lunes, 3 de diciembre de 2012

Concordia por decreto


Bernardo Bátiz V.
E
l ritual de la transmisión de poderes de un presidente impopular a otro también impopular, que tienen que mantenerse alejados del pueblo y rodeados de soldados e incondicionales, pasó sin pena ni gloria y ocupa el segundo término en la atención pública reciente; lo importante de la última semana parece ser el llamado a un Acuerdo Nacional por México.
Los políticos profesionales representantes del sistema, los mismos que han llevado a México a la desolada situación en que se encuentra, proponen nuevamente un remedio con un nombre manido y gastado, que igual o parecido hemos escuchado en otras ocasiones, para pasar el momento y para ser olvidado poco tiempo después; acuerdo grande o sin adjetivos, pacto, reforma, conferencia, de esto o de aquello, convenio para lo otro, todo por supuesto por México, por la salvación nacional, por el rescate de nuestro país y con las vagas intenciones de hacernos más competitivos y de que nuestro país crezca.
Igual que en otras ocasiones, se trata hoy de librar una coyuntura difícil para ellos, la de la despedida de un régimen y el inicio de otro, ambos amenazados por el descontento popular que no logró acallar del todo la mercadotecnia que se empleó con gastos exagerados, tanto para promover la imagen del que llega como para tratar de salvar algo de la del que se va.
Quisieran, quienes manejan la política actual desde las cúpulas de los llamados partidos grandes, que bastara su voluntad expresada en ruedas de prensa o manifestada en amigables reuniones debidamente fotografiadas para que las cosas cambiaran; quisieran que las grandes divisiones y los rencores, que ellos mismos han provocado en la sociedad mexicana, se borraran por efecto de su puro deseo y cambiaran a una concordia que no tiene en qué fundamentarse.
Por tantos años lo han hecho tan mal, lo mismo en economía que en educación, lo mismo en el campo que en la minería o en el fomento industrial, han sido tan torpes y entreguistas, tan injustos con los pueblos indígenas y con los pobres de las ciudades, con los trabajadores, los pequeños empresarios y los empleados, que ya no se puede tener confianza en sus promesas. Ciertamente se necesita un cambio, pero no son ellos los que pueden lograrlo, porque lo que tienen en la mira no es resolver problemas, sino encontrar fórmulas para distribuirse cargos, prebendas y recursos.
En 1929 el presidente Plutarco Elías Calles encontró una fórmula para controlar a todos los grupos políticos, muchos armados, que surgieron del movimiento revolucionario; para ello creó un partido oficial llamado entonces Partido Nacional Revolucionario, al que se integraron en cuatro grandes sectores todos los que tenían intención de participar en la política. Los sectores, campesino, laboral, popular y militar se distribuyeron el poder y a su vez lo repartieron entre sus afiliados. Fuera del partido que después se llamó de la Revolución Mexicana y posteriormente Revolucionario Institucional, nadie podía hacer política.
Al correr del tiempo la persistencia de la oposición y nuevas circunstancias llevaron a México, no por voluntad democrática del partido oficial, sino por tenacidad ciudadana de los opositores, a composiciones diferentes del Poder Legislativo y a lo que fue en 2000 una alternancia de siglas en el Poder Ejecutivo.
Sin embargo, los políticos profesionales no quieren sujetarse realmente a reglas democráticas, ni les agrada sentirse sujetos por normas legales: prefieren la teatralidad de sus pactos, convenios y congresos, donde se lucen, salen en la foto y toman compromisos ligeros, que fácilmente olvidan después y sin consecuencias jurídicas.
La concordia por decreto de la que nos quieren convencer es una imitación lejana y pequeña de la solución de 1929; en vez de sectores, pretenden formar con la clase política una unión de partidos, controlados por los poderes fácticos y por quien se encuentre en el Poder Ejecutivo, que discutan y negocien posiciones, excluyendo a cualquiera que fuera de ese pacto pretenda participar en la vida pública del país.
Confían en salir adelante a partir de lo que puedan distribuir entre los que acepten las reglas de ese juego perverso; no toman en cuenta y eso dará al traste su proyecto. Hay cada vez más grupos de ciudadanos y ciudadanos aún no organizados que repudian este tipo de política y que aspiran a otra diferente, participativa, basada en la ética, y desde el pueblo, que busque la equidad, donde los votos y las opiniones cuenten, no sólo las decisiones, arreglos y componendas de cúpulas y dirigentes.
La gente, nosotros, también queremos concordia, pero no por decreto ni por acuerdo de unos cuantos: la concordia debe buscarse, pero a partir de la verdad, del respeto a las reglas democráticas y poniendo por encima de los intereses particulares o sectoriales los intereses de nuestra amplia y generosa comunidad mexicana.

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