miércoles, 30 de agosto de 2017

Ancla moral y política

Carlos Martínez García
L
a heroicidad personal y colectiva de una generación hizo renacer a México. En estos tiempos aciagos, cuando es necesario reconstruir la nación social, cultural, económica, políticamente, se hace imprescindible rescatar la lid generacional de los liberales mexicanos del siglo XIX. Rescatar, actualizar y sacar lecciones de cómo enfrentaron todo tipo de adversidades y salieron triunfantes.
El abanico de pensadores y activistas liberales decimonónicos anteriores a los tratados por Taibo II incluye a José Joaquín Fernández de Lizardi, Servando Teresa de Mier, José María Luis Mora y Valentín Gómez Farías. También a quienes hicieron obra después de los citados, el grupo que intentó decolonizar a México mediante un instrumento legal, la Constitución de 1857, que no pudo ser del todo libertaria por la oposición del conservadurismo mexicano. Igualmente es parte el colectivo que junto con Benito Juárez defendió a la República de amenzas internas y externas y vislumbró un país abierto, tolerante y libre de ataduras que maniataban su progreso material y espiritual o cultural.
En la defensa de sus ideales tuvieron un valor indeleble, el de la congruencia. Consideraron contradictorio luchar por causas justas y usar en su provecho los puestos gubernamentales y el magro presupuesto nacional. Todos ellos padecieron hostigamientos, abiertas persecuciones, se mantuvieron incólumes y su honradez indeclinable les ganó autoridad moral. Ninguno de sus adversarios conservadores pudo señalarles haberse enriquecido en el ejercicio del poder. Casi todos murieron en la pobreza o dejando herencias modestas. Por esto representan un anclaje moral y político para nuestros días, cuando en todas las expresiones políticas partidistas (aunque no con la misma intensidad) campean casos de corrupción. Los liberales decimonónicos son ejemplo irrebatible de que otra moral y práctica política es posible.
Para conocer la sorprendente gesta de los desarrapados, nada más en términos materiales porque moralmente tuvieron enormes arcas, que en poco menos de una década y media enfrentaron poderes internos y externos que buscaron mantener el régimen colonial, es aleccionadora la trilogía de Paco Ignacio Taibo II. En ella describe vívidamente cómo en tan sólo quince años México se vio sacudido por la Revolución de Ayutla, que acabaría con la dictadura de Santa Anna, la batalla por la Constitución de 1857, el golpe militar y la Guerra de Reforma; la intervención anglo-franco-española, la agresión militar francesa y la guerra de guerrillas contra el imperio de Maximiliano.
La trilogía se titula La gloria y el ensueño que forjó una Patria. El volumen uno va de la Revolución de Ayutla a la Guerra de Reforma, es decir de 1854 a 1857. He concluido su lectura y me apresto a continuar con el segundo, subtitulado La Intervención francesa, 1859-1863. El tercer tomo está anunciado para comenzar a circular en septiembre, y trata de la caída del Imperio de Maximiliano de Habsburgo, el periodo a estudiar será de 1864 a 1867. Con los tres volúmenes publicados, Paco Ignacio Taibo II concluye una decáda de investigación minuciosa sobre un tiempo definitorio para la nación mexicana.
La obra es una reconstrucción histórica de la gesta dada por los liberales, sobre todos los conocidos como puros o rojos, al mismo tiempo que traza muy bien los intereses y acciones de quienes se esforzaron por mantener el inmovilismo conservador que se opuso denodadamente a la modernización del país. La lucha fue polarizándose y, por ello, exigía claridad en los fines emancipatorios de los liberales y los medios para lograrlos.
Melchor Ocampo, Francisco Zarco, Gillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Miguel y Sebastián Lerdo de Tejada, Juan A. Mateos, Ignacio Manuel Altamirano y Benito Juárez mismo, entre otros, escribieron profusamente mientras sostenían intensos debates políticos con ideólogos de la reacción mexicana, a la que debieron, también, responder militarmente por la obstinación conservadora en defender privilegios y una organización social benéfica para unos cuantos.
Los liberales eran un puñado de visionarios, que debieron ensanchar su proyecto y obtener apoyo popular para enfrentar con éxito al conservadurismo. Taibo II cita lo escrito por Guillermo Prieto sobre el centro de la gesta liberal: “La Reforma no era popular, la popularizó el instinto del pueblo […] La Reforma llamaba a juicio a todos los abusos, todas las grandes falsificaciones, todas las detestables mentiras; la Reforma despedazó todos los disfraces, el del fraile especulador con la conciencia, el del […] soldado especulador con el patriotismo, el del feroz encomendero que se llamó propietario y el ladrón del fisco”.
La profusa obra de Paco Ignacio Taibo II es aire refrescante y esperanzador, sobre todo cuando domina el clima enrarecido por la vileza de la casta neopriísta, y similares en otros partidos políticos. El encomiable esfuerzo del autor de L a gloria y el ensueño que forjó una Patria (bello y literario título, por cierto) se une a Las herencias ocultas de la Reforma liberal del siglo XIX, de Carlos Monsiváis, y conforman un cúmulo eleccionador de la brillante generación liberal decimonónica. Taibo y Monsiváis contribuyen magníficamente para sacar de las sombras un legado vivificante, y, me parece, hacen nítida el ancla moral y política representada por quienes soñaron con y lucharon por una patria justa y generosa.

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