lunes, 29 de junio de 2020

AMLO y Trump

John M. Ackerman
L
a forzada comparación entre la próxima cumbre entre dos jefes de Estado, Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump, y la visita hace cuatro años de un candidato presidencial de Estados Unidos a Los Pinos no tiene pies ni cabeza.
En agosto de 2016, Enrique Peña Nieto utilizó los recursos, el poder y el prestigio del Estado mexicano para intervenir en las elecciones de Wa­shington. El Presidente de México dio un espaldarazo a un candidato presidencial que se encontraba en desventaja en las encuestas y necesitaba desesperadamente de reconocimiento internacional.
En cambio, hoy aún no inicia la campaña presidencial en el país vecino del norte. Si bien ya es un hecho que tanto Trump como Joseph Biden serán candidatos, todavía no se han celebrado las convenciones correspondientes para oficializar sus nombramientos ni arrancado formalmente la disputa electoral para la Casa Blanca.
Trump será muchas cosas, pero no deja de ser el presidente constitucional de nuestro principal socio comercial. Mantener una buena relación diplomática con Washington, de respeto mutuo y sin subordinación alguna, es esencial para la fortaleza de la economía nacional y las relaciones internacionales de nuestra nación.
Los críticos señalan que con su visita a Washington, López Obrador estaría haciéndole el caldo gordo a Trump y avalando su discurso racista y antimexicano. Nada más lejano a la verdad. López Obrador no acudirá a la Casa Blanca para ponerle a las órdenes del señor presidente de Estados Unidos, tal y como lo hicieron Vicente Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto en múltiples ocasiones con George W. Bush y Barack Obama.
Los presidentes mexicanos anteriores se comportaban como viles sirvientes del imperio y a cada petición de Wa­shington respondían con un breve y displicente ¡yes, sir!. En particular, Calderón y Peña Nieto buscaban compensar por su enorme falta de legitimidad dentro de su propio país con favores, apoyos, negocios e impunidades desde Estados Unidos.
Pero con López Obrador la situación se encuentra totalmente invertida. La enorme legitimidad del actual ocupante de Palacio Nacional le dota de la fuerza necesaria para dialogar de frente con el mandatario estadunidense. No habrá subordinación alguna, sino un respetuoso intercambio de puntos de vista y planes para fortalecer la economía de la región norteamericana.
El 21 de febrero de 1972 el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, sorprendió a todos con su visita de Estado a Pekín con Mao Tse-Tung. Fue un encuentro histórico que implicó el fin de más de 20 años de relaciones distanciadas entre los dos países después de la victoria de la Revolución China en 1949.
Nixon era un presidente famoso por sus posiciones nacionalistas y anti-comunistas y estaba plenamente a favor de la guerra fría. Sin embargo, el mandatario estadunidense reconoció la necesidad de normalizar relaciones con China con el fin de fortalecer la posición de Washington en la diplomacia internacional.
En aquel momento, muchos primero acusaban a Nixon de ser un traidor por supuestamente hacerle el caldo gordo al enemigo comunista. Pero después de la exitosa visita, en que el presidente estadunidense incluso recorrió con su esposa la Gran Muralla China y otros sitios de relevancia histórica, el consenso fue que había sido una gran hazaña diplomática. Nixon jamás perdió la compostura, defendió con dignidad los intereses de su país y el enfriamiento de las relaciones diplomáticas generó beneficios para ambas naciones y el mundo entero.
Algo similar ocurre en el caso actual. Solamente alguien que no conoce en absoluto al Presidente mexicano podría imaginar que una persona como López Obrador, de incuestionable amor a la patria y que siempre ha defendido la soberanía nacional, permitiría la utilización de su visita de Estado para agredirle personalmente o para insultar a México o a los mexicanos.
Algunos sectores de la opinocracia guardan la falsa ilusión de que una presidencia de Biden podría ser favorable para México. Estas voces se preocupan de que la visita de López Obrador podría hacer enojar al equipo de campaña de Biden y arruinar las relaciones entre México y Estados Unidos en caso de que el candidato demócrata triunfara en las elecciones de noviembre.
Este miedo está totalmente infundado, ya que cualquier presidente de Estados Unidos tendrá que respetar una presidencia tan legítima y respaldada como la de López Obrador.
Aunque dicen justo lo contrario, estos críticos quieren que López Obrador incurra en exactamente el mismo error que cometió Peña Nieto en 2016. Insisten que el Presidente de México se entrometa en el proceso electoral estadunidense con una reunión pública con el candidato Biden.
López Obrador hace bien en resistir esta tentación y en su lugar ratificar su liderazgo como Jefe de Estado que en sus acciones busca siempre el bienestar de la población y el interés general de la nación.

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