jueves, 23 de agosto de 2012

Navegaciones



El obispo y la viceministra



Pedro Miguel



El 22 de junio de este año Fernando María Bargalló presentó su renuncia al obispado de Merlo-Moreno –sufragáneo de la Arquidiócesis de Buenos Aires–, que encabezaba desde su creación, en 1997. Junto con ese cargo se despidió de la presidencia de Cáritas Latinoamérica y se recluyó en un retiro espiritual, a la espera de que la organización que encabeza Joseph Ratzinger lo enviara a una parroquia perdida en alguna parte del mundo. El sacerdote había tenido algunos encontronazos con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y con el intendente de Merlo, Raúl Othacehé, quien hostigaba al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Creía en la opción por los pobres.



En rigor, Bargalló no perdió sus puestos debido a sus confrontaciones con las autoridades, sino en razón de una directiva establecida en 1123 en el primer Concilio de Letrán, que ordenó a sacerdotes, diáconos, subdiáconos y monjes abstenerse de practicar su sexualidad. Esa imposición injustificada –pues no se sostiene en ningún pasaje de las Escrituras– tuvo como propósito preservar los intereses patrimoniales de la Iglesia católica, ya que privaba a sus integrantes de esposas, amantes o hijos que pudieran formular algún reclamo sobre los bienes de los religiosos.



El martes 19 de junio un canal de noticias local divulgó unas fotos tomadas 18 meses antes por algún paparazzi que sugieren la infracción, por parte de Bargalló, del mandato de castidad. En ellas, el ex obispo aparecía en una playa de Puerto Vallarta acompañado de una empresaria porteña, ambos en traje de baño y en actitudes algo más que afectuosas, aunque no abiertamente sexuales. Unas fotos que podrían encontrarse en el álbum familiar de una pareja cualquiera.



El religioso ensayó una defensa pueril: dijo que la mujer y él eran amigos desde la infancia y lamentó que “mi imprudencia pudiera dar lugar a malas interpretaciones”. Nadie le creyó y la jerarquía eclesiástica le exigió la dimisión. Así terminó la destacada carrera de este sacerdote de 58 años. Su amiga, divorciada y tres años menor que él, enfrentó el escarnio de los medios y el morbo de la opinión pública.



Independientemente de las posturas políticas y pastorales de Fernando María, su tragedia deja entrever el horror y la hipocresía de la castidad obligatoria. Las y los religiosos católicos, como ocurre con casi todos los organismos multicelulares que pueblan este mundo, están sujetos a las pulsiones de la sexualidad. La organización a la que pertenecen les permite obedecer a ese llamado natural a condición de que aparenten no hacerlo. No se ha sabido que un cura o una monja descubiertos en la genitalidad por un superior o igual –situación que ha de ocurrir con harta frecuencia– sean expuestos y castigados, al margen de que sus prácticas sexuales resulten inofensivas o lesivas para terceros, como es el caso de la pederastia y el abuso sexual.



Bargalló y su amiga hicieron cuanto pudieron para coger sin molestar ni escandalizar a nadie. Viajaron desde Argentina hasta las remotas playas del Pacífico mexicano –incluso tomaron vuelos separados– para vivir unos días de normalidad biológica y afectiva, y para experimentar el amor o el desamor terrenales que forman parte del escenario cotidiano de la inmensa mayoría de los seres humanos. Pero algún enemigo del obispo supo del romance y mandó a un chacal fotográfico a obtener testimonios gráficos que ni siquiera dejan entrever más de lo que una foto cualquiera en el álbum familiar de un matrimonio de cincuentones. Luego, las imágenes fueron enviadas a algún medio informativo inescrupuloso y mercenario, de esos que no son capaces de trazar una línea ética entre el interés público y la vida privada. Ante el escándalo, Bargalló no fue capaz de mandar al carajo a la opresiva madre y maestra en cuyo seno sórdido había venido desarrollando su vida profesional. Puso fin al romance, pero de todos modos su carrera ya había sido destruida.



Un mes después Costa Rica se vio cimbrada por un video puesto en Youtube en que aparece la entonces viceministra de Cultura y Juventud, Karina Bolaños, en ropa interior, enviando un mensaje cachondo a un individuo cuya identidad no agrega nada al asunto.



La versión de Bolaños es la siguiente: grabó ese video años atrás, cuando se encontraba separada de su marido. Posteriormente contrató a un técnico informático para que revisara los sistemas de su domicilio; éste se apoderó de los archivos contenidos en su computadora y durante meses se dedicó a extorsionarla, con la amenaza de divulgar sus hallazgos. La funcionaria, aterrada, accedió a las exigencias económicas del tipo hasta que se quedó sin dinero. Cuando cesaron los pagos, el video fue difundido en Youtube.



Bolaños no incitó al terrorismo, al lavado de dinero, al homicidio, o al narcotráfico; en el video simplemente le hizo saber a alguien: “aquí estoy, sola, deseándote y esperando verte el martes”, y “te juro que si esta almohada fueras tú, qué no te haría”. Sin embargo, el gobierno tico anunció su despido en los siguientes términos: “Si bien las informaciones que han circulado están estrictamente relacionadas con la vida privada de Bolaños, y no con su quehacer como funcionaria pública, la separación de su cargo se dará para que ella pueda enfrentar este caso desde el ámbito privado”. O sea que la mujer, sumida en una crisis conyugal y emocional por la exhibición de su privacidad, fue echada de inmediato del cargo que ostentaba. Poco importó su eficiencia administrativa y política. A lo que puede verse, Chinchilla y su gente entienden que el envío privado de un mensaje erótico en video –algo que, en rigor, sólo habría debido ser de la incumbencia del destinatario, de la remitente y del marido de ésta– constituye una falta política grave.



Hay aquí dos ejemplos de lógicas institucionales y sociales torcidas y perversas que castiga a las víctimas de violaciones a la intimidad con la destrucción de sus vidas profesionales y afectivas y premia a los responsables de tales violaciones con dinero, con la satisfacción de ver a un adversario demolido o quién sabe con qué recompensas políticas.



El mundo fue, es y seguirá siendo (desea uno) un copuladero, lo cual no es bueno ni malo, sino todo lo contrario (como decía algún preclásico), pero a ciertas personas se les exige que se comporten como si tuvieran la entrepierna tan lisa y el corazón tan vacío como un maniquí de aparador.



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