lunes, 21 de agosto de 2017

La otra cara del eclipse

Hermann Bellinghausen
E
n el presente las posibilidades se expanden hasta el delirio (volamos, transferimos, exploramos, calculamos, transformamos, destruimos, fisionamos, comunicamos al infinito) y para qué si nuestra esperanza de duración planetaria se disipa aceleradamente. Las señales inequívocas de que vamos por un camino equivocado y suicida no detienen la maquinaria del poder que decide lo que le pase al mundo. La dictadura planetaria decretó nuestra destrucción (y la suya, aunque en su arrogancia lo niegue), cumpliendo las previsiones distópicas de Aldous Huxley, Ray Bradbury y Philip K. Dick. En su sistema-mundo, como dirían los braudelianos, la población es domeñada y vigilada bajo la convicción de que no hay alternativa: o te aclimatas o te aclichingas. Constituimos masas entretenibles, espantables, borrachas de consumo, mareadas por sustancias o por la sinrazón progresiva de nuestros kafkianos días.
¿Por qué no recobrar un poco de memoria salvaje en lo que nos reste de futuro como especie? La ambición comercial-científica nos condujo a un punto de riesgo de extinción en gran escala que podría estar objetivamente cerca. En tanto, la imaginación no cesa, sigue trayendo verdades que nadie escucha. Pequeñas y acientíficas, no dejan de ser verdades, adecuaciones de lo real a una experiencia concreta y compartida de iluminación y aprendizaje.
No se considere escapismo asomarnos a la ventana del mito en busca de aire. Eliot Weinberger, en su extraño y fascinante libro Una cosa elemental (An Elementary Thing, New Directions, 2007) nos lleva a Donde vive el kaluli, tribu de Papua Nueva Guinea que reside hace milenios al pie del monte Bosavi. Se le considera condenada a desaparecer pronto, quizás antes que nosotros. En su floresta tropical el espacio se traza con sonidos, no distancias. Su lengua se llama bosavi, como el volcán que los acoge; también la hablan algunos pájaros de la región, considerados seres superiores, no inferiores al humano. Para los kaluli la evolución es ir de persona a pájaro.
En consecuencia nada posee mayor importancia para el kaluli que el canto. El cantor es un ave sobre una cascada y la estructura de su canción es la caída del agua, reporta Weinberger en su libro de engañosa apariencia borgeana (a diferencia de Borges, cada frase está verificada, respaldada en una fuente exacta, nada queda vago ni bajo sospecha de ficción, y sin embargo la rica inventiva que retrata es maravillosa). Su reseña sobre el kaluli explica que una canción bien lograda es como agua que corre entre las rocas; una donde el agua fluye más allá de lo que la vista alcanza. Por cierto, la lengua del kaluli emplea la misma palabra para decir ayer y mañana: la duración es una como la corriente del río, la canción que no cesa.
Antes de la llegada de los misioneros el acto central del pueblo kaluli, sus Olimpiadas, era el gisalo, la ceremonia del canto. Acudían todos los poblados dispersos en la selva para cantar y escuchar cantar a sus vecinos. La ceremonia era intensa, los mejores cantantes terminaban literalmente quemados por la audiencia. Si la canción era hermosa, los escuchas rompían en llanto, conmovidos a tal grado que ponían sus antorchas encendidas contra el pecho del cantante que así cantaba con mayor intensidad, a veces hasta morir. Weinberger advierte que la última ceremonia de gisalo se celebró en 1984. Hoy las palabras del kaluli han callado, pero en los árboles todavía cantan los mismos pájaros.
Mitos viejos y nuevos, ayer y mañana los mismos, expresan cuanto la humanidad ha sido a fuer de imaginar, fantasear, soñar y descifrar los sentidos ocultos del mundo material, la otra cara del eclipse. De ahí esa sensación de que en Gilgamesh y la Odisea está todo, no queda nada que añadir y sin embargo la cosecha de relatos (de canciones para el kaluli) nunca se acaba.
Cien años anterior a Google, La rama de dorada, de James Frazer, fáustica enciclopedia de mitos en doce tomos, ciertamente ha envejecido. Aún superada y desmentida por lingüistas, etnólogos, mitólogos y los propios pueblos hoy emancipados creadores de tal o cual mito, no pierde su encanto literario y erudito. Sí, tenemos registros menos colonialistas de sueños y construcciones, memorias y profecías de los pueblos llamados originarios que mantienen, o mantenían hasta hace poco una conversación dinámica, antigua y directa con el mundo natural que desdeñamos como mágica. Para quienes pueblan ese espectro de la existencia y no el nuestro, magia y naturaleza son lo mismo. La civilización dominante no está en condiciones de escuchar y menos de rectificar. Atrapada en sí misma, la humanidad se ha vuelto incapaz de evolucionar a pájaro.

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