuestas, en Santa Rosa Xochiac, en un espacio que pertenece dos delegaciones: mitad a Álvaro Obregón y mitad a Cuajimalpa.
A pesar de que en el DF se cuenta con la Ley de Protección a los Animales, publicada en la Gaceta Oficial del Distrito Federal el 26 de febrero de 2002, la situación de los animales en México es pésima. ¡Si no lo cree vaya al rastro a ver cómo los matan!
Claudia Lozano, a quien conocí después de la muerte de Carlos Monsiváis, además de una estupenda escritora, da su tiempo y su vida a los gatos abandonados –la mayoría cachorros– y sin ninguna ayuda los recoge en su Fundación Gatos Olvidados que más bien parece un hospital porque todos llegan en pésimo estado. Los levanta en parques, camellones y basureros municipales. Muchos viven en la estación Taxqueña del Metro o bajo los puentes de cualquier túnel de acceso al ese sistema de transporte y la joven Claudia los toma en brazos y los resguarda en su casa. Elideth Fernández Villegas y Eduardo Garzón Sobrado, a través de MUPRA (México Unido por el Respeto a los animales) y Entrelacemos garras protegen desde a los toros hasta a los canarios y se indignan al lado de múltiples asociaciones protectoras de animales en contra de la crueldad que en México se ejerce contra los animales, ¿los pájaros no sienten? Tenía yo cuatro canarios y recogí dos gatos, Monsi y Váis. En el minuto en que entraron los gatos a la casa, los canarios dejaron de cantar y los regalé. Y esto me remite al caso que consigna el etólogo y zoólogo aleman, Vitus. B. Droscher, quien nos cuenta que el tordo Floristán murió a causa de la tristeza que le provocó que su compañera Leonor lo abandonara por otro tordo más joven Pizarro. ¡Igualito que en la tragedia griega, Helena que dejó a Menelao por Paris!
Nunca será suficiente nuestra indignación. Compadecer a otro ser vivo es lo único que nos hace mejores. Perder esa capacidad nos deshumaniza y nos asemeja a salvajes y a tarados. ¡Ni en tiempo de las cavernas los pitecantropus erectusmaltrataban a sus animales, porque los necesitaban!
Por eso el Movimiento Conciencia, de vocación humanista, afirma que los humanos no somos los únicos en poseer los sustratos neurológicos que generan la conciencia y es indispensable que en México logremos proteger a los animales.

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