lunes, 4 de agosto de 2014

Sí vive la izquierda en la sociedad misma / Víctor Flores Olea


lun, 04 ago 2014 09:01
En mi último artículo preguntaba ¿vive la izquierda? Mi respuesta era tal vez demasiado vaga y general, de lo cual probablemente no escaparán estas líneas.
Por supuesto que vive, pero difícilmente la encontraremos en los partidos “oficiales” de la izquierda y en las formaciones tradicionales de esa ideología. Eso no significa ni mucho menos su ausencia ni, en general, su desaparición. No obstante que la “Caída del Muro de Berlín” y la memoria ahora de los crímenes cometidos bajo el estalinismo, que a veces parecen más actuales y presentes que nunca, desprestigiaron enormemente un sistema filosófico y político que se ostentaba no únicamente como “humanista” sino que decididamente había roto lanzas en favor de los más necesitados, en la época de la aparición sobre todo el proletariado industrial en sus diferentes modalidades, pero además en favor de prácticamente todos los grupos desvalidos existentes en una sociedad caracterizada por la explotación y la opresión (y por los extremos de pobreza y riqueza).
Sería imposible en espacio tan breve revisar las principales formas que a través de los siglos (desde el XVIII) fue tomando el capitalismo en su afán explotador, no sólo de una clase social sino de diversos grupos sociales, del entorno inmediato o inclusive en la lejanía geográfica, a través del imperialismo y por la actual globalización que sufre (y sufrimos la mayoría de nosotros). Tales transformaciones también originaron un cambio radical en las clases o sectores sociales que se oponen al capitalismo globalizado. Seguramente tales transformaciones tienen que ver con las clases sociales que un día se ostentaron como principales víctimas del capitalismo (ahora resulta imposible definir a la clase obrera industrial en términos análogos en que lo hizo Marx en la segunda mitad del siglo XIX) Ahor los grupos explotados son incontables en las sociedades y por las formas super sofisticadas de explotación, que fueron variando también según las épocas. Por ejemplo, en el clásico imperialismo la extracción de la riqueza tuvo que ver extraordinariamente con el apoderamiento de las riquezas naturales en los países coloniales, como hoy en la globalización con las operaciones muchas veces fraudulentas del capital financiero internacional.
Pero las características del capitalismo, más allá de sus variantes en la forma, ha originado una acumulación de riqueza descomunal y el empobrecimiento de las grandes mayorías, y no sólo eso, sino el empobrecimiento de países y continentes enteros en los cuales la explotación capitalista ha impedido el desarrollo.
Por supuesto, las distintas formas de la explotación capitalista ha definido las formas principales de la resistencia, o tal vez más exactamente, las formas principales que han cobrado las oposiciones y sus organizaciones. Sabemos bien que en la etapa leninista de la revolución la organización de un partido fuertemente homogéneo y centralizado, con cuadros entrenados y aptos para la toma del poder, que resultaba su objetivo principal, estaba constituido esencialmente sobre la base del proletariado industrial. En los países del subdesarrollo, ante la carencia de un proletariado amplio, los principales contingentes de la revolución han estado constituidos por una combinación relativamente débil proletariado y casi siempre por una mayoría campesina fuerte y aguerrida, con la participación también de contingentes urbanos de distinta calidad (con frecuencia estudiantes e intelectuales). Tal ha sido el caso típicamente de la revolución cubana y de la revolución china, que han sabido combinar adecuadamente las transformaciones internas con las luchas o posiciones antimperialistas.
Naturalmente, en estos casos han sido muchas las variantes de los partidos revolucionarios de la oposición. Desde los frentes amplios de la oposición de izquierda hasta los movimientos de liberación nacional, con diferentes características según situaciones de lugar y tiempo; han sido las expresiones de una izquierda que se propondría cambiar el curso de los acontecimientos pero sobre todo derrotar a las fuerzas de la opresión y la explotación (clases adineradas, capital financiero, estructuras del complejo industrial-militar, etc.). Una izquierda de tal naturaleza existe, con su diversidad y distintas versiones, existe muy amplia en todas las sociedades actuales, aunque precisamente por tal diversidad y amplitud resulta extraordinariamente compleja su movilización eficaz para modificar las actuales estructuras de la dominación. A tal complejidad objetiva habría también que añadir lo que podríamos llamar la complejidad del factor subjetivo, es decir, la dificultad de unir voluntades y criterios a las veces sumamente diferentes.
Tal vez uno de los ejemplos más notables y significativos de estos problemas, en los últimos tiempos, sea el representado por algunos países de la Comunidad Europea, y diría tal vez sobre todo por Italia. En la segunda mitad del siglo XX Italia parecía ser el país europeo que había acumulado extraordinariamente llamémosle una cultura socialista, y que constituía potencialmente, y tal vez más allá, un bloque histórico, político y cultural presto ya a sustituir un capitalismo de desarrollo limitado y que parecía sin demasiado futuro. Naturalmente, el corazón teórico y práctico de esta visión tenía su fundamento en la obra de Antonio Gramsci, que por fin, al parecer, vería realizados sus profundos análisis sobre la revolución en su propio país.
No ocurrió así, sin embargo. Una combinación de factores, entre los cuales no fue el menor la extraordinaria corrupción político-social que vivió Italia durante varias décadas al final del siglo XX, echaron por tierra las expectativas que se habían criado y acumulado. Hasta el punto que hoy incluso algunos fanáticos gramscianos de la primera hora, marcan la retirada expresando su profundo escepticismo.
Como sabemos bien, Gramsci, a diferencia de Lenin, elaboró las rutas posibles de la revolución en los países capitalistas desarrollados. Por supuesto que sus reflexiones continúan teniendo el valor de las grandes obras intelectuales de los últimos tiempos, y el hecho de que la historia no se haya comportado según sus previsiones no demerita en absoluto el valor de sus obras. 
Pero seguiremos reflexionando sobre estos temas, dedicando el próximo artículo al valor y limitaciones de los movimientos sociales, que hemos apreciado en varias de nuestras últimas entregas, pero sobre los cuales señalaremos sobre todo sus restricciones y dificultades.

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